Por
Luis Carlos H. Delgado y Graciela V. García
En
“Constructo de una etapa olfativa del
desarrollo psicolibidinal” (www.genaltruista.com
julio 16 de 2001) el lector hallará
antecedentes de este trabajo basado en la
proposición de una etapa postnatal y
preoral, que se extendería aproximadamente
hasta los tres meses, época en que la
etapa oral se instala con plenitud. Comprende
una forma nasal pasiva y una activa
separadas por una fase de triangularidad.
La fusión con el olor materno es la
característica primordial del comienzo,
ligadora, capsular, penetrante. A
posteriori la inclusión del olor paterno
promueve la triangularidad, por lo que en
una tercera fase el niño se ve obligado a
rastrear activamente, a través de este
nuevo aroma, lo que estableció en el
comienzo las primeras catexias libidinales.
Estos sucesos evolutivos imprimen
hondamente en el sujeto sus huellas,
aportando las bases del desarrollo así
como los núcleos de identificación e
identidad que dan cuenta de sus
vicisitudes
Del
esquema evolutivo descrito se deducen sus
derivaciones patológicas. Las que aquí
se figuran hipotetizan la influencia del
olfato en los procesos de sexuación,
intentando dar explicación a las
fijaciones homosexuales.
La
etapa nasal pasiva ha estado desarrollándose
durante un tiempo previo al alumbramiento,
la fusión olfativa con la madre es la
característica primordial de esta fase
que suma experiencias olorosas en el canal
del parto y a través del período en el
cual los aromas forman parte de su diario
contacto con ella, cuyo alejamiento es a
unos pocos pasos y a escasa distancia de
su lecho. Niño y madre fueron una misma
cosa, reeditando la fantasía del Nirvana
intrauterino y de una
fuente magnética de posesión
mutua.
Considerando
sintéticamente las vicisitudes de este
período, en el caso de una niña, puede
ocurrir que no supere la fijación a la
primera etapa nasal, aquélla donde la
identificación olfativa con la madre
iniciaba el esbozo de la identidad sexual.
Si durante este desarrollo la madre, por
propia patología, no se reconecta con su
hombre, la fusión madre-hija podría
complicarse sumándose al amor de identificación
materna la elección de la madre en amor
objetal. La inclusión del padre se
imposibilitaría instalándose un núcleo
de fijación homosexual.
Resulta
entonces que la niña y su objeto amoroso
serán de un mismo sexo femenino. La
percepción del hombre permanece negada,
estableciéndose en consecuencia la
negación del pene.
El
sentimiento que trae aparejado este
mecanismo de intenso componente
narcisista, es una especie de culto a
Venus —pubis angelical o isla de Lesbos—
donde la idealización enaltece la díada.
La completud es total, pero de vagina a
vagina, y los mecanismos de defensa se
orientan en este sentido.
Estos
episodios transcurren en la etapa nasal
pasiva, donde las decisiones maternas
imprimen el curso, pero podrían estar
reforzadas o determinadas por la
naturaleza constitucional de la hija,
capaz de retener a la madre en su atmósfera.
Las
fijaciones y regresiones a esta etapa
explican las características de la
homosexualidad pasiva, que busca en la
amante una madre o mantiene a la madre
como amante. Lo siniestro en ella será lo
masculino, quedando orientada al
reencuentro de la vagina materna.
El
poema de Baudelaire, “Lesbos”, ilustra
con claridad este idilio. Junto a las
expresiones del Eros homosexual femenino,
se expresa la absoluta forclusión del
padre:
“...
Lesbos,
donde las Frines la una a la otra se
atraen,
donde
jamás un suspiro queda sin eco.
...
deja
al viejo Platón fruncir el ojo austero;
...
¿Quién
de los dioses se atreverá, Lesbos, a ser
tu juez
y condenar tu frente empalidecida
en los trabajos?
...
