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      “La  Humanidad  tiene  razones  que  la  Razón  del  Hombre  ignora”    

NOTAS

Grandes autores

Psico-biología de los instintos 

Juan Cuatrecasas

- 01.08.2000 - 


El valor autóctono del mundo de los instintos no se pierde a pesar del progreso de la ciencia y de la civilización. Aquí se roza lo que Monakow llama el carácter trágico de la civilización, que viene a ser la expresión del mismo estado de animo que, sin un criterio bio-analítico, torturaba al meditabundo espíritu unamunesco cuando escribía sobre el sentimiento trágico de la vida.

Así al instinto elemental lo llama Monakow Hormé (del griego, poner en movimiento). Es una propiedad inherente al protoplasma, que involucra las fuerzas impulsoras de la herencia y el fenómeno de la continuidad evolutiva con la capacidad de adaptación a cada nueva fase, cada momento del tiempo.

Hay también fenómenos elementales de atracción y de repulsión de los seres: klisis y ekklisis, base de lo que en el hombre es la simpatía y antipatía.  Realmente no se halla nunca explicación lógica a este proceso entre personas. La explicación es la analogía o la incompatibilidad afectiva, de origen instintivo.( Mesmer, Magnetismo)

Sineidesis es la conciencia biológica, primitiva manifestación de la autosensibilidad instintiva cenestésica - cerebral. Las manifestaciones de los instintos dan lugar al mundo de los sentimientos, y más tarde al origen de los fenómenos de la emoción, o de las emociones.

En relación a los instintos agrega: En realidad se reducen a tres direcciones instintivas distintas: la metabólica o nutritiva, la reproductora y la social.

El Hormé hereditario establece la memoria filogenética, la intuición de la especie y de la familia, ayudándonos a comprender biológicamente lo que Jung ha estudiado psicológicamente como el inconsciente colectivo... la sineidesis sigue la continuidad ininterrumpida y creadora, manifestándose en forma distinta. Es el que llama Monakow instinto religioso o cósmico.

Pero a medida que el organismo envejece se intensifica la atracción del ser hacia el cosmos y se modifica el propio instinto de conservación, elaborando el instinto cósmico o religioso. Es el único instinto que no tiene representación funcional en un sistema de órganos.

Hemos de distinguir el instinto cósmico que reside en la base del sentimiento religioso, de la infiltración exógena de una formación sistematizada mística. He ahí un punto de interés para la comprensión de ciertos fenómenos de imbricación instintiva o de deformación religiosa en la vida social.

El origen biológico del sentido religioso parece estar de acuerdo con la universalidad de las creencias en la especie humana. No sabemos nada del instinto místico de los animales, aunque algunos naturalistas creen que los antropomorfos profesan un culto al Sol.

 

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Junio 2000