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Sociedad
Como
serán los chicos sin padres
La
Nación, por Primarosa Chieri (Diciembre 26,
2001)
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31.12.2001
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Es
difícil comprender y aceptar los
continuos e imparables avances tecnológicos,
como aquella estimulante aventura que
llevó el hombre a la Luna -hoy, un
recuerdo lejano- o el hallazgo de
sustancias químicas complejas en el
planeta Marte, mientras tenemos noticias
de las hambrunas que azotan a vastas
regiones del planeta o de la plácida
existencia en Nueva Guinea de tribus
antropófagas. Por otra parte, esos
acontecimientos casi parecen historia
antigua: nuestra memoria registra ahora
el horror del 11 de septiembre, las
dudas sobre las causas de catástrofes aéreas,
las inundaciones de nuestro empobrecido
país y, en una categoría de hechos
aparentemente dignificantes como son los
progresos científicos, la clonación.
Ciertamente,
existen ya fantásticos progresos científicos
que, contrariamente al pensar de muchos,
beneficiarán en gran manera a la
humanidad. No se puede desconocer el
avance que trajo el lograr descifrar el
genoma del hombre o, dicho de otra
manera, el haber comenzado a leer el
libro de la vida y a comprender el
significado de cada una de sus palabras.
Los beneficios de esta hazaña científica
serán innumerables: vacunas para el cáncer,
diagnósticos precoces y terapias génicas,
entre los inminentes.
Hijos
de la clonación
Otro
aspecto alucinante del progreso científico
es el reciente anuncio sobre la clonación
de embriones humanos con la finalidad
principal de construir bancos de órganos
y tejidos como herramienta para
erradicar males tan frecuentes como el cáncer,
la diabetes o las malformaciones congénitas
en un recién nacido. Una vez más, el
autodenominado "rey de la creación"
o "animal cultural", con su
ansia de poder, engendra una nueva idea:
la de transformar la naturaleza y
robarle su poder infinito y su intrínseca
sabiduría.
Pero,
¿qué va a pasar -y esto es altamente
probable- si se va más allá de la línea
y estos embriones llegan a su término y
nacen? Es en este punto de la
investigación científica donde hago
una pausa y me embarga un gran temor,
dejo volar mi imaginación y empiezo a
pensar qué sucedería si cientos de niños
nacieran como el fruto de una simple técnica
de laboratorio. Me refiero no tanto a lo
que podemos pensar nosotros, sino a lo
que pensarán y sentirán ellos. Un
aspecto aparentemente simple, pero el más
humano e individual.
¡Niños
sin padres y sin abuelos!
Pero,
¿dónde quedan en toda esta carrera
vertiginosa aspectos tan esencialmente
humanos como el amor carnal y el amor
espiritual? ¿Qué será de los niños
nacidos de óvulos donados o vendidos,
estimulados artificialmente y
exitosamente clonados?
Si
entendemos bien cómo se puede lograr la
clonación, tal vez muchas personas se
planteen la pregunta que es título de
esta nota.
Estos
niños escribirán en la primera página
de su diario electrónico: "Yo,
individuo nacido de la clonación
realizada a partir de un óvulo donado
cuyo nombre en mi caso fue Anónimo
X-W2, tengo diez años y concurro a un
colegio donde convivo con otros niños
de mi misma edad con los que comparto
casi todo: aprendizaje, juegos, peleas,
etcétera. Mi cuerpo es como el de
ellos, pero envejeceré tardíamente y
mis males serán rápidamente reparados,
pues tendré un archivo de órganos y
tejidos disponibles en cualquier
momento. Sin embargo, ya desde los
comienzos de mi vida padezco de un mal
invisible que no puedo comunicar a
nadie, y menos a mi familia. La razón
de esto es sencilla: no tengo familia.
No tengo padres y tampoco abuelos".
Estaríamos
tentados de preguntarle : "Pero, ¿acaso
las personas que te cuidan, que te dan
de comer, que te envían a ese a costoso
colegio, que pagan grandes sumas para
mantener en un sofisticado laboratorio
partes de tu cuerpo que lograrán
reparar tus males precoces o tardíos...
no te aman?" La respuesta puede ser
dolorosa pero terriblemente cierta:
"Yo no los amo a ellos".
Sin
vínculos, sin recuerdos
Reprochará
que se lo haya privado de algo demasiado
importante para su vida de humano, tal
vez lo más valioso: su identidad, el
archivo de su pasado, los recuerdos. La
seguridad y el bienestar emocional que
brindan los vínculos biológicos y
espirituales, plasmados en sus padres,
sus abuelos y sus hermanos. Privarlo de
esos seres que desde los comienzos
participan en nuestra vida, a partir de
dos células mágicas que al unirse le
obsequiarán el mejor regalo, la vida,
su pedacito de existencia, su tiempo.
Privarlo de esos rostros que el niño
observa en silencio desde su cunita.
Rostros sonrientes llenos de ternura,
algunos muy jóvenes, otros
transformados por el pasar del tiempo,
voces diferentes que emiten sonidos que
no alcanza a comprender pero que le
acarician el oído y encienden su pequeño
corazón. Con el transcurrir del tiempo
estos personajes se vuelven tan
importantes e imprescindibles para él,
que si no aparecen rápidamente en su
escenario pueden causarle una terrible
angustia o una prolongada crisis de
llanto...
¿Quién
les contará la historia de sus seres
queridos, del pasado de su familia? ¿Cómo
van a tener la posibilidad de ir a
visitar en países lejanos los lugares
donde nacieron sus abuelos y bisabuelos,
y, por qué no, también sus tumbas?
Nada de esto podrán tener estos seres
tal vez más sanos, más inteligentes y
más longevos. Es posible que estas páginas
ausentes en su libro, vinculadas a su
pasado biológico e histórico, les
fragmenten el alma, degraden su presente
y su futuro, y los lleven a una tristeza
que pueda transformar su envidiada
longevidad en un interminable tormento.
Ojalá
que estos hechos sean fácilmente
comprendidos por el hombre y sean
rechazados, por ser contrarios a su
esencia misma sin siquiera tener que ser
tamizados por leyes o decretos
prohibitivos.
La
autora es médica genetista.
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