| Biologia
Una
ciencia virtual en un Mundo virtual
Autor: Máximo
Sandín.
E-Mail: maximo.sandin@uam.es
Fuente: Contrastes,
Nº 33. Abril-Mayo
2004
Una
de las sensaciones más
angustiosas que se pueden experimentar
es la de sentirse viviendo en los
límites de una especie de
“realidad virtual”. En un mundo aparentemente
real en el que te percibes integrado,
del que formas parte y que, al mismo
tiempo, lo estás observando,
no exactamente desde fuera, pero
sí desde la periferia más
extrema, como algo de lo que te sientes
totalmente ajeno, como un extranjero
desconcertado.
Esta es, por ejemplo, la impresión
que uno tiene cuando oye decir que
el precio de su casa, de sus alimentos
o el salario que recibe no tiene
relación con el coste de la
construcción, de la producción
o con el valor del trabajo, sino
que depende “del mercado”. Para los
expertos en economía esta
explicación parece resultar
indiscutible (de hecho, es la que
parece regir el destino de la Humanidad),
pero a una persona sin formación
académica en las ciencias
económicas, a poco que reflexione
le conduce a un estado de verdadera
estupefacción.
Sin embargo,
parece ser una afirmación
con unas sólidas bases científicas
que se remontan a 1776, cuando el
escocés Adam Smith, mediante
la observación de las actitudes
e intenciones de los empresarios
y comerciantes de su entorno (No
es de la benevolencia del carnicero,
cervecero o panadero de donde obtendremos
nuestra cena, sino de su preocupación
por sus propios intereses...) llegó a
la conclusión de que el motor
de las relaciones sociales y económicas
era la mano invisible del mercado.
Desde entonces, el libre mercado
y la libre competencia se han convertido
en los iconos intocables que justifican
“científicamente” todos los
atropellos que, sistemáticamente,
se cometen contra los ciudadanos
o países cuya desgracia es
la de haber partido con desventaja
en la “competencia”.
Sin embargo, sería injusto
culpar de esta situación “a
los expertos en economía”
como una entidad uniforme. No todos
los profesionales ni académicos
de esta disciplina comparten la veneración
por el dogma del libre mercado. Desde
la periferia del sistema, voces disidentes
denuncian la terrible situación
a la que ha llevado a la mayor parte
de la Humanidad este hipócrita
modelo económico que, en palabras
del profesor José Luis Sampedro
...no es el reino de la providencial
mano invisible y benefactora sino,
por el contrario, el de manos bien
visibles e interesadas, buscando
el máximo beneficio privado
a costa de lo que sea... o expresado
de una forma más llana por
Luis Ferrero: Cuanto mayor es la
“libertad” de los mercados, mayor
es la esclavitud de los pueblos y
la pobreza de las naciones. /.../
El fundamentalismo capitalista y
los fanáticos del neoliberalismo
imponen la religión del dinero.
Pero no parece sólo una cuestión
de fanáticos adoctrinados
en el “pensamiento único”
de la economía. Las (pocas)
personas que realmente controlan
esta situación tienen las
ideas y las intenciones más
claras, y así nos lo resume
Arturo Van den Eynde: Las 200 empresas
multinacionales más poderosas
dictan la política mundial
y el comportamiento de gobiernos
y ejércitos. Son el verdadero
poder que mueve los hilos del planeta.
La sensación de impotencia,
que trasluce de estas denuncias,
ante el asfixiante poder del “pensamiento único
económico” nos resulta muy
familiar a los biólogos críticos
con el “pensamiento único
biológico”, que comparte con
el anterior muchos más antecedentes,
valores y objetivos de lo que pudiera
pensarse.
Entre las multinacionales que “dictan
la política mundial y el comportamiento
de gobiernos”, las relacionadas con
la Biotecnología están
alcanzando un poder capaz de imponer
a los gobiernos políticas
agrarias y científicas, controlar
el mercado de la alimentación
y farmacéutico y decidir,
por tanto, quienes van a morir de
hambre o enfermedades en función
de su “poder adquisitivo”. La creciente
implicación de las empresas
privadas en la financiación
de las investigaciones biológicas
con perspectivas de rentabilización
ha dado a luz una nueva disciplina
científica: la Biología
de mercado. Vendidas a la opinión
pública como investigaciones
encaminadas a luchar contra el hambre
o contra “las enfermedades que azotan
a la Humanidad”, se trata, en realidad,
de grandes inversiones de empresas
privadas enfocadas a su comercialización,
es decir, destinadas a quienes puedan
pagar sus aplicaciones. Y un hecho
muy revelador de estas intenciones
es que, como ha reconocido H. Grabowski
(“The effect of pharmacoeconomics
on company research and development
decisions”) las investigaciones de
las multinacionales farmacéuticas
sobre las enfermedades que azotan
al Tercer Mundo han sido abandonadas
porque sus ciudadanos “no son un
buen mercado”. Esto no debería
sorprendernos, ya que, según
Milton Friedman se trata de una “Ley
Natural” (Adam Smith es reconocido
como el padre de la economía
moderna y Milton Friedman como su
hijo espiritual de mayor distinción.
Leonard Silk: “Los economistas”).