Pues
Lesbos entre todos me ha escogido en la
tierra
para
cantar el secreto de sus vírgenes en
flores,
y
yo fui desde la infancia admitido en el
negro misterio
de
las risas desenfrenadas mezcladas con los
umbríos llantos”.
BANDELAIRE,
CHARLES: Poesía completa. Libros. Río
Nuevo, Madrid, 1974.
Otro
modo de derivación patológica puede
ocurrir en el segundo momento de la etapa
nasal, con el viraje de la madre al padre
involucrándolo en triangularidad. La hija
persevera en la fusión a pesar de haber
conocido el olor masculino. Siente
peligrar su integridad psíquica y
corporal dado que la separación de la
madre amedrenta su yo rudimentario con
amenazas de muerte y violenta sus
disposiciones constitucionales.
Comparemos con Lesbos un segundo poema de
Baudelaire, “Delfina e Hipólita”, que
sirve para ilustrar en este caso el
intento de seducción, obligado por el
conflicto despertado por la
triangularidad:
“A
la pálida claridad de lámparas
languidecientes,
sobre
profundos cojines todos impregnados de
olor,
Hipólita
soñaba con caricias poderosas
que
alzaran la cortina de su joven candor.
Ella
buscaba, con ojo turbado por la tempestad,
de
su candor el cielo ya lejano,
igual
que un viajero que vuelve la cabeza
hacia
los horizontes azules dejados atrás por
la mañana.
...
Tendida
a sus pies, sosegada y llena de alegría,
Delfina
la incubaba con sus ojos ardientes,
como
un animal fuerte que vigila una presa,
después
de haberla, al principio, marcado con los
dientes.
...
—
Hipólita, corazón querido, ¿qué
dices de estas cosas?
¿Comprendes
ahora que no hay que ofrecer
el
holocausto sagrado de tus primeras rosas
a
los soplos violentos que podrían ajarlas?
Mis
besos son ligeros como esos efímeros
que
acarician de noche los grandes lagos
transparentes,
y
éstos de tu amante cavarán sus carriles
como
los carros o los arados chirriantes;
pasarán
sobre ti como un pesado atelaje
de
caballos y de bueyes de cascos sin
piedad...
Hipólita,
hermana mía, vuelve pues tu rostro,
tú,
mi alma y mi corazón, mi todo y mi mitad,
¡vuelve
hacia mí tus ojos llenos de azul y de
estrellas!
¡Por
una de estas miradas encantadoras, bálsamo
divino,
de
los placeres más obscuros levantaré las
velas
y
te adormeceré en un sueño sin fin!»
...
El acercamiento de la madre al
padre cierne sobre la niña una intensa
desilusión de doble significado: que la
madre esté en la búsqueda de algo de lo
cual carece, y el que no lo busque en
ella. A través de este desengaño debe
aprehender que no completa y que no tiene
lo que la madre desea. Las palabras que
Delfina dirige a Hipólita bien pudieran
ser pronunciadas por la niña en la
intención de persuadirla a renunciar al
olor paterno y a las formas de la pasión
masculina, pero será un intento
fallido; se quiebra desde la madre la
fuente de retroalimentación narcisista.
Apelará entonces a un nuevo recurso para
ser una con ella: negar la triangularidad
que amenaza la fusión.
Gracias a esta defensa
reinterpretará el olor del padre que
conlleva la madre, como si en realidad
fuese de ella propio. Que es como afirmar
que la madre es la que posee el pene
oloroso.
En el interjuego de los mecanismos
de proyección e introyección se
identificará con la madre fálica, por lo
cual deviene hombre. Ambas tienen pene. En
consecuencia se instaura en la pareja la
bisexualidad. Ambas tienen pene y ambas
tienen vagina. La mujer fijada en esta
posición buscará objetos amorosos
femeninos fálicos para retroalimentarse,
como así también, objetos masculinos
castrados con los cuales potenciar la
carencia del pene en el hombre y, en
contrapartida, la posesión del mismo en
ella. Los sentimientos correlativos serán
la desvalorización, desestima o
inferiorización de lo masculino.
