Etapa nasal

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CONSTRUCTO DE UNA ETAPA OLFATIVA DEL DESARROLLO PSICOLIBIDINAL

INTRODUCCIÓN 

     Las modernas investigaciones neurofisiológicas de la última década comenzaron a reclamar atención sobre el sentido del olfato del cual era lo habitual destacar en el hombre, último en la escala de los mamíferos, su involución. Hoy se revaloriza esta función ligada a la memoria y al aprendizaje, así como su función apetitiva gracias a la inmensa gama de sensaciones que recepta la dotación de su analizador periférico. Con todo, la represión que se cierne sobre este sentido sigue velando el correlato de su papel en el psiquismo.

En el año 1992 publicamos un texto fruto de las elaboraciones emprendidas en este campo* Nuestras investigaciones nos permitió desarrollar un cuerpo teórico que intentamos insertar en la metapsicología psicoanalítica impulsando replanteos y reacomodamientos tales como la constitución de los núcleos de la conformación de lo femenino-masculino, las funciones materno-paternas y la vinculación sexual, ligadas a las primeras experiencias olfativas. Asimismo, estudiamos la gravitación de sus improntas en la drogadicción por inhalantes, toxicomanías en general y trastornos alimentarios, su retorno en los desarrollos paranoicos, melancólicos y maníacos así como en las crisis evolutivas. La trascendencia psicoanalítica de estas hipótesis, que postulan al olfato como primer organizador del psiquismo, implica la revisión de la teoría falocéntrica, ya que el primer órgano significado desde nuestra construcción es la vagina, antes que el pene. Modifica la teoría de la represión anal, ya que lo realmente reprimido no es lo fecal sino el olor materno vaginal. Prematuriza al complejo de Edipo, en tanto la triangularidad se inicia con la irrupción del olor paterno. El complejo de castración en el hombre queda potenciado, pues al temor por la pérdida del pene se suma ahora la vuelta a una identidad y/o identificación femenina.

    Tras estos aportes, la teoría psicopatológica que sustenta el concepto de fijación en o regresión a las primigenias etapas del desarrollo psicosexual, debiera incluir los núcleos primarios de la identificación e identidad con basamento olfativo.

* DELGADO, Luis Carlos H. – GARCÍA, Graciela Verónica: La etapa nasal. Galerna. Buenos Aires. 1992

La teoría de la regresión sostiene que el desarrollo evolutivo se cumple con la diferenciación del aparato psíquico como un sistema de inscripciones; acontecimientos privilegiados en conexión a sucesivas organizaciones sensoriales psicolibidinales van ingresando al sistema nervioso y pautando al sujeto en su desarrollo. Las vicisitudes de estas etapas son decisivas para la producción de las distintas patologías. Cada psicosis, neurosis o afección psicosomática estaría estructurada en virtud de la dominancia de una fase psicoevolutiva y del predominio de sus registros específicos que marcan definitivamente la vida del sujeto o a cuyos condicionamientos se vuelve a partir de factores precipitantes. 

La demarcación psicoanalítica clásica corresponde a las fases cronológicamente ordenadas de la oralidad, analidad y falicidad con sus correspondientes subdivisiones que a su vez aportan la base estructural de diversas afecciones y caracterologías. En “La etapa nasal” realizamos el constructo de una etapa olfativa que antecede a la oral y cuya elaboración y convalidación clínica no se había realizado hasta entonces. Sostuvimos que la olfacción es una función autónoma del yo postfetal y componente instintivo comparable a los de las fases psicoanalíticas. Su zona erógena es la pituitaria o mucosa olfativa, cuya excitación predomina durante las primeras semanas de vida estableciendo un modo especial de relación de objeto y cumpliendo un papel estructurante y normativo en la organización de la vida psíquica. Le atribuimos por tanto el lugar de primera fase libidinal y propusimos al cuerpo materno y la vagina materna como sus primeros perceptos los que a su vez dan origen a los primitivos núcleos de identificación e identidad. El correlato neurológico de estas inscripciones corresponde al cerebro olfativo y al sistema límbico con los cuales la olfacción tiene de temprano relación directa.

   La vinculación madre-hijo durante la etapa nasal es, por mediación del olfato, de naturaleza fusional: plena, cerrada, capsular, envolvente, penetrante. Por el vínculo olfativo niño y madre son la misma persona. No sólo el niño inhala a su madre fusionalmente sino que también es inhalado por ella. Esta experiencia de identificación ingresa y se inscribe en el cerebro del bebé incorporando en el aparato psíquico núcleos primarios de identificación e identidad.

