Biología de la Guerra – I

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La hipótesis del Plasma Germinal

Autor: Nicolai

Quinta parte, Capítulo XII “C”, pág. 468 a 474

Pues los modernos han sido penetrados todos, a pesar de que lo negase la mayoría, en el aspecto práctico por la creencia en la materia. La existencia de efectos dinámicos, entre los hombres bastaban todavía a Aristóteles, y que en realidad bastaban también para demostrar que una formación debe ser considerada como organismo, nos parece casi carente de importancia, y exigimos impetuosamente la prueba de una conexión corporal real. Pues todo lector tendrá en este momento la objeción burlesca en los labios; ¿cómo se puede comparar a la humanidad entera con un solo animal?. ¡Sin embargo, entre la punta de la nariz y la  punta de la cola existe una conexión corporal viviente!. ¿Pero qué conexión existe entre un europeo y un fueguino, incluso entre un padre y su hijo?.

Aunque no sería absolutamente exigible que se demuestre el puente de sustancia real entre esas personas,  pues bastaría el puente dinámico viviente, se mostrará en correspondencia con la exigencia materialista de la época que existe en realidad una “ligazón continuada, viviente y nunca muerta” entre todos los seres humanos de todos los tiempos y países, y que es también eficiente. En esto no hay que olvidar ciertamente que para el desenvolvimiento humano son más importantes las relaciones de las fuerzas más arriba investigadas; pues aunque naturalmente no podrían existir sin un fundamento real que permanece casi inmudo y haciendo diariamente más unitario y más importante el organismo de la humanidad a causa de esas relaciones.

Una total cohesión corporal se ha dado por la continuidad del plasma germinal. Ya en 1878había defendido Jäger ese pensamiento, lo mismo que dos años más tarde Nussbaum. Pero al reconocimiento general se llegó tan sólo por las amplias investigaciones de Weismann en las medusas de agua dulce. Hoy se concede a las teorías weismannianas tan completo reconocimiento que Delage y Goldsmith un “hecho bastante banal” a la “diferencia entre el soma y el plasma germinal, de los cuales el primero muere con el individuo, mientras que el último supervive en la descendencia, es decir, es inmortal y continuado”. Hipotéticas son sólo las conclusiones especiales que Weismann construye sobre ese hecho.

Esas conclusiones no nos interesan ahora, nos interesa el “hecho banal”.

Toda célula de huevo de la que después nace un animal o un hombre, se divide primeramente en dos partes, de las cuales la una crece rápidamente, forma el cuerpo total, muere con el cuerpo y desaparece con él, pero la otra parte de la célula no crece, sino que permanece plasma germinal viviente, se agrupa de otro modo y se transforma en células seminales o células de huevos. Estas se encuentran, pues, en cohesión continuada con la célula madre. Esta cohesión persiste cuando las células hijas han llegado a ser animales adultos. En ellos, o más exactamente en sus testículos u ovarios, supervive una parte de los padres, y esa parte pasa nuevamente de un modo continuado e inmutable a las células descendientes. Existe, pues, y no sólo figuradamente, sino realmente, una parte de abuelos, nietos, tataranietos, etc., de la misma sustancia viviente. Y como podemos continuar esa serie interminable, el árbol  genealógico unitario y cada vez más ramificado, constituye un organismo unitariamente cohesionado de plasmas germinales. De él crecen, lo mismo que las manzanas de un árbol, los seres humanos, como fragmentos de organismos, se separan, se convierten en individuos y mueren.

Pero el árbol de plasma germinal que da a los individuos forma y existencia, y por esos es la parte mas importante de la humanidad, vive eternamente como organismo unitario. Pero un fragmento de ese organismo unitario vive también en cada individuo, y con él pendemos permanentemente desde el punto de vista corporal de la generalidad. Se puede, es verdad, separar del cuerpo humano sin destruir enteramente la vida, pero lo que queda entonces del hombre lo muestran los tristes seres de los castrados y eunucos, y todos los demás experimentos evidencian claramente que todos los instintos vitales que hacen al hombre, están enlazados inseparablemente con ese resto de la generalidad que llevamos con nosotros. Ese trozo viviente en nosotros llega en nosotros a la validez, y si el egoísmorepresenta solamente la autoconciencia del cuerpo, el altruismo representa la autoconciencia del plasma germinal.  El “otro hombre” tiene, como vemos, un derecho representado en mí, pues un trozo de su sustancia viviente vive también en mí.

Fue una expresión llena de presentimiento la de calificar la muerte del egoísmo como muerte de la carne. Pues es la carne del cuerpo pasajero la que cae del árbol general de la humanidad. Pero lo que queda, y lo que hace posible a los hombres el amor, es decir, en el más amplio sentido de la moral, es el plasma germinal, o como dice el libro santo, el pneuma capaz de reproducción. Lutero ha traducido “el espíritu que hace vivientes” y ha establecido así un sentido puramente simbólico. Pero el concepto del pneuma es más amplio y no puede ser entendido sin su historia del desarrollo en la filosofía griega. No podemos detenernos en eso, pero Diógenes Laercio dice expresamente: “Lo que nos hace ser engendrados en común es el pneuma”, es decir, nuevamente en el sentido de lo que hoy se puede denominar como plasma germinal. Como hoy nos imaginábamos que la cantidad casi imperceptible de plasmas germinal influencia el cuerpo entero, se pensó en la antigüedad en el efecto misterioso del “espíritu santo”.

