El superyo cazador en la drogadicción por inhalantes

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La etapa nasal se inicia en el canal del parto y se extiende, interpenetrada con la oral, determinando tres fases: una nasal pasiva y otra activa separadas por una fase de triangularidad.  La fusión es la característica primordial del comienzo, ligadora, capsular, penetrante. La inclusión del olor paterno obliga al bebé a rastrear activamente aquel primer aroma que estableció las primigenias catexias libidinales.  La imago clave del proceso es la representación materna en su versión incestuosa. La evolución modifica la clave y suma otros mandatos que se inscriben en la conflictiva edipiana. Con todo, de todos los olores, la modalidad olfativa seleccionará aquellos que circunscriban sus necesidades, deseos y repulsas.  

Ver:

 La etapa nasal genaltruista,   julio 16 de 2001

Aporte teórico a la fisiopatología de la drogadicción por inhalantes«. genaltruista, julio 23 del 2001

El amor ciego” .genaltruista, agosto 27 del 2001

Narciso, el extasiado” genaltruista, noviembre del 2001 

Si el Superyo es el heredero del complejo de Edipo, en esta etapa nasal, donde la triangularidad acontece, puede preverse la existencia de sus esbozos o núcleos. La base de este Superyo que denominamos “catador” tendrá la particularidad que la etapa le confiera. Tales son aquí las instancias parentales que el infante introyecta a través de identificaciones olorosas impregnadas por vía de su conexión sensorial. Es a través del olfato como dichas asimilaciones irán instaurando los cimientos del Superyo. Las características olorosas maternas y paternas quedarán formando parte de la instancia censuradora en gestación.

Tanto en la niña como en el niño las identificaciones con el objeto amado se desarrollan a través de una doble circunstancia: la niña asume el olor femenino como identidad femenina y acepta el masculino como apetecible acceso a al heterosexualidad. El varón asumirá el olor masculino para la identidad masculina y aceptará el olor femenino para acceder al objeto heterosexual. Ambos, junto a la elaboración edipiana y la instalación del tabú del incesto. Se entiende como “asunción” el rendirse pleno a la condición olfativa del propio sexo, y  se entiende como “aceptación”, el acomodamiento a las características olfativas del objeto amado de distinto sexo. Pero en el Ideal del Yo no será cualquier olor el que configure lo asumido o lo aceptado sino los que representan la identidad sexual acorde a la identificación sexual lograda y característica de la cultura.

El trabajo del enólogo puede servir como modelo para una descripción del Superyo Catador. Las pulsiones inconscientes en relación con la realidad externa, que contiene la posibilidad de satisfacción a esos impulsos, será olida, olfateada, rastreada, husmeada, comparada con un ideal del yo formado por indicadores de un aroma perfectible. La nariz exquisita, en búsqueda de la satisfacción pulsional, obra como rector superyoico.

En la etapa nasal, la “realidad” padre-madre se incorpora no sólo con una modalidad olfativa sino que son los olores particulares los que se instalan en las huellas mnémicas del recién nacido conformando el Superyo Catador. Dichas huellas forman parte de la memoria de reconocimiento y evocación, constituyéndose en los carriles por donde discurren futuras asociaciones, derivando a secuencias conductoras de asimilación y acomodación yoica, la red asociativa de la vida afectiva, de la inteligencia emocional y la búsqueda de respuestas basadas en aquellas antiguas experiencias.

Resumiendo: las experiencias olfativas de la primera etapa de la vida se introyectan en relación dialéctica con la formación del Superyo, clivadas tanto en el ideal del yo como en la conciencia moral, cuanto más penetrante haya sido la fusión materna y angustiante la amenaza de abandono como consecuencia de la inclusión paterna u otras vicisitudes del desarrollo. Las consecuencias psicopatológicas de estas desventuras evolutivas inciden en la instancia superyoica, incrementando características persecutorias, al estilo de un sabueso rastreando su presa. Tendrá una función cazadora, olfateante, rastreadora, persistente, acorralante, tendiendo a subsumir bajo sus narices al yo. Prescribirá y proscribirá olores, remitirá a juicios de valor con respecto a un abanico de aromas codificados por la cultura. Tejerá una red que a manera de filtro permita sugerir aquello que se considera bouquet. Sus mandatos esenciales partirán de la prescripción de olores aceptables que serán enaltecidos y resultarán estimulantes o de otros indeseables que deben ser rechazados o tapados, pero en definitiva su acción fundamental será siempre oler, lo que tiene una importancia primordial para la comprensión de los cuadros patológicos que rige con su intemperancia.

