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Grandes
Autores
La
bendición de ser un "Insider", de
estar dentro
Harry
Wiener
-
21.05.2001
-
A
diferencia de los outsiders
(es decir los extraños, los que están
afuera), los insiders
(los que forman parte, los que están
dentro) suelen ser personas felices: una
bendición, una gloria paradisíaca con la
que los outsiders apenas pueden soñar. Y los más felices de todos son los ex-outsiders
que por fin encontraron su nicho de
pertenencia. Encontraron la salvación.
En
sus mejores momentos el insider
puede sentir que está en la cima del mundo,
epifanías difíciles de relatar, excepto en
un lenguaje metafórico. El outsider,
en cambio, a veces siente que está en el
fondo del pozo, una pesadilla incluso para
contarlo.
El
outsider
se da cuanta instintivamente de que existen
las experiencias cumbre y busca un portal de
salvación a través del cual podría pasar
para alcanzar un estado de bendición
extrema. Las religiones y los cultos que
ofrecen esa esperanza son “salvacionistas”.
FARRAGO
Algunos
desafortunados y, por suerte, pocas madres y
sus niños se ven unos a otros como demonios
por la severa disonancia entre sus
mensajeros externos, los identificadores
clave de los que no se tiene conciencia y
que pasan entre todos los seres humanos. Esa
es la causa de los enfrentamientos horribles
y a veces fatales entre ellos. Los mensajes
inconscientes que intercambian dos seres
humanos despiertan alteridad y miedo en
algunos y atracción y amor en otros. El código
innato de la madre puede ser del tipo C, D,
O o CD. Eso la lleva a esperar un
determinado lenguaje se señales sociales
específicas de parte del niño. Como, en
cambio, recibe una jerigonza extraña, se da
cuenta de que el niño no es humano, cálido,
cariñoso, amable. En cambio, puede estar
poseído por un demonio extraño, una
entidad monstruosa y traidora que merece ser
exterminada con un daño extremo.
Pero
si es usted uno de mis pocos lectores con
una mentalidad dura del tipo C, se preguntará:
¿qué es esto de los mensajes inconscientes
entre la gente? Yo veo lo que veo, oigo lo
que oigo, dice usted con razón. Todo esto a
mi me suena a fárrago new-age,
a sensiblería. A lo que respondo: lo
lamento. Suene como suene, no es ningún fárrago,
sino datos experimentales razonablemente
bien confirmados y reconfirmados. Las
vibraciones que se dan entre los cuerpos
humanos son tangibles, no metafísicas. El
enfrentamiento entre ellos, la sensación de
que hay una mala química, es tan real como
una trompada en la nariz. Si usted, al igual
que la mayoría de los lectores de libros
que tratan sobre temas blandos, como las
fallas entre las relaciones humanas, es del
tipo D, sensible, es posible que no se haga
esa pregunta, porque su instinto y su
experiencia ya le habrán enseñado la
importancia de esas vibraciones entre seres
humanos.
El
hecho es que los seres humanos no nos
relacionamos en base a la racionalidad, la
voluntad y el intelecto. Continuamente
emitimos y recibimos un torbellino se señales
sociales o indicios sociales. Estos indicios
viajan en muchos canales. En cada caso,
percibimos conscientemente sólo una pequeña
parte de ese correo, una pequeña punta
visible de un gran iceberg. Las personas del
tipo D perciben conscientemente una proporción
relativamente mayor de mensajeros externos
que se ocupan de las relaciones humanas y se
interesan por aprender más acerca de ellas.
Esa es, espero, una de las razones por la
que usted, mi estimado lector del tipo D, ha
soportado el relato confuso y poco atractivo
que le infligí.
El
enfrentamiento núcleo está en todas
partes, todo el tiempo. ¿Cómo se
implementa ese enfrentamiento entre tipos de
base? Yo personalmente no veo la necesidad
de dar explicaciones sobrenaturales, a pesar
de los demonios, las brujas y los
exorcismos. Creo, en cambio, que se trata de
lo que yo llamo fenómenos xenocientíficos.
