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Para
pensar
La
sombra en la Historia y la Literatura
por
Anthony Stevens (trabaja como psiquiatra y
psicoterapeuta en Londres y en Devon,
Inglaterra.
Es autor del libro Archetypes: A natural History of Yo y The Roots of
War:A Jungian Perspective)
Encuentro
con la Sombra, El poder del lado oscuro de
la naturaleza humana
(Agosto
20, 2001)
-
08.10.2001
-
A
lo largo de la historia de la cristiandad el
miedo a “caer”en la iniquidad se ha
expresado como temor a “ser poseído”
por los poderes de la oscuridad.
Los cuentos de vampiros y de hombres
lobos –que posiblemente han acompañado a
la historia de la humanidad desde tiempos
ancestrales y cuya versión más reciente es
el Conde Drácula de Bram Stoker-
despiertan, al mismo tiempo, nuestra
fascinación y nuestro horror.
Quizás
el ejemplo más famoso de posesión nos lo
proporcione la leyenda de Fausto quien,
hastiado de llevar una virtuosa existencia
académica, termina sellando un pacto con el
mismo diablo.
Hasta ese momento Fausto se había
consagrado a una búsqueda denodada del
conocimiento que terminó conduciéndole a
un desarrollo unilateral de los aspectos
intelectuales de su personalidad –con la
consiguiente represión y “destierro”al
inconsciente de gran parte del potencial de
su Yo.
Como sucede habitualmente en tales
casos la energía psíquica reprimida no
tardó en reclamar su atención.
Desafortunadamente, sin embargo,
Fausto no entabló un diálogo con las
figuras que emergen de su inconsciente ni se
ocupó de llevar a cabo un paciente autoanálisis
que le permitiera asimilar la sombra, sino
que se abandonó, “cayó”y “terminó
siendo poseído”.
El
problema es que Fausto creía que la solución
a sus dificultades consistía en “más de
lo mismo”-es decir adquirir todavía más
conocimiento- con lo cual no hizo más que
perseverar obstinadamente en el viejo patrón
neurótico.
Cuando Fausto “personificó” a la
sombra quedó fascinado por su numinosidad
y, como sucedió también en el caso del Dr.
Jekyll –otro intelectual aquejado de un
problema similar- sacrificó a su ego y
sucumbió al hechizo de la sombra.
A consecuencia de este error ambos
cayeron en una situación temida por todos:
Fausto terminó convirtiéndose en un
bebedor y un libertino y Jekyll se transformó
en el monstruoso Mr. Hyde.
En
cierto sentido, la atracción que ejercen
las figuras de Fausto y Mefisto –o de
Jekyll y Hyde- dimana del hecho de que ambos
encarnan un problema arquetípico y asumen
la empresa heroica de llevar a cabo algo que
el resto de los seres humanos eludimos
constantemente.
Nosotros, como Dorian Grey, optamos
por mantener oculatas nuestras cualidades
negativas –en la esperanza de que nadie
descubrirá su existencia- mientras
mostramos un rostro inocente al mundo (la
persona); creemos que es posible vencer a la
sombra, despojarnos de la ambigüedad moral,
expiar el pecado de Adán y –de nuevo Uno
con Dios- retornar al Jardín del Paraíso.
Por ello inventamos Utopías,
Eldorados o Shangri-las –lugares en los
que la maldad es desconocida- por ello nos
consolamos con la fábula marxista o
rousseauniana de que el mal no se aloja en
nuestro interior sino que es fruto de una
sociedad “corrupta’que nos mantiene y
que basta con cambiar la sociedad para
erradicar el mal definitivamente de la faz
de la tierra.
La
historia de Jekyll y de Fausto –al igual
que el relato bíblico del pecado de Adán-
son alegorías con moraleja que nos
recuerdan la persistente realidad del mal y
nos mantienen ligados a la tierra.
Se trata de tres versiones diferentes
del mismo tema arquetípico: un hombre,
hastiado de su vida, decide ignorar las
prohibiciones del superego, liberar a la
sombra, encontrar al anima, “conocerla”y
vivir.
Las tres, sin embargo, van demasiado
lejos y cometen el pecado de hubris
con lo cual terminan condenándose
inexorablemente a nemesis.
