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Humanidad
La
cultura humaniza
La
Nación (Febrero 25, 2001)
-
05.03.2001
-
Por
Rafael Squirru
“Decir
que la cultura no humaniza revela tener
nociones muy precarias sobre lo que son la
cultura y los seres humanos.
Cultura es por definición aquello
que hace que los seres humanos sean cada vez
más humanos.
Lo humano viene de homo romanus,
concepto que se empleó en el cenáculo de
Escipión el Joven, por Marco Tulio Cicerón.
Ser humano implicaba un valor
esencial que se denominaba la ëpietásí.
Piedad para con los hombres y
mujeres, y piedad para con los dioses.
Ello distinguiría al romano del bárbaro,
que carecería de esos valores.
Si
las palabras habrán de mantener un
significado, veremos que la afirmación de
que la cultura no humaniza es una
contradicción terminológica inaceptable.
¿Cómo es posible que pensadores que
se consideran distinguidos lleguen a esas
falsas nociones?
El
gran equívoco proviene de separa los
valores estéticos de los valores éticos,
como si no fuesen ambos caras de una misma
moneda.
Esto
lo vio con claridad Marc Chagall, uno de los
más grandes artistas pintores del siglo XX.
Afirmaba
Chagall: Es imposible pedirle gran arte a
un hombre pequeño.
Y si un hombre no es pequeño, mal
podemos suponer que la mezquindad, la falta
de humanidad, pueden ser características
que le podamos atribuir.
Debemos aceptar que la grandeza
incluye la bondad como algo opuesto a la
nada (como lo quería William Blake).
Sólo así es concebible la grandeza.
Ergo, todo gran arte proviene de un
gran artista, y todo gran artista podrá al
mismo tiempo ser un inferior moral.
Lo
que ocurre es que son por desgracia muchos
los que reducen el campo de la moral a
conductas estrechas que responden a un
supuesto código, cuyos mandatos no se
pueden contravenir.
Esta discusión la tuve
epistolarmente con Herbert Read, que sostenía
que el gran arte no tenía por qué ser
moral.
Cuando le expliqué mi punto de
vista, terminó dándome la razón.
La
moral es mucho más que un conjunto de
reglas sobre lo que no se debe hacer.
También esto lo vio William Blake
cuando afirmó que Cristo no se había
decidido a prohibir.
Su síntesis se expresó en un gran
pensamiento: Amar a Dios por encima de
todas las cosas y al prójimo como a ti
mismo.
Y recordemos que por el prójimo
entendía no sólo los amigos, sino además
los enemigos.
Porque según sus palabras: ¿Quién
no ama a sus amigos? Más yo os digo que
también a vuestros enemigos habréis de
amar, ya que todos somos hijos de Dios.
Sin
entrar en discusiones teológicas, que cada
uno se imagine a Dios como mejor le plazca.
Es evidente que si no aceptamos la
trascendencia, esto es una dimensión metafísica
que va más allá de la física, no será fácil
aceptar estos postulados.
Aferrarse
a la ciencia como salida posible de estos
dilemas supone tampoco tener demasiado claro
el camino de las ciencias, ya que ellas,
junto con las humanidades, son las que
completan eso que entendemos por cultura.
Las ciencias también participan de
lo humano, tan sólo que el énfasis está
puesto en lo intelectual, como en las
humanidades se considera que el énfasis está
puesto en la esfera del sentimiento.
Pero ni las humanidades pueden
prescindir del intelecto ni las ciencias
pueden prescindir de otras potencias
humanas.
¿Qué haría una ciencia sin
imaginación?
Un imposible.
Humanidades, ciencias estrechamente,
mejor indisolublemente, unidas a la dimensión
ética; eso es lo que constituye el concepto
de lo humano.
Y ambas disciplinas, humanidades y
ciencia, constituyen eso que llamamos la
cultura.
Por
eso la creatividad en ambos campos tiene
como consecuencia ineludible hacer que los
humanos sean cada vez más humanos.
Lo que no contribuye a este fin ni es
ciencia ni es humanismo.
Sin duda, vivimos una época de
confusión de la que en buena parte son
responsables los voceros del arte por el
arte y la ciencia por la ciencia.
La verdadera síntesis es el arte y
la ciencia por lo humano.
Arte y ciencia tienen un ancestro común
que es el amor: amor a la belleza, amor a la
verdad.
Sin ese resorte nada puede esperarse
del andamiaje humanístico o científico.
Camino, verdad y vida constituyen la
esencia de lo trascendente.
Extravío, error y muerte espiritual
son la triste recompensa de los que
perdieron el rumbo.
Hay
que evitar que el mundo de las apariencias
ahogue al mundo de las esencias sobre las
que apoyamos una existencia lúcida.
Es peligros apartarse del camino; eso
conducirá al desengaño.
Arte y ciencia siguen siendo
conquistas espirituales.
Perder al espíritu de vista es
perdernos en la sombra del caos.
No basta apelar a lo que sabemos o
sentimos; es necesario adema’s apelar a la
fe, a la esperanza y sobre todo a la caridad
(lo que amamos).
Quien deposita su fe en el espíritu
no saldrá defraudado; la rectitud y la
piedad lo acompañarán hasta su último
descanso.”
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