El
valor autóctono del mundo de los
instintos no se pierde a pesar del
progreso de la ciencia y de la
civilización. Aquí se roza lo que
Monakow llama el carácter
trágico de la civilización, que
viene a ser la expresión del mismo
estado de animo que, sin un criterio bio-analítico,
torturaba al meditabundo espíritu
unamunesco cuando escribía sobre el
sentimiento trágico de la vida.
Así
al instinto elemental lo llama Monakow
Hormé (del griego, poner en
movimiento). Es una propiedad inherente
al protoplasma, que involucra las
fuerzas impulsoras de la herencia y el
fenómeno de la continuidad
evolutiva con la capacidad
de adaptación a cada nueva fase,
cada momento del tiempo.
Hay
también fenómenos elementales de
atracción y de repulsión de los seres:
klisis
y ekklisis,
base de lo que en el hombre es la simpatía
y antipatía.
Realmente no se halla nunca
explicación lógica a este proceso
entre personas. La explicación es la
analogía o la incompatibilidad
afectiva, de origen instintivo.( Mesmer,
Magnetismo)
Sineidesis
es
la conciencia biológica, primitiva
manifestación de la autosensibilidad
instintiva cenestésica - cerebral. Las
manifestaciones de los instintos dan
lugar al mundo de los sentimientos, y más
tarde al origen de los fenómenos de la
emoción, o de las emociones.
En
relación a los instintos agrega: En
realidad se reducen a
tres direcciones instintivas
distintas: la metabólica
o nutritiva, la reproductora y la
social.
El
Hormé hereditario establece la memoria
filogenética, la intuición de la
especie y de la familia, ayudándonos a
comprender biológicamente lo que Jung
ha estudiado psicológicamente como el
inconsciente colectivo... la sineidesis
sigue la continuidad ininterrumpida y
creadora, manifestándose en forma
distinta. Es el que llama Monakow instinto
religioso o cósmico.
Pero
a medida que el organismo envejece se
intensifica la atracción del ser hacia
el cosmos y se modifica el propio
instinto de conservación, elaborando el
instinto cósmico o religioso.
Es el único instinto que no tiene
representación funcional en un sistema
de órganos.
Hemos
de distinguir el
instinto cósmico que reside en la base
del sentimiento religioso, de la infiltración
exógena de una formación sistematizada
mística. He ahí un punto de interés
para la comprensión de ciertos fenómenos
de imbricación instintiva o de
deformación religiosa en la vida
social.
El
origen biológico del sentido religioso
parece
estar de acuerdo con la universalidad de
las creencias
en la especie humana. No sabemos
nada del instinto
místico de los animales, aunque
algunos naturalistas creen que los
antropomorfos profesan un culto al Sol.