|
Biologia
La
revolución biológica
Autor:
José A. Mainetti Fuente: Instituto de Bioética y Humanidades
Médicas Web: http://www.elabe.bioetica.org/obras.htm
Las revoluciones culturales La característica originaria del
hombre como ser viviente -la diferencia antropológica, decimos hoy- reside
en su minusvalía biológica respecto del animal, que está
ajustado al entorno natural y por ello no modifica a éste sustancialmente.
El hombre, en cambio, desadaptado a la naturaleza por su inespecialización
orgánica, es "creador y criatura" de cultura, artífice
y producto de un mundo propio en permanente transformación, por el cual
se humaniza la naturaleza y se realiza la humanidad. Tal, en síntesis,
la teoría "compensatoria" de la cultura, con su larga tradición
histórica y renovada vigencia en la actualidad (1).
El concepto
de "revoluciones culturales" suele aplicarse a aquellas transformaciones
en el proceso de civilización que ocurren con carácter acelerado,
radical y permanente (2). En tales revoluciones confluyen la evolución
biológica y la revolución cultural, pues se trata de modificaciones
materiales de la biosfera por la tecnosfera, de la naturaleza por la cultura,
de la vida por el artificio, del ecosistema por el antroposistema -son también
revoluciones "biológicas" en el más amplio sentido. Ilustrativas
para el caso son dos paladinas revoluciones culturales en la prehistoria de la
humanidad: el proceso de hominización y la que ha sido justo llamar "revolución
neolítica" (3).
La primera revolución cultural, en el
origen de la evolución específica, fue la revolución hominizadora,
instauradora del regnum hominis, la serie evolutiva en el linaje que lleva al
hombre actual, esto es, el árbol genealógico del orden de los primates,
la familia de los homínidos, el género Homo y la especie Sapiens.
La antropogénesis constituye una verdadera revolución dentro de
la evolución biológica -no sólo por la relativa aceleración
de un proceso evolutivo que para el género Homo se inició hace dos
millones de años y culmina en la cultura paleolítica superior, 40.000
años atrás- sino también por la ruptura en la continuidad
de la evolución biológica que significa el novum humano como peculiaridad
orgánica, esa naturaleza deficiente y originalidad somática inespecializada,
en las que hunde sus raíces el fenómeno cultural. Para la antropología
prehistórica ambas series de fenómenos, biológico y cultural,
según los respectivos registros paleontológico y arqueológico,
señalan el paralelismo y probablemente la interacción entre la evolución
genética y la técnica, la coincidencia del tipo funcional homínido
(bipedismo, manualidad, cerebralización) y las industrias líticas,
cuyos prolongados estereotipos evocan un desarrollo más orgánico
que cultural hasta el paleolítico superior, para desde allí separarse,
por un lado el progreso acelerado de las técnicas, por el otro un aparente
estancamiento del equipo neurológico del hombre (4). A partir de este momento,
el más decisivo y revolucionario en la historia de Sapiens-sapiens, se
inicia la humanidad conocida, liberada de los condicionamientos biológicos
de la humanidad primitiva: surgen nuevas formas de convivencia y nuevas dimensiones
de la existencia humana (¿humanización?), el arte rupestre, los
ritos funerarios y el lenguaje, que emancipará la tecnicidad de la somaticidad
y conducirá, a través de la revolución neolítica,
al tiempo histórico propiamente dicho.
