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Investigaciones
Book
Reviews: Neuro-psychoanalysis
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04.12.2000
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La
Regulación del afecto y los orígenes de lo propio: La neurobiología
del desarrollo emocional, por
Alan N. Schore.
Schore
leyó voluminosamente por diez años en la biblioteca en aislamiento.
Se embarcó en un estudio intenso en las disciplinas de psicología
del desarrollo, neurobiología y psicoanálisis para comprender que
ocurre en los dos primeros años de la vida humana.
Para integrar al psicoanálisis, información sobre el desarrollo
temprano y neurobiología, disciplinas que hasta hace poco no se
vinculaban, es un esfuerzo heroico.
Este
libro se divide en seis secciones, tales como Infancia temprana,
Infancia tardía, Aplicaciones para los fenómenos regulatorios del
afecto, Temas clínicos, etc.
La
tesis de Schore es que el desarrollo del cerebro del niño depende de la
experiencia. Eso es, la morfología del cerebro se construye didácticamente
durante el curso de la interacción con el ambiente.
Se propone una hipótesis central: “que las interacciones
afectivas del niño con el ambiente social humano temprano influye
directamente la maduración postnatal de las estructuras cerebrales que
regularan todas las funciones socioemocionales futuras...En otras
palabras, las experiencias que moldean los circuitos cerebrales en los
períodos críticos de la infancia están embebidos en los intercambios
socioemocionales entre el cerebro adulto y el cerebro en
desarrollo...”
El
área de interés principal de Schore en el cerebro es la corteza
orbitofrontal derecha. El
le asigna a esta área el papel principal en la modulación del afecto
en el individuo en desarrollo y que el desarrollo de la senda
descendiente desde esta área hacia el sistema límbico es responsable
de la capacidad de la persona para regular el afecto durante toda la
vida. “Este estructura
superior cortical de tardía maduración está situada en el ápice del
sistema límbico, y su dominancia jerárquica sobre las estructuras
subcorticales límbicas inferiores corresponde a su papel fundamental en
el desarrollo socioemocional”.Que tan robusto es el desarrollo de esta
senda durante el curso de los intercambios con el ambiente durante los
dos primeros años de vida determinará el grado de capacidad de la
regulación afectiva del individuo.
“Yo
sugiero que una ineficiencia en la regulación de la homeostasis
emocional y en la recuperación de alteraciones estresantes de los estímulos
ambientales resulta debido a un período crítico temprano con
experiencias inhibitorias del crecimiento que permanentemente causan una
capacidad limitada para producir una reserva fisiológica de receptores
orbitofrontales para catecolaminas y así una falla en la capacidad para
activar al metabolismo prefrontal que controla el equilibrio homeostático
(balance autónomo) durante los períodos de estrés afectivo”.
Luego
dice, “Yo creo que todo tipo de desorden temprano primitivo
involucra...alteraciones de la función orbital prefrontal”.
Schore
ha vinculado al sistema nerviosos simpático con el aumento del placer y
al parasimpático con su disminución.
Pero en realidad el sistema autónomo está considerado con una
orientación de intensidad/ excitación en vez con valores
positivo/negativo.
El
modelo de la corteza cerebral también es problemático.
El problema se basa en la idea de Hughlings Jackson de que la
corteza ejerce una influencia inhibitoria sobre centros inferiores. Stechler, entre otros investigadores de la infancia, ha dicho
que el recién nacido tiene todo tipo de funciones inhibitorias
operando. Estas
observaciones presentan problemas para el modelo inhibitorio cortical,
ya que requiere o que la corteza sea funcionante antes o que aceptemos
que otras áreas del cerebro tienen funciones inhibitorias reguladoras.
Si es así, la tesis de la dominancia orbital frontal en la
regulación del afecto requiere una reforma.
Aunque
no es explícito, y espero que Schore pueda refutarlo, al leer estas páginas
puedo inferir que Schore quiere desenterrar la metapsicología
desacreditada de Freud, específicamente la idea de la energía psíquica. Schore dice, “Freud tenía razón cuando enfatizaba la
importancia de los eventos internos bioenergéticos para el
funcionamiento psíquico”. Luego
dice, “El cerebro postnatal en crecimiento , la matriz física de la
mente humanan emergente, tiene un suplemento continuo de energía a través
de los procesos metabólicos”. Lo
que no se dice es que cada parte del cuerpo requiere energía para
permanecer viva. Es una
cosa decir que la función cerebral descansa sobre un suplemento energético
y otra decir que los cambios energéticos son “las características más
básicas y fundamentales de la emoción,” y “La termodinámica no
solo es la esencia de la biodinámica, también es la esencia de la
neurodinámica, y así de la psicodinámica”.