    Sea varón o mujer, el recién nacido se identifica con el aroma de su madre en una burbuja que lo incorpora fisiológica y afectivamente a ella pero de la cual al fin será necesario desprenderse para cumplir el ciclo evolutivo. Desde nuestra postulación, la defusión comienza cuando el olor del padre, traído por la piel de la madre, interfiere entre ellos. La triangularidad se establece desde lo olfativo, situación que resulta dolorosa en tanto el bebe pierde la ilusión de ser completo y fuente de completud. En el varón, por la defusión, se pierde el objeto de amor y la identificación e identidad femenina, pero se encuentra en el olor paterno la posibilidad de otra identificación. En la niña, condicionada por la diferencia de su propio olor con el olor paterno, éste le mueve a acercarse a él identificada con el deseo de la madre.

LA ETAPA NASAL

Desde que el bebé nace hasta que se conecta con la fuente alimenticia hay un tiempo de vida y vivencias no en­teramente descifrado todavía.

El bebé comienza a respirar en el último tramo del canal vaginal. Si las condiciones son las normales, quedarán depositados en sus fosas nasales restos de líquido amniótico y de excreciones que corresponden a la lubricación vaginal sin dificultar groseramente el pasaje del aire a sus pulmones.

La entrada y salida del aire por las fosas nasales pon­drán a éstas en función, incorporando a los registros del bebé una experiencia de novedad, hasta que su trabajo se haga mecánico y monocorde al ritmo vital. Mientras tanto, esta experiencia configurará el basamento de una zona erógena estimulada por el olor de la madre, exultante de aromas en la circunstancia del alumbramiento —uterinos, vaginales, de la piel— reforzada por el mantenimiento del contacto con ella en el reencuentro y a partir de allí, continuamente, cada vez que sus necesidades fisiológicas requieran de satisfacción en su ámbito. La mucosa pituitaria se convertirá en el punto de detección de los contactos con el ambiente y  por ende en fuente de placer.

Los primeros intercambios significativos para la vida afectiva del bebé se dan en ese mundo de olores reconocidos como exclusivos de su madre. Esa “madre olorosa” será el primer eslabón de conocimiento, la primera forma de incor­porar al mundo con un mínimo criterio de realidad. Si al momento de nacer se le brinda la oportunidad de que lo acerquen al cuerpo de su madre, el niño podrá tranquilizar­se, serenarse, organizarse. El placer de oler a la madre eleva a la mucosa olfativa a la categoría de zona erógena, poten­cializándose como tal, en la nutrición. Luego será por la erotización del olor del padre, como distinto y defusionante, con todas las implicancias conflictivas que esta experiencia ocasiona.

En las tradiciones literarias y psicosomáticas, el pneuma ha eclipsado al olfato; contribuye a este desacierto la consi­deración desplazada de este último a la etapa anal que en realidad llega mucho después. La identificación del aliento o hálito, con el alma, su doble significación de intercambio y vida anímica, las ideas de vida y muerte relativas a la oxi­genación y la asfixia, se han sumado para que la respiración aérea pareciese dominar lo fundamental del nacimiento y primeras adaptaciones al mundo externo. No cabe ninguna duda de toda esta trascendencia biológica y fantasmática. Su partici­pación en la vida afectiva será constante y a través de la fonación se adaptará y denunciará sus más sutiles estreme­cimientos. Su estudio justifica tratados.

Con todo, el olfato le precede adaptativamente; si bien estrechamente relacionado con ella como sentido químico es independiente y aunque en las primeras horas de vida la respiración constituye una función fundamental de sobrevi­vencia, es la olfación la que puebla en el psiquismo, un paso más allá de la necesidad, las imágenes elementales asociadas con el goce y el deseo.

Se ha señalado que los términos que utiliza Freud para designar las etapas del desarrollo psicosexual responden al concepto que define al yo como la proyección de una super­ficie. La denominación “etapa nasal” que hemos adoptado, obedece a connotaciones semejantes. Nasal, oral, anal, fáli­ca… genital. Otros desarrollos teóricos postularon niveles y puntos de fijación más “interiores” del yo corporal, como centros de organización yoica. Tal el caso de la etapa oral di­gestiva propuesta por A. Garma o la hepática, por L Chiozza y aún la fetal, de A. Rascovsky. La erogeneidad nasal, ocu­paría un lugar intermedio entre la superficial y profunda y podría haber sido designada más propiamente como bulbo ­olfatoria, olfatoria o pituitaria. Puede destacarse como zona erógena de la etapa nasal la mucosa olfativa. Aunque los orificios catectizados por su función —por sus características hiperémicas, excretoras, sensitivas— posibiliten renovadas sensaciones placenteras y displacenteras, y sus excretos —húmedos, mucosos, pegajosos, salobres— atraigan la atención del niño y aún del adulto entregado automáticamente a es­carbar en ellos; la referencia al apéndice nasal para designar esta etapa debiera diferenciarse de los simbolismos fálicos y vaginales que pesan sobre este órgano.

