La
hipótesis del Plasma Germinal
Quinta
parte, Capítulo XII “C”, pág. 468
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Pues
los modernos han sido penetrados todos,
a pesar de que lo negase la mayoría, en
el aspecto práctico por la creencia
en la materia. La existencia de
efectos dinámicos, entre los hombres
bastaban todavía a Aristóteles, y que
en realidad bastaban también para
demostrar que una formación debe ser
considerada como organismo, nos parece
casi carente de importancia, y exigimos
impetuosamente la prueba de una conexión
corporal real. Pues todo lector
tendrá en este momento la objeción
burlesca en los labios; ¿cómo se puede
comparar a la humanidad entera con un
solo animal?. ¡Sin embargo, entre la
punta de la nariz y la
punta de la cola existe una
conexión corporal viviente!. ¿Pero qué
conexión existe entre un europeo y un
fueguino, incluso entre un padre y su
hijo?.
Aunque
no sería absolutamente exigible que se
demuestre el puente de sustancia real
entre esas personas,
pues bastaría el puente dinámico
viviente, se mostrará en
correspondencia con la exigencia
materialista de la época que existe en
realidad una “ligazón
continuada, viviente y nunca
muerta” entre todos los seres
humanos de todos los tiempos y países,
y que es también eficiente. En esto no
hay que olvidar ciertamente que para el
desenvolvimiento humano son más
importantes las relaciones de las
fuerzas más arriba investigadas; pues
aunque naturalmente no podrían existir
sin un fundamento real que permanece
casi inmudo y haciendo diariamente más
unitario y más importante el organismo
de la humanidad a causa de esas
relaciones.
Una
total cohesión corporal se ha dado por
la continuidad del plasma germinal. Ya
en 1878
había defendido Jäger
ese pensamiento, lo mismo que dos años
más tarde Nussbaum.
Pero al reconocimiento general se llegó
tan sólo por las amplias
investigaciones de Weismann en las
medusas de agua dulce. Hoy se concede a
las teorías weismannianas tan completo
reconocimiento que Delage y Goldsmith un
“hecho bastante banal” a la
“diferencia entre el soma y el plasma
germinal, de los cuales el primero muere
con el individuo, mientras que el último
supervive en la descendencia, es decir,
es inmortal y continuado”. Hipotéticas
son sólo las conclusiones especiales
que Weismann construye sobre ese hecho.
Esas
conclusiones no nos interesan ahora, nos
interesa el “hecho banal”.
Toda
célula de huevo de la que después nace
un animal o un hombre, se divide
primeramente en dos partes, de las
cuales la una crece rápidamente, forma
el cuerpo total, muere con el cuerpo y
desaparece con él, pero la otra parte
de la célula no crece, sino que
permanece plasma germinal viviente, se
agrupa de otro modo y se transforma en células
seminales o células de huevos. Estas se
encuentran, pues, en cohesión
continuada con la célula madre. Esta
cohesión persiste cuando las células
hijas han llegado a ser animales
adultos. En ellos, o más exactamente en
sus testículos u ovarios, supervive una
parte de los padres, y esa parte pasa
nuevamente de un modo continuado e
inmutable a las células descendientes.
Existe, pues, y no sólo figuradamente,
sino realmente, una parte de abuelos,
nietos, tataranietos, etc., de la misma
sustancia viviente. Y como podemos
continuar esa serie interminable, el árbol
genealógico unitario y cada vez
más ramificado, constituye un organismo
unitariamente cohesionado de plasmas
germinales. De él crecen, lo mismo que
las manzanas de un árbol, los
seres humanos, como fragmentos de
organismos, se separan, se convierten en
individuos y mueren.
Pero
el árbol de plasma germinal que da a
los individuos forma y existencia, y por
esos es la parte mas importante de la
humanidad, vive eternamente como
organismo unitario. Pero un fragmento de
ese organismo unitario vive también en
cada individuo, y con él pendemos
permanentemente desde el punto de vista
corporal de la generalidad. Se puede, es
verdad, separar del cuerpo humano sin
destruir enteramente la vida, pero lo
que queda entonces del hombre lo
muestran los tristes seres de los
castrados y eunucos, y todos los demás
experimentos evidencian claramente que todos
los instintos vitales que hacen al
hombre, están enlazados
inseparablemente con ese resto de la
generalidad que llevamos con nosotros.
Ese trozo viviente en nosotros llega en
nosotros a la validez, y si el egoísmo
representa solamente la autoconciencia
del cuerpo, el altruismo
representa la autoconciencia del plasma
germinal. El
“otro hombre” tiene, como vemos, un
derecho representado en mí, pues un
trozo de su sustancia viviente vive
también en mí.
