Diario de viaje (III) Mi proyecto

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El famoso científico y divulgador Carl Sagan escribió en 1990 «vivimos en una sociedad exquisitamente dependiente de la ciencia y la tecnología en la que prácticamente nadie sabe nada sobre ciencia y tecnología. Es una receta para el desastre». Desde entonces, desgraciadamente, las cosas no han hecho más que empeorar.
La ciencia es cultura. Es una aventura maravillosa que no puede ser dejada solo en manos de los especialistas y es nuestra mejor herramienta, probablemente la única, para afrontar los problemas a los que se enfrenta la humanidad: cambio climático, escasez de energía y materias primas, catástrofes naturales, nuevas epidemias, sobrepoblación. Los niños son curiosos y les gusta investigar, son «científicos naturales» pero a lo largo de la educación les convencemos de que la ciencia es difícil, algo para una minoría, una actividad masculina hecha por hombres con largas barbas blancas y unas capacidades mentales extraordinarias: los genios. No es verdad. La ciencia es hecha por hombres y mujeres, de todos los colores y procedencias y no hacen falta condiciones excepcionales. La mayoría de los mejores científicos propondrían términos como esfuerzo, creatividad, constancia, ilusión o suerte para explicar el motivo de su éxito. Muchos jóvenes creen equivocadamente que la ciencia no es para ellos, que no pueden hacer una aportación valiosa, que no pueden construirse un futuro como científicos. La realidad es distinta: los científicos somos gente apasionada, muy diferentes unos de otros y donde distintos tipos de mentes, de sexos, de razas, de ambiciones son bienvenidas. Necesitamos nuevas generaciones de científicos, chicos y chicas que sientan que la ciencia sí puede ser su proyecto de vida.
Existe una percepción estereotipada de los científicos y hay numerosas evidencias de que esta imagen es persistente, llevamos décadas con ella, y está generalizada entre estudiantes de distinto curso, género, grupo racial y nación. David Wade Chambers desarrolló en 1983 la prueba Draw-A-Scientist Test (DAST). Se trata de una prueba proyectiva abierta para investigar las percepciones de los niños sobre las personas que se dedican a la ciencia. Siguiendo la sencilla instrucción «Dibuja a alguien haciendo ciencia», miles de niños de primaria en todos los continentes han realizado dibujos, que luego fueron analizados para analizar la presencia de siete indicadores estándar: bata de laboratorio, gafas, vello facial, símbolos de investigación (probetas, microscopios…), símbolos de conocimiento (libros, lapiceros..), productos de ciencia (tecnología) y otros motivos relevantes (señales de peligro, por ejemplo). La conclusión fue que los niños comienzan a desarrollar puntos de vista estereotipados de los científicos desde una edad muy temprana, con un número cada vez mayor de indicadores que aparecen a medida que avanza el currículum escolar. Se supone que los medios de comunicación, principalmente la televisión, contribuyen significativamente al refuerzo de la imagen estereotipada, pero en realidad no sabemos de dónde viene ni cómo cambiarlo.
El proyecto de investigación que realizo en la actualidad, que financia la International Youth Library de Múnich, la mejor biblioteca del mundo en literatura infantil y juvenil, con la colaboración del Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, es estudiar la imagen del científico en los libros de esta literatura. Quiero analizar si aparecen hombres y mujeres y también niños, si son personas mayores o jóvenes, si la imagen es la del científico loco, es neutra o, por el contrario, la persona que aparece haciendo ciencia está representada como un benefactor de la humanidad, quiero ver de qué objetos está acompañado, si la pseudociencia aparece mezclada con la ciencia, si el científico es un personaje que lo sabe todo o una persona con dudas, fracasos y sueños, si la ciencia es divertida o una actividad secreta y con humos; en resumen, averiguar si esa importante herramienta para conformar la imagen del mundo de nuestros niños, los libros y en particular los libros ilustrados, ayudan a evitar esa preocupación de Sagan sobre la disociación entre ciencia y sociedad.
No es un tema baladí. La escasa alfabetización científica entre el público general y la ausencia de un mínimo sentido común para distinguir charlatanes de investigadores está dañando a nuestra sociedad. La verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero, pero la equidistancia entre una persona con formación y que conoce el tema del que habla con un majadero que cree en energías milagrosas, homeopatías y chemtrails es, como poco, un error. El problema está a nuestro alrededor: niños que mueren por no ser vacunados o adultos que abandonan un tratamiento eficaz o se alejan de sus familias por sinvergüenzas que les dicen que sus familiares más cercanos, las personas que más les quieren, son los causantes del cáncer que sufren. Espero que, después de esta investigación, podamos concluir algunas pautas que ayuden a los profesores a elegir mejores libros para sus clases, que les anime a invitar a más científicos y científicas a sus aulas, que los escritores sientan lo mucho que comparten niños e investigadores y que consigamos, entre todos, que la ciencia sea vista como lo que es, nuestra aliada, nuestra herramienta de futuro, la mano amiga que nos sacó de la Edad Media y nos llevó a pisar la Luna, a inventar Internet, a entender la estructura del átomo, a erradicar la viruela. Por terminar también con Sagan él dijo «cada niño nace como un científico natural y luego sacamos la ciencia de ellos. Solo unos pocos se deslizan por el sistema manteniendo intactas la sensación de maravilla y el entusiasmo». Pensemos en ellos, en todos ellos.
Autor: José R. Alonso
Fuente: Diario de viaje