La definición de “zona erógena” implica la existencia de un “revestimiento cutáneo mucoso susceptible de ser asiento de una excitación de tipo sexual, y de un modo más especi­fico, ser funcionalmente el asiento de tal excitación”. La mucosa pituitaria junto al bulbo olfatorio, desde nuestra perspectiva, parecen predestinados como lo expresaba Freud, para tal función. Punto de elección para iniciar intercambios con el ambiente, a cuyos códigos se adosa la madre sensibi­lizada por las mismas estimulaciones. Los modernos textos de fisiología aportan descripciones que cubren con creces los requerimientos anátomo-funcionales de una zona erógena. Por lo pronto, su ubicación en porción especializada de la mucosa nasal, con sus células de sostén secretando moco que cons­tantemente tapizan sus finas microvellosidades en número de 10 a 20 millones de células receptoras. En cuanto a su sen­sibilidad, basta pensar que tales receptores no son otra cosa que neuronas, las más próximas al exterior del organismo entre todas las existentes en el sistema nervioso. En los bulbos olfatorios los axones de los receptores terminan entre las dendritas de las células mitrales para formar complejas sinapsis globulares llamadas glomérulos olfativos, donde convergen en promedio de 26.000 axones por glomérulo, cuyas sinapsis posteriores, a su vez, se conectan profusamente. Su inervación suma a las fibras aferentes de la neurona olfato­ria, entradas de otras partes del encéfalo a través de los nervios olfatorios con actividades de regulación e integración de las sensaciones, a través de mecanismos de facilitación e inhibición, y cuyo conocimiento profundo recién se va deve­lando. Conexiones rinencefálicas y límbicas nos dicen de su participación en la vida emocional e instintiva del individuo como de la formación de sus engramas mnésicos.

Los receptores olfatorios responden a las sustancias en contacto con el epitelio olfativo disueltas en la delgada capa del moco que la cubre, con umbrales inusitadamente bajos. Por ejemplo, para el metilmercaptano (sustancia caracterís­tica de olor del ajo) basta una concentración menor de una millonésima de miligramo por litro de aire. Remitimos una vez más al lector a los textos de fisiología especiales.

Al nacer el bebé es bañado y el pediatra y el neonatólogo realizan los exámenes de rutina para descartar la existencia de patologías. La madre recibe las primeras recomendaciones entre las cuales figura no bañarlo hasta que el nudo del cordón umbilical haya cicatrizado y se desprenda. Se le aconseja, además, no bañarse ella inmediatamente después del parto por el peligro de una descompensación que ocasione una lipotimia. Además, que las ropas del bebé sean lavadas con jabón neutro. A través de todos estos sucesos, madre y niño han sido sumergidos y vinculados en un aroma a sangre vaginal, sudor, hedor de líquido amniótico, calostro, leche de senos que difícilmente escapen a la sensibilidad olfativa. Se suman ropas de bebé con regurgitos, sábanas con vómitos del lactante, senos que desbordan leche y aún, mientras ama-manta, contracciones uterinas que predisponen a nuevas hemorragias: toda una burbuja de sensaciones olfativas que los ha impregnado, implica, fusiona.

Si es que trae el bebé almacenados en el bagaje filo-on­togenético olores, recibirá un abanico de otros nuevos que coincidan o contrasten con su dotación inconsciente en la experiencia diaria, rutinaria, permanente, que se instaura con el contacto materno que le brinda atención. Conceptualizamos por todo ello un primer momento en la etapa nasal que de­nominamos “pasiva”.

