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Medicina
Tratamiento
Georg
Groddeck (1926) [1]
-
27.11.2000
-
Traducido
de la versión en inglés publicada por
Hoggarth Press, 1977. The Meaning of Iliness.
Traducido por la Dra. María Laura Eandi,
médica del staff del Servicio de Nutrición
y Diabetes, Hospital General de Niños Dr.
Pedro de Elizalde, Buenos Aires, Argentina
(Si desea comunicarse con la Dra. hágalo a info@genaltruista.com)
Mientras
que en las ideas que hemos discutido en las conferencias anteriores
puede rastrearse la influencia que Freud ejerce sobre mí, las
siguientes investigaciones sobre el tratamiento médico se remiten a un
doctor de características tales que yo no he encontrado en nadie más
en cuarenta años de práctica médica: Ernst Schweninger. A él debo
todo mi conocimiento y habilidad. No afirmo que todo lo que diré hoy
sea una reproducción fiel de lo que Schweninger pensaba y enseñaba,
pero sí lo que mi cerebro hizo de ello.
No conozco un modo más corto y claro de presentar los objetivos
de nuestra profesión que usando las expresiones con las que él enuncia
los artículos de fe a los que él se atuvo con la ingenuidad del genio.
“El
hombre es producto de sus condiciones de vida en el más amplio sentido
de la palabra: si se desea cambiar el producto se deben cambiar los
factores que lo producen”. Esta afirmación fué la línea directriz
que Schweninger siguió en su terapia. De joven, yo no entendía su
significado profundo; en esos días confundía el término
‘condiciones de vida’ con otro, a saber ‘condiciones
ambientales’ que Schweninger nunca usó; yo creía que uno debía
cambiar las circunstancias de la vida del paciente, su ambiente si iba a
seguir la doctrina de Schweninger. Pero esto era exactamente lo que
Schweninger no quería; él
decía y se refería específicamente a condiciones de vida y
condiciones siempre implica al menos dos cosas que están relacionadas
una a otra ( implica la idea de condicionamiento entre al menos dos
cosas). El cambio en las condiciones de vida de alguien puede realizarse
por tres caminos: ya sea cambiando el mundo externo, el ambiente - este
es el modo habitualmente mostrado a los estudiantes en las universidades
y el que el médico usualmente toma y el que cree que toma aún cuando
su inconsciente, su demonio, lo lleve por un camino diferente-; o
cambiando al ser humano -como lo hace el psicoanálisis- con el
consiguiente cambio del producto ser humano-ambiente; o en tercer lugar,
cambiando algunas veces el ambiente y otras lo interno del ser humano o
si es necesario ambos al mismo tiempo; éste y no otro era en mi opinión
el significado de la enseñanza de Schweninger. En todo caso yo no sé
qué otra cosa haya podido significar “condiciones de vida”.
Esta
proposición asume un extraño significado si se recuerda un hecho que
Schweninger enfatizaba permanentemente, que casi nadie notaba aún
cuando es obvio y puede ser observado por todos. Schweninger decía: La
mayoría de las enfermedades se curan a sí mismas, sin importar cómo
se las trate o incluso si no se las ha tratado en absoluto; si no me
equivoco decía el 75%, un número que yo considero demasiado bajo; él
citaba los drásticos números del cirujano Nussbaum que solía decir:
La mayoría de las heridas se curan aún cuando se las vende con estiércol
de vaca, pero hay un cierto número de ellas que sólo curan si se les
aplica el tratamiento más cuidadoso. Otro número, tal vez 15%, nunca
mejorarán, sin importar el tratamiento que se realice. Entonces, quedaría
un 10% para el cual la elección del tratamiento es verdaderamente
importante. No tiene importancia si estos números son o no los
correctos, lo cierto es que el tratamiento raramente decide si el
paciente se recuperará o permanecerá enfermo. Sería un pena que la
gente no supiera esto; al mismo tiempo sería algo bueno: los seres
humanos parecen necesitar el miedo para poder permitirse a sí mismos
ser salvados. Sin ninguna duda la cuestión de la elección del
tratamiento adquiere otra importancia cuando se advierte que es una
pregunta que sólo en raras ocasiones se hace necesario formular.
