El telar mágico

Inicio » Autores y Reflexiones » El telar mágico

Autor: Robert Jastrow

Conocemos la existencia de los primeros mamíferos……podemos deducir que fueron animales pequeños y activos…….gestaban a sus crías en su interior. Sus ojos eran muy pequeños, sus largos hocicos implicaban un sentido del olfato muy desarrollado.

Ojos pequeños, nariz y oídos desarrollados, todo ello sugiere a un animal que vive de noche, olisqueando el mantillo de hojas del suelo boscoso. Los primeros mamíferos fueron probablemente nocturnos; merodeaban en la oscuridad, y durante el día permanecían ocultos. Eso explica como unos animales relativamente débiles e indefensos sobrevivieron durante el largo reinado de los dinosaurios.

Los cráneos de los primeros mamíferos revelan otro hecho importante. Esas pequeñas criaturas poseían cerebros relativamente grandes.  Estos pequeños mamíferos eran unos animales inteligentes, más inteligentes que cualquier otra criatura que hubiera evolucionado hasta entonces en nuestro planeta.

Pero el tamaño de un cerebro no es tan importante como la relación de su tamaño con el tamaño del cuerpo al que corresponde.  La razón de que el tamaño del cerebro por sí solo pueda inducir a confusión es que una parte del cerebro de todos los animales es utilizada para el control de su cuerpo.  Pero el cerebro de los pequeños mamíferos, grande en comparación con sus cuerpos, tenía materia gris disponible para el almacenamiento de recuerdos y para pensar, planear y dar respuestas flexibles a condiciones cambiantes. Los pequeños pero relativamente inteligentes mamíferos debieron poseer esos rasgos mentales en un grado mucho mayor que sus musculosos contemporáneos los dinosaurios.

El cerebro de una gran ballena es una enorme masa de materia gris, de aproximadamente 50 cm. de diámetro, que pesa unos 9 Kg. El poseedor de este gigantesco cerebro es un animal inteligente. Algunas ballenas poseen una notable capacidad de memoria; pueden memorizar el complejo canto característico de las ballenas, que dura varias horas, y repetirlo nota a nota un año más tarde.

Quizás esto parezca a primera vista un rompecabezas, puesto que los mamíferos primitivos y los dinosaurios brotaron ambos de la misma fuente reptil. La respuesta guarda probablemente relación con el estilo de vida nocturno de los mamíferos y con el hecho de que utilizaban más los sentidos del olfato y del oído para sobrevivir que el sentido de la vista.

Pero los mamíferos, obligados a un hábitat nocturno debido a la competencia de los reptiles, no podían guiarse por la visión en sus incursiones en medio de la oscuridad, sino que percibían el mundo a su alrededor a través de los olores y los sonidos. En esa circunstancia reside la semilla del nuevo desarrollo del cerebro de los mamíferos.

Olores y sonidos…Un olor, por ejemplo, no refleja el objeto en sí; tan sólo da un indicio de su presencia.

Memoria, planificación y una sabiduría nacida de la experiencia son factores críticos para la supervivencia en el incorpóreo mundo de los olores.  Los cerebros más grandes, con espacio disponible para los pensamientos, para el análisis de indicios sutiles, para almacenar recuerdos de experiencias pasadas y planificar acciones futuras, son esenciales para el animal que confía en los olores.

La vida en un mundo de olores plantea exigencias distintas al cerebro.  Un olor no contiene detalles; un olor es más vago, es tan sólo una mezcla determinada de moléculas que actúan sobre los receptores químicos de la nariz. [1]

¿Dónde se halla almacenada la riqueza informativa que conjura un olor? Desde luego no se halla en la molécula que penetra por la nariz; ya que una molécula no posee en su superficie la imagen grabada de una marisma, un tocón o una guardia. Una molécula es tan sólo una pequeña aglomeración de átomos, como carbono y oxígeno; no contiene ninguna clase de imagen. La imagen se halla en la memoria del animal, donde aguarda ser retraída a la vida cuando la nariz detecta un olor familiar; entonces surge de una forma mágica a la mente consciente. Un animal que dependa de la interpretación de los olores para la supervivencia necesita poseer un cerebro grande, con una memoria capaz de almacenar todas las experiencias de una vida entera, como un libro listo para ser abierto por cualquier página al conjuro de la nariz.

Cerebro grande, diseño corporal mejor adaptado, metabolismo de sangre caliente y cuidados paternos. Todos estos rasgos eran un gran avance para los primitivos mamíferos[2].  Los mamíferos nunca superaron a sus parientes supremos, los reptiles.

En los seres humanos, las sensaciones del olfato son las únicas señales que pasan directamente a la corteza cerebral. Todas las demás sensaciones pasan primero a un centro de recepción llamado tálamo, para una revisión preliminar. Esta circunstancia se remonta a los días en que la corteza cerebral estaba evolucionando a partir de los centros olfativos del cerebro de nuestros antepasados de los bosques. La conexión directa que vas desde la nariz del hombre a la corteza cerebral explica el hecho de que un aroma pueda evocar recuerdos extraordinariamente vívidos de acontecimientos pasados.

[1] Uno de los misterios del olfato es el hecho de que todas las células sensitivas a los olores, que se hallan localizadas en la nariz, son idénticas, y sin embargo envían mensajes distintos al cerebro como reacción a las diferentes clases de moléculas. ¿Cómo consiguen eso las células olfativas? Nadie lo sabe

[2] La sangre caliente y el tamaño del cerebro son dos factores que están conectados.

Autor: Robert Jastrow