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La
ciencia y la salud de la tierra
Lewis
Thomas
-
18.12.2000
-
Un
embrión humano –o cualquier embrión-
comienza su vida como una célula
individual, que pronto se divide para dar
células progenie hasta que se forma una
masa crítica de células aparentemente idénticas.
Luego, como si sonara una campana,
comienza el proceso de la diferenciación
y aparecen las células con funciones
especializadas para el futuro organismo y
migran hacia un lugar determinado para la
formación de los tejidos u órganos.
El punto de vista actual se basa en
que la localización de los elementos
celulares es organizada y gobernada por un
sistema de señales químicas
intercambiadas entre las células.
La naturaleza de estas señales y
los receptores específicos sobre cada
superficie celular son determinadas y
controladas presumiblemente por las
instrucciones genéticas procesadas por la
primera célula y heredada por las células
hijas.
El
fenómeno del desarrollo embrionario y su
diferenciación es considerado como uno de
los dos grandes problemas no resueltos de
la biología humana –el otro siendo el
funcionamiento del cerebro.
En ambos casos, el misterio central
es el comportamiento cooperativo y
colaborativo de las células mismas.
El embrión se desarrolla, a partir
de una única célula, y se convierte en
una estructura compleja, un bebé,
conformado de trillones de células, cada
una especializada para hacer lo que debe y
confinada a una localización anatómica
específica pero manteniendo su comunicación
con el resto a través de señales químicas.
El cerebro está compuesto por
billones de neuronas dispuestas en cadenas
de una complejidad más allá de la
comprensión, pero bajo el gobierno de las
señales químicas que regulan la
respuesta de cada célula.
La
vida de la tierra se asemeja a la del
embrión, y la vida de nuestra especie
dentro de la de la tierra se asemeja a la
del sistema nervioso. La tierra es un organismo todavía en desarrollo y
diferenciación.
Nadie
sabe como surgió el primer organismo
viviente, aunque las hipótesis abundan. Es casi una certeza que fue una célula, y más aun, una célula
similar a una bacteria de hoy.
Muchas
de nuestras ideas acerca del origen de la
vida postulan una serie de accidentes al
azar –la presencia de aminoácidos y
precursores de nucleótidos en el agua que
cubría la mayor parte del planeta, el
ensamblaje de estos bloques de construcción
para formar ácidos nucleicos más
complejos y moléculas proteicas bajo la
influencia de relámpagos o luz
ultravioleta intensa, la formación de
membranas biológicas para encerrar a los
reactantes, y así, la vida.
Un problema que surge es el tiempo
requerido para que ocurra la correcta
secuencia de eventos a la temperatura que
siempre se asumió como óptima para la
vida, o sea la temperatura de hoy.
Cada paso individual parecería
improbable, pero si los eventos hubieran
ocurrido a altas temperaturas, con todo
acelerado, un billón de años no parece
poco tiempo.
Ahora surge la posibilidad de que
los ancestros originales de la vida sobre
la tierra son las bacterias.
Hemos
heredado muchos, quizá todos nuestros
sistemas para la comunicación
intercelular de nuestros ancestros
bacterianos.
Algunos investigadores del NIH han
descubierto recientemente que ciertas
bacterias sintetizan moléculas proteicas
indistinguibles de la insulina por sus
propiedades.
Otros microorganismos elaboran
mensajeros peptídicos idénticos a
aquellos usados por células
especializadas en nuestro cuerpo para la
regulación de la función cerebral y para
activar la función de la tiroides, glándula
adrenal, células del ovario y digestivas.
Nosotros no inventamos nuestras
hormonas esteroides; moléculas como estas
probablemente eran sintetizadas por otras
razones hace 2 billones de años por
nuestros ancestros bacterianos.
Lovelock
y Margulis propusieron en 1972 que la vida
en el planeta ha sido la responsable de
regular su propio ambiente.
