El reverso de un mundo feliz.

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AutorJeremy Rifkin: Entrevista realizada por Amy Otchet y René Lefort
Fuente
Unesco
Web: http://www.unesco.org

Nuestros futurólogos definieron demasiado restrictivamente el siglo XXI como la era de la información. Pero lo cierto es que estamos viviendo una transformación mucho más profunda, que afecta a la economía mundial en su conjunto. De la utilización simultánea de la informática y la genética está surgiendo una poderosa fuerza tecnológica y económica que será el eje del siglo biotecnológico


Jeremy Rifkin: el reverso de un mundo feliz

Entrevista realizada por Amy Otchet y René Lefort

Jeremy Rifkin,
destacado economista,es también un militante.

La idea de dejar que el mercado y los consumidores decidan sobre nuestro futuro es una perspectiva aterradora.

¿El siglo venidero será el de una guerra sin cuartel por el control de los genes? El estadounidense Jeremy Rifkin teme que sea así y explica por qué.


¿Qué significa para usted el «siglo biotecnológico»? 

Jeremy Rifkin: Nuestros futurólogos definieron demasiado restrictivamente el siglo XXI como la era de la información. Pero lo cierto es que estamos viviendo una transformación mucho más profunda, que afecta a la economía mundial en su conjunto. De la utilización simultánea de la informática y la genética está surgiendo una poderosa fuerza tecnológica y económica que será el eje del siglo biotecnológico. Se recurre cada vez más a las computadoras para descifrar y organizar la enorme masa de informaciones genéticas que constituyen la materia prima de la nueva economía global. Las empresas multinacionales han emprendido ya la creación de gigantescos complejos de investigación sobre las ciencias de la vida, que configurarán el mundo bioindustrial del mañana.
Las ventajas a corto plazo de esta revolución son considerables: van a aparecer nuevas plantas, nuevos animales, nuevos productos farmacéuticos, nuevas fuentes de energía. Pero sería ingenuo creer que, como contrapartida, no habrá un precio que pagar. Y es posible que esos cambios acarreen terribles consecuencias sociales, éticas y ambientales. ¿La creación de clones y de especies transgénicas no significa acaso el fin de la naturaleza? ¿Los organismos genéticamente modificados no causarán perjuicios irreversibles a la biosfera? ¿No es peligroso pretender fabricar un bebé «perfecto»?

¿Pero en qué se diferencia todo eso del combate que el hombre libra desde siempre para transformar la naturaleza?
J. R.: Es cierto que desde la revolución neolítica nunca hemos dejado de modificar la naturaleza. Pero los nuevos métodos de recombinación genética son radicalmente diferentes. Con las técnicas clásicas de reproducción sólo el cruzamiento de especies biológicamente afines era posible. Hoy día hemos echado abajo esa barrera. Así, los científicos han aislado el gen de la luminiscencia en la luciérnaga y lo han introducido en el código genético de una planta de tabaco que, al llegar a la madurez, brilla las veinticuatro horas del día. Algo nunca visto en la naturaleza.

¿Alarmista o profeta?

El militantismo es un verdadero estilo de vida para Jeremy Rifkin. Nacido en 1943 en Colorado, este experto en economía y en relaciones internacionales es una personalidad influyente en Estados Unidos. Llamado a menudo a declarar ante el Congreso norteamericano sobre temas que van de las amenazas de guerra bacteriológica al etiquetado de los alimentos transgénicos, conferenciante solicitado en el mundo entero, asesor personal de numerosos jefes de Estado, Jeremy Rifkin debe su prestigio a catorce obras que tratan del impacto de las transformaciones científicas y tecnológicas en la economía, el empleo, la sociedad y el medio ambiente. Uno de sus grandes éxitos, The End of Work (Fin del Trabajo), constituye una referencia en el debate actual sobre la responsabilidad de la tecnología en las reducciones de personal.
En su último libro, titulado The Biotech Century, Rifkin hace hincapié en las repercusiones negativas de las nuevas tecnologías genéticas y lamenta la falta de un debate público sobre el tema. Da una visión alarmante del «mundo bioindustrial» e invita al lector a reflexionar. Esta obra de divulgación sobre el comercio genético fue acusada de lanzar un ataque injustificado contra la ciencia.
Judío liberal, «pero no soy religioso», precisa, evocando la «experiencia memorable» que constituyó su visita al campo de concentración nazi de Dachau: «Nadie quiere que se repita una cosa semejante. Pero debemos darnos cuenta de que eso puede reproducirse, e incluso se vislumbra ya, adoptando formas que ni siquiera sospechamos. Es la razón por la cual he insistido tanto en el nuevo aspecto, comercial, de la eugenesia. Hoy día el enemigo está en cada uno de nosotros, cuando por razones encomiables, queremos tener niños sanos.»