Si
se continúa con el juego de los porcentajes y se tiene en mente que en
la mayoría de las enfermedades el tratamiento es innecesario, se hace
evidente que la mayor parte de los casos que sí requieren tratamiento
son influidos favorablemente por cambios en las condiciones ambientales;
no se necesita nada más. Esta es la razón por la cual el tratamiento
en general consiste en un cambio en el ambiente. Lo que queda pendiente
es lograr un cambio en el corazón del individuo, o una combinación en
la cual se realice el intento de cambiar ambos, ambiente y personalidad.
Mi experiencia profesional de las últimas dos décadas me hace preferir
la combinación. El resultado me parece, hasta donde puedo percibir, tan
exitoso que me inclino a presumir que con esta combinación podría ser
posible tratar ese 15% de incurables. Pero esta es sólo una presunción
que podría ser el resultado de una
expresión de deseo.
Como
todas las personas inteligentes, cuya inteligencia y humanidad es
suficientemente grande, Schweninger tenía una cierta tendencia a la
ironía consigo mismo, una de cuyas consecuencias era el uso de bon mots
- a pesar de su aversión y odio a los clichés-
para enfatizar los enfoques que presentaba a sus estudiantes. Él
sostenía, entre otras cosas, que el modo más sencillo de discutir la
cuestión del tratamiento médico era usar la fórmula que constituía
la base para los ensayos escritos en Latín en la escuela: quis, quid,
ubi, quibus auxiliis, cur, quomodo, quando; en otras palabras, quién,
qué, dónde, por qué medios, porqué, cómo, cuándo. Y de hecho esta
fatigada fórmula ayuda a elucidar un número de cosas.
¿Quién
realiza el tratamiento? La
respuesta a esta pregunta parece ser simplemente ésta: el médico. Sin
embargo, nosotros partimos de la base de que el ser humano es un Ello,
que el principio efectivo de tratamiento no es simplemente el Yo del médico,
ni una combinación de su consciente y su inconsciente, sino su Ello que
algunas veces está activo en su consciente, a veces en su inconsciente,
a veces en áreas que se encuentran más allá de esos dos sistemas. Si
el médico quisiera descubrir quién está verdaderamente realizando el
tratamiento, debería conocerse y juzgarse a sí mismo, y nadie puede
hacer eso. De este modo, la pregunta ¿quién hace el tratamiento? queda
contestada de un modo muy impreciso cuando la gente dice: el médico.
Incluso es muy dudoso que esta respuesta sea correcta; de hecho, no lo
es. Esto se hace evidente si uno va y pregunta: ¿quién está siendo
tratado?. El paciente, por supuesto. Pero nuevamente tenemos el
desagradable hecho de que sabemos muy poco acerca del paciente, de que sólo
podemos conocer una pequeña parte de su Yo, sus sistemas consciente e
inconsciente y lo que queda más allá de los mismos, esto es no más
que lo que el Ello del paciente revele y nuestro Ello quiera percibir.
En el tratamiento se produce el encuentro entre dos entidades
independientes y que sin embargo desean voluntariamente comunicarse; el
médico desea cambiar al paciente de acuerdo a ciertas ideas que él sólo
conoce en parte, por medio de ciertas medidas que nuevamente sólo
son conocidas por él en la medida en que su Ello se lo permite; el Ello
del doctor, sin que él lo sepa, se ajusta de todos modos, en sus
actividades a las reacciones del Ello del paciente; sus acciones son en
gran medida inconscientes, incluso están más allá de la posibilidad
de ser recuperadas conscientemente. El Ello del paciente, por su parte,
que es evidentemente el sujeto del tratamiento tiene un interés en
permanecer enfermo, lo cual viene dado por el hecho de que se presenta a
si mismo cursando una enfermedad, desea permanecer enfermo, y por lo
tanto trata de desorientar al Ello del médico, lo cambia hasta tal
punto que le hace imposible mostrarle al Ello del paciente los
beneficios de estar sano y hacer que este último desee estar bien
nuevamente. La pregunta ¿quién hace el tratamiento? no puede ser
contestada “el doctor trata al paciente” - eso es sólo una parte
del proceso -. Siempre hay dos tratamientos simultáneos interactuando y
por lo tanto dos personas que realizan el tratamiento: el doctor trata
al paciente, el paciente al mismo tiempo trata al doctor. Se podría
decir que hay una lucha entre dos tratamientos, uno que trata de
reforzar la voluntad de otra persona de curarse y el otro, el
tratamiento realizado por el paciente, que trata de poner a prueba cada una de las medidas del
doctor para mostrar su inutilidad, persiguiendo la finalidad de
permanecer enfermo. El tratamiento sólo será exitoso si el doctor es
capaz de cambiar la capacidad del Ello enfermo para interferir, de tal
modo que éste, o bien
abandona su resistencia o queda demasiado exhausto para continuar esa
resistencia.