Ellos postularon que la estabilidad
de los constituyentes de la superficie
terrestre, el pH y la salinidad de los océanos,
son mantenidos más o menos constantes y a
niveles óptimos para la vida, por
reacciones de retroalimentación que
involucran a la vida microbiana, vegetal y
animal.
El concepto es análogo al fenómeno
de homeostasis en un organismo
multicelular.
La
“Hipótesis Gaia”, como Lovelock y
Margulis llamaron a su teoría, implica
que la vida conjunta de la tierra se
comporta como un organismo enorme,
coherente y auto-regulador.
Es una noción que ha producido
escepticismo y antipatía en la comunidad
científica, especialmente dentro de los
biólogos evolutivos.
Ellos dudan de su compatibilidad
con el cuerpo sólido de la teoría
evolutiva.
Se preguntan : ¿Cómo pudo haber
evolucionado tal criatura en la ausencia
de algo contra que ser seleccionado?
Además, se oponen a la idea de que
la evolución puede planear para las
futuras contingencias –por ejemplo, el
ajuste de los gases atmosféricos para
proveer las condiciones óptimas para la
vida que todavía no existe.
Puedo suponer que una vez que la
primera célula apareció en escena,
equipada de una molécula de ADN para su
replicación y para su mutación
progresiva en nuevas formas celulares con
nuevas estrategias de supervivencia, surgió
un sistema viviente.
Cuando
un sistema viviente es lo suficientemente
complejo, automáticamente provee una
serie de opciones de estrategias para las
futuras contingencias.
En
una reunión nacional de biólogos y biogeógrafos
en 1983, los temas de discusión eran la
historia y la dinámica de la extinción.
El consenso era que el número y
diversidad de las especies vivientes puede
estar en el límite de un nivel de extinción
similar a la catástrofe que ocurrió hace
65 millones de años y que esto ocurriría
dentro de los próximos cien años.
Estaría causado por la carrera
mundial del desarrollo de la agricultura,
principalmente en los países más pobres,
y por la velocidad de deforestación.
La especie animal en riesgo es la
raza humana.
Deberíamos clasificarnos como una
especie en extinción, sobre la base de
nuestra dependencia total sobre otras
especies vulnerables para nuestra comida,
y nuestra dependencia simultánea entre
nosotros, al ser una especie social.
Pero
no se preocupen por la vida de la tierra
misma.
Ninguna extinción puede llevar al
final de toda forma de vida.
Podremos reducir el número de las
especies de los animales multicelulares y
plantas superiores, pero las bacterias y
los virus todavía permanecerían, quizá
en mayor abundancia debido al ecosistema
creado por tanta muerte.
El planeta retornaría a su estado
hace un billón de años, sin forma de
predecir el futuro curso de la evolución.
Los
humanos simplemente no pueden seguir así,
consumiendo los recursos de la tierra,
alterando la composición de la atmósfera
terrestre, disminuyendo el número y
variedad de otras especies sobre las que
depende nuestra supervivencia.
Hasta
hace poco creíamos que podíamos hacer
exactamente eso.
Creíamos, erróneamente, que así
funcionaba la naturaleza.
La especie más fuerte sobreviviría.
Los débiles serían destruidos o
comidos.
Estamos a punto de aprender lo que
realmente debería ocurrir, y tendremos
suerte si aprendemos a tiempo.
El
altruismo es una de las mas extrañas
formas biológicas de la vida.
¿Cómo se puede explicar la
supervivencia de cualquier especie en
donde ciertos miembros deben, bajo lo que
parecería como instrucciones genéticas,
sacrificarse para los intereses del grupo?
La teoría de la selección natural
parecería eliminar cualquier criatura que
se comporte de esta forma.
El
altruismo es una paradoja, pero de ninguna
manera es una forma excepcional de
comportamiento.
En la mayoría de las especies
sociales de animales, el altruismo es
esencial para la continuación de la
especie, y existe como un aspecto
cotidiano de la vida.
