Medicina de alto voltaje: chispazos terapéuticos

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Todo lo que pensamos, sentimos, percibimos, hacemos y hablamos se ha originado milisegundos o segundos antes en algún lugar de nuestros encéfalos partir de diminutas y coordinadas chispas eléctricas. En otras palabras, antes de que fuéramos conscientes de lo que íbamos a percibir, sentir, hacer o pensar, en nuestros encéfalos ya se estaba produciendo una intrincada actividad eléctrica y química entre neuronas para que todo ello tuviera lugar.

El funcionamiento del encéfalo (que incluye el cerebro, el cerebelo y el bulbo raquídeo) es extremadamente complejo y la neurociencia solo ha alcanzado a conocer poco más que la superficie. Sí que sabemos, en esencia, cómo son los principios básicos por los que se produce la actividad cerebral. Entre nuestras neuronas existen las sinapsis, zonas de comunicación entre estas células altamente especializadas. Es en estas sinapsis donde tiene lugar la transmisión de impulsos nerviosos eléctricos, ya sea mediante la liberación controlada de neurotransmisores (biomoléculas) muy específicos o mediante «chispas» eléctricas. El funcionamiento normal de nuestro encéfalo es el resultado de una precisa y coordinada interacción global entre miles de millones de neuronas a través de sus sinapsis que transmiten o inhiben chispas eléctricas.

Cuando este delicado equilibrio neuronal se altera por diferentes causas, se producen enfermedades cerebrales: La enfermedad de Parkinson, diferentes tipos de epilepsias, la depresión, la enfermedad de Alzheimer…  El tratamiento médico estándar suele basarse casi siempre en la administración de fármaco o, en ocasiones, en  la realización de cirugías. Ahora bien, si nuestro sistema nervioso funciona principalmente a través de impulsos eléctricos, ¿por qué no intentar tratar enfermedades originadas en el cerebro través de la aplicación de corrientes eléctricas?

Esta idea no es, ni mucho menos, nueva. La primera y rudimentaria aplicación  de chispazos eléctricos con fines terapéuticos se remonta a los orígenes de la terapia electroconvulsiva (más conocida como «electroshock»), en los años 30 del siglo pasado. A pesar de la mala reputación de esta terapia en la cultura popular (películas tan míticas como «Alguien voló sobre el nido del cuco» la han demonizado) lo cierto es que esta práctica mejorada se sigue utilizando en la actualidad con beneficios terapéuticos demostrados. Se utiliza cuando el tratamiento farmacológico no es posible por sus efectos secundarios o porque se ha probado y no ha sido efectivo (un tercio de los pacientes con depresión no responde al tratamiento).  Bajo esas condiciones, la terapia electroconvulsiva puede ser útil para tratar ciertos casos de depresión grave, episodios de manía grave en personas con trastorno bipolar, episodios de catatonia o personas con demencia que se muestran agresivas o agitadas.

¿Cómo consigue la terapia electroconvulsiva mejorar la situación de los pacientes afectados por estas enfermedades? Lo cierto es que no lo sabemos. Sí que se sabe que la aplicación de corrientes eléctricas en el cerebro produce cambios bioquímicos que desencadenan un «reinicio» de la actividad cerebral. Más allá de esta explicación tan general, no sabemos realmente lo que ocurre en detalle.

En los últimos años, se han desarrollado terapias de estimulación eléctrica mucho más refinadas y precisas que el electroshock. En lugar de aplicar chispazos eléctricos a todo el cerebro, se trata de ir a una localización exacta del cerebro y aplicar diminutos estímulos eléctricos de características definidas para producir efectos muy concretos. Recientemente, investigadores de EE. UU. demostraron que es posible mejorar el estado de ánimo mediante la estimulación cerebral profunda (ECP). Se observó que mediante la estimulación eléctrica en la corteza órbitofrontal (la región del cerebro justo detrás de nuestros ojos) gracias a electrodos implantados, era posible mejorar el ánimo considerablemente en un porcentaje de los pacientes con depresión.

 

Son resultados prometedores, aunque preliminares. Todavía se desconoce si esta terapia puede ser útil a largo plazo y los investigadores siguen trabajando para mejorar aún más la configuración de esta terapia eléctrica. Se trata de administrar los «chispazos» eléctricos con la intensidad adecuada, en el momento preciso y en el lugar indicado. Por otro lado, se trata de un tratamiento muy invasivo porque supone la inserción quirúrgica de electrodos en el interior del cerebro, por lo que solo se aplicaría para pacientes con depresión grave en los que el tratamiento convencional no habría sido efectivo.

Si existe alguna aplicación realmente espectacular de la ECP  es, sin duda, para el tratamiento sintomático de los problemas motores asociados a la enfermedad de Parkinson. En los casos más avanzados de esta enfermedad, los temblores, la rigidez y la lentitud pueden afectar enormemente a la calidad de vida del paciente, que no dispone de autonomía para realizar las tareas más rutinarias.

Con la aplicación de pequeños chispazos eléctricos a través de electrodos insertados en diferentes lugares del cerebro es posible disminuir drásticamente los síntomas, aumentando considerablemente la calidad de vida de la persona. No es, desde luego, una cura para la enfermedad, pero permite que la persona pueda llevar una vida más normal. En este vídeo puede verse cómo la activación del sistema de ECP en una persona afectada por Parkinson ofrece resultados inmediatos y espectaculares:

¿Cómo funciona? En los cerebros de los pacientes con Parkinson, existen señales eléctricas irregulares en las áreas que controlan los movimientos. Con el sistema de ECP es posible actuar sobre estas áreas clave, normalizando la comunicación entre las neuronas.

La ECP también ha demostrado ser útil para algunas personas que sufren epilepsia y cuyo tratamiento médico convencional no había dado resultados. Gracias a estos chispazos terapéuticos, estudios clínicos han registrado que personas con epilepsia tenían un 75 % menos de episodios epilépticos en un plazo de 7 años, además de ser menos graves, mejorando su calidad de vida considerablemente.

Investigadores en múltiples lugares del mundo están trabajando para que la ECP sea mucho más efectiva para los tratamientos descritos y se está valorando su utilidad para tratar multitud de problemas de salud: adicciones, ciertos tipos de migraña, el dolor neuropático, la enfermedad de alzhéimer… La ciencia en este campo trabaja para conseguir mayor precisión y optimizar los estímulos eléctricos lo máximo posible. Una idea novedosa que se está perfeccionando es la creación de electrodos que registren la actividad cerebral a su alrededor y se activen automáticamente justo cuando sea preciso.

Otra estrategia es estimular el cerebro pero sin que sea necesaria la introducción de electrodos. ¿Cómo?  Mediante la estimulación magnética transcraneal (EMT). La gran ventaja es que es una terapia no invasiva que emplea campos magnéticos para estimular a las neuronas con fines muy similares a la ECP. La gran desventaja es que, por el momento, no es posible alcanzar el nivel de precisión y efectividad que se consigue con los electrodos implantados de la ECP, por lo que cuenta con muchas más limitaciones.

Fuente: https://hipertextual.com/2019/03/medicina-alto-voltaje-chispazos-terapeuticos



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