Son fenómenos de una ciencia ajena a los
científicos profesionales pero no
necesariamente a los científicos que
trabajan en un lugar recóndito de la
investigación...hechos y experiencias
conocidas para algunos observadores que
trabajan en las márgenes pero que no se han
incorporado al canon de la ciencia. Y todos
esos hechos se suman al tema de las señales
sociales inconscientes entre los seres
humanos. Me sorprende la cantidad de
psicólogos clínicos a los que le resulta
ajeno el concepto de señales inconscientes.
O no se enteraron de los informes o no los
fundieron en un único concepto aplicable a
sus prácticas.
Yo
fui uno de esos observadores en las márgenes.
En 1965, estaba descansando en la biblioteca
de la Academia de Medicina de Nueva York,
mirando sin apuro los libros nuevos que
permanecían en la Sala de Becarios un mes
antes de pasar a la circulación general.
Encontré un libro de Searle, un psiquiatra
muy conocido y de gran reputación, según
me enteré después. Se trataba de una
recopilación de anécdotas de su
experiencia clínica. Al hojear el libro
hice una doble interpretación. Me pareció
que Searle estaba diciendo que sus pacientes
le leían la mente. Algunos individuos
perturbados llegaban a decir que Searle
pensaba en matarlos, violarlos, mutilarlos.
Que estupidez, pensaba él, hasta que a la
noche se sinceró consigo mismo y se dio
cuenta de que ellos tenían razón y que el
equivocado era él. No se sorprendió
demasiado. Los psiquiatras (al menos algunos
psiquiatras del tipo D) ya se sentían cómodos
con algunas nociones relacionadas, como la
contra-transferencia y el “darse cuenta”
de los pacientes esquizofrénicos.
Pero
fue un gran shock para mí. Para mí la
telepatía no era más que una forma de
charlatanería. Vuelvo a leer una y otra vez
con la esperanza de haber entendido mal. No
entendí mal. Searle no sólo dijo que
algunos de esos pacientes veían en su mente
cosas que ni él mismo percibía
conscientemente sino que no lo decía como
algo que le llamara la atención, no incluyó
un capítulo entero sobre la lectura de la
mente, sino que relataba su experiencia en
un tono calmo, tranquilo, no como algo que
le quitara el aliento o el habla, y eso fue
lo que me pareció más importante. Le creí.
Pero seguí sin creer en la magia ni en la
telepatía. Me pregunté si había algún
mecanismo biológico que me ayudara a
entender. No conocía ninguno.
A
la mañana siguiente, revisando mi correo,
me encontré con un artículo muy importante
sobre las feromonas en la revista Science.
Aprendí que los insectos sociales,
como las termitas, las hormigas y las abejas
“hablaban” entre sí en un lenguaje
complejo hecho de feromonas, químicos
complejos identificables que actúan sobre
los órganos del olfato. También me enteré
de que, salvo algunas excepciones, los seres
humanos no pueden percibir conscientemente
esas señales. Per mi parte, eso cerraba el
misterio. Si los seres humanos, a pesar del
acuerdo del ámbito científico en general,
podían emitir y percibir sustancias
similares, a las que yo llamé mensajeros químicos
externos (ECM,
external chemical messengers) o
exohormonas, mi dilema estaba resuelto. Los
pacientes de Searle leían los estados de ánimo,
no la mente.
Después
recorrí toda clase de literatura
aparentemente inconexa. Acumulé unas mil
referencias que parecían indicar que los
seres humanos, por lo general en forma no
consciente, participaban en el intercambio
de señales sociales olfatorias. Hice un
rastreo. Le pregunté a Ernest Shiftan, la
“nariz” o el arquitecto de perfumes de
la compañía de cosméticos Coty, si él
podía percibir a través del olfato estados
de ánimo, como la rabia o el miedo. Me dijo
que si, y se sorprendió de que tuviera que
preguntárselo.