Quizá no sea un aspecto cotidiano
del comportamiento humano y no hay forma
de probar una base genética para esta
conducta. Los sociobiólogos creen que el altruismo humano esta
gobernado genéticamente y existe en toda
nuestra especie, aunque se encuentre bajo
la forma latente o suprimida.
Otros, los antisociobiólogos, no
creen que haya evidencia para la
existencia de genes altruistas y atribuyen
este comportamiento a las influencias
culturales.
No
estamos sujetos por nuestros genes para
comportarnos como lo hacemos.
Muchas de las otras criaturas no
tienen la opción de introducir nuevos
programas para su supervivencia, a
voluntad.
Se comportan de esa forma, y
cooperan como cooperan, en acuerdo con rígidas
especificaciones genéticas.
Puede ser que nosotros tengamos
instrucciones similares, pero solo en términos
generales, con opciones para cambiar
nuestros puntos de vista cuando queremos.
Existen
dos amenazas inmensas sobre el ecosistema
de la tierra.
Ambos son nuestra culpa, y si
pueden ser remediados solo ocurrirá por
nosotros.
La
primera es el daño a la tierra que ya
hemos comenzado a infligir por nuestras
demandas incesantes de energía.
Aunque todavía no hemos cambiado
el clima terrestre, lo haremos en algún
momento dentro de los próximos dos
siglos.
No solo estamos interfiriendo con
el balance de los constituyentes en la atmósfera,
aumentando el nivel de dióxido de carbono
y arriesgando un aumento de varios grados
en la temperatura media del planeta.
También estamos arriesgando la
capa fina de ozono en la atmósfera
exterior, principalmente debido a los óxidos
nitrogenados asociados a la polución.
Un aumento del 50 por ciento en la
banda ultravioleta aumentaría la cantidad
de UV-B en la región de mayor energía de
la banda por un factor de 50 veces.
La energía de estas longitudes de
onda tendría efectos destructivos sobre
las hojas de las plantas, el plankton de
los océanos, los sistemas inmunes de los
animales mamíferos y podría cegar a la
mayoría de los animales terrestres.
La
segunda amenaza no es a largo plazo.
Es la guerra termonuclear.
Es
usual estimar el peligro de esta nueva
tecnología militar en término de vidas
humanas expuestas al riesgo.
De
acuerdo con un estudio del comité de biólogos
y climatólogos para la Conferencia sobre
Las Consecuencias Biológicas a largo
plazo de la Guerra Nuclear, existen varios
eventos que pueden ocurrir.
Asumiendo que la mayoría de las
detonaciones ocurren a nivel de la
superficie terrestre, la cantidad de polvo
que aparecería en la atmósfera podría
oscurecer la tierra sobre el Hemisferio
Norte por un período de varios meses a un
año.
La luz solar estaría excluida en
un 99 por ciento, y las temperaturas en la
superficie en los interiores continentales
disminuirían hasta –40 °C,
matando a la mayoría de las plantas y
todos los bosques.
En las zonas tropicales, la pérdida
de los bosques puede destruir a la mayoría
de las especies del planeta.
Los organismos fotosintéticos y
otros organismos planctónicos serían
eliminados y así la base de la pirámide
marina.
Los
nuevos gradientes de temperatura entre los
océanos y las masas de tierra producirían
tormentas masivas en todas las costas con
la destrucción de los ecosistemas de
aguas no profundas.
Luego
de varios meses, desaparecería la ozonósfera
y el planeta sería expuesto a la energía
letal de la radiación ultravioleta tan
pronto como desaparezca el polvo.
No
se sabe cuantas formas de vida se perderían
para siempre.
En
el caso de tal evento, la cuestión de la
supervivencia de la raza humana parece
trivial.
La civilización y la memoria de la
cultura se perderían para siempre.
Dado el tipo de cerebro que posee
nuestra especie y la memoria, todo lo que
les quedaría a los sobrevivientes es el
sentido de culpa por haberle hecho tales
daños a una criatura tan hermosa.
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