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Neurociencias
Manejar
máquinas con el pensamiento, inquietante desarrollo de las
neurociencias
Autor:
Mariano Sigman
Fuente: Tendencias Cientificas
Web: http://www.tendencias21.net
¿Cómo
ordena y organiza la mente el movimiento muscular? ¿Qué
ocurre con los pensamientos cuando ningún músculo
responde; es decir cuando cesa toda posibilidad de comunicación?
Las neurociencias han dado pasos gigantescos, a punto que algunos
elementos mecánicos responden ya a impulsos cerebrales. Pero
como todo prodigioso avance científico, estos desarrollos
plantean inquietantes problemas de dominación y control de
unos países sobre otros. Una notable iniciativa científica
en Brasil intenta acotar el peligro.
Manejar
máquinas con el pensamiento, inquietante desarrollo de las
neurociencias
Si supiéramos qué lenguaje hablan las neuronas podríamos
jugar con las ideas como jugamos con los brazos

¿Cómo
ordena y organiza la mente el movimiento muscular? ¿Qué
ocurre con los pensamientos cuando ningún músculo
responde; es decir cuando cesa toda posibilidad de comunicación?
Las neurociencias han dado pasos gigantescos, a punto que algunos
elementos mecánicos responden ya a impulsos cerebrales. Pero
como todo prodigioso avance científico, estos desarrollos
plantean inquietantes problemas de dominación y control de
unos países sobre otros. Una notable iniciativa científica
en Brasil intenta acotar el peligro. Por Mariano Sigman.
El mundo es ancho y ajeno, la famosa novela del peruano Ciro Alegría,
prestó su título a Borges y Bioy Casares, quienes
así titularon un fragmento de sus Cuentos breves y extraordinarios,
donde cuentan que Dante, en el capítulo XL de La vida nueva,
refiere que al recorrer las calles de Florencia se sorprendió
al encontrar peregrinos que nada sabían de su amada Beatriz.
Siguiendo
la premisa del libro, este texto irreducible -desprovisto de toda
literatura- sintetiza una idea esencial: la limitación intrínseca
de la comunicación, lo opaco e impermeable que es el cuerpo
a algunas sensaciones. Es curioso y provocativo que Borges, un literato
por excelencia, elija una recopilación que adolece de literatura
para manifestar esta soledad tan fundamental.
Hubiese
valido también para su colección el fragmento-pregunta
de Cioran: ¿Por qué no podemos permanecer encerrados
en nosotros mismos? ¿No sería más fecundo abandonarnos
a nuestra fluidez interior, sin ningún afán de objetivación,
limitándonos a disfrutar de todos nuestros ardores? .
A sus
22 años, en Sibiu, Transilvania, escribir sobre estos temas
era para el escritor rumano un asunto de vida o muerte. En su prólogo
escribió: En semejante estado de espíritu concebí
este libro, el cual fue para mí una especie de liberación,
de explosión saludable. De no haberlo escrito, habría,
sin duda, puesto un término a mis noches .
Si el
fragmento del Dante sintetiza la distancia infinita entre dos mundos
subjetivos (conocida menos graciosamente por la imposibilidad de
compartir el dolor, por más empatía que se tenga),
Cioran resume en su texto y en su praxis dos elementos fundamentales
a esta historia: la necesidad imperiosa de comunicar y lo burdo
que resulta objetivar (en una palabra, un gesto, un cuadro) los
estados internos difusos. ¿Cuánto hemos resumido un
pensamiento al materializarlo en palabra?
Dependencia
muscular
Resumida
o no, más o menos burda según el lenguaje utilizado
-gestual, simbólico, corporal, literario- la comunicación
alivia. Y como suele suceder con la mente humana, en la patología
encontramos aquellos ejemplos que evidencian mejor las necesidades
mundanas.
Enfermedades
que resultan en rarezas que exacerban fenómenos a los que
en su discreta o tenue omnipresencia nos acostumbramos. En este
caso, el Dante de la profunda soledad es el paciente de Esclerosis
Lateral Amiotrópica, una enfermedad genética que hizo
célebre Lou Gerigh, un hijo de inmigrantes alemanes y leyenda
máxima del béisbol.