En
1966, publiqué cinco artículos sobre mi
descubrimiento en el New York State Journal of Medicine. Pensé que las pruebas
circunstanciales eran apabullantes, si bien
todavía sigue faltando la prueba final. La
noción de las feromonas humanas se ha
difundido hasta el día de hoy y forma parte
del espíritu de la época, tanto entre el
común de la gente como entre los científicos.
También hacia 1967, el término “química
personal” se había vuelto actual.
No
obstante, las exohormonas humanas
constituyen sólo una pequeña parte de la
historia. Dos seres humanos pueden
comunicarse información crucial a través
de muchos canales sin tener consciencia de
ello. Eso es un hecho indiscutible, se los
puedo asegurar. También creo que el
intercambio subliminal de señales sociales
explica que los individuos de diferentes
tipos base no se lleven bien. Los del tipo C
emiten señales diferentes a los del tipo D
con el mismo significado, y sus códigos
para recibir mensajes externos (señales
sociales) también son diferentes. Esto no
es un hecho indiscutible pero, si no es
cierto, está bien inventado (se
non e vero, e ben trovato).
Les
voy a contar una historia que me parece
fascinante. William Condon utilizó una cámara
rápida para filmar a dos personas mientras
dialogan. Al analizar varios segundos de la
película, cuadro por cuadro, descubrió
para su sorpresa que pasaba algo entre esas
dos personas que iba más allá de la
conversación audible y el lenguaje corporal
visible. Se puede ver de que manera los
cuerpos de los hablantes y los oyentes
realizan innumerables movimientos rápidos y
delicados en respuesta a los movimientos del
otro y a las palabras del hablante. Más que
sorpresa: él y sus colegas padecían los
mismos síntomas del enfrentamiento de base
que trataban de ocultar como mera “fatiga
de observador”. Pero se les erizó el
cabello, sintieron náuseas y una sensación
de horror. Vieron en sus películas, que, a
velocidades demasiado altas para ser
captadas por el ojo humano consciente, del
1/96 de segundo, los dos cuerpos humanos se
respondían entre sí, dialogaban
entre sí, en lo que Condon denominó la danza
del cuerpo. La danza del cuerpo es
tangible, es real, no se la puede eludir con
palabras y ocurre sin que las dos personas
que están hablándose, que están
“danzando” juntas tengan conciencia de
lo que está pasando.
Hasta
ahí el hiperolfato
(las señales olfatorias no conscientes de
Wiener) y la hipervisión
(las señales musculares / visuales no
conscientes de Condon). Hay más tipos de señales
experimentales que al principio parecen
demasiado rápidas o demasiado débiles para
ser captadas por los seres humanos. Existe
el hipersonido (señales hiperauditivas), la reacción humana
subconsciente a los sonidos acelerada en los
experimentos de Kaser. También existe la
forma de intercambio se señales sociales
generalmente reconocida: el lenguaje
corporal, al que Hall llamó de
manera más general proxémica,
la dimensión oculta de la comunicación
humana.
Mucho
antes del hipersonido, el hiperolfato y la
hipervisión, también se había descubierto
el efecto
de persona, descubierto por el psicólogo
pavloviano Horsley Grantt. Se trata del
efecto que ejerce sobre una persona la mera
presencia de otra sin que la primera se dé
cuenta, como lo demostró él mismo y otros
científicos a través de muchos tests
fisiológicos. Los tests demostraron que se
producen cambios en la presión sanguínea,
en los movimientos oculares, en el ritmo
cardíaco y en la conductancia de la piel.
Pero esos investigadores eran del tipo C
(cuadrado) y no se dieron cuenta de lo que
realmente implicaba su trabajo: de que
constituía una prueba de que existía una
comunicación no consciente entre los seres
humanos.