Fue
una expresión llena de presentimiento
la de calificar la muerte del egoísmo
como muerte de la carne. Pues es la
carne del cuerpo pasajero la que cae del
árbol general de la humanidad. Pero lo
que queda, y lo que hace posible a los
hombres el amor, es decir, en el más
amplio sentido de la moral, es el plasma
germinal, o como dice el libro santo, el
pneuma capaz de reproducción. Lutero ha
traducido “el espíritu que hace
vivientes” y ha establecido así un
sentido puramente simbólico. Pero el
concepto del pneuma es más amplio y no
puede ser entendido sin su historia del
desarrollo en la filosofía griega. No
podemos detenernos en eso, pero Diógenes
Laercio dice expresamente: “Lo que nos
hace ser engendrados en común es el
pneuma”, es decir, nuevamente en el
sentido de lo que hoy se puede denominar
como plasma germinal. Como hoy nos
imaginábamos que la cantidad casi
imperceptible de plasmas germinal
influencia el cuerpo entero, se pensó
en la antigüedad en el efecto
misterioso del “espíritu santo”.
En
Juan está: El pneuma es engendrador. La
carne no puede hacer nada en eso. Es
decir, también la Biblia ha tomado ese
“concepto de la especie” de los
estoicos y, lo que es más importante,
lo ha utilizado en sentido moral. Ahora
bien, es natural que ese pneuma no
expresa nada ni en los griegos ni en la
Biblia claramente de lo que hoy
entendemos por plasma germinal. Y sin
embargo, no deja de ser importante que
ya intuitivamente vivía algo de esa
sabiduría en la Biblia. Pues con el
concepto de la muerte de la carne se ha
hecho después mucho ruido. Se identificó
la carne con sensualidad y con amor
sensual (y pronto
con amor general) y el pneuma con
las cualidades anímicas
“superiores”. Que esto no marcha se
pone claramente de relieve en la primera
epístola a los Corintios, 1543, donde
justamente la psiquis es nombrada como
oposición al pneuma. Aquí se habla de
un cuerpo pneumático, que se
conservamos el sentido conocido de lo
pneumático en la antigüedad, que
penetra real y materialmente el cuerpo
de todos los hombres, es también aquí
otra vez la figura exacta del plasma
germinal.
El
pneuma
es, precisamente, algo que está por
encima de la humanidad y resume: crea
las relaciones entre los hombres, crea
el amor entre el hombre y la mujer y
entre el hombre y su prójimo. Crea vida
eterna, y crea moral. La victoria del pneuma
sobre el sarx
es la victoria del plasma germinal sobre
el plasma somático, es la victoria de
la idea de humanidad sobre la conciencia
individual, es la victoria del altruismo
sobre el egoísmo.
En
este sentido podemos y debemos creer
todos en el pneuma hagión, en el espíritu
santo.
La
lucha por el desprecio medioevales
contra el llamado “amor terrestre”
es tanto peor cuanto que es justamente
un medio auxiliar, y un medio auxiliar
bien real, para realizar el amor celeste
en tanto que se coopera a la perfección
paulatina del organismo de la humanidad.
Al respecto, hay que decir algo.
Se
ha meditado a menudo porque la procreación
es necesaria propiamente por un hombre y
una mujer, y porque los hijos de los
hombres no nacen simplemente de
su generador no sexual, como
ocurre temporalmente al menos en los
animales inferiores. Ese problema de las
causas no nos interesa aquí, pero si el
de las consecuencias.
Si
un ser produce por generación
no sexual (partenogénesis) seis
nuevos seres, cada uno de ellos, como señala
la experiencia, es un poco distinto, y
si de esos seis hijos pensamos sacar
nuevamente seis generaciones partogenésicamente,
serán cada vez menos semejantes, pues
siempre se heredará más innovación en
cada generación, en que los otros no
tendrán necesariamente parte alguna; en
cambio, quedan estos bajo otras
influencias. En una palabra, cada
individuo es antecesor de una nueva
generación.