La desilusión antedicha puede ser
elaborada de otra manera dando lugar a un
tercer tipo de homosexualidad. La niña se
identificará con el olor del padre para
poseer el pene y dárselo a la madre.
Aparece la denegación y forclusión de la
carencia materna y del órgano vaginal. La
triangularidad se desvanece prolongando
las fantasías de completud, pero el vínculo
se tiñe de sadomasoquismo por el reproche
latente de la primitiva búsqueda que ha
dirigido la madre hacia la figura del
padre y por el repudio de la carencia en
la madre que esto implica. El órgano
vaginal pierde su valor como identidad
sexual.
Una
mujer así orientada se procurará objetas
amorosos femeninos para presentarse en rol
activo una relación con componentes sádicos.
La fase correspondiente a este desarrollo
psicopatológico corresponde a la nasal
activa, en la cual la mujer intenta la
igualdad con el hombre no dándole cabida
a lo opuesto; masculinizando su aspecto y
vestimenta, amanerando su conducta y, en
general, desarrollando rasgos secundarios
y terciarios masculinos.
Homosexualidad femenina
PRIMER TIPO
SEGUNDO
TIPO
TERCER TIPO
IDENTIFICACIÓN
Madre
Madre
Padre
femenina
fálica
IDENTIDAD
Femenina
Bisexual
Masculina
OBJETO DE AMOR
Mujer
Mujer
Mujer
(valorizada)
(fálica)
(castrada)
Varón
(castrado)
TAPA
NASAL
Pasiva
Viraje al padre
Activa
En
el varón, las vicisitudes del Edipo también
transitan en fases. En la nasal pasiva él
es mujer y tiene vagina como su madre: la
identificación con el olor de la madre es
el recurso inicial que asegura la fusión
y amortigua la angustia de muerte. El
apartamiento de la figura paterna y la
negación del propio olor son responsables
que la fusión se mantenga más allá de
los límites evolutivos, nutriendo la
identificación femenina con la madre y la
identidad femenina. A partir de esta
fijación ocurrirá que en la adultez se
procure un rol pasivo tendiendo a elegir
un objeto amoroso igual a él. Desarrollará
rasgos secundarios y terciarios femeninos,
amanerará su aspecto, se disfrazará de
mujer en la relación sexual asumiendo una
identidad femenina (travestis y transexuales)
para involucrarse con un objeto amoroso
masculino donde su rol pasivo estará
revestido de masoquismo. Si toma como
objeto amoroso una mujer, establecerá con
ella un espejo donde la impotencia,
anorgasmia y otros síntomas, contaminen
la pareja que tendrá, a su vez, características
maternales. En ella intentará volver a
ser la hija o la madre perfecta. Puede que
se transforme en un solterón amanerado y
onanista, apegado a su madre o a sus tías.
En
el caso en que la madre involucra al padre
en la triangularidad, la lectura de esta
desilusión, como en la niña, será
doble. Por un lado su madre es carente y
por otro se orienta a un tercero que no es
él. La fusión se quiebra. Para evitarlo
se posesionará del olor paterno y lo
proyecta sobre la madre. Niega la carencia
materna al otorgarle el pene paterno,
haciendo de ella una madre fálica. Ambos
resultan entonces iguales y completos. El
tercero incluido en el olor es negado. En
el encuentro amoroso, al que lo lanza la
vida, retornarán lo reprimido y negado
que son la carencia materna
y la existencia de un tercero. El rol
activo o pasivo serán indistintos en la
relación pues primará la fantasía que
predomine como resolutoriamente mágica:
tiene pene y lo da a otro, como lo dio a
su madre para preservar su narcisismo, o
desea tener el pene de otro para
identificarse con quién lo separa de
ella. A su vez rechaza a la mujer
vivenciada como castrada. Un hombre así
orientado podrá ser casado con una mujer
con características fálicas manteniendo,
a la vez, un partenaire masculino como
pareja. Con la mujer establecerá una
relación indistintamente matriarcal o
patriarcal, pero la fuente de su placer
sexual será un objeto masculino.