Después
de doce años de fama interminable con los New York Yankees,
Gerigh se retira por una enfermedad hasta entonces poco conocida
que limitaba progresivamente su tono muscular. Evidente paradoja:
¿cómo practicar deportes sin músculos? Pero
en su límite, la pérdida de tonicidad se vuelve mucho
más restrictiva. Sin músculos no se habla, no se asiente
con la cabeza, no se guiña un ojo ni se ríe; en fin,
sin músculos nadie se comunica.
Víctima
de una enfermedad similar, Jean Dominique Bauby escribió
Le scaphandre et le papillon (1) con el grito del último
músculo. Guiñando con el ojo izquierdo para asentir
o negar cuando se le presentaba una letra, dictó, letra por
letra, estos "cuadernos de viaje inmóvil".
Pasado
ese punto, en esa aparente fina diferencia en la que se pierde el
último músculo, se produce un cambio total: la escafandra
se vuelve opaca, el encierro es total. Y en ese punto, donde una
mente lúcida ha perdido todos sus canales para fluir al exterior,
se da uno de los encuentros recientes más importantes entre
investigación básica, terapia, tecnología y
cyborgs.
La
base material del pensamiento
Es que
en el último siglo explotó el viaje frankensteniano
de fisiólogos, psicólogos y otros tantos logos, destinado
a entender la base material del pensamiento. La gesta, que lleva
ya casi dos mil años de continuo esfuerzo desde los primeros
(y notables) esfuerzos de Galeno en el siglo II después de
Cristo (2), no sólo no es trivial, sino que más bien
se hace imposible.
Aun los
gestos cognitivos más sencillos suceden en completa introspección.
¿Cómo hacemos para mover un brazo? No sabemos. Alguna
vez, en la temprana infancia, aprendimos. Por repetición
y fiasco. Por observación y consistencia de un esfuerzo mental
que para nosotros es invisible. Lo único visible es el brazo
que se mueve. La materialización de un proceso mental.
Pero -asumimos-
algún gesto mental consistente resulta en actos motores,
en sensaciones o en ideas repetibles. Y esta idea es la que ha sido
progresivamente (y con cierto éxito) puesta a prueba por
directa inspección.
De varias
maneras hoy es posible registrar la actividad del teatro de neuronas
y se encuentra que algunas, o algunos grupos, se activan sistemáticamente,
formando patrones consistentes, frente a una larga variedad de procesos
cognitivos más o menos elaborados.
Como con
cualquier código descifrado, esto permite al dueño
del código meterse a voluntad en el diálogo (y ésta
es en realidad la mejor prueba de que el código se conoce).
Si supiéramos qué lenguaje hablan las neuronas, si
pudiésemos traducir cada acto en su representación
mental, podríamos jugar con las ideas como jugamos con los
brazos. Y esto hoy, de manera limitada y algo burda, ya se hace.
Ya sea
estimulando neuronas que produzcan sensaciones específicas
(drogas electrónicas) o que dirijan los brazos de un involuntario
protagonista-espectador que se convierte en marioneta del experimentador,
o ya sea del otro extremo de la cuerda, conectando el cerebro a
implantes mecánicos que sepan interpretar sus comandos.
Así,
la relación hombre-máquina puede empezar a prescindir
del músculo. ¿Por qué establecer un comando
que mueva el brazo para mover el volante y no tener directamente
un volante que entiende y responde directamente a una orden del
sistema nervioso?
Cambio
infinito
Cuando
no hay músculos que puedan mover el brazo, esta alternativa
se vuelve no ya un prurito máximo de la vagancia, sino la
única alternativa para no permanecer encerrados en sí
mismos. Hoy, por ejemplo, es posible que un paciente de ALS, incapaz
de mover un músculo, dirija un teclado directamente desde
su mente (3).
El cambio
es infinito: de una incomunicación total a una ventana burda,
lenta, pero ventana al fin, para salir del encierro interior. Y
hoy, el campo conocido como interfases máquinas-cerebros,
ha explotado y se encuentran distintos grupos que han entrenado
monos para dirigir con su mente brazos u otros dispositivos mecánicos.
Las películas son impresionantes.