En el debate sobre la terapia génica encaminada a tratar o prevenir enfermedades humanas, usted planteó la cuestión de quién ha de decidir si un gen es «bueno» o «malo». ¿Puede afirmarse que estamos entrando en una era eugenésica?

J. R.: Efectivamente, pero no en el sentido en que lo entendían los nazis. El nuevo orden eugenésico no será social sino económico, y estará regido por las leyes del mercado. Muy pronto los futuros padres podrán programar el porvenir biológico de sus hijos, incluso antes de su concepción. La presión social los impulsará a querer borrar en su progenitura ciertos «caracteres indeseables». Quien sea portador de un gen de leucemia, ¿no querrá eliminarlo del esperma o del huevo del que nacerá su hijo? Otro tanto podrá hacerse respecto a la obesidad o la miopía… Cuando uno se lanza por ese camino ya no hay forma de detenerse. La eugenesia adquirirá ribetes verdaderamente alarmantes cuando integremos a los niños en el campo de nuestras experiencias.
Ahora bien, ya en los años ochenta las firmas Genetech y Eli Lilly patentaron una nueva hormona del crecimiento, resultante de la investigación genética, destinada a los miles de niños aquejados de enanismo en Estados Unidos. En 1991 esta hormona se había convertido en uno de los productos farmacéuticos más vendidos en el país. Los médicos la prescribían a niños que sencillamente eran más bajos que el término medio. Los distribuidores de esta hormona presionan ahora al cuerpo médico para que la baja estatura se asimile a una «enfermedad».

Algunos lo han acusado de alarmista y estiman que sus posiciones son contrarias al progreso científico.

J. R.: Soy un convencido del valor inestimable de la genética. No es esa ciencia la que plantea problemas, sino sus aplicaciones. Hemos de optar entre el método suave y el método duro para entrar en el siglo XXI. En la agricultura el método duro consistiría en producir plantas transgénicas con los consiguientes riesgos ambientales y sanitarios. En cambio, el método suave pondría la genética al servicio de una agricultura biológica sostenible y elaborada. Debemos imponer dos reglas: no causar daños y optar siempre por el sistema que deje más posibilidades de opción a las generaciones futuras.

¿Qué se oculta tras este comercio genético incipiente?

J. R.: Se trata de empresas gigantes, como los grandes grupos químicos que han empezado a cerrar sus departamentos de química pura para concentrarse en las ciencias de la vida. Están pasando de la era de la petroquímica a la de la genética comercial. Los genes serán en el siglo XXI lo que el petróleo, los minerales y los metales fueron en la era colonial e industrial: una materia prima.
Lo que está en juego en este comercio tiene un nombre: «patentes». En los diez años venideros se habrá aislado la casi totalidad de los 60.000 genes que constituyen nuestro patrimonio genético. Durante al menos veinte años la propiedad intelectual de prácticamente cada uno de esos genes pertenecerá a esas firmas. La idea de patentar los genes es una verdadera estafa. Las legislaciones europea y estadounidense estiman que un producto patentable debe ser original y útil. Pero en 1987 la Oficina de Patentes de Estados Unidos añadió a sus textos un párrafo que estipula que en lo sucesivo es posible patentar toda forma de vida genéticamente modificada, con excepción de los seres humanos después del nacimiento; la única razón de esta restricción es que la Constitución estadounidense prohíbe la esclavitud.