La segunda gran revolución
cultural que registra la historia ha sido denominada por Gordon Childe "revolución
neolítica", ocurrida hace unos 10.000 años e identificada con
la invención de la agricultura y la ganadería, el cultivo de plantas
y la cría de animales, procesos de tecnificación de la vida que
hoy titulan igualmente al neolítico como "primera revolución
biológica" (5). La cultura neolítica, más que por la
"piedra pulimentada" que da nombre a esa edad, se caracteriza por las
técnicas de producción que desplazan como base económica
a las técnicas de recolección (la caza, la pesca y la predación
de los bienes naturales). Es fácil comprender por qué la cultura
agropecuaria representa la revolución cultural por antonomasia, al punto
que el vocablo "cultura" hunde sus raíces en la tierra, significa
para los latinos el "cultivo" del campo y metafóricamente la
cultura animi y el "culto" de los dioses. La cultura agrícola
tiene como base trabajos tales como la labranza (labrar = laborar), la siembra,
el regadío, la fertilización, la cosecha y el almacenamiento, determinantes
de una actividad económica compleja (inversión, capitalización,
ahorro, comercio) y reglada por los ciclos naturales de la tierra nodriza. El
modo de vida, de nómade se vuelve sedentario y urbano, y con el urbanismo
se modifican todos los esquemas sociales, (civitas = ciudad, literalmente el eje
de la civilización). La sociedad se organiza según la distribución
de la tierra, la división del trabajo, la distinción de clases y
la institución del Estado. El proceso de civilización se transforma
a radice con la tecnología agropecuaria y el milagro de la escritura, a
partir de lo cual la historia se acelera con el comercio, las comunicaciones,
la guerra y la expansión demográfica favorecida por la abundancia
de alimentos. 2.2. La Revolución de Pigmalión En
el mundo moderno la "revolución" es norma del devenir histórico
encauzado por sucesivas revoluciones de naturaleza científica, técnica,
política, industrial y posindustrial. La llamada revolución industrial
es consecuencia de las nombradas precedentemente (por ej., la máquina a
vapor y el liberalismo) y configura la civilización planetario y la imagen
tecnológica del mundo que desemboca en la crítica situación
actual. En la línea de máxima prolongación revolucionaria
de la civilización industrial, surge hoy la perspectiva de una nueva revolución
cultural, la "revolución biológica", cuyo umbral estaríamos
trasponiendo en el fin del segundo milenio. Esta revolución biológica
no sólo es parte de la "tercera revolución industriar' -nueva
era tecnológica configurada por la fábrica molecular y la inteligencia
artificial- sino que también representaría una auténtica
revolución cultural, hipotéticamente comparable a las otras dos
de la prehistoria, la hominizadora y la humanizadora o del neolítico. Las
tres son revoluciones culturales y biológicas en comunes aspectos, porque
implican una transformación del mundo por la técnica y una transformación
del sentido de la técnica como innovaciones radicales en la relación
antropocósmica. Esos tres movimientos revolucionarios, que juntos dibujan
una suerte de dialéctica de la tecnicidad, se aprehenden intuitivamente
con tres respectivas figuras de la mitología clásica: Prometeo,
Triptólemo y Pigmalión. La revolución tecnológica
de Prometeo, el titán que roba el fuego, esto es el hombre del paleolítico
superior, consiste en la conquista de un equipamiento extracorpóreo, parasoma
o episoma que le acomoda a la naturaleza, para él originariamente incómoda:
vestido, vivienda, armas, herramientas, etc. El sentido prometeico de la técnica
es la adaptación del hombre al entorno, pues el útil o artificio
imita los órganos animales -que son verdaderos instrumentos, como la trompa
del elefante o las pinzas del cangrejo- y por tanto prolonga los poderes del cuerpo
en función ortopédica. El fuego es el elemento que caracteriza real
y simbólicamente la primitiva culturación (6).
Triptólemo
-el príncipe de Eleusis a quien según la leyendas Ceres revelara
el secreto de los cereales y la difusión de las artes agrícolas-
representa en la mitología griega la saga de la revolución neolítica,
la cultura del cultivo o trabajo de la tierra, con lo cual el hombre interviene
en la naturaleza no ya como predador sino como productor, modificando el juego
de la selección natural y creando sus propias fuentes de alimentación.
El sentido de la técnica en Triptólemo es el que señalara
Ortega como concepto universal de aquélla, vale decir "lo contrario
de la adaptación del sujeto al medio, puesto que es la adaptación
del medio al sujeto" (7). El artificio ya no consiste en el "artefacto"
o prótesis prometeica, extensión cuasi natural del cuerpo, sino
en el "artilugio" mediante el cual el hombre deja de acomodarse a la
naturaleza para someter a ésta según las humanas necesidades y deseos. Otra
figura de la mitología clásica sirve para caracterizar la revolución
biológica de nuestro tiempo, ésta que es acaso una tercera revolución
cultural en el sentido que hemos venido definiendo. Se trata de Pigmalión
-el escultor misógino que se enamora de la estatua femenina por él
creada y con el favor de Venus logra darle vida y ganarse su amor- cuya leyenda
recoge Ovidio en Metamorfosis (8). El sentido pigmaliónico o antropoplástico
de la técnica consiste en el arte de esculpir o remodelar la propia naturaleza
humana; éste es el sentido de la actual revolución biológica
y bioética.
