| Ciencia La
manera de contar la ciencia admite infinitas categorías.
Autor:
Mariano Sigman Fuente: Megatendencias. Web: http://www.wmaker.net/tendencias
Divulgar
ciencia se ha convertido en uno de los oficios más complicados, debido
por un lado a la complejidad de los conocimientos científicos, y por otro
a la dificultad de explicar en lenguaje cotidiano ideas y conceptos que trascienden
la cultura popular. Asimov (1920-1992) es un referente de la divulgación
científica no exento de aspectos polémicos, pues ejerció
tanto de futurista tecnócrata y calificado, sin mayor rigor científico,
como de relator de lo eventualmente posible. Su trayectoria refleja que la manera
de contar la ciencia admite infinitas categorías. En el fondo es una cuestión
de gustos.
La manera de contar la ciencia admite infinitas categorías
La divulgación se ha
convertido en uno de los oficios más complicados
Divulgar
ciencia se ha convertido en uno de los oficios más complicados, debido
por un lado a la complejidad de los conocimientos científicos, y por otro
a la dificultad de explicar en lenguaje cotidiano ideas y conceptos que trascienden
la cultura popular. Asimov (1920-1992) es un referente de la divulgación
científica no exento de aspectos polémicos, pues ejerció
tanto de futurista tecnócrata y calificado, sin mayor rigor científico,
como de relator de lo eventualmente posible. Su trayectoria refleja que la manera
de contar la ciencia admite infinitas categorías. En el fondo es una cuestión
de gustos. Por Mariano Sigman. Cuentan que Murray Gell-Mann, en algún
congreso histórico, se lanzó en voz alta a un debate contra alguien
que acababa de realizar un experimento que mostraba que su teoría (la de
Gell-Mann) no era cierta. Entonces el experimento está mal, gritó
Gellman. La
anécdota no hubiese trascendido mucho mas allá del habitual mal
genio de algunos genios, si no fuese porque al poco tiempo se demostró
que efectivamente el experimento estaba mal y que la teoría de Gellman
era correcta. Es
que algunos personajes de sobrada fe a los que la razón y la suerte les
juega a favor son realmente difíciles de voltear. Gellman es uno de ellos
y otro Isaac Asimov, quien recorriera pragmática y prolíficamente
el camino que va desde la ciencia a la ciencia ficción. A
Asimov nunca le preocupó demasiado la literatura más allá
de su capacidad de explicar con simpleza, bajo la presunción sabia, de
que si un pasaje no se entendía, no era que el lector fuese un idiota,
sino que algo había fallado en la escritura. Sus
textos no tenían que ser bellos ni conmover por su forma. Semántica
pura. La única razón de sus escritos era volcar un significado que
comunicase ciencia más o menos exagerada (más o menos ficticia),
pero ciencia al fin. Asimov,
vuelta sobre sí mismo Habiendo
dado la vuelta entera a su existencia y volviéndose sobre si mismo, Asimov
también escribió sobre sus escritos con el fin de ejemplificar (de
manera insuperable según sus consideraciones) la manera en la cual se ha
de escribir de ciencia. Su
colección de ensayos "El electrón es zurdo" presenta de
manera elegante y totalmente implícita esta sutil batalla de un escritor
contra si mismo en la que sólo subsiste elogiada la persona. La historia,
de connotación fílmica, es la siguiente: El
primer capítulo del libro, "Futuro Amenazador", versa sobre los
caminos que puede elegir un divulgador de ciencia. El primero, tal vez el más
natural y sin duda el más frecuente, es el del futurista tecnócrata
y calificado. ¿Cómo serán las aspiradoras del siglo XXI,
doctor Asimov? El vulgarizador hace uso de su bola de cristal, oficia según
el oficio de la ciencia más afinada para predecir el mundo en algunos días,
meses, años o siglos. Muchos
(y Asimov más que nadie) saben que esto es un abuso. Que la ciencia apenas
predice con un poco de confianza las nubes y tormentas por algunos días
y que difícilmente puede ser certera sobre las aspiradoras de doscientos
años más tarde. Claro que predecir algo a falta de todo ya es suficiente,
pero aún así, Asimov tiene una crítica más relevante:
tengan la forma que tengan y aspiren lo que aspiren con el mecanismo que se les
de la gana, esta cuestión no es demasiado pertinente. Sociología
de la tecnología Dicho
de otra manera, y para volver a una metáfora más relevante y que
se encuentre definitivamente con el cine, a nadie le importa demasiado si en un
mundo lleno de robots estos tienen tres o seis cabezas, son propulsados por fisión
o fusión, o si vuelan gracias a que son más ligeros o porque tienen
fuentes de energía más apropiadas. Lo relevante es como seria un
mundo lleno de robots. Es
decir, un mundo donde casi todos los trabajos están resueltos (la crisis
social que deviene de la proliferación del automatismo es sin duda una
profunda divulgación del Marxismo promovida por Asimov), donde la gente
por lo tanto se aburre, se vuelve inútil y busca no sin dificultad nuevas
ocupaciones. Un mundo donde además las máquinas inteligentes pueden
entran en conflicto con sus creadores. Este
escenario, que prescinde completamente de los detalles tecnológicos de
los robots en pos de la transformación que estos representen en el mundo,
esta sociología de la tecnología, es lo que Asimov considera que
un buen divulgador debe hacer. No casualmente es además lo que él
hizo (y aquí llega finalmente el cine) en su novela, convertida hace poco
en película, Yo Robot, plagada de robots y máquinas. En
este mundo completamente automatizado, la historia prescinde de detalles y se
vuelve una tesis sobre la vulnerabilidad de las constituciones. Los robots están
programados, vía una serie de leyes, para asegurarse que nunca atentarán
contra sus creadores.
