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Humanidad
La física
cuántica arroja una nueva visión de los procesos sociales.
Autor: Alicia Monstesdeoca
Fuente: Tendencias Sociales. La razon sensible.
Web: http://www.tendencias21.net
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La física
cuántica arroja una nueva visión
de los procesos sociales.
El infinito mundo de posibilidades
de las partículas elementales
es la base de la libertad humana.
El
conocimiento es fruto de la experiencia social, pero nunca se es
consciente de todos los acontecimientos simultáneos porque
la percepción actúa a modo de barrera. Con la física
cuántica, sin embargo, empezamos a entender que la realidad
que observamos no tiene fronteras. Sólo existen probabilidades
que propician la construcción de nuevas realidades, que se
concretan según la voluntad del actor, el cual actúa
como "atractor extraño" de dichas posibilidades.
Sin embargo, las valoraciones sociales actuales no dejan de responder
a la ilusión de que estamos viviendo un progreso lineal.
Como consecuencia, se adopta una concepción determinista
y trágica del ser humano y de sus funciones sociales. Luego
nos sorprendemos de "la desidia y del conformismo existentes".
Por Alicia Montesdeoca.

La unidad
social no viene dada por la homogeneización del pensamiento,
sino por aquella expresión colectiva que permite que el conocimiento
alcanzado sea fruto de la experiencia común, en la que cada
sujeto es protagonista y aporta, con sus vivencias, un matiz diferente,
con lo que se obtiene una intensidad mayor del color del producto
social logrado.
La
pregunta permanente se abre paso a través de las mentes y,
en su desarrollo, trata de buscar explicaciones para comprender
y a la vez explicar. Este proceso, que es colectivo, siempre, en
algún momento, encuentra una forma de salir a la superficie.
El vehículo puede ser un individuo o un grupo. En ambos casos,
estarán vinculados a la realidad que se conceptúan,
y que se sintetizan, y, por lo tanto, son recolectores de los frutos
que han sido cultivados en el campo de la mente social.
El
conocimiento es, pues, un producto fruto de la experiencia, gestada
y nutrida por todos, aunque no se tenga conciencia de ello, porque,
aunque lo pretendamos, nunca se es consciente de todos los acontecimientos
simultáneos en los que estamos involucrados. En este contexto,
también, hemos de enunciar aspectos que ayuden a encontrar
una comprensión mayor, para acabar con la percepción
falsa de límites, separaciones, divisiones o fronteras.
Llegar
a comprender la verdadera naturaleza del ser humano y de su entorno
supone adentrarnos, a través de la maraña densa que
la historia, interpretada por la ciencia, la filosofía y
las religiones, ha construido sobre aquella.
Ken
Wilber, en la introducción a su obra "La conciencia
sin fronteras" dice: "Es como si nuestra percepción
habitual de la realidad no fuera más que una isla insignificante,
rodeada por un vasto océano de conciencia, insospechado y
sin cartografiar, cuyas olas se estrellan continuamente contra los
arrecifes que ha erigido a modo de barreras nuestra percepción
cotidiana".
Fronteras
Este
autor parte del principio de que existe una unidad de conciencia
o identidad suprema, la cual constituye la naturaleza y condición
de todos los seres sensibles, pero, paulatinamente, vamos limitando
nuestro mundo y nos apartamos de nuestra verdadera naturaleza al
establecer fronteras.
"Efectuamos,
dice, una división artificial en comportamientos de lo que
percibimos: sujeto frente a objeto, vida frente a muerte, mente
y cuerpo, dentro y fuera, razón e instinto, y así
recurrimos a un divorcio causante de que unas experiencias interfieran
con otras y exista un enfrentamiento entre distintos aspectos de
la vida".
La
importancia de esta forma bipolar de divisiones que establecen líneas
de conocimiento, "es que siempre tendemos a tratar la demarcación
como si fuera real, y después manipulamos los opuestos así
creados. Aparentemente, jamás cuestionamos la existencia
de la demarcación como tal. Y como creemos que ésta
es real, imaginamos tercamente que los opuestos son irreconciliables,
algo que está para siempre separado y aparte".
Visión
cuántica de la sociedad
Con
la física cuántica, sin embargo, empezamos a entender
que la realidad que observamos ni está dividida, ni es previsible.
El universo visto desde la física subatómica no tiene
fronteras, ni se puede medir con exactitud cómo va a conducirse.