Desde que se instala el hambre hasta la aparición de la leche que lo sacie, se da un espacio en el tiempo donde el bebé recurrirá al primer aprendizaje que estableció con esa madre olorosa. En el aroma de sus senos repletos de leche, o aún de la cocina donde se prepara el biberón, hay una opor­tunidad de placer que modifica o aporta a la ansiedad de la espera. Podrá, a través del olfato, gozar y decodificar ese tiempo de preparación, antesala de la satisfacción que puede moderar el dolor del hambre. Como objeto de pulsión, el es­tímulo olfativo, procura ya una satisfacción relativa, que con la concreción de la gratificación, va integrando a la madre como objeto de amor. La experiencia olorosa con ella posibi­lita unir su mundo interno, desbordante de insatisfacciones y necesidades perentorias, con un mundo externo que le pide postergar momentáneamente la satisfacción inmediata pero que le da a su vez estímulos que él puede comprender y go­zar.

Así como M. Klein decía que el bebé alucina el pecho bueno que lo sacie, en contrapartida y al servicio del criterio de realidad, es decir, al servicio del Yo, el olor posibilita desalucinar al niño. El principio de realidad transforma la energía libre en energía ligada instaurando lo preconsciente; tal la función de la percepción olfativa en este caso. Tenga­mos en cuenta, además, que el olor está presente no sola­mente cuando el bebé tiene hambre sino también cuando está satisfecho. El olor proviene del mundo externo, de la fuente que lo calmará, de la madre, del entorno que trae la posibi­lidad de mitigar la ansiedad básica, presentándole un mundo más organizado y dispuesto para él.

En el interjuego de la alucinación del pecho y de la des-alucinación a través del olfato se van instalando las expe­riencias de vida del bebé y el objeto libidinal.

Cuando la madre recomienza a insertarse en los modos convencionales de la participación en la cultura, reemplazará jabones neutros por productos cosmetológicos, perfumes, cremas hu­mectantes, aceites contra la irritación, perfumes femeninos, antitranspirantes, apósitos mamarios, apósitos femeninos menstruales con des­odorantes, todo aquello que intima alguna manera para contrarrestar los feos hedores de los cuales está presa. Cumple así con la sociedad mitigando en parte su reintegro a ella con el orgulloso producto de su larga preñez. Con la caída del cordón umbilical se festeja el primer baño del bebé en el seno de la familia. El niño es sumergido en aguas tibias que remueven los restos del parto. El varón tiene secreciones particulares que se detectan al higienizar su pene; huele a hombre. La limpieza del prepucio desprende una pastosidad blanco-amarillenta cuyo olor semeja al esperma. En los labios vaginales de la niña también se desprende un olor sui gene­ris. Secreciones, excremento, orina, leche cortada, hacen un compendio del cuerpo pequeñito del bebé.

La etapa nasal pasiva ha estado desarrollándose desde los momentos previos al alumbramiento, en el canal del parto, y a posteriori a través de un período en que el niño depende más de los horarios de lactancia según los ritmos de sueño y des­pertar, que de la búsqueda activa del alimento. Los olores forman parte de su diario contacto con la madre cuyo aleja­miento es a unos pocos pasos del niño y a escasa distancia de su lecho.

La fusión, característica primordial de la primera etapa pasiva, era desde el comienzo plena, cerrada, capsular, envolvente, pe­netrante. Un círculo recurrente de espacio y tiempo. Una amalgama. Niño y madre fueron la misma persona, reeditando para el niño la fantasía del Nirvana intrauterino y siendo para la madre fuente magnética de posesión mutua. A muy pocas funciones y personas la madre catectiza como a su nuevo niño; posterga profesión, trabajo, quehaceres domésti­cos, marido, otros niños, para brindarle al recién nacido la máxima atención que requiera.

La fusión está imbricada con el olfato. Es a través de él que se constituye el vínculo. Aún para los adultos un sor­presivo aroma tiene el efecto de un knoc-out. Es descerebrante. Un algo que penetra por las fosas nasales y parece rodear al encéfalo extendiéndose entre este órgano y la con­cavidad del cráneo. De tremendo efecto ligador subsume toda la actividad mental bajo su influjo y deja improntas mnémi­cas. En el momento de oler se deja de pensar; sólo en un segundo momento la conciencia toma una actitud posicional. Mientras tanto lo único que existe es el abandono, la entrega total a lo que se aspira. Penetrado por ello el ser cede su identidad a lo que le llega. Posesión, entrega, unidad, todo al unísono; pérdida de límites.

Ser inhalado es la vivencia que trae aparejada la fusión.

La madre huele al niño para ver si ha defecado o si está sucio, huele la leche de los biberones para detectar su des­composición, huele la ropa del bebé para saber si puede o no vestirlo con ella, aproxima sus propias prendas al cuerpo del niño cuando lo recuesta en cama ajena. Un osito de peluche, una sabanita, una muñeca de tela o cualquier otro objeto que es propiedad del niño, lo es en la medida en que ha sido chupado, regurgitado, impregnado por los olores conjuntos de la diada antes que reconocido por la visión.