En un
principio el mono mueve su brazo a la par que el robot, como si
no pudiese disociar su nuevo brazo mecánico de los suyos.
Después de un tiempo sólo se ve una mueca de esfuerzo
en la cara, denotando un gesto complicado, y finalmente se produce
el momento mágico, donde el mono descubre que para mover
el nuevo brazo mecánico basta con pensarlo. Entonces, relajado,
dirige el robot desde su mente por ejemplo para recoger una uva
y llevársela a la boca (4).
El avance
es notable y no faltará mucho para que el objeto dirigido
no sea un brazo sino otro mono, o varios, o cualquier otra máquina.
Un punto importante es que para mover precisamente un brazo (mecánico
o no) un mono -o uno mismo, para el caso- no sólo tiene que
iniciar un gesto motor, sino además observar la trayectoria
para eventualmente corregirla o simplemente para saber dónde
detenerse o desviarse de ser necesario.
Regreso
evolutivo
Aprender
que hay una porción del mundo (el cuerpo) que uno controla
a voluntad, un círculo entre las acciones y los sentidos,
es un paso importante en el desarrollo de la identidad; por ende,
la posibilidad de que una extensión no acotada del "cuerpo"
establezca un panorama de cambios radicales.
Los límites
posibles ya han sido de alguna manera explorados en la literatura,
en los sueños y en el cine. Una red conexa de identidades
subjetivas (si es que entonces puede hablarse de subjetividad) de
manera tal que yo pueda sentir lo que ella siente, no por empatía,
no por el contagio de un gesto, sino por el fluir directo de una
suerte de cerebro colectivo.
Este viaje
implica un regreso curioso en la historia evolutiva, en la que hemos
desarrollado una carcasa de impermeabilidad (el cuerpo). ¿Podremos
sentir todos por todos en una especie de naranja mecánica
sofisticada donde el dolor del otro, ya no por asociación
sino por experiencia misma, nos duela de igual manera que el nuestro?
O menos
ficcional y más preocupantemente, dada la evidencia de que
la armería inteligente resultó ser bastante idiota:
un ejército de cyborgs controlado por chimpancés sentados
en sus jaulas y ganando jugo y pasas cada vez que destrozan un enemigo;
o pilotos de un F-35 pilotando a velocidades inverosímiles
porque dirigen los controles del avión desde la mente.
Tecnología
y patología
Y cuando
la tecnología no se mezcla con la patología, sino
con el potencial bélico, la geografía y las fuentes
de los subsidios se vuelven pertinentes. Las fábricas más
prolíficas de cyborgs se encuentran, como es presumible,
en Estados Unidos. Pero, como también era presumible, sus
progenitores fueron importados de distintas partes del planeta.
De un
lado de la cuerda (los chips que controlan marionetas biológicas)
Sanjib Talwar, nacido y educado en Bombay, diseñó
en Brooklyn sus hoy célebres robo-ratas que se desplazaban
por un laberinto siguiendo sus órdenes y girando cada vez
que se les indicaba.
La magia
de la domesticación no habría sido tan impresionante
(a fin de cuentas uno puede instruir a un perro para que venga cuando
a uno le da la gana), si no fuese porque las órdenes eran
transmitidas a través de dos cables implantados en la cabeza
y porque las ratas obedecían sistemáticamente cada
vez que se les indicaba y porque al hacerlo un tercer cable estimulaba
centros que regulan la sensación de placer.
Además
de navegar por el laberinto, las ratas, bajo las órdenes
electrónicas, trepaban árboles, salían a la
intemperie a plena luz, hacían equilibrio sobre una vía
de tren y otra serie de cosas que una rata jamás hubiese
hecho.
Del otro
lado de la cuerda, Miguel Nicolelis, un brasileño barbudo
y tan o más fanático del fútbol que de su propia
ciencia, educado en San Pablo, se ha convertido desde North Carolina
la cara más visible de las interfases mecánicas, incrementando
exponencialmente el control directo de dispositivos electrónicos
desde la mente animal, al punto que sus monos hoy parecen haber
incorporado el brazo robótico como una parte de su cuerpo
(5).