Esto significaría que las transformaciones energéticas son la
actividad fundamental del cerebro, una afirmación altamente
cuestionable, pero también una que parece desenterrar a la “energía
psíquica”.
Por
Jeremy Nahum, Instructor Clínico en Psiquiatría, Harvard Medical
School
El
Cerebro y la Emoción,
por Edmund T. Rolls
Finalmente
nos encontramos en el medio de una revolución afectiva en las ciencias
del cerebro-mente. A medida
que proliferan los artículos sobre este tema, alguna vez ignorado, el
campo se está volviendo rico en diversidad.
Cuando me pidieron revisar esta nueva ofrenda sobre el cerebro y
las emociones, estaba ansioso de consumirlo y compararlo con mis ideas.
Desafortunadamente, no fué una buena experiencia.
¿Cómo podemos estar tan lejos teóricamente, y estar en el
mismo campo? No tengo ganas
de compartir impresiones negativas, especialmente hacia un colega
estimado cuyo trabajo empírico admiro.
En
diez capítulos, Rolls desarrolla una visión conceptual conductista de
las emociones. La mitad de
los capítulos son descripciones empíricas acerca de áreas de
investigación seleccionadas, incluyendo al hambre (capítulo 2) y sed
(capitulo 7), sistemas cerebrales relevantes a las emociones (capitulo
4), recompensa de estimulación cerebral (capitulo 5), la neuroquímica
de ese tipo de recompensa (capitulo 6), y un ensayo especulativo sobre
la sexualidad (capitulo 8). No
hay capítulos sobre las emociones básicas que muchos creerían
esenciales para la comprensión (como miedo, ira, soledad, felicidad e
interés). La razón por la
omisión aparece claramente en los capítulos teóricos, especialmente
en la introducción a “La naturaleza de las emociones” (capítulo 3)
y los últimos dos: “Una teoría de conciencia” (capítulo9) y
“Recompensa, castigo y emoción en el diseño cerebral” (capítulo
10). Evidentemente, se
sintió justificado en omitir todas las emociones específicas porque
las ve como emergiendo de la confluencia de los procesos generalizados
de recompensa y castigo en el cerebro.
Ya
que solo un cuarto del libro de Rolls trata directamente con las
emociones, mis comentarios estarán restringidos a esas ideas.
Los tres cuartos restantes cubren temas estándar de la
neurociencia conductista. Me
sorprendió que Rolls no se halla distanciado tanto de los principios
estrictos conductistas.
De
acuerdo a Rolls, las tantas emociones, que muchos teóricos consideran
fundamentales para la organización cerebro-mente, no existen como
derechos de nacimiento sino que son creadas por el aprendizaje.
La gran variedad de emociones que experimentamos son
presumiblemente moldeadas por contingencias de refuerzo operando
simplemente a través de procesos de recompensa y castigo y son
decodificados en la conciencia a través de las capacidades superiores
“lingüísticas” del cerebro.
Estoy
contento de aceptar la importancia de las contingencias de refuerzo en
la guía de la conducta y en la instigación de las emociones adultas.
Sin embargo, eso solo puede ayudar a clarificar como nuestras
tendencias emocionales instintivas están refinadas y son guiadas por la
experiencia. En mi opinión,
la meta más importante y fundamental de la investigación de las
emociones en este momento debería ser una discusión de los programas
evolutivos que son sustratos esenciales de la emoción en el cerebro,
que presumiblemente permiten la operación de muchos procesos psicológicos
superiores.
Rolls
decide ignorar la existencia de muchos interrogantes empíricos que han
intentado aferrarse a los tantos circuitos emocionales del cerebro mamífero. Yo sospecho que su omisión refleja una aversión profunda,
bastante común entre los neurocientíficos conductistas, por la mención
de los procesos afectivos en animales.
En
este momento, la mayoría de los investigadores son agnósticos en este
tema. La excusa más común para no discutirlo en profundidad es
que no existe una forma lógica para determinar si los animales tienen
sentimientos, así que el tema no es de importancia para los científicos.
Un corolario común de ese agnosticismo es que es más apropiado
proceder metodológicamente y lingüísticamente como si los animales no
tendrían emociones. Para mí
esto es ridículo, especialmente ya que sabemos que las conductas
emocionales básicas, la anatomía cerebral relevante, la neuroquímica
y las decisiones afectivas de otros mamíferos son muy similares a las
nuestras.