Para
decirlo de nuevo y enfáticamente: en la relación con pacientes hay dos
tratamientos que se entrecruzan y tienen propósitos opuestos. Por lo
tanto hay también dos “quienes” se tratan el uno al otro; el médico
trata al paciente y simultáneamente es tratado por el paciente.
Obviamente para un resultado exitoso es más importante que el
tratamiento que el paciente realiza sobre el doctor fracase que que el
doctor actúe en función de principios científicos prejuiciosos o
de principios no
científicos. La expresión “Nil
nocere” - no hacer daño
- es el alfa y omega de toda la actividad médica; desafortunadamente
este principio es mucho más difícil de seguir de lo que generalmente
se cree. Mientras que la cuestión de quién está haciendo el
tratamiento es muy confusa ya que hay dos personas tratando y siendo
tratadas, la cuestión de ¿Qué está siendo tratado? puede contestarse
con una sola palabra: la resistencia. Sin embargo, inmediatamente la
respuesta se divide en dos desde el momento de que hay dos tipos de
resistencia contra la mejoría, una que surge del paciente, la otra del
Ello del médico. La resistencia que emana del paciente es
comparativamente fácil de vencer: se trata esencialmente de la no
voluntad (unwillingness) del paciente de ponerse bien. Para simplificar
(aún cuando esto sólo está lejos de hacer las cosas simples) el
paciente puede ser visto como un individuo con una motivación dual: por
un lado suvoluntad, la voluntad de su Ello está inclinado a estar
enfermo, de otro modo el paciente no estaría enfermo, él lo está por
un acto de voluntad mayormente inconsciente; por otro lado él desea
ponerse bien - salvo que se trate de uno de eso pacientes que se someten
a un tratamiento sólo para probarse que son más inteligentes que sus
doctores, esto es que sus padres, cuyos representantes son los doctores-
de otro modo él no se permitiría ser tratado. En el tratamiento
raramente es inútil sostener la voluntad de curación porque ésta
siempre está presente, aún en quienes están muriendo, como queda
frecuentemente probado por un último resurgimiento de fuerza. Dado que
el reforzamiento de la voluntad de curación es un ejercicio de técnica
médica que puede ser enseñado, esto es esencialmente lo que se enseña
en las universidades y si la fortuna sonríe es asimismo lo que allí se
aprende. Cómo tratar la resistencia no se puede enseñar; debe ser
aprendido, y sólo puede ser aprendido tratando pacientes; esto explica
el hecho asombroso de que un joven doctor, a pesar de todo su talento y
buena voluntad, inicialmente es torpe en su trabajo; él no puede
evitarlo y no existe mejora en los métodos de enseñanza que pueda
revertir este hecho. Es lamentable que los exámenes en el mejor de los
casos sólo puedan contarnos que el joven doctor domina un aspecto que
no tiene ninguna importancia, las técnicas de su profesión. Sin
embargo es así. La admisión a la matrícula no es una medida cierta de
la habilidad, ni la falta de admisión a la misma un signo de
incapacidad para practicar la profesión médica. Porque la habilidad técnica
puede siempre obtenerse en cualquier parte, aunque hay que admitir que
la manera más fácil de aprender esta técnica es yendo a la
universidad. Para poner este aspecto de la práctica médica en otras
palabras; la tarea del doctor es liberar la voluntad de curación del
paciente de todas las obstrucciones, trampas y trucos, entonces la
recuperación vendrá automáticamente. Esto exige una cuidadosa atención:
al más leve signo de deterioro, de enlentecimiento en la recuperación
y aún de una instantánea tensión en la relación médico-paciente, el
doctor debe decirse a sí mismo: he cometido un error; lo que importa es
descubrir qué clase de error fué y discutirlo honestamente con el
paciente; sin ningún bochorno o intento de disculpa. Y con esto he
vuelto a la parte más importante del tratamiento: el tratamiento del
doctor por el paciente. Ya he mencionado que además de la resistencia
