La
Argentina podría vender narices, no humanas
sino electrónicas; es decir, sensores
especializados que detectan moléculas
gaseosas. Ya existen tres prototipos de este
aparato.
Nacida
de una colaboración poco frecuente entre el
sistema científico y el capital privado, la
nariz electrónica local tiene aplicaciones
posibles en la industria alimentaria, pero
también en la ingeniería biomédica, el
control del medio ambiente e incluso la
seguridad aérea.
Pero,
además, por ser de diseño íntegramente
nacional, tiene posibilidades reales de
exportación. Con el peso devaluado, puede
fabricarse -según su complejidad- a un
costo de entre 2000 y 10.000 dólares la
unidad y venderse en un mercado mundial que
paga entre 10.000 y 70.000. Por último, al
ser portátil (y consumir 40 veces menos
potencia que muchas de sus potenciales
competidoras), tiene más nichos posibles de
mercado.
La
e-nose surgió de gente que saltó
por sobre las cercas. En este caso, las
alambradas que separan los predios del
Centro Atómico Constituyentes, de la Comisión
Nacional de Energía Atómica (CNEA), del
Centro de Investigaciones Técnicas de las
Fuerzas Armadas (Citefa) y los de la
Universidad de San Martín (Unsam),
instituciones que históricamente han
compartido pocos proyectos.
En
los años 80 y 90, el doctor Alberto Lamagna,
de la CNEA, diseñaba placas fotovoltaicas,
tratando de crear una industria local de
energía solar. Pero el colapso de las
firmas electrónicas nativas y el poco interés
local por las energías verdes llevaron
a Lamagna al actual proyecto, junto al
ingeniero Jorge Giménez, de Citefa, experto
en películas delgadas .
El
núcleo funcional del aparato es un
microcircuito sensor de gases, un sutilísimo
dibujo de óxido de estaño depositado sobre
una laminita de nitruro de silicio, es
decir, un chip.
Parece
mentira que algo tan poco biológico pueda
imitar una célula del epitelio olfativo de
un mamífero, pero es exactamente lo que
sucede. El óxido metálico suele
intercambiar electrones con determinadas moléculas
volátiles (los olores), y produce señales
eléctricas características de cada molécula.
Electronizar
el olfato
Las
señales del chip deben ser interpretadas
por algún equivalente electrónico de los
centros cerebrales de la olfación. Y en
este caso es una caja amarilla que cabe en
un puño y cuya próxima versión será del
tamaño de una cajita de fósforos, obra del
ingeniero Rodolfo Marabini.
Por
último, están los algoritmos matemáticos
que, en una PC tipo notebook, interpretan
a qué molécula corresponde la señal
detectada. Este software es un desarrollo de
la Escuela de Ciencia y Tecnología de la
Unsam, y, como red neural, aprende
por prueba y error: se autoprograma sobre la
base de la experiencia.
La
e-nose argentina nació en 1998 con
un destino noble, pero incierto, y supo
reconvertirse durante la marcha.
"Nuestro
primer blanco era el monitoreo de monóxido
de carbono y otros contaminantes
urbanos", confiesa Lamagna. Más
adelante, los padres de la criatura
apuntaron su nariz hacia la industria
alimentaria.
¿Para
qué sirve electronizar el olfato? Por
empezar, para oler sustancias inaccesibles o
peligrosas .
Pero
además una e-nose puede sustituir
los "paneles de expertos" que
monitorean productos industriales, y con dos
ventajas: mide siempre del mismo modo
objetivo, mientras que los panelistas
humanos se resfrían, o se les
"satura" el olfato tras mucha
medición. Por otra parte, los panelistas
humanos no pueden seguir automáticamente un
proceso industrial continuo, sino que sólo
pueden evaluar partidas de productos. En
cambio, una e-nose suministra datos
en tiempo real las 24 horas.
Ventajas
y limitaciones
¿Cuál
es la única ventaja del olfato humano sobre
el informático? Su inespecificidad:
nosotros podemos identificar millones de
olores distintos, mientras que una e-nose
huele tantas moléculas distintas como
sensores específicos se le hayan puesto, y
generalmente no llegan a la decena.
Sin
embargo, a la industria le alcanzan. La e-nose
que se prueba en el Centro Atómico
Constituyentes, por ejemplo, puede
determinar sin error si un aceite de oliva
es realmente extravirgen de primera calidad,
de segunda, común o de baja calidad. O
identifica sin equivocarse si una yerba mate
es Nobleza Gaucha, Taragüí o Unión Suave.
Los
ecólogos suelen decir que un animal adulto
tiene más valor biológico que uno
joven, ya que ha sido lo suficientemente
fuerte como para sobrevivir parásitos,
predadores y hambrunas. En nuestro medio
tecnológico, donde abunda la mortalidad
infantil de los proyectos, la e-nose llegó
a la adolescencia después de atravesar
hitos difíciles.
La
seriedad del elenco y los méritos del
proyecto atrajeron al Laboratorio de
Materiales para la Microelectrónica de
Italia, una entidad estatal con la que se
está haciendo trabajo comparativo, a un
capitalista de riesgo que quiere exportar
tecnología nacional y a la Agencia Nacional
de Promoción Científica y Tecnológica.
La
semana última, la e-nose evaluaba la
frescura de distintas partidas de lúpulo,
un insumo crítico ahora que se habla de
producir cervezas premium argentinas
para darles valor agregado local a nuestros
cereales. Los resultados se presentarán el
próximo viernes en el Seminario
Internacional Cervecero Argentino-Belga,
organizado por la Unsam y la Universidad Católica
de Lovaina, Bélgica, con participación
brasileña, en el Hotel Sheraton. En suma,
esta nariz ya se muestra al mundo.