Este período de fusión mitiga angustias de muerte. El bebé está contenido por los efluvios olorosos que enmarcan el espacio de ambos. No son los brazos de la madre, ni el mero pasaje de la leche por su boca y aparato digestivo, es funda­mentalmente por el olor, el de todos los momentos, con hambre o sin él, con cólicos o durante su sereno dormir, in­alterable durante esas primeras semanas de vida.

Dicha fusión es necesaria y fundamental para la consti­tución de su estructura psíquica, aunque no in eternian.

Al mes, aproximadamente acaban las metrorragias post-parto y la episiotomía cicatriza. Es la época de “las can­delarias”. La madre pasa al bebé a otra habitación y coinci­dentemente reinicia la actividad sexual con su pareja. En­tonces el bebé empieza a incorporar el olor a coito que trae su madre en la piel, instaurándose a partir de ella y de su pro­pia genitalidad, el olor del padre.

Este nuevo olor es hito inaugural de la triangularidad, el niño transitará por ella una nueva “fase” de la etapa na­sal.

Con la entrada del olor del padre seguirá una  “etapa nasal activa”. La búsqueda del pezón será más intensa e intencio­nal. Desde la sensación displacentera del hambre hasta el reclamo a llantos hay un período de búsqueda. Puede estar en brazos del padre y en tanto la madre llegue explorar zo­nas en la piel de éste donde detectar el olor del alimento, rozará con su nariz las ropas y hasta chupará los antebrazos. Mientras, la madre prepara su seno y busca un lugar ade­cuado para explayarse con su bebé el tiempo que requiera el acto de amamantar. Al niño se le presentan sustitutos del pezón pero él no se prende. Otras veces, mediante movi­mientos de búsqueda prueba un chupete, lo reconoce y ju­guetea con él calmándose momentáneamente. El olor le per­mite anticipar la llegada de aquello que realmente satisface, ordenar el ímpetu pulsional. La dosis de frustración que elabora es la que desalucina con el dato externo que le aporta la comprobación de la posesión de lo que desea. Y eso es más que por la ejercitación de un reflejo en ausencia de la leche, allí es el olor el que marca la presencia.

Resumiendo: la etapa nasal se iniciaría ya en el canal del parto y se extendería aproximadamente hasta los tres meses, época en que la etapa oral se instala con plenitud. Com­prende una forma nasal pasiva y una activa separadas por una fase de triangularidad. La fusión es la característica primordial del comienzo, ligadora, capsular, penetrante. La inclusión del olor paterno inaugura la triangularidad, y a través de él el niño se ve obligado a rastrear activamente lo que estableció en el comienzo las primeras catexias libidina­les. Destaquemos que esta etapa imprime hondamente en el sujeto sus huellas. El imago clave del proceso es la re­presentación materna en su versión incestuosa. De todos los olores, la modalidad olfativa habrá seleccionado aquellos que la soporten. La evolución modificará la clave y sumará otros mandatos que se inscriben en la conflictiva edipiana. Mientras los adultos circunscriban sus placeres y repulsas en contextos olorosos, será porque la historia de la evolución olfativa, arrancando desde muy lejos, da sustento a estas modalidades. Aromatizando el cuerpo, vestimentas, ambien­tes, alimentos; codificando la comunicación o sacralizando el espacio propio; manifiéstase el estilo nasal que los impregna. 

Dr. Luis Carlos Delgado:

Especialista Jerarquizado en Psiquiatría y Psicología Médica (Médico Psiquiatra) (UBA)

Doctor en Psicología Clínica (UB) 

Especialista en Medicina Interna (AMA – SMI) 

Actualmente Profesor Titular de Biología y Neurofisiología del Comportamiento en la Facultad de Psicología de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y Profesor Titular de Psiquiatría Dinámica en la Licenciatura de Fonoaudiología de la Universidad del Salvador desde 1981. 

Libros publicados: «Medicina Psicosomática y Psicoterapia» Paidos, 1973; «Análisis Estructural del Dibujo Libre» Paidos, 1983 En colaboración: «La Etapa Nasal», Galerna, 1992; «Fonoaudilogía Psicodinámica», Editorial del Salvador, 2000.

Fuente: Dr. Luis Carlos Delgado y Lic. Graciela García