del paciente al tratamiento existe una resistencia en la mente del
doctor a las medidas necesarias para hacer efectiva la curación del
paciente; me llevaría mucho tiempo describir las condiciones y
expresiones de esta resistencia interna que es tan frecuentemente
peligrosa; como simple ejemplo sólo mencionaré la batalla que el
doctor debe librar contra su propia vanidad y megalomanía alimentada
por el público, por los hechos de la vida y por la autoadulación
innata en el hombre. Se podría decir que el doctor debería creer todas
las expresiones conscientes e inconscientes de todos en forma absoluta a
medida que toma nota de las diferentes maneras con las cuales el Ello se
expresa a sí mismo, pero no debe creer nada a menos que una reacción
favorable de parte del paciente lo confirme. En otras palabras, el
doctor tiene una vara con la cual medir su propio Ello, que es el
comportamiento del paciente durante el tratamiento. La profesión del
doctor facilita el deber esencial del hombre
-conocerse a sí mismo- en
una forma que no tiene rival en ninguna otra profesión. El doctor es la
persona que puede en todas las situaciones extraer un provecho del
tratamiento, un provecho íntimo. No es el paciente quien debería estar
agradecido a su doctor, es el doctor quien debe agradecer al paciente.
Nunca es mérito del doctor cuando el paciente se pone bien; pero es su
falla, la falla debida a su necedad y deshonestidad, si el paciente no
se pone bien; el doctor, sin embargo, siempre puede curarse durante y a
través del tratamiento que el paciente le brinda gratuitamente, y si no
lo hace, esto se debe al hecho de que él no desea ponerse bien, y
frecuentemente en forma consciente; porque esto exige como condición
previa abandonar la auto - adoración, cosa que es más difícil para el
doctor que para el resto de la gente.
Así,
la cuestión de quién es el que ha de ser tratado también está
dividida en dos líneas que permanentemente se cruzan, luego se alejan,
vuelven a acercarse y a cruzarse nuevamente. Sólo una cosa está clara:
el doctor continúa en tratamiento tanto tiempo como dure el ejercicio
de su profesión; aún cuando la gente que lo trata cambie; los
resultados pueden verse en su ser, más que en un incremento en sus
habilidades médicas; aún así, esos resultados nunca son completos. El
paciente, por su parte, es siempre tratado por un solo doctor, o más
bien por una figura de su inconsciente que en realidad no cambia a pesar
de la sucesión de personalidades que lo atiendan, y que siempre
acarrean los rasgos de su madre. Como él acude al tratamiento por una
demanda específica, para él el tratamiento termina junto con la
recuperación; es posible que los eventos de la enfermedad y del
tratamiento hayan producido cambios en su personalidad, pero también es
posible que no lo hayan hecho. Este no debe ser el objetivo del
tratamiento de todos modos, el objetivo debe concentrarse en quebrar la
resistencia del Ello. Lo que el Ello hace una vez que ha cedido en su
resistencia queda fuera del dominio de la práctica médica. Si alguien
puede llegar a darse cuenta de que nadie puede tener sobre otro más
poder que el que ese otro le permita, ese debe ser el doctor, y él debe
tener bien claro que no es
un profeta, que su tratamiento está atado al momento, que un plan
preconcebido puede ser un obstáculo y, finalmente, que él debe dejar
la evolución librada a Dios y en consecuencia no está en posición de
decir nada sobre esta desconocida evolución sin ser presuntuoso. El
diagnóstico y el pronóstico, lo que es y lo que debe ser, son cosas
que al paciente y a la familia les gustaría saber, sin embargo el
doctor no las sabe y por lo tanto no debería ofrecer opinión al
respecto. El hecho de que el doctor acepte tratar al paciente indica que
el doctor tiene la esperanza de obtener algún resultado. Esto debería
ser suficiente para el paciente y usualmente lo es. No satisface esto en
cambio a la familia, pero la familia entra en la categoría de
“resistencia”. Su curiosidad debe ser tratada.