En
un tercer tipo la identificación será
con el padre. El repudio y rechazo a la
mujer es lo manifiesto del latente reproche
hacia la madre que eligió no estar con él.
La identificación masculina con el
padre tiene las características de la
identificación con el agresor. En el
sufrimiento de la defusión ha envidiado a
la madre por tener un hombre como el
padre, y desvalorizado a la vagina que
simboliza la carencia materna. De allí
el repudio, rivalidad o competencia con la
mujer, y la elección de un objeto de amor
masculino. Lo que no modifica su
presentación fenoménica de tipo varonil.
Homosexualidad
masculina
Primer tipo
Segundo tipo
Tercer tipo
IDENTIFICACION
Madre
Madre fálica
Padre
IDENTIDAD
Femenina
Bisexual
Masculina
OBJETO DE AMOR
Masculino
Masc. Femenino
Masculino
ETAPA NASAL
Pasiva
Viraje al padre
Activa
‘
NOTAS
Y APUNTES MONOGRÁFICOS
Francoise
Ladame, afirma: «en el estado actual de
nuestros conocimientos ni la psiquiatría
ni el psicoanálisis pueden proponer una
teoría general de la homosexualidad de
la mujer”. Asimismo señala la
resistencia sociocultural a considerarla
normal o natural.
Como las descripciones y
observaciones de este autor nos resultan más
aproximadas a nuestras elaboraciones, y de
mayor coherencia clínica y consistencia
de otras que hemos revisado, las resumimos
aquí a fin de elucidarlas en función de
la propuesta de una etapa nasal. Ladame
postula que las perturbaciones de la homosexual
están conectadas con niveles «infinitamente
más precoces que los edípicos, y que están
ligados a una patología de las primeras
relaciones materno infantiles. El miedo
al padre, representado como un ser sádicoanal,
y a todos los hombres, es un tema inicial
constante en los tratamientos, apareciendo
la madre como un objeto no conflictivo.
Generalmente es necesario un largo
tratamiento para alcanzar el
descubrimiento que lo patológico es la relación
con la madre. Toda agresión o intento de
separación de ella, impone inmediatamente
reparaciones o sume en la ansiedad de una
retaliación taliónica. El miedo a la
violación sexual encubre en realidad un
miedo ontológico a perderse en la masa
del otro, sugiriendo que en su primitiva
infancia estas pacientes han estado
sometidas a madres intrusivas afectadas
por dolencias narcisistas. La corriente
positiva hacia el padre requiere la
superación del nivel fusional simbiótico
con la madre, que permita una progresiva
individualización. Recién entonces
comenzará a elaborarse el proceso edípico”.
La homosexualidad, según el autor
citado, es un compromiso ante fantasmas
de anonadamiento o de aniquilación. El self
del
homosexual no está fragmentado
como el del psicótico, aunque es muy frágil,
por lo que pesa sobre él la amenaza de la
destrucción que tiene la característica
de estar limitada a circunstancias
especiales existiendo, en consecuencia,
como una falla o fisura por donde podría
producirse el hundimiento o la hemorragia
narcisista que debe ser controlada con
la evitación de lo heterosexual.
Ladame,
F. «La Homosexualidad Femenina”
en Intrcducción a la sexología médica,
Abraham y Pasini, Grijalbo,
Barcelona, 1980. (Introduction a la
sexologie medicale, Payot, Par(s,
1974).
Con
respecto a la homosexualidad masculina, y
tras comprobar que los aspectos personalísticos
de estos pacientes no difiere mayormente
de la población aquejada de neurosis
sintomáticas, caracteres neuróticos,
neurosis de carácter o de borderline;
los autores se preguntan qué es lo que ha
hecho de estos individuos, homosexuales.
