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Biologia
Bacterias:
supervivencia en Liberia.
Autor: Stephen Hart
www.astroseti.org
-
08.04.2002
-
El
concepto de animación suspendida
es la base argumental de docenas de películas
y libros de ciencia-ficción. Si
un proceso así puede llegar a
funcionar con humanos, sin duda sea dentro
de muchas décadas. Pero los exobiólogos
cuentan con la animación suspendida
como una de sus mejores posibilidades
para encontrar vida en otros planetas,
y especialmente en Marte. Esta primavera,
Gene D. McDonald y sus colegas les han
dado algunos motivos sólidos para
la esperanza: las pruebas de que organismos
unicelulares como la bacteria, los archaea
y los hongos reparan el daño celular
sufrido durante decenas de miles de años
(y quizá mucho más tiempo)
después de haber estado congelados.
Los
científicos han sabido desde
hace casi un siglo que los microorganismos
pueden sobrevivir en el permafrost siberiano.
Sin embargo, no se comprende del todo cómo
lo hacen. El descubrimiento de McDonald
se basa en el hecho de que incluso en el
permafrost la animación parece que
no se suspende del todo.
Incluso
cuando todos los procesos vitales parecen
haberse detenido, no lo han hecho
todos los procesos que afectan a la vida.
Los organismos congelados en el suelo siguen
siendo bombardeados por la radiación
procedente de los elementos del interior
de ese mismo suelo. Y todas las moléculas
tienen una cierta vibración a cualquier
temperatura por encima del cero absoluto.
De ese modo, el ADN y otras moléculas
importantes continúan protegiendo
frente la amenaza a la vida. Para que los
organismos sigan siendo viables durante
largos periodos de tiempo, deben mantener
de algún modo un nivel mínimo
de reparación molecular.
"Una de las razones por las que hemos
hecho este trabajo es que se ha venido
creyendo que los organismos enterrados
en el permafrost durante decenas de miles
o centenares de miles de años eran
metabólicamente inactivos",
dice McDonald. Pero se preguntaba: si permanecen
completamente inactivas, ¿cuánta
radiación perjudicial podían
soportar las células?
Para
responder a esa pregunta, McDonald y
sus colegas Karen Brinton y Alexandre
Tsapin, ambos trabajando con él
en el JPL de Pasadena, y David Gilichinsky,
de la Academia Rusa de Ciencias en Pushchino,
necesitaban un indicador adecuado de la
actividad reparadora molecular de las células
alojadas en el permafrost siberiano del
que obtenían sus muestras.
Uno
de esos indicadores es el ritmo al que
ciertos fragmentos constitutivos de
las proteínas sufren un normal cambio
molecular. Al tratarse de moléculas
asimétricas, los aminoácidos
se presentan en formas "diestras" y "zurdas",
etiquetadas como D y L respectivamente.
A cualquier temperatura por encima del
cero absoluto, cualquier molécula
individual de aminoácido cambiará de
la forma D a la L y viceversa, en un proceso
llamado racemización. Una cantidad
de cualquier aminoácido dado, independientemente
de sus proporciones iniciales de moléculas
D y L, acabará por alcanzar un estado
de equilibrio con aproximadamente el mismo
número de moléculas de cada
una de las dos configuraciones en todo
momento.
McDonald
dice que la velocidad de este proceso
difiere de unos aminoácidos
a otros y depende de la temperatura y otros
parámetros del entorno. "Literalmente
puede ser desde horas en el agua acidulada
en ebullición hasta miles de millones
de años en un sedimento seco y frío."
Este
proceso, aunque normal en química,
es contrario a la biología. Las
proteínas de los organismos vivos
no funcionan si contienen aminoácidos "diestros".
Pero el proceso de diestros a zurdos y
de zurdos a diestros se da ininterrumpidamente
incluso en las células vivas. En
consecuencia, explica McDonald, los organismos
han desarrollado "encimas que básicamente
rondan y rebuscan alrededor de los aminoácidos
D, los "diestros", y acaban con
ellos. Porque si los aminoácidos
D alcanzan un nivel demasiado elevado pueden
envenenar la síntesis de proteínas
y, esencialmente, matar a la célula."
Estas
encimas se muestran tan eficaces que
una célula viva mantiene una
proporción cercana a cero entre
los aminoácidos D y L. Este proceso
proporciona una especie de reloj para determinar
la edad de las células muertas o
de las células con la actividad
molecular suspendida. Una vez que se detiene
el proceso de reparación el reloj
comienza a correr, y el nivel de aminoácidos "diestros" crece
lentamente.
"Si sabes cuál es la temperatura
del ambiente, y si has medido el ritmo
de racemización (el cambio molecular)
a esa temperatura, entonces podrás
predecir cuál sería la cantidad
de racemización para una edad dada",
dice McDonald.
Los
aminoácidos sufren estos cambios
D a L y a D a diferentes ritmos, así que
McDonald eligió para su estudio
al aminoácido más veloz,
el llamado ácido aspártico.
Para calibrar el reloj, el equipo estudio
el ritmo al que el ácido aspártico
cambiaba de "zurdo" a "diestro" a
diferentes temperaturas, y aplicó la
técnica de datación por carbono
14 a las muestras. Todos los organismos
usan carbono del medio ambiente para fabricar
sus moléculas con carbono. La cantidad
de carbono 14, una forma radiactiva, decrece
continuamente desde que la célula
deja de construir nuevas moléculas
con el carbono atmosférico: cuando
muere o se congela, por ejemplo. Al medir
la cantidad total de carbono 14 en una
muestra, los investigadores tienen una
vía independiente para determinar
la edad de la muestra.