Los
organismos se vuelven cada vez más
disgregados, y aún cuando en cierto
momento una parentela consiguiese el
dominio en el mundo (como ahora la
humanidad), comienza desde el mismo día
la
nueva escisión. Si la reproducción
se hiciese sin mezcla sexual, tendríamos,
en realidad, todavía la descendencia
pecadora de Caín (o modificada de algún
modo) y la descendencia buena de Abel; y
aún cuando los hijos de Caín matasen a
todos los hijos de Abel, la generación
de Caín se escindiría de inmediato en
diversas partes, que con el tiempo se
habrían vuelto cada vez más
desemejantes. Nuevamente sería
necesario una lucha entre las diversas
especies, en una palabra, la generación
humana asexual tendría por consecuencia
necesariamente una disgregación extrema
y la guerra simultánea eterna de todos
contra todos. Pues la masa hereditaria
común sería en el curso del tiempo tan
mínima que no podría ejercer ningún
dominio.
Pero
no es así; pues somos engendrados
sexualmente. Si una pareja de padres
tiene seis hijos, cada cual es
ciertamente distinto, pero esas
diversidades se nivelan siempre, porque
los descendientes se unen entre sí, y
la masa hereditaria que se diferencia no
tiene, por tanto, nunca tiempo para ser
palpablemente distinta de los otros.
El
hecho del amor sexual y del contacto de
los sexos es, pues, simultáneamente el
medio auxiliar por el que se conserva la
igualdad de especie de la masa germinal
en una especie animal, en tanto que
tiene ocasión para unirse sexualmente
entre sí, pone siempre en relación, al
mismo tiempo, al organismo entero de
toda una raza, lo contiene, y en tanto
que ese organismo total condiciona el
altruismo, al amor terrestre es la madre
del celeste, la sexualidad es la partera
de la humanidad.
El
fundamento de los conceptos aquí
expuestos es ya relativamente conocido
desde hace mucho. Ya en 1853 habla
Rudolf Leuckart de que la reproducción
sexual se contrapone a la degeneración
(a lo que más arriba hemos nombrado la
escisión de una raza). Bien
expresamente dice, luego en 1859, C.
Darwin que el cruce (en oposición a la
reproducción sexual) juega en la
naturaleza un gran papel, en tanto que
conserva a los individuos de una especie
o de una variedad puros y uniformes en
su carácter. A él se adhirieron en lo
esencial: Spencer (1894), Nägeli
(1866), Hatsheck (1857), Hertwig (1893),
Straussburger (1900) y Weismann (1902),
que lo recargó inútilmente con sus
teorías de las ideas y de las
determinantes, mientras que otros,
justamente, veían el sentido de la amphimixis
en la formación de las variedades.
La
significación descripta de la
reproducción sexual la ha tratado
detalladamente en primer lugar Janiki.
Escribe en la página 784: El mundo, si
puedo decirlo así, “no está
descompuesto en una masa de fragmentos
independientes, que luego tendrían que
abrirse su propio camino en el mundo de
la vida aislados siempre entre sí,
siempre como partes del todo, en
descendencia rectilínea, ramificada
solo dicotomicamente, no, por la
generación bisexual, amphimixia, se
construye periódica, pero
incesantemente en cada parte el cuadro
de macrocosmo como un microcosmo, el
macrocosmo se disuelve en mil
microcosmos.
Es como si la naturaleza por la
introducción de la anphimixia hubiese
concertado un compromiso entre la
individualización y el estado hipotético
de la panmixia. Los individuos
deben ser lo más independientes que sea
posible; deben poder moverse libre y autónomamente,
etc., pero por otra parte, deben formar
entre sí una continuidad material,
deben, lo mismo que las plantitas de la
fresa se ligan por medio de gajos,
quedar en continua conexión. Una salida
se ofrece sólo en la mezcla periódica
de substancias germinales, con la cual
la continuidad material exigida en cada
individuo es trasladada, -por paradojal
que pueda parecer al principio-, la
continuidad existe sólo en un cuadro en
miniatura, pero existe. Cada
individuo se desarrolla simplemente en
un sistema invisible de rizomas, que
asocian las substancias germinales de
incontables individualidades.
Eso
significa negación de la
individualización indispensable para
fines vegetativos, y si consideramos un
paramaecium bajo el microscopio, no
sospecharíamos a la primera ojeada,
como se oculta en él un fragmento de
plasma viviente de una multiplicidad
infinitamente complicada, un conjunto
que está encadenado del modo más íntimo
por hilos invisibles con las sumas de
individuos que componen la especie y que
viven dispersos o han vivido en las
condiciones más diversas”. Y en la página
789: “Pero volvamos a la anfimixia,
como en los unicelulares, también
pluricelulares la anfimixia que se
produce periódicamente es una necesidad
fisiológica. En ambos casos se
establece por ella para cada individuo
una cohesión material en continua
renovación con la suma de la vida que
constituye la especie.