Con
la palabra “familia”, el terror de todo doctor, he llegado al asunto
relativo a dónde
debe ser tratado el paciente. Siempre que fuera mínimamente
posible, el paciente debe ser tratado dondequiera que esté en el
momento en cuestión. Esta es una afirmación general, sin embargo, ¿cómo
puede ser llevada a la práctica? El doctor y su paciente deben
mantenerse en estrecho contacto, de otro modo el tratamiento no puede
ser llevado a cabo correctamente; porque eso garantizará que el doctor
conozca la condiciones de vida del paciente y pueda cambiarlas si es
necesario. Una vez más ponemos énfasis en la palabra
“condiciones de vida”. El factor importante en un tratamiento
exitoso no es el ambiente, sino las reacciones del paciente a ese
ambiente. Teniendo esto en mente, la cuestión de dónde se debe
realizar el tratamiento pierde importancia. No necesito mencionar que el
ambiente en el cual alguien está enfermo merece nuestra atención:
cualquiera lo sabe, la vida diaria nos lo enseña, toda vez que se han
creado los hospitales, casas de convalecencia, spas y curas de salud de
distintos tipos y en distintos lugares y son utilizados con éxito;
incluso se lo enseña en la Universidad donde en otros respectos se
aprende muy poco, probablemente en el legítimo conocimiento de que las
cosas esenciales no pueden ser enseñadas y
que sólo la técnica puede ser enseñada y aprendida. Cuando
dije que no es muy importante dónde tenga lugar el tratamiento siempre
que el doctor tenga la oportunidad de descubrir rápidamente las áreas
de resistencia del paciente, de examinarlas y si es posible de
removerlas, he querido decir que lo que el paciente trae no es su
ambiente externo sino sus actitudes hacia la vida y sus aspectos
fundamentales los reflejará en cualquier lugar, porque esos aspectos
fundamentales están dentro de él. El hombre no es producto de su
entorno, él construye su entorno por la vía de adoptar actitudes hacia
el mundo exterior; por medio de la aceptación y el rechazo él crea el
entorno, al menos el entorno en el cual se desarrolla su vida. Existe
para el hombre aparentemente ( palabra que uso deliberadamente ya que no
sé nada con certeza), una ley que dice que su conducta hacia el
ambiente está determinada por su experiencia pasada, que él trata de
aproximar su ambiente presente y futuro
a una imagen que él formó en su pasado y que no cambia esencialmente
después de completarse el tercer año de vida. El ambiente del hombre -
se podría decir sin gran distorsión de los hechos, sin la cual nada
puede ser dicho- es un producto de su imaginación, es un artefacto de
su propia creación. Dado que es así y que a lo largo de toda su vida
el hombre no trabaja más que sobre este artefacto y no tiene tiempo
para ninguna otra cosa, él siempre, en el verdadero sentido del término,
vive en las mismas condiciones de vida. Si éstas deben ser cambiadas -
idea que tomé prestada de Schweninger cuando empecé esta argumentación-
deben ser cambiadas en el punto en que se formaron, y así, el doctor,
si desea llevar adelante una terapéutica apropiada, debe llevar al
paciente a su infancia, a la edad de tres años. Haciendo esto, él
meramente imita el curso de la naturaleza, porque la enfermedad, como he
tratado de expresar anteriormente es un regreso a la infancia. La
naturaleza, o si ustedes prefieren la vida, es como Cristo la describió;
No entrareis al reino de los cielos a menos que seáis como niños.