Con
el beneficio que nos da el poder ver todo
esto en retrospectiva, ahora vemos que ese
efecto de persona se asemeja mucho a lo que
podríamos llamar efecto de computadora.
Consideremos un par de computadoras
conectadas por un módem. Salvo unas luces
que titilan no se ve nada. Pero más allá
de lo que se puede observar conscientemente,
se está transmitiendo una cantidad enorme
de datos. Las reglas son las siguientes:
ninguna de las dos computadoras puede
detener el influjo de información que le
envía la otra, pero si puede alterar la
manera en que la metaboliza y responde a
ella. Y esas son las reglas del efecto de
persona.
Esa
analogía con las computadoras resulta útil
sólo para los del tipo cuadrado, el tipo C.
La gente redonda (del tipo D) no la
necesita. En general, son personas altamente
sensibles al intercambio de señales
sociales. A diferencia de los de la clase de
los cuadrados, se sienten y siempre se han
sentido cómodos con lo que la mayoría de
la gente llama “vibraciones”.
Los
psiquiatras sensibles (del tipo redondo,
Descartes) utilizan un término más
exaltado para este tipo de fenómeno.
Consideran que la contratransferencia,
su reacción a la persona del paciente, es
un órgano perceptivo importante en su
trabajo. Esa reacción puede ayudar u
obstaculizar el tratamiento. O, para decirlo
más fríamente, el terapeuta puede ser un ayudante (si su tipo sintoniza con el del paciente) o un dañante
(si su tipo choca con el del paciente).
La
contratransferencia, como todas las otras
instancias del enfrentamiento de base, se
sitúa esencialmente a nivel inconsciente,
como una falla para establecer una
comunicación inconsciente normal entre dos
o más personas cuyos diccionarios de señales
sociales no combinan. Ninguno de los dos
advierte el desfasaje entre los mensajeros
externos, pero ambos ven claramente de que
manera la conciencia se inunda de mensajes
negativos: miedo, aversión y sentimientos
similares.
Es
aquí cuando, so los dos miembros del par
están dispuestos, se puede hacer algo para
reducir los resultados negativos de ese
enfrentamiento de base. En el caso de la
contratransferencia, una solución fácil
consiste en “divorciarse” del terapeuta
y empezar de nuevo con otro que se acerque más
al tipo de base interno de uno. Pero en
mucho otros casos no es fácil separarse. Lo
que pueden hacer los miembros de una
familia, de una pareja, de una sociedad y
los pares en general que pertenezcan a
distintos tipos de base (C y D) en su interés
mutuo a largo plazo es admitir
el área de incompatibilidad y aprender a
atravesarlas y sortearlas.
La
hostilidad que se niega y se contiene a la
larga es seguro que va a surgir como una
fuerza maligna y destructiva. La hostilidad
admitida y reconocida por ambas partes es más
tenue y se supera con mayor facilidad, según
sospecho. Por caridad, si los actores no están
en un pie de igualdad, o por negociación,
si se trata de pares. De la negociación
surge la cooperación y de la cooperación,
surge la simbiosis de C más D. Sugiero que
esa simbiosis es el propósito biológico
del polimorfismo de C versus D en el hombre.
VIBRACIONES
MADRE - NIÑO
El
intercambio inconsciente de señales
sociales entre seres humanos determina el
carácter social
del hombre. La asociabilidad humana
está determinada, en particular, por la
disonancia entre las señales sociales de
una persona D o redonda y su opuesto C o
cuadrado. Pero en los adultos, la
importancia de los EM (mensajeros externos,
señales sociales) muta por la intervención
del lenguaje, la inteligencia, la deliberación.
Para
los niños, no existen esos factores
mutantes. El vínculo empático que se
establece entre la madre y el niño es tan
fuerte que muchos lo han considerado como
misterioso y sobrenatural, casi mágico
(...)
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