Paranoia, melancolía, manía, perversiones: pueden ser reinterpretadas desde lo olfativo y  participación del Superyo Cazador. Nos toca en el presente artículo sumar estas hipótesis a la investigación de la  drogadicción por inhalantes.

Caracterizamos esta modalidad adictiva por estar fundada etiopatológicamente en el vínculo olfativo fusionante madre-hijo. Formulamos que el incremento de ansiedades a que lo expone la realidad, lo compulsa a la búsqueda de su ser que quedó atrapado en la fusión que caracteriza la etapa nasal.

Mientras que en la psicosis, es el mundo interno desequilibrado quien obstaculiza cualquier aproximación a la realidad, en la drogadicción la realidad se impone como insatisfactoria para un Ello que demanda satisfacción inmediata. Esta diferencia entre psicosis y drogadicción, nos permiten encontrar puntos de diferencia sustancial que nos ayudan a realizar un diagnóstico diferencial.

El olor de la madre se le presenta al drogadicto por inhalantes como aquella en cuyos brazos estuvo acurrucado con la esperanza de satisfacciones inmediatas, pronta a darle una acogida similar a las características del Nirvana intrauterino, período estabilizado de gratificación total. El soporte de lo nasal regresiona al sujeto a esa etapa evolutiva donde, desde lo olfativo, contaba con una cierta organización con la cual, ahora, sustituir su “falta de ser” ante la cual lo acucia la realidad. Pero esa madre es inalcanzable y sólo le concede, en lugar del Nirvana, el Limbo.  

“Vivir en el Limbo” es similar al vivir en los brazos de la madre adventora del olor que le permite saber que está guarnecido, protegido, amparado.

No olvidemos que cuando el drogadicto por inhalantes está drogado, toma física y psicológicamente todas las características propias y naturales de un recién nacido pero extremadas por la patología: tirado, en posición fetal, con sus brazos sin saber dónde ponerlos, evoca miradas perdidas, sonrisas y suspiros, comentarios inconexos en relación con el mundo interno poblado de fantasías e imágenes que tiende a seguir, perdido de toda posibilidad de responder muscularmente, se defeca u orina encima, tiene un hedor de días, con ropas sucias y malolientes, se lo encuentra tirado, en el piso, en la cama, con la escena montada de “necesitar a otro”… habla con ausentes, imposible establecer contacto directo con él, quien ayuda queda excluido de su personalidad para pasar a ser para el psiquismo del drogadicto otro que no sabemos quién es, se babea, se lo nota “satisfecho”, no quiere nada, ni ayuda, no pide ni demanda nada, no tiene deseo ni necesidades, está en otro mundo… en el Limbo.

Esta madre tan particular que internalizó el drogadicto es aquella que lo rapta, que le dice que no hay nada más después de ella… que deberá rastrearla pues se va, dejando estelas para que él pueda seguirla… olfatear un inalcanzable, una y otra vez, siguiendo esa estela que ha prendado su ser y raptado contra todo otro sentimiento.

(El limbos patrum para los justos antes del cristianismo y el limbos puerurum  para los niños fallecidos sin bautismo, constituyen el lugar en que se disfruta de una felicidad natural. La Biblia ubicó allí a los antiguos santos y patriarcas en espera de la redención del género humano, asimismo, a los justos que no han sido redimidos en la fe cristiana. Sin embargo la teología actual descarta su existencia)

Quien le dice que jamás podrá alcanzarla es la Ley del incesto, encarnada en la presencia del padre a través de su propio olor. El olor del padre determina la finalización de la relación madre-hijo en plena fusión. Es el olor al padre el portador del significado de culminación, de castración, de imposibilidad, de Ley. Respetarla condiciona el desarrollo evolutivo normal. Desafiarla es ingresar al mundo del incesto, de la culpa, de la castración literal del ser. Pasar a ser -en el regazo materno, en el deslizamiento a su vagina-  lo que ya no  puede ser.

El secuestro en brazos de la madre, que le sugiere las bondades del incesto, se torna una modalidad de desvincularse de la realidad cuando a la misma hora de satisfacerse se trata. Nada semejante a esa esencia lujuriosa que impacta, obnubila y enceguece. En contrasentido con la Ley del Padre  instaura el poderoso Superyo Cazador. Por él el sujeto re-elabora la realidad para amoldarla a sus deseos y se amolda y adecua para sentirse gratificado. El drogadicto queda entonces condenado a rastrear la merca, la pasta. Queda sometido a la incorporación inhaladora. Encarcelado en el recuerdo de la fusión envolvente, atrapante, sometido a los deseos del otro, procurando poner el cuerpo a disposición del suministro materno.

