|
Grandes
autores
El
método histórico en la biología
K.
A. Timiriazav (1422)
-
11.12.2000
-
Planteo
del problema. –Las exigencias de la
morfología
El
sistema natural, ora anhelado confusa y
nebulosamente, ora esperado
conscientemente, acabó por aparecer
finalmente en el año 1759.
Como si fuera para justificar su
denominación, vio la luz no entre el
polvo de las bibliotecas, en las páginas
de los infolios latinos, o entre las hojas
secas de algún Hortus siccus, sino vivo,
lleno de vida, palpitante, bajo el cielo
azul, a la luz de los rayos solares de la
primavera, en los almácigos de los
jardines del palacio Trianón.
Durante aquel decenio, Luis XV,
siempre aburrido, pero lleno de
curiosidad, tuvo la ocurrencia de llenar
los ocios que le quedaban y concibió
deseos de ocuparse de agricultura,
fruticultura y horticultura.
Estas ocupaciones, a su vez,
despertaron en él, el interés hacia la
Botánica, con la que se entusiasmó al
final, encontrando gran interés y
distracción, en las conversaciones con el
talentoso representante de esa ciencia,
Bernardo de Jussieu.
El rey quiso tener, al lado de su
huerta, un jardín botánico. Fue así que en el año 1759, de Jussieu, cumpliendo el deseo
de su soberano, formó los almácigos y
canteros, con plantas dispuestas y
ordenadas, por vez primera en la historia,
de acuerdo con el sistema natural.
La
idea de un sistema natural se propagaba más
allá de los círculos científicos. Por lo menos, las famosas cartas de Rousseau que desempeñaron
un papel tan importante en la popularización
de los conocimientos de Botánica, se
hallan impregnadas de esa idea.
¿En
qué, pues, consistía la idea fundamental
para ese sistema natural?
Disponer,
esto es, ordenar al mundo vegetal en una
serie, u ordenación que nos expresara
aquellas relaciones mutuas y recíprocas,
aquella cadena ininterrumpida, que
representan los seres vivientes para un
atento observador de la naturaleza; captar
esas correlaciones, esa concatenación
entre los seres vivientes, he ahí el
primer “santo y seña”, por decirlo así,
expresado claramente por vez primera, del
que en lo sucesivo se guiarían, conciente
o inconscientemente, las futuras
relaciones de naturalistas.
Para esto de Jussieu subdivide el
reino vegetal en “ordenes” naturales,
que ahora llamamos familias, disponiéndolos,
por vez primera, en escala ascendente,
comenzando por los más sencillos (algas,
hongos) y terminando con los vegetales más
complicados, los aflorados.
Resulta
así que el sistema natural no pone
cadenas a la naturaleza, sino que solo
busca y encuentra en la misma una
concatenación que vincula a todos los
seres vivientes.
Esta especie de afinidad representa
el factor objetivo que se halla en la
misma naturaleza de las cosas, pero sin
ser una creación lógica o, si se quiere,
logística de nuestra mente.
¿Qué
es lo que se halla en la base, en el fondo
de esa cadena, de esa afinidad de los
organismos?
Se pone en descubierto el hecho,
pero no se hace la menor tentativa de
develar su causa.
Y, sin embargo, la respuesta puede
ser una sola: esta afinidad entre los
seres vivientes, que se manifiesta en
distintos grados, sólo es el resultado de
la unidad de su origen; esta afinidad de
los organismos no es otra cosa que su
parentesco de sangre.
Y, no obstante, la ciencia no se
animó durante mucho tiempo a hacer esta
deducción tan evidente; y cuando se
encontraron algunas voces osadas que lo
manifestaron en forma categórica y
concluyente, se las acalló con los gritos
unificados de la enorme multitud
aplastante de los contrarios.
Al
año después de haber aparecido el libro
de Jussieu, fue editado un folleto cuyo
autor era Goethe, el que ya gozaba de gran
celebridad.
En la carta fechada en Padua el 27
de septiembre de 1786, dice: “Todas las
formas vegetales se pueden reproducir en
una sola”.
Un año después, en una carta
fechada en Nápoles, y en el arranque
entusiasta de un hombre conciente de
haberse apoderado de una idea fecunda, va
más lejos aún y anuncia haber hallado la
clave con cuyo intermedio estaba en
condiciones de predecir no solamente las
formas existentes de las plantas, sino
también de las que pueden existir; y se
apresura a añadir que ello no es el fruto
de la fantasía de un poeta, o
artista-pintor, sino una deducción
rigurosa que fluye de las leyes de
necesidad.
A juicio suyo, las mismas leyes son
aplicables a todos los seres vivos.
En el libro que verá la luz dos años
más tarde, ya no se habla de problemas de
amplitud tan universal, pero no obstante
ello, también su título promete mucho más
de lo que suministra el contenido.
Encontramos en el mismo la exposición
de hechos sobre la metamorfosis de las
plantas, pero en vano buscaríamos la
explicación pertinente.
¿En qué, entonces, consistía la
idea básica de la doctrina sobre la
metamorfosis de las plantas?
¿En qué, pues, consiste el fenómeno
de la metamorfosis?