Nicolelis
y Talwar han logrado tal vez dos de los ejemplos más impresionantes
de interfases máquina-cerebro. Ambos se formaron en la escuela
de Jonathan Chapin y ambos compartieron (entre otros) un mega subsidio
del DARPA (US Defense Advanced Research Project Agency) de 24 millones
de dólares, lo que significa casi el 10 por ciento del total
presupuestario del DARPA (6). Las brujas no existen, pero que las
hay, las hay.
Razonamiento
conspirativo
Estar
subsidiado por el DARPA no significa necesariamente trabajar para
el mal, pero sus mismos protagonistas saben que si bien el dinero
del DARPA sirve para subsidiar proyectos más osados, viene
acompañado de un permanente proceso de revisión que
quita tiempo y fuerza y de una sospecha generalizada, al menos de
una buena parte de sus colegas.
El razonamiento
conspirativo y preventivo (nadie puede medir con certeza el uso
de estas tecnologías) supone que si el proyecto tiene tamaño
apoyo de un organismo de defensa implica que esta investigación
ha de ser lo suficientemente importante como para que preocupe que
su génesis esté tan ligada al desarrollo militar.
Y mientras
algunos científicos se cuestionan si corresponde aceptar
o no ciertos subsidios, del otro lado, las administraciones más
conservadoras (no sólo de Estados Unidos) se cuestionan si
acaso deberían existir estos subsidios, o por lo menos bajo
qué condiciones. Y como suele ser el caso, este tipo de reflexiones
emergen de las administraciones más conservadoras.
Vieja
historia
La
historia no es nueva. Donald Horning, el secretario de Ciencia del
presidente Lyndon Johnson, comenzó una cruzada contra la
utilización de fondos públicos destinados a financiar
la investigación fuera de Estados Unidos. Uno de sus agredidos
directos fue Stephen Smale, entonces profesor de la turbulenta Universidad
de Berkeley de los sesenta, colega de Theodore Kaczynski, el Unabomber
y miembro de cuanta organización existiese contra la guerra
de Vietnam.
Smale
terminó de pasar a la lista negra cuando al recibir en Moscú
en 1966 la medalla Field (el equivalente al Premio Nobel para los
matemáticos) se despachó contra la política
estadounidense en Vietnam (por cierto, a la vez que contra la política
soviética en Hungría).
Diez años
antes, cuando los méritos que le valdrían el premio
aún estaban por gestarse, en el Instituto de Estudios Avanzados
de Princeton (IAS) dirigido por Oppenheimer y donde morara hasta
sus últimos días Albert Einstein, Smale conoció
a los matemáticos brasileños Elon Lima y Mauricio
Peixoto, quienes lo convencieron de que finalizase su trabajo en
Río. Y fue en Copacabana donde estableció uno de los
pilares de la matemática moderna, explicando geométricamente
cómo el determinismo puede resultar en lo incierto (7).
Cuando
no estaba en la playa, Smale trabajaba en el IMPA (Instituto de
Matemática Pura y Aplicada), entonces sostenido en una estructura
precaria y que hoy, ya instalado desde 1981 en la paz bucólica
de la floresta de Río, sigue siendo la única demostración
vigente de que puede existir en Brasil una institución de
primer nivel científico y una escuela formadora de matemáticos
para toda América Latina.
Historia
repetida
Hoy, como
en los sesenta, se plantea el conflicto entre Estados Unidos y el
resto del mundo, generando al mismo tiempo una confrontación
con la academia local. La burbuja se hace más permeable y
los campus universitarios dejan de ser una meca ilusoria donde se
vive en Estados Unidos sin que uno llegue a enterarse. Al mismo
tiempo, renace un tercermundismo resistente y confrontante. En este
contexto y siguiendo aquello de que en cada oportunidad los emigrados
vuelven en hordas, parece repetirse en parte la historia.
Nicolelis,
junto con otros jóvenes investigadores de punta repartidos
entre Estados Unidos y Europa, planean una vuelta colectiva a un
centro en Natal, norte de Brasil. Plan ambicioso: un centro de investigación
de punta en una de las más ambiciosas ramas de la ciencia
funcionando en una de las provincias más pobres de un país
pobre.