“El precio del pecado es la
muerte”.
La
ansiedad que conllevan todas estas historias
no es tanto el temor a ser descubiertos como
a que el aspecto oscuro escape de nuestro
control. Todos
los relatos de ciencia ficción –cuyo
prototipo hay que buscarlo en el Frankestein
de Mary Shelley- pretenden despertar el
desasosiego del lector.
En el Malestar de la Cultura,
Freud ilustra claramente su profunda
comprensión de este problema.
Sin embargo, la época y las
circunstancias vitales que le rodearon
–clase media vienesa de fines de siglo
XIX- le llevaron finalmente a concluir que
la tan temida maldad –reprimida tanto por
los hombres como por las mujeres- era de
naturaleza estrictamente sexual.
Su sistemático análisis de este
aspecto de la sombra y el simultáneo
declive del poder del superego
judeocristiano terminaron expurgando a los
demonios eróticos de nuestra cultura y
allanaron el camino para que muchos
contenidos de la sombra pudieran integrarse
en la personalidad total del ser humano sin
exigir a cambio el tributo del sentimiento
de culpabilidad que tanto había afligido a
las generaciones anteriores.
Este excepcional ejemplo colectivo
ilustra claramente el valor terapéutico que
Jung atribuía al proceso analítico de
reconocimiento e integración de los
distintos componentes de la sombra.
No
obstante, todavía nos resta exorcisar de la
sombra un elemento tan poderoso como el
deseo sexual pero de consecuencias mucho más
devastadoras: el ansia de poder y destrucción.
Resulta, cuanto menos, sorprendente
que Freud –testigo de la Primera Guerra
Mundial y de la posterior emergencia del
fascismo- ignorase este componente.
Mucho nos tememos que su omisión
fuera consecuencia de su firme determinación
de que la teoría sexual terminara convirtiéndose
en el concepto fundamental del psicoanálisis.
(“Mi querido Jung: Prométame que
nunca abandonará la teoría sexual.
Se trata el punto central de nuestra
teoría.
De él debemos hacer un dogma, un
baluarte inexpugnable.”)
Anthony Storr hace la interesante
sugerencia de que esta omisión también
pudiera deberse al sentimiento de culpa de
Freud respecto a la defección de Alfred
Adler que precisamente había abandonado el
movimiento psicoanalítico debido a su
convicción de que en la etiología de la
psicopatología humana el instinto de poder
jugaba un papel mucho más importante que el
deseo sexual.
En
nuestro siglo, la necesidad de afrontar los
comopnentes más brutales y destructivos de
la sombra se ha convertido en el destino
inexcusable de nuestra especie.
Si no lo hacemos así no nos queda
esperanza alguna de superviviencia.
Este es realmente el problema de la
sombra en la actualidad, esta es –y con
motivos- el verdadero origen de la
“ansiedad universal”que nos aqueja.
“Aun estamos a tiempo de detener el
Apocalipsis –declara Konrad Lorenz- pero
nuestra acción debe ser inmediata.”
Nuestra
época está atravesando un momento crítico
de la historia de la humanidad y, si no nos
aniquilamos a nosotros mismos y a la mayor
parte de las especies de la faz de la
tierra, la ontogenia terminará triunfando
sobre la filogenia.
Hacer conciente la sombra se ha
convertido en nuestro imperativo biológico
fundamental.
El peso moral que conlleva esta
inmensa tarea es mucho mayor que el que ha
podido afrontar cualquier generación pretérita.
En la actualidad, el destino del
planeta y de todo nuestro sistema solar
(ahora sabemos que somos los únicos seres
sensibles en él) se halla en nuestras
manos. Jung es el único de los grandes psicólogos de nuestra época
que nos ha proporcionado un modelo
conceptual útil para poder afrontar con éxito
esta tarea.
Su concepto de sombra sintetiza el
trabajo de Adler y de Freud y su demostración
de la tendencia del Yo a actualizarse los
trasciende a ambos.
Sólo podremos evitar la hecatombe si
llegamos a un acuerdo consciente con la
naturaleza y, en particular, con la
naturaleza de la sombra.

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