¿No está simplificando demasiado el problema? Las patentes no conciernen realmente a los genes, sino que permiten a las empresas y a los investigadores proteger jurídicamente los métodos que descubren para aislarlos o utilizarlos.

J. R.: No, lo que se está haciendo es lisa y llanamente patentar los genes. Miles de genes animales y humanos ya se han patentado. Por ejemplo, la compañía Myriad Genetics patentó el gen del cáncer de mama, en particular entre las mujeres azkenasíes (de origen judío de Europa central). Esa empresa es titular de una patente y es un invento suyo. Cuando una mujer, en cualquier parte del mundo, se somete a una prueba para detectar este gen, una parte de la suma que paga irá a dar a esa firma por concepto de derecho de patente.

¿Qué se podría hacer concretamente para invertir esta tendencia, teniendo en cuenta la importancia de los intereses financieros en juego?
J. R.:

Con mi distinguido colega del New York Medical College, el microbiólogo Stuart Neumann, solicitamos que se patentaran treinta manipulaciones que abarcan todas las combinaciones posibles de quimeras animal-ser humano creadas para atender las necesidades de la investigación médica (humano-chimpancé, humano-cerdo, etc.). No existe por el momento ninguna patente sobre este tipo de quimeras. Si nuestra petición es acogida, invocaremos la «protección genética» para prohibir a todo investigador que franquee la barrera entre las especies cruzando células humanas y de animal. Como la patente es válida durante veinte años, los países tendrán tiempo de debatir la cuestión y, es de esperar, de adoptar una legislación que coloque fuera de la ley a los organismos transgénicos.

Países como Estados Unidos y organizaciones como la OMC instan a los países en desarrollo a que sigan el modelo de la legislación estadounidense sobre patentes, so pretexto de que así protegerían sus recursos naturales contra toda explotación extranjera. ¿Qué les aconsejaría?

Un ratón fluorescente. Los nuevos métodos de recombinación genética desconocen las barreras

J. R.: Hay dos posiciones opuestas, pero, a mi juicio, ninguna es buena. La primera es la de las empresas multinacionales. La segunda, defendida por los países en desarrollo, consiste en decir: «Nuestra riqueza genética es un recurso como el petróleo para el Oriente Medio. Reclamamos compensaciones, y si no es así surgirá la piratería biológica.» ¿Pero sobre qué base indemnizar tratándose de patrimonio genético? ¿Y a quién hay que indemnizar? La firma Merck and Co. mantiene en ese aspecto una relación absurda con Costa Rica. A cambio de un derecho de acceso a todo el patrimonio genético del país, ofrece un millón de dólares a una organización local sin fines de lucro. ¿Pero a quién representa esta organización?
El patrimonio genético no debe ser reducido por los gobiernos o las empresas a la mera dimensión de un producto comercialmente explotable. Me gustaría que países genéticamente tan ricos como la India encontrasen una tercera vía que garantizara a todo el mundo el libre acceso a ese patrimonio, como se hizo respecto de la Antártida, gracias a convenciones y tratados. Si no, en el siglo XXI habrá guerras por los genes, como en la era industrial estallaron guerras por el petróleo, los metales y los minerales. Y esta carrera por el control del patrimonio genético, con los conflictos que la acompañarán, acentuará aún más el foso entre los acaudalados y los desposeídos.

Un ratón dotado de una oreja humana. «Se ha reducido a los seres a un simple código que hay que descifrar. Ya no hay nada sagrado.»

Si es un asunto de tanta importancia, ¿cómo es posible que se haya debatido tan poco públicamente? ¿Son los medios de comunicación los responsables?

J. R.: La mayoría de los periodistas científicos y económicos han abordado el tema de forma anecdótica, contentándose con anunciar el nacimiento de una nueva variedad de planta cultivable o un descubrimiento de la medicina. Muchos autores científicos no quieren poner en peligro las relaciones privilegiadas que mantienen con los microbiólogos y las empresas. Tampoco se sienten suficientemente seguros para desafiar a los especialistas en su propio terreno. Pero, sobre todo, los medios de información no han entendido todavía la verdadera trascendencia de esas cuestiones, pues están obnubilados por la revolución de la información.