La respuesta postulada es que: “... se
ha producido en el curso del desarrollo de
estos homosexuales, un defecto particular
en la evolución de su narcisismo, defecto
que condicionaría una respuesta
particular a la angustia que todo niño
varón siente respecto a la estabilidad
de su identidad sexual. Todo parece
ocurrir como si la única respuesta
posible fuera un intento de reparación
del “defecto” narcisista, ya sea
mediante la búsqueda de
una imagen especular, ya sea a través de
la búsqueda de bienes que sólo la imagen
de una madre todo poderosa y sexualmente
indiferenciada (mujer con pene) puede
darle, ya sea por proyección de su
defecto en un ser al que se vive como
semejante y a quien se quisiera dar todo
lo que se quisiera recibir de una madre
arcaica y todopoderosa, al mismo tiempo
que
identificarse
con
ella.
La
precariedad
de
la
solución
se
traduce clínicamente en el amor
imposible, en la carrera del homosexual
tras un fantasma”.
Garrone,G. “La homosexualidad
masculina” en la Introducción a la
sexología médica, de
Abraham-Passini, o.c.
Extractado
de: HAEBERLEE, R.: Determinación del
sexo, desarrollo y embriología sexual
humana básica. Archivos de sexología.
Instituto Robert Koch
.
La
identificación de una persona como hombre
o mujer requiere tomar en cuenta, por lo
menos, siete factores diferentes:
1.
Sexo cromosómico, dependiente de
la combinación de los genes sexuales X,
Y.
2.
Sexo gonadal, es decir la presencia
de testículos u ovarios.
3.
Sexo hormonal, correspondientes a
su producción por las gonadas.
4.
Estructuras reproductivas
accesorias internas: conductos seminales,
vesículas seminales, glándula prostática,
etc.; trompas de Falopio, útero, vagina,
etc.
5.
Órganos sexuales externos: pene y
escroto; clítoris, labios mayores y
menores, etc.
6.
Sexo de asignación y de educación:
un niño con un cuerpo masculino
generalmente será educado como hombre; de
la misma manera una niña, como mujer.
7.
Autoidentificación sexual: un niño
con un cuerpo masculino al que se le enseñe
a asumir el papel de un hombre aprenderá
generalmente a considerarse hombre. De la
misma manera una niña, como mujer.
Lo
extraordinario es, que pese a que la mayoría
de las personas son claramente
masculinas o femeninas, esto no es fijo ni
forzoso: La mayoría de los individuos son
claramente masculinos o femeninos por los
cinco criterios físicos; sin embargo, una
minoría no cae dentro de estas características
y su sexo es por consiguiente ambiguo
(hermafrodismo):
1.
Pueden encontrarse otras
combinaciones cromosómicas.
2.
Pueden estar presentes tanto tejido
testicular como ovárico en el mismo
cuerpo.
3.
Una carencia, desequilibrio, o
exceso en la producción de hormonas tiene
una influencia decisiva en la anatomía y
la fisiología de esa persona.
4.
Pueden existir atrofias o ausencia
de los órganos sexuales internos o
externos.
5.
Puede darse una apariencia engañosa
en cuanto a su correspondencia externa e
interna.
6.
Es posible educar a un niño
como a una mujer, y viceversa.
Puede existir aún cierta incertidumbre
acerca del papel social propio del hombre
y de la mujer.
7.
Es posible que a pesar de las
influencias familiares el sujeto termine
por identificarse como mujer; o
inversamente, una niña con un cuerpo
femenino a quién se le enseñe a asumir
el papel de una mujer puede sin embargo
identificarse como hombre.
