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Drogas
La
droga también daña el ambiente
Diario
La Nación (Noviembre 02, 2001)
-
05.11.2001
-
En
ocasión de celebrarse, en 1992, en Río de
Janeiro, la Conferencia de las Naciones
Unidas sobre el Medio Ambiente y el
Desarrollo, el director ejecutivo del
Programa para el Control Internacional de
Estupefacientes de dicho organismo, Giorgio
Giacomelli, expresó que al hablar de drogas
no se debía omitir la referencia a la
contaminación que éstas ocasionaban, señalando
que los estupefacientes se habían
convertido en una de las causas principales
de deforestación e infestación de los ríos.
Porque los bosques se queman para destinar
esos terrenos a plantaciones y laboratorios
ilegales, y los productos químicos
utilizados en éstos, en general
extremadamente tóxicos, se arrojan a las vías
fluviales.
En
ese sentido no pueden dejar de mencionarse
las denuncias que han estado formulando
gremios de agricultores y pescadores de los
principales países productores de drogas,
que sostienen que las drogas ilícitas están
ocasionando una verdadera catástrofe en el
medio ambiente. Según informes recientes,
en la región andina los productores de
droga emplean, cada año, y entre otras
sustancias, 10 millones de litros de ácido
sulfúrico, 16 millones de éter etílico y
ocho millones de litros de querosén. Sin
dejar de mencionar la soda cáustica y el
permanganato. ¿No deberían también ser
estos asuntos de prioritaria atención para
los activistas ecológicos? No se ha oído
mucho al respecto.
En
cambio, grupos ambientalistas y organismos
no gubernamentales de derechos humanos han
expuesto y alertado sobre los efectos
devastadores de la fumigación aérea con
glifosato, método utilizado para la
eliminación de cultivos ilícitos en
territorio colombiano. Su prédica ha tenido
eco favorable no sólo en Colombia sino
también entre un considerable número de
miembros del Congreso de los Estados Unidos.
En defensa de la utilización de la
sustancia, el Departamento de Estado
sostiene que la fumigación aérea sobre los
cultivos ilícitos se ha llevado a cabo
durante los últimos diez años sin ningún
efecto aparente en la salud de la población.
En
realidad, desde el surgimiento del negocio
de la transformación de la hoja de coca y
de amapola, pasando por la creación de las
cadenas de procesadores y de
narcotraficantes, hasta la decisión de
fumigar para tratar de acabar con los
cultivos ilícitos, todos estos actos, cada
uno a su manera, están destruyendo el
equilibrio ecológico.
Los
campesinos cultivadores, como hemos visto,
utilizan toneladas de sustancias químicas
en el procesamiento de las drogas,
sustancias que, según los investigadores,
son altamente inflamables, tóxicas e
irritantes para quienes se exponen a ellas,
y que, a no dudarlo, están causando
enfermedades que luego se denuncian como
originadas en las fumigaciones con glifosato.
Por
el otro lado, con las fumigaciones se agrava
el problema, debido a que el glifosato es un
herbicida también tóxico y su exposición
al producto causa irritación a las mucosas
y, en casos extremos, puede producir cambios
neurológicos que impiden la contracción de
los músculos.
La
naturaleza no perdona
Convertida
en el símbolo más visible y combatido del
Plan Colombia, la fumigación de cultivos ilícitos
es hoy un punto crucial de la polémica
nacional e internacional sobre la lucha
contra el narcotráfico.
Mientras
el debate continúa, los colombianos miran
con preocupación cómo se destruyen los
recursos naturales y se afecta el equilibrio
ambiental y su calidad de vida. Los mayas
descubrieron el trauma ecológico y
expresaron sus efectos con singular
realismo: "Dios siempre perdona, los
hombres a veces perdonan, la naturaleza
nunca perdona".
La
sociedad colombiana enfrenta una difícil
opción entre dos posiciones antagónicas.
La primera podría resumirse en aquella que
sostiene que ningún objetivo económico,
social o político, por prioritario que sea,
debe atentar contra la estabilidad del medio
ambiente y la calidad de vida, ya que serán
las futuras generaciones las que padecerán
el impacto de los errores cometidos en la
actualidad, que se traducirán en definitiva
en más pobreza, tragedias y desarraigo.
La
segunda es la que alienta a optar por el mal
menor y señala que el narcotráfico genera
destrucción de la capa vegetal,
desequilibrio ecológico irreversible, daño
ictiológico, envenenamiento de aguas,
proliferación del delito, economía subterránea,
daño a la juventud y al futuro de la nación,
masas de desarraigados y explotados
campesinos y corrupción y financiación de
grupos terroristas.
Recientemente,
y tratando de disminuir el nivel de
conflictividad, los gobiernos de Colombia y
de los Estados Unidos anunciaron que están
dispuestos a revisar el impacto de las
fumigaciones con glifosato sobre los
cultivos ilícitos, a través de una entidad
neutral, con una sólida preparación científica
y de gran credibilidad, para preservar la
seguridad de los ciudadanos.
Es
indudable que una lucha sincera contra la
lacra del narcotráfico requiere
-fundamentalmente- la cooperación
internacional en la implementación de
programas de desarrollo alternativo;
acciones coordinadas y contundentes contra
las organizaciones dedicadas a la producción
de drogas, los traficantes y distribuidores
de estupefacientes y los lavadores de
dinero, y la implementación de sólidas y
permanentes estrategias y campañas de
prevención para reducir hasta su mínima
expresión el consumo de drogas.
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