Un nuevo rostro para un viejo prejuicio

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Fuente: La Nación

Cuando en la cúspide del sistema educativo mundial nos encontramos con dudas sobre si un genocidio merece una clara condenación y todo depende del contexto, estamos en problemas.

Hablamos del resonante episodio ocurrido en la Cámara de Representantes de Estados Unidos en que las rectoras de las universidades de Harvard, Pensilvania y el Instituto Tecnológico de Massachusetts fueron interrogadas a raíz de las manifestaciones antisemitas ocurridas en los campus. La pregunta era si promover el genocidio judío violaba o no los códigos éticos de las respectivas universidades. Ellas se refugiaron en la libertad de expresión para no condenar esas expresiones, considerando que mientras fueran solo opiniones no agredían las normas. Yendo al fondo de la cuestión, la rectora de Harvard respondió que instar al genocidio judío dependía del “contexto”. O sea un relativismo de magnitud tal que choca con los principios raigales de nuestra civilización.

Típicos representantes de la llamada cultura woke, las rectoras desdibujan la ética liberal y se repliegan ante explosiones identitarias que no aceptan el debate. Desde una actitud de alerta ante la discriminación racial, se fue derivando hacia un radicalismo iconoclasta que en nombre de causas legítimas (género, ambiente, derechos humanos) se impone de modo autoritario. Condena a la “cancelación” a quien pretende mirar esas causas desde el enfoque amplio de la filosofía liberal, inspiradora de la democracia o simplemente el análisis racional. Los límites se toman como abusos y la imposición de normas legales como una modalidad subsistente de la mentalidad “colonial” que teorizó Frantz Fanon y que justificaría la violencia como reacción…

Nadie les preguntó a las rectoras si instar a la resurrección del Ku Klux Klan también depende del contexto. Pero la profesora Claudine Gay, mujer negra, hija dilecta de la sociedad liberal, habría merecido esa pregunta, ante la evasiva respuesta.

El hecho es que hoy las universidades norteamericanas están sacudidas por manifestaciones en favor de los palestinos, cuyos ecos también nos van llegando de la mano de movimientos de izquierda. Se desnuda una contradicción esencial entre declararse progresista y asociarse a las sociedades musulmanas, reducto reaccionario que sigue negando los derechos de la mujer.

Detrás de todo está la presencia del viejo antisemitismo, el prejuicio histórico que persigue al pueblo judío desde la antigüedad y muy particularmente desde la Edad Media. En el epicentro estuvo la Iglesia Católica, que acuñó la tesis del “deicidio”, los judíos crucificando al hijo de Dios, cuando él era tan judío como los demás. Debieron pasar siglos para que Juan Pablo II y Benedicto XVI reaccionaran contra esa absurda teoría y recuperaran la identidad esencial de la religión judeocristiana, creyente del mismo Dios y del mismo texto sagrado.

Los judíos fueron el chivo expiatorio de todos los males. Tratárese de una peste, una hambruna o cualquier desgracia, hacia ellos derivaban su mirada los agitadores demagógicos explotando resentimientos, prejuicios, malestares. Las tesis racistas, nacidas en su versión moderna del célebre ensayo del conde Gobineau sobre la “desigualdad de las razas humanas” (1853), tendrían un largo eco, que llegó hasta al nazismo como eje central de su doctrina. En el siglo XIX, el nacionalismo francés, con Édouard Drumont como pluma inspiradora, condujo a episodios tan resonantes como el juicio a Dreyfus, al que enfrentó el liberalismo liderado por Émile Zola en su célebre “J’Acusse”. Como diría más tarde el novelista, “Francia me tendrá que reconocer algún día que salvé su honor”.

El Holocausto judío y el hundimiento del nazismo desacreditaron las teorías racistas, pero el tema se fue desplazando al mundo económico, donde se escondería una suerte de misteriosa conjura judía en el mundo financiero.

Cuando se creó Israel, parecía que se dejaba atrás todo ese mundo de odio, pero el comunismo resucitó el viejo antijudaísmo zarista de los horrorosos “pogromos”. Al mismo tiempo, los países árabes rechazaron la creación homóloga del Estado Palestino, y se entra en una etapa explosiva del reiterado conflicto. La repentina riqueza que el petróleo le regaló al mundo musulmán a partir de los años 70 alentó los movimientos terroristas y se fue lentamente produciendo un cambio.

Israel, por su capacidad de sobrevivencia y su éxito como democracia, dejó de ser aquel pequeño David que enfrentaba los ejércitos de cinco Estados como ocurrió en 1948 y luego una y otra vez. Ahora es el Goliath y el antisemitismo se disfraza entonces de “antisionismo”, que es su versión actual. No se niega el derecho de los judíos a vivir, pero sí a tener un Estado, y como Estados Unidos lo apoya, un trasnochado antiyanquismo se suma a la historia. Antes el antisemitismo era católico y de derecha, ahora es musulmán y de izquierda. Toda una impostura.

Los debates sobre el actual conflicto son una expresión clara de esos prejuicios. Israel fue víctima de un atentado sin precedentes, dirigido específicamente a la población civil, por medio de acciones terroristas de crueldad infinita. Durante una semana, Israel fue la víctima, y aun a regañadientes la izquierda del mundo no tuvo más remedio que condenar la agresión. Pero no bien Israel inició su imprescindible respuesta para intentar el desarme del adversario, todo cambió. De no haber mediado agresión, no habría víctimas palestinas, pero, como explica Daniele Giglioli en su lúcido ensayo Crítica de la víctima, ahora es Hamas quien tiene razón, porque “la víctima es el héroe de nuestro tiempo” y por definición tiene razón.

Se llega al colmo de la tergiversación cuando se acusa a Israel de “genocida”, degradando abusivamente el concepto. Genocidio es la voluntad de extinción de un pueblo. ¿El agredido es el victimario? Israel venía avanzando en un proceso de paz que alcanzaba a los Emiratos, Baréin, Sudán y Marruecos; cuando se aproximaba a Arabia Saudita, Irán resolvió lanzar el ataque terrorista para impedir ese avance. Esto es lo que se frustró.

Los palestinos tienen derecho a vivir en paz. Pero no más derecho que los israelíes. Y mucho menos quienes se montan encima del viejo prejuicio discriminatorio para aplaudir el terrorismo y glorificar al agresor.

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