La nueva biología es a tal punto revolucionaria
que resulta plausible la hipótesis de una nueva revolución cultural
o, si se prefiere, de una "tercera revolución biológica"
en el devenir de la humanidad. A diferencia de las dos anteriores revoluciones
en la Edad de Piedra, el hombre no está ya limitado a adaptarse al medio
como hizo en el Paleolítico, ni a modificar su ambiente como desde el Neolítico
lo viene haciendo por 10.000 años y en escala planetario con la civilización
industrial, sino que tiene la posibilidad de transformarse a sí mismo y
controlar la propia evolución biológica. El carácter revolucionario
de la actual biología se aprecia singularmente en la técnica genética,
que representa una nueva forma de intervención del hombre en la naturaleza.
Desde la revolución neolítica la humanidad siempre ha introducido
modificaciones genéticas en plantas y animales por los métodos de
reproducción tradicionales. Pero con la ingeniería genética
se han superado las barreras de la especie, para compatibilizar información
hereditaria sin utilizar las terminales normales (sexuales), haciendo así
posible un intercambio de material genético entre las diversas especies.
Es este de manipular los elementos de la vida y la voluntad de controlar la evolución
y transformarse a sí mismo, lo que hace del hombre actual un nuevo Pigmalión
(9). Pigmalión, el escultor misógino enamorado de la estatua
a la que da vida constituye la figura mítica correspondiente al proyecto
antropoplástico, la autopoiesis o autocreación del hombre que persigue
la revolución biológica. La tecnología genética representa
un nuevo humano en germen para intervenir sobre la evolución biológica
y modificar la propia especie. Pero hoy mismo la biomedicina es revolucionaria
pigmaliónicamente por las formas humanas de vivir, de nacer, procrear y
vivir en la sociedad de nuestros días. No por azar la revolución
antropoplástica o de Pigmalión ha comenzado por ser una revolución
sexual o de Galatea, tecnológicamente contraconceptiva y reproductiva:
el escultor de sí mismo empieza por "reparar" la diferencia del
género-sexo. La historia de la sexualidad y la dialéctica masculino-femenino
pueden reconstruirse sobre el diseño del mito de Pigmalión y la
bella Galatea (10). 2.3 La ambivalencia antropoplástica El
sentido pigmaliónico de la técnica es el arte de esculpir o modelar
la naturaleza humana. Si el artificio se define con Prometeo por el "artefacto"
(el aparato ortopédico o compensatorio de la cultura), y con Triptólemo
por el "artilugio" (el secreto para someter la naturaleza a los fines
humanos), con Pigmalión se manifiesta "lo artístico",
la creación de lo único no-natural sensu stricto en el mundo. El
mito consagra, en efecto, el ethos artístico -la inconformidad del hombre
con la naturaleza y su afán de trascenderla- y el poder divino de engendrar
vida, el arte biogenético. Mejor que Prometeo o que Fausto da cuenta Pigmalión
del sentido de la búsqueda científica, la piedra filosofar, el secreto
de todas las investigaciones humanas, el sueño que las anima: el saber
del cuerpo; la ciencia de ese poder, el arte de reproducir y reparar la vida,
la creación de nuevos cuerpos según imaginación y voluntad.
El
nacimiento de la bioética en los últimos años es signo de
respuesta a una revolución biológica que ha comenzado ya como revolución
cultural en el sentido pigmaliónico apuntado. La novedad terminológica
y conceptual de la disciplina refleja el cambio de bios y ethiké, las nuevas
relaciones entre la vida y los valores humanos. Por un lado la actual biomedicina
como poder transformador de la naturaleza viviente en general y de la naturaleza
humana en particular. Por el otro el ethos del hombre moderno como voluntad de
dominio o control de su condición biológica, la aspiración
a liberarse de los determinismos naturales, subordinando la lógica de la
vida a la lógica de la existencia, la zoética a la bioética
(para decirlo con el etimón de bios y zoé).