En esta cohesión íntima con el todo se
modifica periódicamente en
correspondencia con el curso del tiempo
la más simple monoplástida, sin
experimentar nunca a pesar de la múltiple
división, la muerte celular y por lo
tanto la completa creación, fuera del
crecimiento; el cuerpo, como una
sustancia plástica sólo es
transformado. En la misma cohesión con
el conjunto, como en un plasma primitivo
condensado, arraiga la vida de las
polaplastidas. Pero
la continuidad de la vida es asegurada
sólo por las substancias
germinales. Las somas aparecen como una
serie de curvas discontinuas que
proceden de una curva continuada, de la
de las substancias germinales que se
suman. Los cuerpos han perdido su
plasticidad y son retornados en la ontogénesis
tras cada anfimixia.
Apenas
habría que agregar algo a estas
palabras, Janicki ha agotado realmente
el problema y lo que importa es sacar de
ahí las conclusiones para la acción
moral de los hombres.
Biología
de la Guerra
Mutación
de los instintos de guerra
Quinta
parte, Capítulo XII “C”, pág. 475
a 476
[...]Que
es imaginable tal organismo
colectivo lo prueba el hecho de la
continuidad y de la inmortalidad del
plasma germinal.
Una
conexión idéntica existe también
entre los hombres; y como los hombres,
lo mismo que los demás animales, varían
principalmente con aquel órgano que ha
hecho en los últimos tiempos las más
grandes modificaciones, es decir con el
cerebro humano, la mayor parte de los
ejemplos serán de dominio psíquico.
Pero aquí la analogía es notable. Sin
duda aparecen también en la humanidad
de un modo relativamente repentino
grandes transformaciones, según las
cuales el alma humana aparece modificada
radicalmente. Una ola de una nueva
concepción del mundo procedente de la
fuente obscura de nuestros movimientos
mas secretos e íntimos, parece barrer
de golpe todo lo viejo. El hecho mismo
que hay épocas en que predomina el odio
o el amor, el sentimiento religiosos o
el escepticismo, esta firmemente sólido
para todo historiador.
La
prueba de que en ello se trata de algo
análogo a las mutaciones observadas en
los verbascos, no le veo tanto en el
hecho mismo (pues se podría explicar
también por sugestión colectiva, por
el medio idéntico, etc.),
ni tampoco en el hecho ya
mencionado de que grandes
invenciones a menudo parecen
estar en la atmósfera y de
repente son hechas en las partes mas
diversas del mundo y con entera
independencia unas de otras (pues
también esto puede ser explicado
diciendo que la
humanidad solo hace las invenciones que
necesita en el momento y que esa
necesidad se hace sensible simultáneamente
en diversos lugares a consecuencia de
las condiciones análogas que existen
por doquiera).- veo la prueba de
ello mas bien en una circunstancia
accesoria digna de atención. En todos
los tiempos hay numerosos individuos con
variaciones cerebrales que se pueden
denominar, dado que expresan
pensamientos anormales, según el
capricho o la comprensión como locos o
geniales. El que sean una cosa u otra,
no sólo dependen de ellos mismos, sino
también del porvenir o -más
correctamente- de las mutaciones que están
ya latentes en los millones de
semejantes que por el momento parecen
completamente normales.
El
que expresa una opinión que se desvía
de la opinión normal, es llamado
primeramente loco; si después de cien años
la mayoría de los hombres tienen la
misma opinión, se la llama genio que se
adelantó a su tiempo; pero si nadie
comparte su opinión, el individuo
correspondiente es definitivamente
anormal.
Lo mismo se podría describir lo que
ocurre en los verbascos. Si en un plasma
germinal existe ya latente una
prolongación de las hojas, no tienen
importancia los verbascos anormales con
hojas demasiado cortas, demasiado
gruesas o demasiado delgadas y están
condenadas a una muerte próxima, pero
los ejemplares de hojas largas del año
actual son los anunciadores
“geniales” de la futura modificación.
Así
ocurre también a los hombres:
Si no ha llegado la hora, si las
variaciones del cerebro no existen latentes,
toda profecía genial no vale nada. Pero
si ha llegado la hora, la profecía es
superflua y el
motivo más insignificante basta.
Huss no podía conseguir nada donde
Lutero venció como en un juego. El Sócrates
famoso en toda Grecia bebió pronto
olvidado la copa de veneno, mientras que
el Cristo crucificado, ese desconocido
apasionado, del que no se sabe
exactamente si ha vivido siquiera, ha
dejado una religión de importancia
universal.[...]