Los órganos sexuales son de
apariencia muy diferentes pero similares
en origen y estructura, desarrollándose
a partir de la misma masa celular
embrionaria. Tanto el embrión femenino
como el masculino permanecen sexualmente
indiferenciados durante las primeras
semanas de vida. Poseen los inicios de glándulas
o gónadas sexuales, pero estos inicios
son iguales en ambos sexos. El embrión
humano es sexualmente indiferenciado
durante las primeras semanas de su vida;
los inicios de sus gónadas son iguales
para ambos sexos. La distinción entre
hormonas “masculinas” y hormonas
“femeninas” es por lo tanto engañosa;
de hecho, es deplorable que las hormonas
gonadales siempre fueron llamadas en
primer lugar “hormonas sexuales”,
porque este término ha conducido a la
idea falsa de que éstas determinan de
alguna manera comportamientos sexuales.
La diferencia comienza sólo
gradualmente durante el crecimiento del
bebé antes del nacimiento. Los órganos
sexuales no llegan a ser completamente
funcionales hasta después de la pubertad
cuando, bajo la influencia de ciertas
hormonas, finalmente completan su
crecimiento. Durante las edades de 12 a 17
años, los varones experimentan
normalmente un crecimiento notable de sus
órganos sexuales y finalmente su primera
eyaculación de semen. También notarán
que algo de vello púbico comienza a
crecer en la base del pene. En las niñas,
durante las edades de 11 a 13 años, también
el vello comenzará a crecer en y
alrededor la vulva y su primera menstruación
puede ser esperada normalmente en esta época.
Estos signos indican que los órganos
sexuales están terminando su maduración.
Las características sexuales
secundarias comienzan a aparecer durante
la pubertad como resultado de la
estimulación hormonal. Éstas llegan a
ser evidentes primero en las niñas, y un
poco más adelante en los niños. En el
momento en que termina el crecimiento físico,
los cuerpos del hombre y de la mujer
muestran muchas diferencias muy marcadas.
Mientras que las glándulas
sexuales son imprescindibles para la
maduración física y la reproducción
humana de la persona joven, no son
esenciales para la sensibilidad sexual
de adultos. Es decir, no puede haber
reproducción sin células germinales
(espermatozoide y óvulo), pero puede muy
bien haber actividad sexual sin
“hormonas sexuales” (andrógenos y
estrógenos).
Extractado de: HAEBERLEE, E.:
Orientación sexual: homosexualidad.
Instituto Berlinés, Archivos de Sexología
El
término “orientación sexual” es hoy
a menudo usado para referirse a un interés
erótico de las personas hacia compañeros
sexuales masculinos o femeninos. Sin
embargo este interés no es necesariamente
una proposición “o..., o...”. Los
seres humanos, al igual que otros mamíferos,
pueden buscar contacto sexual no sólo con
parejas del otro sexo, sino también con
aquellas del mismo sexo. En otras
palabras, hombres y mujeres pueden
incurrir en comportamiento tanto hetero
como homosexual. (Los prefijos hetera-
y homo-
significan sencillamente
“diferente” y “mismo” en griego).
El comportamiento entre miembros
del mismo sexo es muy común en la niñez
y no es para nada extraño en la
adolescencia. De hecho, en los años
anteriores a la pubertad las personas en
nuestra cultura pueden tener más contacto
sexual con miembros de su propio sexo que
con los del otro. Durante este periodo,
son a menudo activamente desanimados de
jugar a los juegos heterosexuales
mientras que su actividad homosexual atrae
poca o ninguna atención. Es sólo después
que la situación se revierte. Una vez que
han llegado a la adolescencia, se espera
que chicos y chicas desarrollen intereses
exclusivamente heterosexuales, y cualquier
exploración homosexual se condena firmemente.
No obstante, muchos individuos siguen
teniendo contacto homosexual hasta bien
entrados en su vejez.
Para
algunos de ellos, estos contactos no
representan nada más que incidentes
aislados en una vida, por otro lado,
predominantemente heterosexual. Para
otros, se convierten en una experiencia
frecuente o esporádica e incluso para
otros es la forma preferida e incluso única
de expresión sexual.