Los
investigadores pueden extraer los resultados
del reloj de aminoácidos
de diversos modos. Como el proceso depende
de la temperatura, McDonald comparó la
temperatura prevista para la cantidad de
aminoácidos "diestros" de
la muestra con la temperatura media del
permafrost a la profundidad de esa muestra.
El
reloj de aminoácidos sugería
que las muestras habían estado expuestas
permanentemente a temperaturas de -19ºC.
Pero la temperatura obtenida en el permafrost
es entre 6 y 8 grados más alta.
Cuando los resultados del reloj se muestran
como temperatura, más frío
significa menor cantidad de ácido
aspártico "diestro".
¿Qué podía
explicar la discrepancia?
"Si hay menos cantidad de la forma "diestra" de
lo que sería de esperar si no hubiera
tenido lugar actividad biológica",
dice McDonald, "entonces la única
explicación real para ello es que
los organismos detectan estos aminoácidos
D y lo eliminan". Las encimas convierten
los aminoácidos D en la forma L,
o bien los descomponen y reciclan partes
de su molécula.
McDonald
y sus colegas sugieren dos posible modos
por los cuales los organismos del
suelo han continuado con este mantenimiento
molecular. Primero, el permafrost puede
que haya sido calentado con cierta periodicidad,
deshelando los organismos congelados. Pero
una investigación independiente
muestra solamente muy bajos niveles de
actividad molecular en las muestras de
permafrost.
La
segunda posibilidad es que el organismo
siga detectando ácido aspártico "diestro" incluso
a las temperaturas del permafrost. Este
proceso sería lento pero estable.
Y si los organismos están llevando
a cabo este mantenimiento relacionado con
el ácido aspártico, argumenta
McDonald, puede darse también un
mantenimiento relacionado con el ADN y
con otras biomoléculas esenciales
(aunque no hay todavía prueba directa
de esto). Los resultados de McDonald sugieren
que los organismos que habitan en el permafrost
pueden continuar con esta labor durante
por lo menos 30.000 años.
"En absoluto podemos probarlo, pero
la suposición es que, esencialmente,
no hay división celular. Así que
estamos hablando acerca de una población
celular que básicamente ha estado
ahí desde que se depositó el
permafrost", dice McDonald.
Hacia Marte
"Se publican un montón de
noticias sobre exobiología, pero
muy pocas tienen relación auténtica
con los objetivos de la exobiología",
dice E. Imre Friedmann, un ecólogo
microbiólogo y astrobiólogo
en el Ames Research Center de la NASA.
"Esta es una de esas que tienen auténtica
relación con los fines de la exobiología.
Es un posible método para documentar
la actividad microbiana en el permafrost
marciano."
Mientras
que los expertos en Marte han ido reuniendo
pruebas de presencia de hielo
en Marte durante algún tiempo, los
resultados de mayo de la nave Odyssey muestran
grandes cantidades de hielo subterráneo.
Friedmann
dice que el reloj aminoácido
podría ayudar a determinar si alguna
vez existió vida en Marte, o incluso
si en la actualidad reside algún
organismo vivo en el permafrost marciano.
"Una vez dicho eso, no es algo que
vayamos a conseguir mañana. Porque
para usar este método tenemos que
ir a Marte y hacer calas en su superficie
para alcanzar el permafrost y extraerlo.
No es algo que se vaya a hacer el próximo
año. Pero la técnica es una
preparación muy importante para
etapas más avanzadas de la exploración
marciana".
Calar
la superficie sería un primer
paso imprescindible porque la superficie
de Marte no puede albergar agua líquida. "Las
condiciones a mucha profundidad bajo la
superficie pueden ser más aptas
para la vida", dice Friedmann. "Pero
desde luego se trata de algo desconocido".
Friedmann
afirma que el permafrost marciano es
el lugar en el que es más probable
encontrar vida en ese planeta. Pero para
que haya sobrevivido la vida, incluso en
su forma de más suspendida animación,
los organismos tendrán que haber
sobrevivido durante mucho más tiempo
que en la Tierra.
"El más antiguo permafrost
siberiano es de unos tres millones de años
de edad", dice Friedmann. "En
Marte, la vida, si la hubo, probablemente
desapareció hace unos tres mil millones
de años. Miles de millones. Así que
hay una enorme diferencia entre las condiciones
de la Tierra y las de Marte. Aunque no
es imposible que lleguemos a encontrar
bacterias vivas, no cerca de la superficie
sino a bastante profundidad".
¿Y qué más?
McDonald
diseña diversos usos para
el reloj de aminoácidos en la Tierra
y en Marte. Aquí, planea obtener
muestras del permafrost de Alaska, y del
más profundo del subsuelo siberiano.
Igual que en Marte, dice, "hay varios
instrumentos en desarrollo que medirían
la proporción de aminoácidos
D y L en Marte desde una nave o un vehículo." Y
el Mars Lander previsto para el 2009 puede
tener una sonda capaz de obtener muestras
de permafrost, si es que una nave puede
alcanzar las zonas del planeta susceptibles
detener ese permafrost, lo que no es tan
fácil. Si esos instrumentos funcionan,
tendrían que salvar el considerable
problema de transportar las muestras de
permafrost marciano de vuelta a la Tierra.
En
el laboratorio. McDonald espera examinar
la utilización de encimas de los
organismos para mantener una proporción
de aminoácidos viable. "Me
interesan como van estos organismos hacia
delante y hacia atrás, por ejemplo,
entre las encimas que necesitan oxígeno
y otras encimas que no lo necesitan para
sus trabajos de reparación",
dice. "No sabemos en realidad cómo
funcionan estas encimas. Podría
tratarse de las mismas encimas que usarían
a altas temperaturas, o quizá podrían
haber desarrollado una encima diferente,
o un diferente modo de usarla. No lo sabemos.
Es una de esas cosas que nos gustaría
observar".

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