¿La industria trataría de acallar el debate?

J. R.: No hay un complot. Sencillamente las puertas del mercado se abren con suma rapidez y los dirigentes de las grandes empresas de biotecnologías se precipitan con la obsesión de obtener las mayores ganancias y de ampliar su cartera de acciones a toda velocidad. No les interesa en absoluto que un debate público frene el movimiento.
Esto coincide con el pensamiento liberal que estima que el mercado es el árbitro definitivo, y que es éste el que decide qué tecnologías han de explotarse y la mejor manera de hacerlo. Para mí la idea de dejar que el mercado y los consumidores decidan sobre nuestro futuro es una perspectiva aterradora.

¿Cómo explica usted la vehemencia con que reaccionan los científicos en cuanto alguien pone en tela de juicio sus investigaciones?

J. R.: Los científicos dan muestras de cierta arrogancia. Y ello ocurre especialmente cuando se trata de una ciencia que se está consolidando. Ya sucedió así con los químicos y después con los físicos. Ahora les toca a los biólogos. Esta arrogancia encuentra sus raíces en la vieja concepción de la ciencia enunciada por el filósofo inglés Francis Bacon y que se basa en el poder. Para él, la naturaleza es una «vulgar mujerzuela, huraña, que hay que domar, someter, moldear y formar». Decía también que «el conocimiento es fuente de poder» y que «podemos ser amos de nuestro destino». A numerosos microbiólogos -aunque no a todos- les resulta excitante la idea de ser capaces de controlar el destino, de jugar a ser Dios. Son los únicos que pueden no sólo descifrar el código de la vida, sino también utilizarlo. Imaginan que si fuéramos capaces de entender sus trabajos, los aprobaríamos sin vacilar. Pero, para ellos, estar informado significa entender las cosas como ellos las entienden, y por ende compartir su moral. Esos científicos no creen realmente en el principio democrático, como ya se ha visto en el caso de la contaminación petroquímica y de la energía nuclear.

¿Puede existir un vínculo entre esta arrogancia y el desprecio cada vez mayor por la idea de que una especie viva posee un valor intrínseco?

J. R.: Sí, menciona usted un punto esencial. Ya no se ve a los seres vivos como pájaros o abejas, sino como paquetes de informaciones genéticas. Se les ha privado de su substancia, reduciéndolos a un simple código que hay que descifrar. Ya no hay nada sagrado. Por lo demás, ¿cómo podría ser de otro modo cuando ya no existen fronteras biológicas identificables que respetar? En esta nueva forma de concebir la evolución es posible mezclar, emparejar, cruzar todo lo que se quiera en el mundo biológico.
Se reescriben las leyes de la naturaleza para acomodarlas a nuestras manipulaciones. La antigua noción darviniana de «supervivencia del más fuerte» es sustituida por la de «supervivencia del mejor informado». El ser humano acelera ahora el proceso de la evolución reprogramando la naturaleza gracias a los instrumentos que le proporciona la genética.
Esta nueva cosmología justifica el empleo del método duro, asegurándonos que no hacemos más que seguir el orden natural de las cosas y la vía que nos ha trazado la naturaleza. En la próxima etapa los microbiólogos ya no hablarán de ingeniería genética, expresión demasiado fría, sino que considerarán a los seres humanos y demás seres vivos como obras de arte inacabadas. Las biotecnologías se concebirán entonces como «instrumentos artísticos» poderosos, que permitirán a quienes los utilicen concluir el bosquejo.

Al cabo de una descripción aterradora del siglo venidero, su libro concluye con esta frase: «Lo demás depende de nosotros.» ¿Qué podemos hacer?

J. R.: Sería absurdo decretar lo que debe hacerse. En vez de eso, describí dos vías posibles para entrar en el siglo XXI. Corresponde ahora al público, y en especial a las nuevas generaciones, apoderarse del tema, debatirlo, formular preguntas, hacer oír su voz en la calle, los medios de comunicación, ante los tribunales, etc.
Incluso cuando las revoluciones tecnológicas y comerciales transforman las civilizaciones, siempre hay medios para influir en la nueva correlación de poderes que se instaura, para hacer valer su opinión. Tenemos que superar el mito según el cual la ciencia es imparcial y la tecnología neutral. Al cobrar conciencia del poder de una nueva tecnología, deberíamos preguntarnos si se la utiliza adecuadamente, si podemos seguir dominándola, si no existe el riesgo de que escape a nuestro control.