El
género (según
este autor) se define como la masculinidad
o feminidad de las personas. Se determina
sobre la base de ciertas cualidades psicológicas
que son estimuladas en un sexo y
desalentadas en el otro. Las personas son
masculinas o femeninas al grado en el cual
se ajustan
a sus géneros. La mayoría de los
individuos se ajustan claramente al género
apropiado a su sexo físico. Sin embargo,
una minoría asume parcialmente un género
que contradice su sexo físico
(travestismo) y para una minoría más
pequeña incluso tal inversión es
completa (transexualismo).
La
orientación sexual se define como
la heterosexualidad u homosexualidad de
las personas. Se determina con base en
la preferencia por los compañeros
sexuales. Las personas son heterosexuales
u homosexuales al grado en el cual son
atraídas eróticamente por parejas del
otro o del mismo sexo.
La
mayoría de los individuos desarrollan una
preferencia erótica clara por las parejas
del otro sexo (heterosexualidad). Sin
embargo, una minoría son atraídos eróticamente
tanto por hombres como por mujeres
(ambisexualidad) y una minoría más pequeña
incluso es atraída principalmente por
parejas de su propio sexo
(homosexualidad).
COMENTARIOS
Más
allá de una discusión sobre la
normalidad o anormalidad de los
homosexuales, por otra parte muy avanzada
y parcialmente decidida, nuestro aporte
consiste en sumar a los distintos factores
del desarrollo sexual y de la determinación
del género, las consecuencias del pasaje
evolutivo por la organización olfativa
postnatal durante la cual se conjugan
aspectos biológicos y las vicisitudes de
la vinculación temprana. Nos preguntamos
si tal período no coincide en parte con
lo que John Money titula “período crítico”:
“Mis
estudios sobre hermafroditismo han
apuntado con mucha fuerza hacia el
significado de las experiencias
encontradas y enfrentadas para establecer
el rol y la orientación del género. Esta
afirmación no es el respaldo a una teoría
simplista de determinismo social y
ambiental. Las experiencias se enfrentan,
al igual que se encuentran –la conjunción
de los dos términos es imperativa- y los
encuentros no dictan automáticamente
respuestas predecibles. Hay un amplio
espacio para la novedad y para procesos
cerebrales y cognoscitivos inesperados en
el ser humano”.
“A
pesar de lo novedoso y de lo inesperado,
los procesos cerebrales y cognoscitivos no
son infinitamente modificables. La
observación de que el rol del género se
establece durante el crecimiento no nos
debería llevar a la apresurada conclusión
de que el rol del género es fácilmente
modificable. ¡Todo lo contrario! La
evidencia de ejemplos de cambio de
reasignación de sexo en el
hermafroditismo indica que el rol del género
no sólo se establece, sino que también
se imprime en forma indeleble. Aunque el género
se empieza a imprimir desde el primer
cumpleaños, el período crítico se
alcanza en la época de los dieciocho
meses de edad. A los dos años y medio de
edad, el rol del género ya está bien
establecido”.
“Aquí
hay una analogía con la diferenciación
anatómica del embrión. Los aspectos
filogenéticos de la impresión evitan la
falsa dicotomía entre la biología y el
aprendizaje social, uniéndose en una
fase crítica del desarrollo. Naturaleza /
período crítico / crianza es el
nuevo paradigma que reemplaza al viejo
paradigma de dos término naturaleza /
crianza. El tiempo del período crítico
es decretado filogenéticamente. Así
lo es también el reconocimiento del
liberador de estímulos y la respuesta que
se libera y se imprime durante el periodo
crítico. Una vez completada la
impresión, no hay retroceso. Así, el
idioma nativo una vez impreso no se puede
erradicar, excepto por una lesión
cerebral”.
JOHN
MONEY, Ph.D.: Historia del concepto de género
en relación con la sexualidad.