En
mi opinión, ya es hora de que el campo empiece a trabajar desde la
premisa de que otros animales tienen ciertos sentimientos emocionales
fundamentales, y deberíamos estar discutiendo cuales podrán ser, que
función adaptativa evolutiva tendrían dentro de la economía sutil del
cerebro y como podríamos estudiarlos de una forma creíble.
La falta de la aceptación y hasta discusión de estas
posibilidades por parte del campo continúa siendo una tragedia
intelectual.
Rolls
también ignora mucha información acerca de las inclinaciones
conductuales y afectivas naturales y sus fundamentos neuronales que no
se acomodan a sus ideas neoconductistas.
Tal como lo hizo el clásico conductivismo, él se maneja mejor
con lo aprendido a través de las capacidades “instintivas” de los
organismos, mientras que ignora la naturaleza de esas capacidades intrínsecas.
Aunque
los eventos de la vida y las valoraciones resultantes claramente
producen episodios emocionales, ¿es correcto pensar que las emociones
simplemente emergen de las contingencias del ambiente?
Aunque tales eventos claramente precipitan emociones, no existe
una línea de evidencia que sustenta la idea de que tales contingencias
causan emociones en un sentido más profundo.
¿No será mejor dar vuelta la idea, y simplemente buscar la
comprensión de los mecanismos de refuerzo a través de las operaciones
de una diversidad de sistemas emocionales en el cerebro?
Un
estudio de decisiones aprendidas de conducta no es lo mismo que revelar
los tantos sistemas neuronales que permiten las expresiones
fundamentales de las emociones que existen previo al aprendizaje.
Rolls ignora totalmente la evidencia crítica acerca de los
tantos sistemas emocionales del cerebro, más que nada el trabajo de
McLean (1990), casi como si esas líneas de evidencia fueran
irrelevantes al problema analizado.
Una
gran parte del trabajo resumido por Rolls se relaciona más al placer de
la sensación y la base motivacional del aprendizaje, dos temas
importantes en si mismos pero no para la naturaleza de los tantos
procesos emocionales que existen en el cerebro.
Aunque Rolls resume efectivamente lo que sabemos sobre comer y
beber y comparte evidencia intrigante acerca del placer del tacto, no
les presta atención a los temas de miedo, ira, crianza, estrés de
separación y sistemas de juego dentro del cerebro mamífero.
No
debemos olvidar que nuestras vidas emocionales, y las de los otros
animales, se desarrollan más en relación a las situaciones sociales
que cualquier otra dimensión de existencia.
Y
luego está la discusión de Rolls acerca de la conciencia.
El piensa que la conciencia se construye a partir de las
habilidades superiores semánticas y de lenguaje de la mente humana. Admiro a Rolls por tratar el tema de los sentimientos
emocionales, que es comúnmente ignorado por los neurocientíficos
conductistas, pero me sorprendió su solución que es inconsistente con
la evidencia disponible. Una
serie de descubrimientos que apoyan su punto de vista serían que los
efectos de recompensa de las drogas (opióides y psicoestimulantes)
sugieren que las estructuras subcorticales profundas son necesarias y
quizá suficientes para ambos efectos. Quizá quiera sugerir que los efectos de estos agentes son
solo información, como cualquier otro tipo de información, pero esta
no es la forma en que los adictos describen sus experiencias.
Estos agentes producen cambios masivos en la calidad de la
conciencia, como lo hacen las emociones.
Aunque
el refuerzo es un procedimiento de conducta bien establecido, que
ciertamente contribuye a la construcción social de las prácticas
emocionales, yo creo que debemos ir más a fondo en el corazón de los
tantos sistemas de “recompensa” y “castigo” que la evolución ha
construido en nuestros cerebros antes de que podamos tener una base
adecuada para discutir la naturaleza de las emociones en un nivel
neuronal.
Todas
las señales externas que tenemos (excepto el lenguaje), incluyendo una
masa de evidencia neuronal, sugiere que existen homologías para las
emociones básicas de los humanos y animales.
La naturaleza primordial del afecto experimentado es, por
supuesto, un tema científico difícil, pero existe suficiente evidencia
que indica que la capacidad de experimentar afecto surgió mucho antes
en la evolución que la capacidad de pensar profundamente sobre nuestras
circunstancias en el mundo. Nuestra
habilidad para pensar pudo haber evolucionado sobre bases neuronales sólidas
de sentimientos fuertes sobre una variedad de temas de supervivencia-los
derechos de nacimiento epistémicos de las partes más antiguas de
nuestro cerebro mamífero.
Por
Jaak Panksepp, Departamento de Psicología, Bowling Green State
University
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