Según él, todas las
relaciones sociales pueden ser reducidas
a la “Ley” de la oferta y la demanda,
que se rige por la “libre competencia”,
y la exclusión de los incompetentes
e incapaces redundará, a largo
plazo, en beneficio de la especie.
Pero lo más dramático
de esta situación no es sólo
la aberración científica
y ética de poner los avances
científicos solamente al alcance
de los que pueden pagarlos. Lo peor
de todo es que los “avances científicos”
de la Biología de mercado
no sólo están basados
en una concepción errónea
de los fenómenos biológicos
sino que muchos de ellos constituyen
un grave peligro para toda la Humanidad.
La concepción darwinista de
la Naturaleza, surgida en un entorno
social y cultural muy semejante al
que dio origen a la “teoría
científica” de la todopoderosa
“mano invisible del mercado” con
la que mantiene unas llamativas semejanzas
conceptuales, entre las cuales, la
selección natural es la que
cumple la función de aquella
en la elección de los “más
aptos”, se ha convertido en un dogma
intocable que pretende justificar
“científicamente”, tanto las
irresponsables manipulaciones de
procesos biológicos que estamos
aún muy lejos de conocer (dado
que la evolución biológica
se ha producido mediante la “selección”
de cambios “al azar”, estas prácticas
no son más que una aceleración
de los procesos que han tenido lugar
en la Naturaleza), como la penosa
situación en que se encuentra
la mayor parte de la Humanidad.
Mientras tanto, las investigaciones
científicas básicas
(que, como se ha dicho recientemente
“no están en el mercado”)
están poniendo de manifiesto
unos fenómenos que no tienen
ninguna relación con la visión
basada en el “azar” y la “competencia”.
Se ha podido comprobar que la información
genética no está sólo
“en los genes” sino que es el resultado
de complejas interacciones entre
el ADN el ARN y una gran cantidad
de proteínas celulares que
controlan, regulan y expresan esa
información, y que estas interacciones
están condicionadas por influencias
ambientales. Que las bacterias y
virus no son, en esencia, “microorganismos
patógenos”, sino que son elementos
integrales de los fenómenos
de la vida, extraordinariamente abundantes
tanto en el interior como en el exterior
de los organismos, con una gran capacidad
de intercambio de información
genética, y que su carácter
patógeno es el resultado de
algún tipo de agresión
ambiental que altera sus condiciones
naturales (lo que explica fenómenos
como las “apariciones” de los llamados
virus “emergentes” como la “gripe
del pollo” o la “patogenización”
de los priones). Que en los genomas
no existe el supuesto “ADN egoísta”
o “ADN basura” de los darwinistas,
sino que todos sus componentes son
parte esencial de la información.
Que las relaciones entre los seres
vivos no están regidas por
“el azar” ni “la competencia”, porque
desde el más elemental proceso
de la vida, desde la actividad celular
y el desarrollo embrionario, hasta
las relaciones entre los organismos,
especies o ecosistemas, están
involucradas complejas redes de procesamiento
y comunicación de información
y una estrecha interdependencia en
la que no sobra nada ni nadie, en
la que todos sus componentes tienen
una función imprescindible
e insustituible.
Sin embargo, estos conocimientos
no parecen hacer mella, ni en las
“profundas convicciones” de los adoctrinados
en el “pensamiento único”, ni en las
intenciones de los promotores de la “Biología de mercado”, a pesar de
que son los que nos explican los graves problemas que han surgido de las prácticas
de manipulación de procesos que no se conocen y menos se controlan,
y a pesar de que nos previenen sobre los riesgos a que éstas nos exponen.
Porque las graves alteraciones ecológicas producidas por la fuga de
“genes modificados” de los cultivos transgénicos y los riesgos para
la salud de sus productos, las muertes de los pacientes sometidos a “terapia
génica” o a transplantes de órganos animales, no son nada en
comparación con la posibilidad de que estas irresponsables manipulaciones
lleven a la generación de algún nuevo virus “híbrido”
contra el que no haya posibilidad de protección.
Y así, mientras científicos independientes de la talla intelectual
y moral de Richard Lewontin, Mae Wan-Ho, Joe Cummins o Edward Goldsmith, denuncian
estos riesgos, los ejecutivos a sueldo de las poderosas multinacionales de
la biotecnología anuncian en los medios de comunicación las grandes
ventajas de sus productos y su “equivalencia sustancial” con los naturales,
y los “más prestigiosos científicos” del pensamiento único
(cuyos “prestigiosos” nombres no merece la pena citar), justifican “científicamente”
la situación del Mundo sentenciando que los millonarios son seleccionados
en el crisol de la competencia, o que la competencia está en la naturaleza
humana, y los que triunfan son los mejores.
Lo más angustioso de todo esto es tener la conciencia de que el
cambio en la concepción de los fenómenos naturales no va
a ser posible hasta que, en nuestra sociedad, no se produzca una profunda
reflexión
sobre la terrible situación a que han llevado a la mayor parte
de la Humanidad los valores y principios “morales” (inmorales) del libre
mercado
y la libre competencia. Porque, mientras esta reflexión no se
lleve a cabo, los ciudadanos y los científicos “no competitivos”
sólo
podremos asistir, ajenos e impotentes, al triste espectáculo del
Mundo virtual que han creado los biólogos de mercado y los propagandistas
de la competencia: El Mundo de los “más aptos”.
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