El mito de la semilla y el futuro argentino

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El desafiante optimismo de la expresión es bien conocido: «Usted, en la Argentina, tira en cualquier parte una semilla y los alimentos prácticamente brotan solos». Estamos todos unidos, desde los viejos criollos y los abuelos inmigrantes hasta los verborrágicos comunicadores de la televisión de hoy, en estas palabras que marcan nuestro orgullo y a la vez nuestra desazón y perplejidad frente a una realidad que desmiente sin miramientos las expectativas del pasado.

No hay quizás una metáfora mejor de un país que en realidad ya murió hace siete décadas, en la crisis del 30. Y es cierto: alguna vez fuimos una gran promesa en el concierto de las naciones: tierra fértil y próspera, a la vez granero y frigorífico del mundo, que abríamos nuestras fronteras a los ambiciosos y desesperados de todas partes, mientras nuestros millonarios y estancieros se codeaban con príncipes y derrochaban fortunas en Madrid, París o Niza.

El mito persiste y nos sofoca con su empecinamiento. Por un lado, está esa mano abierta que esparce la semilla, sin fijarse en cómo ni dónde, porque no es necesario, y allí mismo la recibe la tierra esponjosa y sabia que por sí sola la convertirá en cereales y frutos espléndidos. Pero el reverso de la medalla es desconcertante: la Argentina se obstina en no crecer, suma cada vez mayor desempleo y marginación, es poco competitiva en su sector externo y parece relegada a un papel de socio menor en el mercado regional.

Un lugar al sol
Las calificadoras de riesgo exhiben insensibilidad ante el poder germinativo de nuestras semillas y la feracidad de nuestro suelo. El mito convertido en quejumbrosa fuga de la realidad deriva, finalmente, en la incredulidad total.

Un elemental análisis semántico del mito despliega sus falacias. La ilusión agropecuaria es pura quimera, sobre todo si se basa en la facilidad y la casualidad. Nada hay de menos natural que ocupar un lugar relevante, o apenas digno, en el mundo global. Nada exige más trabajo, lucidez, proyectos comunes y audacia creadora. Nada depende menos de conjeturales destinos manifiestos.

La Argentina de la comodidad y las dádivas se ha terminado, y lo que de ella sobrevive nos ahoga con su insolencia. Por supuesto que hay reservas para construir un futuro, pero ese futuro exigirá muchos sacrificios y privaciones. Hay millones de argentinos que ya no pueden sacrificar nada ni privarse de lo que no tienen. Otros deberán hacerlo si les interesan el país y su propio destino, más expuesto de lo que ellos mismos creen.

El mundo global espera que la Argentina ocupe su lugar, a través de un proyecto propio y con la comprensión plena de sus límites y posibilidades. Pero no nos dará ninguna ayuda especial ni tendrá para nosotros la consideración que merecen los hijos pródigos. Hace mucho tiempo que no lo somos. Con liderazgos racionales, con el esfuerzo de nuestra gente, con convicción e inteligencia, quizá podamos resurgir desde el fondo de nuestro descreimiento, para que nunca más hagan falta los mitos de la facilidad, las semillas mágicas del país de Jauja.

Fuente: La Nación