¿No está adoptando ahora una actitud un poco más optimista? ¿No piensa que la falta de debate indica una grave deficiencia de las instituciones de nuestras sociedades?

J. R.: No soy optimista ni pesimista. No sé si la generación actual sabrá tomar las decisión adecuada. Pero abrigo vivas esperanzas de que así será. El cambio puede lograrse utilizando otras vías que no consistan sólo en apoyarse en las instituciones, que mantienen el statu quo. El militantismo no se limita a desfilar por las calles. No sólo debemos expresar nuestro desacuerdo sino proponer también una visión alternativa.

¿Piensa que la opinión pública optará por la vía de la prudencia?

J. R.: Pienso que todavía no hay opinión pública. Una vez que se preste verdadera atención al comercio genético, el debate surgirá rápidamente no sólo en los medios militantes sino también en la industria. No se tratará solamente de un combate entre los ciudadanos, por un lado, y las grandes empresas, por otro: todo el mercado sentirá sus efectos. El mundo agrícola será el escenario de un enfrentamiento decisivo entre productores y distribuidores biológicos y las empresas de biotecnología. Se asistirá al mismo fenómeno en el ámbito de la medicina y de la salud. Los consorcios farmacéuticos se movilizarán en favor de la introducción de nuevos medicamentos elaborados de acuerdo con el método duro (a lo que no soy necesariamente contrario) e impulsarán el desarrollo de las terapias génicas. Por su parte, las compañías de seguros presionarán para que la misma ciencia busque métodos de atención médica preventiva, a fin de no tener que reembolsar tratamientos onerosos.

¿Corresponde a la UNESCO intervenir en ese debate?

J. R.: Sería interesante que la Unesco actuara en cierto modo como amplificador de la voz de las ong, a fin de darles mayor peso. La UNESCO no debe necesariamente adoptar una posición, pero podría, por intermedio de su Comité Internacional de Bioética, ofrecer un foro donde se debatirían esas cuestiones en toda su complejidad.

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Glosario
Biotecnología: conjunto de las técnicas que utilizan organismos vivos o sustancias orgánicas paa crear o modificar productos, plantas o animales, o para desarrollar microorganismos con fines específicos, como la fermentación o el tratamiento de desechos.

Quimera: Organismo surgido de manipulaciones experimentales cuyos tejidos son de dos o más clases genéticamente distintas.
Clon: grupo de organismos genéticamente idénticos producido mediante multiplicación asexual.

Eugenesia: Perfeccionamiento de la especie humana mediante el control de su reproducción. Está históricamente asociada a movimientos políticamente extremistas, que alentaron la reproducción de individuos que se suponía poseedores de genes «favorables» y desecharon la de individuos presuntamente portadores de genes «desfavorables».

Ingeniería genética: Técnicas utilizadas para aislar genes en un organismo, manipularlos o transplantarlos a otro organismo.
Genoma: Conjunto de la materia genética contenida en una célula o un individuo.

ADN recombinante: ADN producido por manipulaciones genéticas que asocian fragmentos de ADN procedentes de individuos o especies diferentes.
Transgénico: Adjetivo que describe a un organismo cuyo genoma original ha sido modificado introduciendo un gen extraño, por lo general procedente del ADN de otra especie.

Patente: En Estados Unidos, título que otorga la Oficina de Patentes, dependiente del Departamento de Comercio, que durante un lapso de tiempo determinado (por lo general diecisiete años) confiere a su poseedor el derecho a prohibir a cualquiera, en territorio nacional, la fabricación, la utilización o la venta de la invención patentada. Las leyes de la naturaleza, los fenómenos físicos y las simples ideas no pueden ser patentados.

Fuentes: The Penguin Dictionary of Biology (Penguin, 1989) y Vocabulario Técnico y Científico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (Espasa Calpe, 1990).