Que la anatomía
sea el destino -según sentenció Freud no parece hoy fórmula
para la vida del hombre en su condición más carnal, si atendemos
los cambios de la revolución biológica en la natalidad, la sexualidad
y la mortalidad de nuestro tiempo. Nacer, procrear y morir, son verbos que se
conjugan de distinto modo a partir de los métodos contraceptivos, las tecnologías
reproductivas y las prácticas de terapia intensiva. Cunde un nuevo ethos
contraceptivo (disociación sexualidad-procreación), reproductivo
(responsabilidad genética) y tanático (derecho a morir). En estos
ejemplos de la realidad bioética cotidiana se advierte el ethos del control
de la vida y del dominio sobre la naturaleza biológica del hombre, el ethos
de la revolución antropoplástica o de Pigmalión. El problema
es saber entonces hasta qué punto es posible y lícita la intervención
en la naturaleza humana, cuándo la introducción de una nueva tecnología
biomédica constituye un auténtico progreso en el sentido cualitativo
del término, si acaso la mentada revolución significa liberación
o manipulación para el individuo y la sociedad, si sirve a la dignidad
del hombre o conspira en la deshumanización (1l).
Frente a la esencial
ambivalencia de la técnica o dialéctica de la naturaleza y el artificio
que nos recuerda la historia de Pigmalión, la bioética tiene que
sortear un doble escollo, el Escila del optimismo y el Caribdis del pesimismo
tecnológicos. Por un lado, la tentación de identificar la moral
con la lógica de la técnica, el bien con la satisfacción
del deseo y el deber ser con el poder hacer, lo moralmente exigible con lo técnicamente
factible. Por el otro, la tentación de identificar la moral con la antilógica
de la técnica, el bien con la renuncia al deseo y el deber ser con el no
poder hacer, lo moralmente permisible con lo naturalmente posible. Es prudente
evitar por principio ambas actitudes extremas, la tecnolátrica y la tecnoclástica,
tanto una ética "ofensiva" como una ética "defensiva"
que prejuiciosamente limitan la moral a la función aceleradora o frenadora,
antes bien que conductora, del progreso tecnológico. Tal cosa parecer ocurrir
entre las dos grandes familias morales que se disputan el campo bioético:
los partidarios del "orden natural de las cosas", que condenan la mayor
parte de las innovaciones, sobre todo en el dominio de la sexualidad y la procreación;
y los campeones de la utilidad y la libertad, que ven en el resultado y las posibilidades
del conocimiento científico el verdadero genio de la especie (12). Pigmalión,
el artista que anima la estatua salida de sus manos, el que por su creación
se ha separado de la vida y luego identificado en plenitud con ella, es símbolo
de la ambivalencia del hombre respecto de la naturaleza, a la vez límite
y norma, resistencia a superar y modelo a imitar (13). La revolución biológica
presta apoyo a la idea -ella misma revolucionaria para la antropología
filosófica- de que no existe la naturaleza humana. Pero ello en modo alguno
significa, como dice el Hermano Mayor en 1984 de Orwell, que "la naturaleza
humana es creación nuestra". El ethos pigmaliónico o antropoplástico
presenta esta ambivalencía: por un lado es expresión de antropologismo,
posición del hombre como medida de todas las cosas y voluntad de dominio
sobre la naturaleza cósmica; por el otro es manifiesto naturalismo, promoción
del cosmos como orden universal en el que el hombre encuentra ser y sentido. Tal
dualidad acusa la revolución cultural que hoy nos propone la biología,
el contraste que ejemplifican una técnica genética y una ética
del gen para la humanidad que conjuga bebés de probeta y muñecos
con sexo. La bioética tendrá que dar una respuesta equilibrada,
evolucionada, a la confrontación antropocósmica de la revolución
biológica en que estamos. REFERENCIAS 1.
El presente capítulo es versión abreviada y modificada de mi artículo
"La revolución de Pigmalión". recogida en José
A. Mainetti Introducción a la Bioética, Quirón La Plata,
1987, p. 14-24. Para la historia y teoría de la tesis del hombre como ser
negativo y el carácter compensatorio de la cultura, véase José
A. Mainetti Homo Infirmus, Quirón, La Plata, 1983. 2. CL R. Maliandi,
"De la 'revolución de Triptólemo' a la crisis planetario",
en Cultura y Confllicto, Biblos, Buenos Aires, 1984. 3. Ibidem, estudio referido
especialmente a la "revolución del neolítico" bajo la
figura mitológico de Triptólemo, en el cual no poco se inspira éste
de la "revolución biológica" y Pigmalión. 4.