El
paciente debe ser tratado en su pasado, por su pasado. Debo añadir, sin
embargo, que no tomo en cuenta como parte del tratamiento tecnicismos
tales como enyesar un brazo, curar una herida, prescribir una dieta o un
medicamento, baños medicinales o masajes porque estas son prácticas
cuya maestría no da derecho a nadie a decirse doctor.
Si
no temiera ser malentendido por la interpretación literal de lo que
intenta ser metafórico, diría: cada tanto el hombre se encuentra
enfrentándose a su ambiente en una forma que le recuerda -a él o a su
inconsciente- la imagen que él formó cuando niño del ambiente y cómo
se comportaba en ese momento en relación a ciertas situaciones y
eventos. Luego su Ello se
las arregló para enfrentar cada dificultad con la ayuda de los trucos
imaginativos y lógicos característicos de todos los niños, y con
mucha más facilidad siendo que ya para entonces contaba con la poderosa
capacidad de reprimir los problemas insolubles; había sobre todo amplia
oportunidad para poner la responsabilidad y por lo tanto la culpa en
otros, ya que los adultos, padres, maestros y demás creían tener el
derecho , a partir de las necesidades humanas, de persuadir al niño de
renunciar a su sentido de la responsabilidad y entregarlo como prenda de
negociación. Entonces esto resultaba sencillo y no es sorprendente que
el Ello, cuyo inconsciente atesora secretamente esas imágenes de
inocencia creadas en la infancia, regrese al artefacto, a la poesía. Sólo
que ahora carece de los medios para culpar a la madre; ni la madre, ni
el reconocimiento de la irresponsabilidad están allí a disposición:
deben ser inventados y de tal modo que realmente participen en el espectáculo
de la vida. Ambos factores, la madre y la irresponsabilidad, están allí
con la enfermedad, pero desafortunadamente a expensas de la sinceridad
interior, y un poema que se ha hecho sin necesidad, puramente como un
asunto personal y no ha sido creado espontáneamente para satisfacer una
necesidad, es algo que no ha nacido una vez terminado el embarazo, es un
fracaso en términos de la consciencia del poeta, aún cuando el mundo
lo acepte: es una mentira, no un poema. Para escapar a esta nueva culpa
que se origina más en la traición a la verdad que en la
irresponsabilidad poética, el Ello continúa con el curso de la
enfermedad, escondiendose más y más detrás de la enfermedad.
Cualquiera que desee ayudar entonces - esta es una cuestión sólo para
enfermedades que no pueden ser desafiadas por la tecnología médica-
haría bien en re-establecer, re-inventar la infancia como realmente fué.
Esto puede ser difícil en ciertas condiciones pero es usualmente
posible ya que todo ser humano es en el fondo aún el niño que fue y él
ha permanecido así en todos los asuntos importantes tales como
respirar, comer, beber, dormir, actuar, sentir, etc., e incluso pensar.
El
tratamiento debe hacer regresar al paciente a su pasado, enfrentarlo a
aquella anterior decisión que él evadió mintiéndose a sí mismo, y
hacerle ver que lo importante no es no tener culpa, sino aceptar que uno
es un miserable niño humano sin ni siquiera suficiente poder como para
sentirse culpable. “ Dios tenga piedad de mí, pobre pecador” - esto
es de lo que se trata en última instancia-.