El proyecto
tiene un respaldo importante del gobierno de Lula y el potencial
consejo incluye a científicos de la talla de Torsten Wiesel
(uno de los pocos galardonados con el Premio Nobel por contribuir
al entendimiento del sistema nervioso) o Bruce Alberts, presidente
de la Academia de Ciencias de Estados Unidos. El mismísimo
Lula visitaría pronto la Universidad de Duke, donde Nicolelis
tiene su laboratorio, para apoyar el proyecto.
Además,
el proyecto Natal incluye desarrollar en conjunto el Instituto del
Cerebro, una escuela experimental y un centro de interacción
psiquiátrica. Terapia, investigación y ciencia compartiendo
un mismo espacio, con la premisa parecida de hacer algo distinto
a lo que en cada campo ha sido establecido. Y en Brasil.
El
Norte del Sur
¿Por
qué Natal? Porque es el norte del sur y porque forma un triángulo
casi equilátero con Europa y Estados Unidos. Por la osadía
de desarrollar al mismo tiempo un campo de investigación
y una región y exagerar aquello de llevar la génesis
del conocimiento donde más se necesita.
Pero también
porque hay un cierto caudillismo curioso en las vueltas académicas
(y tal vez en todas las vueltas) a Latinoamérica. Cada investigador
afamado en su viaje al centro del planeta no es reincorporado a
una maquinaria existente (en el caso de Brasil en Río y San
Pablo) sino que vuelve fundando su propio nicho. En parte por la
difícil pelea contra los dinosaurios establecidos y avejentados
en cierto proteccionismo, que defienden el terreno contra quien
viene a cuestionarles su existencia.
Pero también
por un estilo mucho más personalista característico
de las provincias del sur y por la idea tan latina de la voluntad
infinita de una persona contra el orden de la norma. Queda esperar
que no estemos en presencia de una nueva edición del eterno
ciclo entre Cronos y Zeus, en el que los viejos tiranos son derrocados
por los futuros déspotas.
¿Vuelta
al eterno ciclo?
La historia
de la ciencia no es una ciencia exacta y la historia del IMPA no
prueba ni mucho menos que cualquier emprendimiento de punta en Brasil,
con una vanguardia consecuente, deje una huella que trascienda la
historia de sus fundadores.
Pero sí
sugiere la importancia de que Lima y Smale hayan estado en el lugar,
proponiéndose hacer ciencia sin ningún complejo, en
el momento de explosión de una nueva disciplina de la que
ellos fueron protagonistas, para que 40 años después
el IMPA siga siendo la referencia matemática en América
Latina.
Aquí
la historia sea tal vez aun más relevante. Porque la propuesta
de la neurociencia de avanzada puede ser revolucionaria y porque
se trata nada más y nada menos que de hacer el mundo menos
ancho y menos ajeno.
De visualizar
los estados mentales para poder leerlos, elaborarlos, expresarlos.
Entonces podremos tal vez masajear a gusto nuestras ideas, exploraremos
límites desconocidos de la mente y seremos, con suerte, mucho
más libres.
Mariano
Sigman es Investigador en neurociencias en el Instituto Nacional
de la Salud y la Investigación Médica (Inserm), París,
Francia. Artículo publicado originalmente en Le Monde Diplomatique,
septiembre 2004. Se reproduce con autorización del autor.
Fuentes
documentales:
1 Jean
Dominique Bauby, La escafandra y la mariposa, Plaza y Janés
editores, Barcelona, 1997.
2 Charles
Daremberg (1841), Exposition des connaissances de Galien sur l'anatomie,
la physiologie et la pathologie du système nerveux, thèse,
Paris, 1941.
3 Niels
Birbaumer et al., "Spelling Device for the paralysed",
Nature, Londres, 25-3-1999, vol. 398, pp. 297-298.
4 "Thought
controlled", The Whitaker Foundation, Informe anual 2002
5 Miguel
Nicolelis
6 Hannah
Hoag, "Neuroscience: on the Defensive", Nature, 8-5-03,
vol. 423, pp. 796-798.
7 "Finding
a horseshoe on the beaches of Rio", Actas del Congreso Internacional
de Ciencia y Tecnología-45 años del National Research
Council of Brazil.
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