Mensajeros del paraíso

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Charles F. Levinthal 

Las endorfinas, drogas naturales del cerebro

Primer paso hacia el paraíso: Combatiendo el dolor 

Cuando pienso en el dolor, en la ansiedad que carcome como el fuego y la soledad que se extiende como un desierto, y la desgarradora rutina de la monótona desdicha, o, nuevamente, en los sordos dolores que ennegrecen todo nuestro panorama o los repentinos y nauseabundos que extinguen el corazón de un hombre de un solo golpe…se “sobrecoge mi espíritu”.  Si conociera alguna manera de escapar me arrastraría por las alcantarillas para encontrarla.  Pero, ¿de qué vale contarles de mis sentimientos?  Ustedes ya los conocen, son los mismos que en ustedes…El dolor duele.  Eso es lo que significa la palabra.

C. S. Lewis, El problema del dolor, 1962  

Tu dolor es la rotura de la cáscara que circunda tu entendimiento.

Así como la pepita de la fruta debe romperse para que su corazón pueda estar al sol, así debes tú conocer el dolor…

Es la poción amarga mediante la cual el médico que hay dentro de ti cura a tu ser enfermo.

Khalil Gibran, The Prophet, 1923 

El dolor que dura un breve plazo puede ser una señal vital incorporada en el curso de nuestra evolución, que nos advierte que estamos en una suerte de peligro biológico; pero a largo plazo, el dolor inescapable es una maldición, la peor que concebirse pueda.  Sus tormentos son sinónimos de las imágenes del Infierno mismo.

No es de extrañar que a través de toda la historia aun aquellos que han alcanzado el mínimo grado de eficacia aplacando el dolor de otros hayan adquirido una dimensión enorme.  Han sido chamanes, curadores por la fe, mesmeristas, médicos de la tribu y sumos sacerdotes.  Cuando la morfina estuvo al alcance de la profesión médica a mediados del siglo XIX, los médicos por fin pudieron verdaderamente curar.  Podían de una vez por todas hacer algo verdaderamente mágico por sus pacientes, brindándoles alivio casi instantáneo a su dolor crónico.

Medicamentos tales como la aspirina, por útiles que sean, nunca han estado cerca de tener el poder analgésico del opio o la morfina.  La razón que explicaba la eficacia de estos opiáceos siguió siendo en gran medida un misterio, hasta la década de 1970, cuando se descubrió que el sistema nervioso central tenía la capacidad para producir sus propias sustancias naturales denominadas endorfinas, con propiedades analgésicas prácticamente idénticas a las de los opiáceos originados en forma natural a partir de la amapola o sintéticamente en los laboratorios químicos.  Aquí estaba por fin la razón de la potencia de las drogas opiáceas: simplemente sustituían a sustancias químicas que ya teníamos en el organismo.

Pero, ¿por qué habría de desarrollarse semejante sistema “opioide” interno de endorfinas?  Parece ser una característica repetida en los sistemas nerviosos de cada especie vertebrada.  ¿por qué el sistema opioide ha estado presente desde hace tanto tiempo?  La activación de este sistema parece estar inexorablemente ligada con las circunstancias que provocan estrés.  ¿por qué es un factor tan importante el estrés?  Por detrás de toda conjetura, se toma conciencia del hecho de que, en el espectro de la experiencia humana, ninguna sensación es tan primitiva ni ninguna puede experimentarse tan profundamente como el dolor.  Está claro que las endorfinas pueden servir como ventana abierta hacia nuestro pasado evolutivo.

En ese pasado hay un punto que la mayoría de nosotros afortunadamente nunca hemos conocido, un medio en el que debíamos experimentar terror por la presencia de las huestes de depredadores naturales que podían matarnos en cualquier momento.  Una defensa posible sería la de evitar primero ser detectado visualmente, quedándonos paralizados.  Más allá de esa postura defensiva, sin embargo, podría ocurrir algo más, sumamente ventajoso para la supervivencia: una temporaria condición analgésica.  La razón es que el dolor comúnmente produciría conductas que obstacularizarían las posibilidades de sobrevivir, en vez de incrementarlas.  Haber desarrollado cierto grado de analgesia en momentos de estrés representaría una poderosa ventaja evolutiva para una especie, cualquier especie.

En un sentido importante, nosotros, como seres humanos, seguimos funcionando con un tipo similar de analgesia durante los períodos de mayor estrés en nuestras vidas. 

Estrés, dolor y endorfinas

En la investigación con animales, una manera de simular estrés en condiciones de laboratorio es plantear a éstos la posibilidad de recibir una descarga eléctrica.  Si a una rata de laboratorio, por ejemplo, se le diera por optar entre recibir una descarga son o sin una señal de advertencia, descubriríamos que preferiría una señal que lo advirtiera.  De tener que recibir una descarga, el sentido común parece dictar que por lo menos será mejor tener una advertencia antes de lanzarse aquella.

Se observó que, así como los perros de Pavlov habían aprendido a salivar ante el sonido de una campana que señalaba la entrega de alimentos, los animales que recibían una señal previa a la descarga podían estar asociando el estrés de la descarga con esa señal; el resultante aumento del nivel de endorfinas tal vez hiciera menos dolorosas la descarga.

Tras administrárseles la naloxona (droga antagonista de los opiáceos) a las ratas no parecía importarles el que la descarga fuese o no precedida por una señal.  Si la señal de advertencia había desencadenado una analgesia de tipo endorfina, y si la naloxona había cancelado su efecto, entonces era razonable presuponer que el dolor que las ratas experimentaban en ambas circunstancias era ahora idéntico.

Era evidente que una emoción como el miedo podía, en las circunstancias adecuadas, desencadenar la activación de un sistema de endorfinas que inhibiera el procesamiento del dolor y cualquiera de las conductas asociadas con ese dolor.  En otras palabras, las endorfinas asegurarían primero la supervivencia y luego la recuperación.

Las zonas del cerebro implicadas en la liberación de endorfinas para producir analgesia durante las situaciones de estrés –estructuras de mesencéfalo y encéfalo- se encuentran entre las regiones más primitivas de nuestro cerebro.  Se trata de partes del cerebro cuyo desarrollo se remonta a días muy antiguos en la evolución de los vertebrados, hace más de 200 millones de años.  En el contexto de la concepción triádica de Paul McLean acerca de la evolución del cerebro, estas estructuras cerebrales configuraron el primero de tres importantes embates en el desarrollo evolutivo del cerebro y estaban asociadas a la aparición de una gama de especies reptilianas.  Nuestro propio cerebro todavía depende de esos sistemas neurales, que poco cambiaron en el curso de cientos de millones de años.  Así, podemos considerarnos parte de esa herencia biológica que produjo un sistema de endorfinas para la analgesia.