La
cuestión de “quibus auxiliis” , por qué
medio esto puede ser alcanzado, se contesta a sí
misma a partir de lo que acabo de decir: ”El doctor que quiera llevar
adelante una terapia apropiada, tiene que ser como un niño; cuanto más
niño sea, más exitoso será su trabajo”. Para aceptar esta afirmación,
se debe entender primero que el niño es una persona sabia. Para el que
no pueda apreciar esto, la afirmación parecerá sin sentido. Me gustaría
pensar que muchos en mi audiencia comparten mi opinión de la
superioridad del niño sobre el adulto y están a su vez convencidos de
esto. Sin embargo, para hacerme comprender correctamente por todos,
puedo elegir la fórmula de que la personalidad completa del doctor
constituye el medio de tratamiento, su personalidad completa para
conectarse tal como sólo el niño la tiene o es readquirida por los
individuos en los momentos en que ellos son niños nuevamente. Esos
momentos le ocurren a todos los seres humanos diariamente, pero no los
reconocemos porque conocemos tan poco de nosotros mismos. Vale realmente
la pena darse cuenta conscientemente con cuánta frecuencia vivimos,
pensamos y actuamos en la forma simple de nuestra infancia; esta atención
metódica establecerá un patrón rítmico de esos momentos y
adicionalmente una gran expansión de la personalidad que aprende a
abrirse y a entender mundos humanos que antes eran desconocidos y
cerrados para ella. Bien podría yo haber dicho igualmente: para ser un
doctor uno debe extender su personalidad tan lejos que continuamente
toque en muchas cuerdas humanas, que domine las preocupaciones humanas
mejor que otra gente. El doctor no necesita un conocimiento de la gente
sino un conocimiento del corazón humano. Que ese conocimiento puede
adquirirse está probado por el psicoanálisis. Es el camino que antes
de Freud, sólo los niños y los adultos imaginativos como niños conocían
y que ahora está abierto a todos, aún cuando no todo el mundo llega
demasiado lejos en él. En cualquier caso, se podría ya decir que el
doctor que no toma nota del psicoanálisis o que incluso lo rechaza se
depriva del mejor medio para tratar a sus pacientes con toda su persona,
y ese doctor actúa como aquel que por principio trata las hemorragias
con aceite hirviendo.
¿Curar?.
¿Porqué
el doctor trata pacientes?. Porque debe hacerlo. Por ninguna
otra razón. Él es como la
mujer embarazada: cuando su momento ha llegado debe dar a luz. Lo mismo
ocurre con el tratamiento del doctor. Cuando la hora ha llegado él debe
dar a luz lo que está en su interior, no importa si es un niño hermoso
o un monstruo, y como él está siempre embarazado y casi siempre en
trabajo de parto, -está constantemente siendo fertilizado dado que su
profesión lo fuerza al auto conocimiento-, él seguirá atendiendo
pacientes porque debe hacerlo. No hubiera entrado en el tema del porqué
si no hubiera tanta charla errónea y dañina sobre la profesión del
doctor, en particular la afirmación de que él elige su profesión
desde el amor a la humanidad o incluso de que él se sacrifica. Esa
charla podemos dejarla para esos curiosos padres que dicen a sus hijos
que los hicieron a partir del amor hacia ellos, hacia ellos como niños
no nacidos, o a las madres que consideran legítimo hablar de su
sacrificio, cuando un instante de pensamiento les puede probar que amar
a los niños es un regocijo inmenso y no un sacrificio. El doctor no se
sacrifica a sí mismo, él tiene una urgencia interior y no tiene más
amor a la humanidad que cualquier otro, con la única diferencia de que
su profesión le facilita amar a la gente y desarrollarse separándose
del hábito del odio. El hecho de que haya tan pocos misántropos entre
los doctores se debe a un favor que su profesión les presta.
¿Quomodo?