Así
se descubre que, en los comportamientos de un sistema formado a
partir de la construcción de "metademarcaciones",
sólo existen probabilidades, es decir, sólo se pueden
ofrecer conjeturas. Con la enunciación de su principio de
incertidumbre, Heisenberg pone de manifiesto el fin del "marco
rígido", el desplome de las viejas demarcaciones establecidas
por la física clásica. Admitiendo la incertidumbre
se admite, también, la posibilidad de cambio y de construcción
de nuevas realidades, se tiene presente la potencia de la realidad,
lo contingente.
Gary
Zukav, en La Danza de los Maestros, considerada la mejor obra divulgativa
de la física cuántica, dice: "La mecánica
cuántica nos enseña que nosotros no estamos separados
del resto del mundo, como habíamos creído. La física
de las partículas nos enseña que el resto del mundo
no es algo que permanece ocioso allá afuera. Por el contrario,
es un brillante campo de continua creación, de transformación
y, también, de aniquilamiento. Las ideas de la nueva física
pueden dar lugar a que se produzcan experiencias extraordinarias
cuando son captadas en su totalidad".
Si
proyectamos filosóficamente las conclusiones de la mecánica
cuántica, podemos afirmar que no sólo influimos en
nuestra realidad sino que, en cierta medida, la creamos. Es decir,
podemos afirmar que materializamos ciertas propiedades en la sociedad
porque elegimos medir esas propiedades.
El
famoso físico John Wheeler escribió: "Al universo
¿lo atrae, de alguna manera, a la existencia la participación
de los participantes?... El acto vital es el acto de participación.
Participador es el nuevo concepto incontrovertible ofrecido por
la mecánica cuántica. Derrota el término observador,
de la teoría clásica, que designa al hombre que está
seguro detrás de un grueso cristal protector y observa lo
que ocurre a su alrededor sin participar en ello. Esto es algo que
no puede hacerse en la mecánica cuántica"
Causa
y efecto de la experiencia
Desde
estas aportaciones teóricas, podemos precisar, con mejor
luz, que el objeto social, tomado para el análisis, es causa
y efecto de la experiencia individual y colectiva: esta experiencia
se va construyendo con cada acción (entendiendo ésta
como acto consciente e inconsciente; voluntario e inducido; físico
y mental). De esta manera, también podemos percibir que cada
presente es una captación instantánea de todos los
presentes, el cual interpretamos con los recursos cotidianos de
nuestro espacio tiempo.
En
consecuencia, cualquier comunidad, en cualquier presente, es producto
de los factores que laten en ese instante, con su propia impronta
derivada de los elementos que están interactuando, para la
configuración de esa realidad: económica, política,
cultural.
Cada
presente está impregnado así de la "información"
necesaria para reproducir, en cualquier instante o en cualquier
condición, el impulso de la vida con sus ciclos. Desde esta
perspectiva, las sociedades se configuran como macro-células
de un gran organismo planetario, sujeto a las mismas leyes de la
materia cósmica que se encuentra en el universo.
Nuevo
conocimiento y viejas creencias
Toda
esta reflexión nos hace descubrir las contradicciones que
existen entre las ideas que sugieren el nuevo conocimiento y las
creencias que existen sobre lo que conocemos y cómo lo conocemos.
En
primer lugar, el sujeto del conocimiento se siente el "observador
de la realidad". Una realidad que está fuera de sí
mismo y a la que puede conocer objetivamente. Sin embargo, según
señala en su obra "Languages of the brain" el neurocirujano
de Stanford Kart Pribram, ese ser, en apariencia individual, que
se presenta como sujeto porque se siente en ese instante "el
observador", desconoce que su cerebro es un holograma que interpreta
un universo holográfico.
Y es
que con la física cuántica aparece también
el concepto de realidad como un todo que no se puede fragmentar
para ser explicado, tal como ocurre con un holograma. También,
la realidad aparece como potencia para la creación, donde
se dan, simultáneamente, infinitas posibilidades de formas
de expresión, que se concretan según la voluntad del
actor, el cual actúa como atractor extraño de dichas
posibilidades.
Para
la física cuántica, cualquier realidad es posible,
pero, según sea el "observador-participador" sólo
se concreta una: todo es posible y sólo hay una concreción;
todo es posible aunque se concrete sólo una expresión.
El potencial cuántico depende de las interacciones entre
las "partículas" del sistema y el contexto.