Cualquier analogía, pura coincidencia Asimov
muestra que esto es esencialmente imposible. Que la ambigüedad del lenguaje,
la metáfora que deviene de la inteligencia, hace que un texto máximo
pueda tener más de una lectura (cualquier analogía con la realidad
es pura coincidencia) y que atentar contra uno o muchos hombres no sea necesariamente
atentar contra los hombres.
Los
ejemplos sobran para honrar este tipo de divulgación, y la del automóvil
sea tal vez una de las historias más pertinentes. La divulgación
más interesante no fue la que predijo la evolución del motor a explosión,
sino la transformación de un mundo repleto de vehículos: el cambio
de la noción de distancia, la transformación urbanística,
las autopistas, la 9 de Julio, la contaminación... El
ejemplo más reciente es sin duda el de Internet. Su complejidad tecnológica
es ínfima y no resulta particularmente importante en que frecuencia emiten
los satélites o el ancho de banda de una fibra de vidrio, sino un mundo
en el que lo que dice una de las miles de millones de personas de este grupo puede
llegar a las otras miles de millones de personas en menos de un segundo. Pareciera
que el problema (el de la buena divulgación) está resuelto. La formula
consiste en enfocarse en las consecuencias y prescindir de los detalles. Pero,
claro, siempre hay un pero. ¿Y quien es acaso capaz de criticar a Asimov?
No es muy difícil y seguramente ya lo saben: Asimov. El
viaje fantástico Dos
capítulos más tarde, Asimov escribe de otra novela suya que se convirtió
en película. En realidad aquí la historia es al revés, fue
un guión de cine que devino en novela de Asimov; la historia del Viaje
Fantástico de un grupo de cirujanos del futuro que se sumergen en el flujo
sanguíneo de un paciente en un submarino microscópico. Cuando
le pasaron el guión a Asimov, éste se enojo, con razón, por
la liviandad con la que habían tratado un problema tan profundo (que nada
tiene que ver con la simpleza con la que se trata a un problema complejo) ¿Qué
es eso de hacerse tan pequeños? O más bien, ¿cómo
se hace? Acaso
los átomos se comprimen resultando en hombrecitos lo suficientemente densos
como para hundirse en la tierra (y ni que hablar entonces de la sangre del pobre
paciente). O acaso desaparecen algunos átomos conservando las proporciones
y las formas, algo así como un ratón con cerebro de persona. O tal
vez (y es la opción que elige Asimov) toda la materia, y con ella la masa,
se reducen, invocando a otro mundo para que absorba la energía que libera
en el proceso. ¿Y
como hace un submarino para moverse en el mundo viscoso y agitado por la tormenta
ruidosa de moléculas que colisionan contra el submarino como si este navegase
en pleno tablero de billar? Todo esto, claro, no es importante para la película,
más concernida por si al final el tipo se salva o no, y por si se hace
justicia entre los malos y los buenos. Detalles al fin. Describir
lo eventualmente posible Tampoco
le importaría al Asimov del primer capitulo, obsesionado con la forma de
un mundo en el que la gente se haga invisible al ojo humano y en que podamos penetrar
literalmente en las entrañas del otro. Y sin embargo, como bien señala
el Asimov del capitulo tres, esta divulgación es pertinente. Pertinente
porque permite hacer justicia con el conocimiento del estado de las cosas, porque
a la manera poética (y sin ninguna poesía) establece una forma necesaria,
común a toda la divulgación, el describir lo eventualmente posible;
tan sólo los futuros sensatos. También es de alguna manera relevante
como estimativo para el sociólogo de la tecnología, para el sociólogo
del futuro. ¿Cómo discernir los miedos fantasmas de los miedos sensatos,
las paranoias de las precauciones la expectativa del delirio? En
la ciencia se repite sistemáticamente lo de las transiciones de fase. El
agua se enfría y se vuelve más fría, se enfría algo
más y se vuelve aún más fría, y se enfría aún
un poco más y entonces se vuelve hielo. Algo de lo cual Asimov también
hizo uso como una metáfora para la historia, aferrado a un principio general,
los detalles y las cantidades cada tanto son pertinentes, tanto que cambian radicalmente
el estado de las cosas. Barcos
capaces de recorrer cuatrocientos, mil o mil quinientos kilómetros, no
establecen una diferencia fundamental (para la historia). Barcos capaces de recorrer
siete mil kilómetros hicieron que Europa llegue a América. Alemania,
se sabe, no hizo nunca la bomba atómica (con o sin mano negra de por medio)
porque pensaron que la cantidad de uranio que precisaban era más de la
necesaria. Los unos y los otros entendían concienzudamente el mundo después
de la bomba. Categorías
de contar ciencia Pues
bien, dadas dos formas, ya no hay solución posible y se hace evidente (o
por lo menos plausible) que la manera de contar la ciencia admite infinitas categorías.
Es sin duda estéril tratar de bregar por una o por la otra. A fin de cuentas,
como en tantas otras decisiones, en el fondo hay una cuestión de gustos.
Entre
todas esas divisiones, una que de alguna manera incluye a todas y de la que aquí
me declaro gustoso, es de los que saben qué quieren contar y no vuelcan
noticias a destete, sean de la casta que sean: los sociólogos de la tecnología,
los vertedores de detalles, los inquisidores de filosofías, o, simplemente,
los narradores de historias.
Mariano Sigman es físico y doctor en neurociencias. Investigador en Neurociencias
del Institut National de la Santé et de la Recherche Médicale (Paris).
Miembro del Human Frontiers Science Program y del Consejo Editorial de Tendencias
Científicas.
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