¿De qué modo conducirá el doctor su tratamiento? es
una vieja pregunta que se formula una y otra vez; él debe tratar etiológicamente,
esto es, encontrar la causa de la enfermedad y removerla o volverla
inocua, de ese modo la enfermedad desaparecerá automáticamente. Puede
que así suceda; yo no lo sé y no creo que nadie lo sepa, y creo que
este tipo de charla es un sinsentido. Porque saber la causa de una
enfermedad significa ser como Dios, y eso es imposible. Para pensar en
un tratamiento causal hay que creer en un truco de malabarismo, y sin
embargo no es algo que se pueda considerar raro o asombroso si se tiene
en cuenta la propensión humana -considerada ley del pensamiento- de
buscar causas por todos lados. Para esto se debe asumir que la
enfermedad empieza por afuera, que es exactamente lo opuesto a lo que
realmente ocurre. Una dosis de veneno, el tipo y número de los
distintos agentes, algo puede decirse sobre ellos, sin embargo son en el
mejor de los casos sólo una parte del asunto; una parte sin
importancia; la causa , la causa es el hombre
mismo, es la forma en que él se relaciona con esos procesos externos, y
como esta relación cambia constantemente, nada puede ser dicho sobre la
causa a menos que uno conozca al individuo completamente, y eso
significaría conocer el universo. Tal vez es superfluo mencionar estas
cosas; lo hago porque tengo el sentimiento de que la desafortunada búsqueda
de causas, y la creencia de que se pueden encontrar las causas, ha
entrado en el pensamiento psicoanalítico también y está causando una
gran confusión allí. En contraste, declaro que yo no comparto la idea
y que el psicoanálisis tampoco comparte la idea de que las represiones
son la causa de la enfermedad y que el tratamiento de la represión es
un tratamiento causal. Es más bien
-como todo tratamiento siempre fué, es y será - sintomático,
guiado por los síntomas, empezando por los síntomas y usándolos como
principio guía. La noción de síntoma no sólo se aplica a la
temperatura, el pulso, los diversos signos de una enfermedad específica,
sino a todo lo expresado por el Ello del paciente y percibido por el
Ello del doctor, desde la forma del mentón hasta las emociones más
profundas, de la presente situación al pasado remoto. Pero siempre
tratamos un cuadro, un cuadro viviente y nunca una causa, siempre al ser
humano individual, nunca al ambiente.
No
es posible juzgar de antemano si algo en los síntomas presentados por
el paciente es importante o no para el tratamiento; eso sólo emerge en
el fenómeno que Freud llamó resistencia. Dado que la resistencia, que
es propiamente el objeto de tratamiento, sólo se hace reconocible en
sus diversas expresiones en forma gradual, es comparativamente poco
importante cómo comienza el tratamiento, en cambio es importante que
sea conducido con paciencia y atención; la paciencia y la atención son
auxiliares que casi se podría decir que hacen que cualquier tratamiento
sea un tratamiento
apropiado. El doctor que sostiene la convicción de que él es la
herramienta con la cual el paciente trata de ponerse bien, y de que por
lo tanto su deber es ser una buena herramienta y no un buen conductor,
es lo que mejor se corresponde con la visión que yo tengo de lo que es
la función del doctor.
Finalmente,
para concluir estas opiniones descuidadamente estructuradas acerca del
tratamiento sólo resta la cuestión de cuándo
debería el doctor tratar a un paciente. La respuesta no es fácil
para mi, más aún contradice todo lo que es habitual. El doctor sólo
debería hacer tratamiento cuando el paciente se lo pide. Esta simple
afirmación contiene un corte tajante con la concepción general de que
el doctor debe vigilar la higiene en los hábitos de vida y que su tarea
más importante es prevenir la enfermedad. Yo soy de la opinión de que
ésta es la tarea de los funcionarios de salud, no del doctor. Si él
está interesado, puede ocuparse él mismo de esto, pero entonces debe
saber y no olvidar que ocupándose por sí mismo de la higiene general y
de la prevención específica de la enfermedad, él refuerza en sí
mismo el peor enemigo de su talento médico, esto es la megalomanía,
que él alimenta ese particular defecto de carácter al que los doctores
están en general terriblemente inclinados, la arrogancia, y así reduce
su eficacia en su propio campo, el tratamiento de pacientes. El doctor
es para el paciente, no para los sanos. Él es el instrumento con cuya
ayuda el paciente se recupera. Cuanto más sensibles sean las reacciones
del Ello del doctor a las acciones del Ello del paciente, sin imponer
sus propias ideas, sus propias imperfecciones, más se hará merecedor
del mayor título con el que la humanidad pueda investir a alguien: el título
de doctor.
Cuarta de una serie de cuatro conferencias dadas en el Lessing
Hochscule, Berlín, en otoño de 1926. Con el título de conjunto
“ Der Es” (El Ello); títulos de las conferencias individuales:
“ El Ello y el Psicoanálisis”, “ Todos los Días”, “
Enfermedad” y “ Tratamiento”. Publicado inicialmente en Die
Arche, II, 17/12/1926. Reimpreso en Georg Groddeck, Der
Mensch und sein Es, Wiesbaden, 1970.
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