El sentimiento de seguridad deviene y metamorfosea la experiencia vital en un sentimiento oceánico de abandono y fusión en las redes del raptor. Ilusión utópica en la cual la levedad del ser produce efectos de inmortalidad. Sin embargo, el drogadicto debe pagar una suma importante para libertar a su ser raptado y no puede estar seguro que lo devuelvan con vida. Ese pago no es una adecuación al pedido de la realidad sino la entrega absoluta de su condición de identidad, por lo tanto no hay en verdad aprendizaje enriquecedor sino vivencia de muerte.

Sumergido en las contradicciones de esa situación, el Yo debe movilizarse con mecanismos de defensa, que son específicos en la drogadicción por inhalantes: el incipiente Yo retoma el olfato en su condición de organizador del psiquismo, se queda secuestrado en tanto la función le ofrece garantías de no estar muerto. Procura datos para establecer la seguridad óntica de que en el momento en que está oliendo, dispone de una cuota de tiempo extra hasta que la estela del olor se desvanezca. Cuando pasan los efectos colaterales se sumerge en la conexión inodora que le aporta ilusión de inmortalidad. Por mecanismos de introyección y proyección desestima, critica, ironiza la realidad, la cual a su vez, introyectada, hace lo mismo con su Yo. El Yo se encapsula imitando la situación de fusión, recreando el ceñimiento del Nirvana, reforzando su omnipotencia. Distorsiona la visión de un mundo que no lo alcanza, obnubilado hasta el punto de cegarse. La mentira se erige junto a los anteriores mecanismos de defensa.

La fragilidad del psiquismo del adicto, su ser débil y pueril, es el resultado de años de sometimiento a la instancia demoledora del Superyo Cazador, quien instala la versión materna en el Ideal el Yo y la versión paterna en la conciencia moral. Exigencias, que cual pareja de padres desencontrados, tironean del niño para resolver quien se lo apropia. En ese tironeo afectivo, el drogadicto por inhalantes busca conformar a ambos para sobrevivir, pero en ese intento se le va la vida por las sustancias que incorpora. El yo se presenta en consecuencia, inmaduro, hostil, con sus mecanismos regresivos, poco dúctil y maleable ante la realidad, y ésta misma, crasamente concreta, mediocre y sin vuelo para él, por la proyección de sentimientos destructivos que surgen como autorreproche por no ser el Yo Ideal capaz de rastrear y hallar su ser ante la intransigencia de las demandas. El Superyo Cazador le indica permanentemente la imposibilidad de su logro, imposibilidad que no siente puesta en las complejidades o dificultades de la realidad, sino en sus propias incapacidades personales.

Apuntalado quizá, en el mejor de los casos, en propuestas y proyectos que simula creer, en la encrucijada de Utopías regresivas y de realización. Negado a la satisfacción del incesto del cual vuelve cargado de culpa y destructividad. Frustrado en sus intentos de identificación con un desarrollo factible.

La encapsulación o enquistamiento de la burbuja olorosa, por cronificación inveterada, es su última fortaleza. Destruido señor de su feudo; Yo enquistado. Modalidad defensiva semejante a ciertos organismos que bajo amenazas externas tiene la capacidad de desarrollar una especie de capa protectora envolvente con la cual resisten, se resguardan y protegen de lo que los aniquilaría. El adicto no se muestra o lo hace autísticamente, elude acercamientos, cambia los códigos de la comunicación para que nadie lo aborde… estipula mecanismos para seguir viviendo su mundo interior, instintos y pulsiones; todo menos lo que el contexto le pide. Supónese entonces que fabrica una vida propia donde hace lo suyo, indiferente a la visión de los demás, para los cuales su proceder es impropio y nocivo.

     A partir de la detección del peligro exterior cede a la compulsión de volver una y otra vez, con muy pocos momentos de abstinencia, al estado de fusión de la etapa nasal en la cual continúa anclado. Es por la estimulación de la membrana pituitaria que se procura el placer que creyó perder al no superar la defusión, obligado a evolucionar psicoafectivamente con fallas radicales. Retornar a la fusión le aporta la ilusión de estar genial, ser único,  original, zafar del sistema, hacer la suya; ser creativo imaginando experiencias que otros no viven,  el que se atreve a cualquier cosa, al que ya no le importa vivir o morir.

Fuente: Luis Carlos H. Delgado y Graciela Verónica García



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