Si nos detenemos en una planta
cualquiera, sacamos la impresión de que,
durante el ciclo completo de su
desarrollo, lleva en sus tallos toda una
serie de los más diversos órganos: hoja
verdadera, cáliz, corola, estambres,
pistilo, etc.
Pero eligiendo cuidadosamente el
material, podemos convencernos con
facilidad de que ninguno de esos órganos
representa algo aislado, separado, sino
que está estrechamente ligado con otro
superior o inferior, mediante un pase casi
insensible;
algo más: en vez de un órgano
puede aparecer, en su reemplazo, otro o,
finalmente, pueden aparecer órganos
deformados y monstruosos o contrahechos,
de naturaleza mixta.
De ahí la deducción que forma la
esencia de la doctrina, en el sentido de
que todos los órganos representan
solamente productos de variación, de la
metamorfosis de un órgano básico: de la
hoja.
Sachs, afirma que Goethe titubeó
mucho antes de tomar la decisión de
expresar definitivamente, en que sentido
entendía él mismo la afirmación
exteriorizada: si en el sentido nebuloso,
apenas perceptible, de que todos los órganos
laterales puedan ser considerados como
modificaciones de la hoja ideal, como
diversas realizaciones de la idea de hoja:
o bien en el sentido completamente
determinado y definido, de que todos los
órganos, alguna vez, en el tiempo, habían
pasado efectivamente por la transformación
de hojas reales.
Sin
embargo, apenas hay lugar, o pretexto para
tal duda, en vista de que el mismo Goethe
rechaza con indignación la idea de
semejante subordinación de los fenómenos
reales a leyes reales, y trae a cuenta un
relato característico que pone de
manifiesto la diferencia entre su punto de
vista y el de Schiller, al mismo respecto.
“Le expliqué en colores más
vivos y en rasgos más característicos la
metamorfosis de las plantas y le esbocé
sobre papel los rasgos característicos de
una planta simbólica.
Me escuchó atentamente y con
evidente comprensión del asunto; pero,
cuando yo terminé, meneó la cabeza y
dijo: “Todo esto no es el resultado de
un experimento, sino una mera idea”.
Pero si el estudio de la
metamorfosis nos convence de que los órganos
más diversos de un organismo pueden haber
emanado uno de los otros, este mismo
estudio hace pensar involuntariamente que
los órganos semejantes de organismos
distintos, y la afinidad visible de los
organismos que se pone al descubierto por
el sistema natural, expresan no solo la
similitud ideal, sino una unidad real y
efectiva del origen de los organismos.
El
estudio de la metamorfosis surgió sobre
la base de la comparación de los diversos
órganos de la misma planta, al estudiar
los casos de la mutua transfiguración.
Pero con mucha anterioridad, los
investigadores de la naturaleza no
pudieron evitar el verse sorprendidos por
una similitud de otra índole: por la
semejanza entre los diversos órganos de
organismos distintos; y aquí se pusieron
en claro dos hechos: órganos semejantes
por sus funciones, pueden ser desemejantes
en cuanto a su estructura interior y, en
cambio, órganos sumamente distintos por
su aspecto exterior y por sus funciones,
pero semejante por la posición de formas
muy cercanas en cuanto al sistema, siempre
se parecen en cuanto a los rasgos
generales de su estructuración.
En
los umbrales del siglo XiX aparecieron las
obras clásicas de Bisch, quien echó las
bases del estudio sobre la similitud de
los tejidos que se encuentran en todos los
organismos vivientes, y en el cuarto
decenio del mismo siglo, Schleiden y
Schwann, aparecieron con su estudio sobre
la célula, como unidad elemental, de la
que están formados todos los órganos.
Esta vez, una profunda semejanza
interior ligaba y vinculaba, no ya los órganos
aislados, o grupos separados de
organismos, sino que abarcaba
absolutamente todo lo viviente, borraba
los límites entre los dos reinos de la
naturaleza, fusionándolos en uno solo e
indivisible.
Como
principio, básico e inicial, en toda célula
se tuvo que reconocer una sustancia semilíquida,
uniforme, semejante en todos los seres: el
llamado protoplasma, descubierto
por el botánico Mohl.
Luego, la atención de los sabios
fue atraída y concentrada sobre otro
componente de la célula, el núcleo
celular.
Resultó que con el núcleo se pone
en evidencia la continuidad, la herencia,
o mejor dicho las propiedades hereditarias
de los seres vivos.
Ese núcleo jamás aparece de por sí,
sino que emana de otro núcleo, y cada
organismo nuevo debe su origen a ese núcleo,
y el proceso de la reproducción sexual se
reduce a la fusión de dos núcleos
celulares.
En
consecuencia, los fenómenos básicos de carácter morfológico concernientes
a la estructura y al modo de formación de esa base de todo lo vivo
resultan casi idénticos en ambos reinos de la naturaleza.
¿No sugiere ello una idea de que los vínculos del parentezco
de sangre liga a todos los seres vivientes, se remontan hacia aquel
oscuro origen común, a partir del cual fueron desarrollándose en
diversas direcciones el reino vegetal y el animal?
|