CE F. Tineland. La Difference Anthropologique (Essai sur les rapports de la nature
et de l' artífice), Aubier, París, 1977, obra que se inscribe en
el neoevolucionismo como escuela antropológica contemporánea y continúa
los clásicos trabajos de A. Leroi-Gourhan sobre la comparación entre
ambas curvas de fenómenos, la que expresa el progreso de las técnicas
y la que representa la evolución física del artesano. 5. G.
Childe Qué sucedió en la historia (traduc. esp.) La Pléyade,
Buenos Aires, 1982. 6. Véase para más amplio tratamiento del
tema, mi trabajo "De hominis infimitate o la antropología prometeica",
en R. Sevilla (ed.). La evolución, el hombre y el humano, Instituto de
Colaboración Científica, Tübingen, 1968. 7. R. Maliandi
op. cit., p. 166. 8. Ovidio, Metamorfosis Bruguera, Barcelona, 1983, pp. 309-311.
Cf. E.Frenzel Diccionario de argumentos de la literatura universal El nombre de
Pigmalión proviene acaso del griego pugnos = puño, muñeca.
En mi artículo precedentemente citado "La revolución de Pigmalión"
(pp. 22-23), transcribo, por varios conceptos, esta interesantísima narración
de Ovidio. 9. El ejercicio de la ficción antropoplástica en
base al arte biogenético encuentra hoy algunos ejemplos a la vez fascinantes
e inquietantes, como la clonaci6n humana y la conquista de una relativa amortalidad
de la especie. Véase "La revolución de Pigmalión"
op. cit., pp. 20-23. 10. Véase mi trabajo "La revolución
de Galatea", Quirón, 1989,20,1, 5-7. Es notable cómo el mito
representa las tres etapas de la historia de la sexualidad que describe P. Ricoeur
en su Symbolique du mal. 11. La conferencia de Asilomar fue un hito histórico
en las relaciones entre la ciencia y la ética, motivada por la responsabilidad
ante las consecuencias imprevisibles e indeseables de la ingeniería genética
experimental. Hoy el tema pasa más bien por las aplicaciones humanas de
la biotecnología, como el proyecto del genoma humano, megaproyecto para
la biología equivalente al Proyecto Oppenheimer para la Física (bomba
atómica) y el Proyecto Apolo para la ingeniería espacial. La Human
Genoma Organisation (HUGO), integrada por 42 científicos intenta proveer
un foro de discusión para las consideraciones éticas, sociales,
comerciales y legales relacionadas con la cartografía cromosómica
y la nueva aventura del hombre cuyo destino son los genes. 12. Todos estos
motivos revelan la ansiedad profunda que en el hombre actual despierta la bioficción
de la humanidad futura, en virtud de la ambigüedad de una utopía biohistórica.
"Prolongación de la existencia, elección del sexo del hijo,
fecundación póstuma, generación sin padre, transformación
del sexo, embarazo en matraz, modificación de los caracteres orgánicos
antes o después del nacimiento, regulación química del humor
y el carácter, genio o virtud por encargo ...; todo esto aparece desde
ahora como hazaña debida o hazaña posible de la ciencia de mañana".
El texto de Jean Rostand da cuenta con fina ironía del doble rostro de
la revolución biológica, su poderío y fragilidad, su ambivalente
sentido de liberación y manipulaci6n, hurnanización y deshumanización.
13. El mito de Pigmalión como símbolo de la condición
humana consiste en la ambivalencia del deseo atrapado en la finitud del cuerpo.
El artista pretende escapar de la carne, rechaza la naturaleza -el sexo que es
su servidumbre- para abrazar la materia más noble del arte, pero cuya forma
definitiva es la vida misma, que comprende los contrarios. Desde Arist6teles,
la relación cuerpo-alma entendida hilemórficamente se ha valido
del tema de la estatua (metáfora frecuente en filosofía, recuérdese
al pasar la estatua sensualista de Condillac), es decir, la ontología del
artificio. "Todo el cuerpo humano es así-, como construcción
no está mal, pero como materia un fracaso: la carne no es un materia sino
una maldición", dice el protagonista de la novela de Max Frisch Homo
Faber. |