La Peste del Siglo XXI

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Autor: Claudia Mazzeo

Los contaminantes del aire urbano tienen un efecto nocivo sobre la salud. No sólo se cobran cada vez más vidas –sólo en Europa, se contabilizan 360 mil decesos al año– sino que también son responsables del incremento de internaciones hospitalarias y de enfermedades respiratorias y cardiovasculares crónicas, afirma la doctora Ursula Ackerman Liebrich, del Instituto de Medicina Preventiva y Social de la Universidad de Basel. “Los gobiernos tienen la responsabilidad de proteger a las personas de un ambiente amenazador para la salud: respirar aire puro debería ser un derecho humano”.
(18/10/06 – Agencia CyTA- Instituto Leloir. Por Claudia Mazzeo) – «La peste del Medioevo bien puede ser comparada con la contaminación atmosférica”, señala la doctora Ursula Ackerman Liebrich. “Aunque a diferencia de la peste –continua–, la contaminación no tendrá fin, ni se detendrá por más que construyamos más iglesias». La especialista, que es directora académica de la Escuela de Salud Pública de Suiza, resumió, en el IV Foro Internacional organizado por Greenaccord, entre el 4 y el 7 de octubre pasado, en Monte Porzio, Roma, la información científica disponible en la actualidad sobre contaminación atmosférica urbana y salud.
Smog y policiales
Los primeros estudios que relacionan la contaminación del aire con trastornos en la salud se remontan a 1952, cuando el smog típico de Londres abandonó su perfil novelesco y pasó a ser identificado como responsable del incremento de la mortalidad por enfermedades respiratorias y cardiovasculares. La consecuencia inmediata de ese hallazgo fue la promulgación en Europa de diferentes regulaciones que tendían a eliminar, en especial, la contaminación aguda debida al dióxido de nitrógeno.
A comienzos de los años ´80 se realizaron nuevos estudios sobre la contaminación a corto plazo del aire en los que se observó que afecta la salud humana, aún cuando los niveles de contaminación resulten bajos o moderados.
Uno de esos estudios, conocido como APHEA (siglas en inglés que corresponden a “Efecto a Corto Plazo de la Contaminación Atmosférica ”) realizado sobre 25 millones de personas residentes en 15 países europeos, correlacionó los niveles de contaminación con las tasas diarias de mortalidad y morbilidad.
De acuerdo con el doctor Klea Katsouyanni, coordinador del estudio –que reunió nada menos que 11 equipos de investigación de 10 países de la Unión Europea – el aspecto más relevante del trabajo fue que se centró en un número de ciudades que presentaban  diferentes mezclas de contaminantes en el aire, y en poblaciones con condiciones socioeconómicas y ambientales muy variadas. Los resultados, que fueron publicados en 2001, arrojaron abundante evidencia científica de correlación existente entre contaminación atmosférica y mortalidad.
Como ejemplo de lo observado en APHEA puede mencionarse los datos obtenidos en la zona de Paris conocida como Ile de France, donde el dióxido de sulfuro y las partículas en suspensión presentes en el aire –en especial las provenientes de los motores diesel– ocasionaron más de 400 muertes anuales. De esa cifra, entre 260 y 350 muertes fueron causadas por accidentes cardiovasculares, mientras que de 50 a 80 se debieron a complicaciones respiratorias.
Menos meses de vida por contaminación
La doctora Ursula Ackerman Liebrich señala que la contaminación del aire debida a la presencia de partículas sólidas en suspensión reduce, en promedio, 8,6 meses las expectativas de vida de la población europea. Esta cifra, que varía según la calidad del aire de cada país, se cobra 10, 2 meses de vida de cada habitante de Alemania, de acuerdo con un informe publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Las partículas sólidas en suspensión representan una compleja mezcla de contaminantes orgánicos e inorgánicos constituidas por sustancias en estado sólido y líquido. Se las relaciona con la actividad humana, en especial con el tráfico automotor, el consumo industrial de carbón y derivados del petróleo y la industria de la construcción. Cuanto más finas son, resultan más perjudiciales para la salud, ya que, entre otras cosas, penetran en los pulmones hasta afectar los alvéolos; a las partículas más grandes se las denomina PM10  (diámetro menor a 10 milésimos de milímetro) y a las más pequeñas, PM 2,5 (menores a dos milésimos y medio de milímetro).
Los valores guía propuestos por la OMS en materia de concentración de micropartículas en el aire son de 20 microgramos por metro cúbico de PM10 y 10 microgramos para PM2,5.
Un estudio realizado en Suiza para determinar el origen de las PM10  indica que el 29% proviene del tráfico automotor, el 27% de la industria y el comercio, el 20% de la agricultura y la actividad forestal (debido al uso de tractores, o productos químicos que contamina el aire) y el 7% restante, a actividades domésticas.
Entre 1992 y 1998 la Sociedad Norteamericana de Cáncer realizó, por su parte, una investigación conocida como POPE que abarcó a  500 mil personas de diferentes ciudades y demostró que las posibilidades de morir aumentan en ciudades que presentan elevados niveles de contaminación. Asimismo, se comprobó que la contaminación debida a partículas sólidas en suspensión muy pequeñas ocasiona  un aumento del 6% de mortalidad debida a enfermedades cardiopulmonares y del 8%, por cáncer de pulmón.
Ackerman Liebrich señala asimismo que, en los últimos años, las investigaciones se han centrado en el estudio de los efectos a corto plazo de la contaminación sobre la salud humana. En 1999 se inició un nuevo estudio, esta vez suizo, conocido como SAPALDIA (siglas en inglés de Estudios Suizo sobre Contaminación del Aire y Enfermedades Pulmonares en Adultos), que abarcó 10 mil personas, de entre 18 y 60 años, y estuvo centrado no sólo en la mortalidad debida a la contaminación del aire urbano, sino también en la relación existente entre la contaminación del aire y la salud en general.
Los participantes fueron examinados en forma periódica (evaluándose la función pulmonar, test de alergias, inmunoglobulinas, entre otros exámenes), analizándose a su vez la calidad del aire de la zona de residencia. Se comprobó que la función pulmonar disminuye cuanto mayor es el nivel de contaminación del aire. «Esa disminución se registra de manera independiente a si la persona es o no fumadora. En ambos casos, su función pulmonar empeora como respuesta a la contaminación ambiental», puntualiza la doctora Ursula Ackerman Liebrich.
También se evidenció un aumento de síntomas como la tos seca nocturna y los resfríos, sobre todo en los más pequeños. A la luz de esos resultados, se impulsaron diferentes estrategias puntuales para reducir la contaminación en las áreas estudiadas. Como producto de esas estrategias, se observó que al bajar la contaminación, aumenta la capacidad pulmonar de las personas, disminuye las conjuntivitis, la tos crónica, la bronquitis y los síntomas de asma (estudio SCARPOL, 2005).
“El 70% de la población de Europa está expuesta a niveles de contaminación que superan los límites establecidos por los estándares europeos», dice la especialista, quien destaca que “para mejorar la salud es necesario bajar esos límites”.

Autor: Claudia Mazzeo
Fuente: Agencia de noticias científicas y tecnológicas argentina.