Si
proyectamos los principios de la mecánica cuántica
al escenario de lo social, podemos concluir que cualquier estructura
se sostiene porque no se cuestiona. Las realidades son alimentadas
por la rigidez de los pensamientos que se adueñan de nuestra
capacidad de conocer, y que, como verdaderas murallas, nos impiden
acceder a una comprensión mayor de aquella realidad última
que perseguimos, incansablemente, los humanos de todos los tiempos.
La
comprensión de esto nos lleva a observar la realidad a partir
de su potencia de creación, no sólo de su concreción
temporal, y a mirar, críticamente, la posible arbitrariedad
de aquel pensamiento que se sostiene con afán categorizador,
porque limita las posibilidades de conocimiento, de creación
y de cambio, impidiendo que se despliegue toda aquella otra realidad
que no está dentro de su ángulo de focalización.
El
pensamiento social, de espaldas al conocimiento científico
Por
eso, las valoraciones sociales que hoy se hacen y que marcan profundamente
la acción, no dejan de responder a una ilusión: la
ilusión de que estamos viviendo un progreso lineal. Una linealidad
que somete a la sociedad y a sus individuos a la creencia misma
en dicha ilusión y que se retroalimenta con una formación
a-crítica, generadora de conductas individualistas.
Las
opciones sociales, nunca fruto de la elección personal sino
del discurso con mayor autoridad y prestigio temporal, no suelen
ser cuestionadas por las ciencias humanas, que se limitan a relatarlas.
Las ciencias humanas, también, quedan atrapadas en ese discurso
y en la ilusión evolucionista (lineal), a pesar de los nuevos
conocimientos sobre la realidad que provienen, fundamentalmente,
de las nuevas ciencias físicas y biológicas.
Las
consecuencias prácticas son trascendentales. Tomada "la
realidad social", como un universo aislado, estático,
inercial y previsible, se cae en el análisis de los valores
"imperantes" en bloque. De esta forma no se tiene en cuenta
la coyuntura en la que los valores se producen, dándoseles
categoría de absolutos y pensando siempre que son consecuencia
de un proceso civilizador. Este análisis no considera la
importancia de las creencias en las bondades del modelo imperante,
sostén imprescindible para la existencia de dicho modelo.
Es
el precio del desarrollo, se afirma, dando por sentado que las consecuencias
no deseadas son fruto de una ley de compensación natural
contra la que no se puede hacer nada. Una afirmación que
se niega a mirar las distorsiones que se producen a causa de la
propia visión fragmentadora o categorizadora que la caracteriza.
Como
consecuencia, se adopta una perspectiva del presente que juzga el
aquí y ahora con una concepción determinista y trágica
del ser humano y de sus funciones sociales. Al sujeto se le supone,
aparentemente por consenso, sin esencia alguna que le sirva de timón,
gobernado por los valores especulativos, sin intereses que no sean
los propuestos por el mercado, sin impulsos de proyección,
sin potencial ni esperanza para construir algo distinto al ideal
que se predica. En definitiva, sin capacidad de reacción.
Agujero
negro social
Con
esta visión funcional, el sujeto parece quedar atrapado por
las leyes del sistema y engullido por un enorme "agujero negro"
de "no vida". Esta visión abarca, mecánicamente,
al sujeto de todas las culturas, de todos los estratos sociales,
que de esta forma queda convertido en una abstracción esperpéntica:
el ciudadano es un tipo sin alma; una marioneta sin voluntad, movida
por los vientos de la especulación y el mercantilismo, gobernada
por un discurso vacío del que permanentemente se hacen eco,
multiplicando sus efectos, los llamados "medios de comunicación".
Es
como si la "muerte de Dios" por decreto, incluyera la
desaparición del sujeto como expresión de un espíritu
con voluntad creadora. Ese sujeto sin espíritu, sin voluntad,
sin sentimientos, es un ente vacío, robotizado, dirigido
con mando a distancia (a cuanta más distancia de él
mejor se le dirige): de ahí a carecer de responsabilidad
en sus actos no hay ni un paso.
Luego
nos sorprendemos de "la desidia y del conformismo existentes",
de los niveles que alcanzan los conflictos, de las características
que adoptan las violencias, de la magnitud de los integrismos, de
la masiva aceptación de las políticas neo-nazis...
de los modos suicidas con que nuestros jóvenes "viven
a tope" sus mejores años: cada vez se les dificulta
más el encuentro con la identidad, también las referencias
para alimentarla. Todo ello porque la mirada adolece de un grado
intenso de miopía para ver a lo lejos y en múltiples
direcciones.
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