En Juan está: El pneuma es engendrador. La carne no puede hacer nada en eso. Es decir, también la Biblia ha tomado ese “concepto de la especie” de los estoicos y, lo que es más importante, lo ha utilizado en sentido moral. Ahora bien, es natural que ese pneuma no expresa nada ni en los griegos ni en la Biblia claramente de lo que hoy entendemos por plasma germinal. Y sin embargo, no deja de ser importante que ya intuitivamente vivía algo de esa sabiduría en la Biblia. Pues con el concepto de la muerte de la carne se ha hecho después mucho ruido. Se identificó la carne con sensualidad y con amor sensual (y pronto con amor general) y el pneuma con las cualidades anímicas “superiores”. Que esto no marcha se pone claramente de relieve en la primera epístola a los Corintios, 1543, donde justamente la psiquis es nombrada como oposición al pneuma. Aquí se habla de un cuerpo pneumático, que se conservamos el sentido conocido de lo pneumático en la antigüedad, que penetra real y materialmente el cuerpo de todos los hombres, es también aquí otra vez la figura exacta del plasma germinal.

El pneuma es, precisamente, algo que está por encima de la humanidad y resume: crea las relaciones entre los hombres, crea el amor entre el hombre y la mujer y entre el hombre y su prójimo. Crea vida eterna, y crea moral. La victoria del pneuma sobre el sarx es la victoria del plasma germinal sobre el plasma somático, es la victoria de la idea de humanidad sobre la conciencia individual, es la victoria del altruismo sobre el egoísmo.

En este sentido podemos y debemos creer todos en el pneuma hagión, en el espíritu santo.

La lucha por el desprecio medioevales contra el llamado “amor terrestre” es tanto peor cuanto que es justamente un medio auxiliar, y un medio auxiliar bien real, para realizar el amor celeste en tanto que se coopera a la perfección paulatina del organismo de la humanidad. Al respecto, hay que decir algo.

Se ha meditado a menudo porque la procreación es necesaria propiamente por un hombre y una mujer, y porque los hijos de los hombres no nacen simplemente de  su generador no sexual, como ocurre temporalmente al menos en los animales inferiores. Ese problema de las causas no nos interesa aquí, pero si el de las consecuencias.

Si un ser produce por generación no sexual (partenogénesis) seis nuevos seres, cada uno de ellos, como señala la experiencia, es un poco distinto, y si de esos seis hijos pensamos sacar nuevamente seis generaciones partogenésicamente, serán cada vez menos semejantes, pues siempre se heredará más innovación en cada generación, en que los otros no tendrán necesariamente parte alguna; en cambio, quedan estos bajo otras influencias. En una palabra, cada individuo es antecesor de una nueva generación.

Los organismos se vuelven cada vez más disgregados, y aún cuando en cierto momento una parentela consiguiese el dominio en el mundo (como ahora la humanidad), comienza desde el mismo día la  nueva escisión. Si la reproducción se hiciese sin mezcla sexual, tendríamos, en realidad, todavía la descendencia pecadora de Caín (o modificada de algún modo) y la descendencia buena de Abel; y aún cuando los hijos de Caín matasen a todos los hijos de Abel, la generación de Caín se escindiría de inmediato en diversas partes, que con el tiempo se habrían vuelto cada vez más desemejantes. Nuevamente sería necesario una lucha entre las diversas especies, en una palabra, la generación humana asexual tendría por consecuencia necesariamente una disgregación extrema y la guerra simultánea eterna de todos contra todos. Pues la masa hereditaria común sería en el curso del tiempo tan mínima que no podría ejercer ningún dominio.

Pero no es así; pues somos engendrados sexualmente. Si una pareja de padres tiene seis hijos, cada cual es ciertamente distinto, pero esas diversidades se nivelan siempre, porque los descendientes se unen entre sí, y la masa hereditaria que se diferencia no tiene, por tanto, nunca tiempo para ser palpablemente distinta de los otros.

El hecho del amor sexual y del contacto de los sexos es, pues, simultáneamente el medio auxiliar por el que se conserva la igualdad de especie de la masa germinal en una especie animal, en tanto que tiene ocasión para unirse sexualmente entre sí, pone siempre en relación, al mismo tiempo, al organismo entero de toda una raza, lo contiene, y en tanto que ese organismo total condiciona el altruismo, al amor terrestre es la madre del celeste, la sexualidad es la partera de la humanidad.

El fundamento de los conceptos aquí expuestos es ya relativamente conocido desde hace mucho. Ya en 1853 habla Rudolf Leuckart de que la reproducción sexual se contrapone a la degeneración (a lo que más arriba hemos nombrado la escisión de una raza). Bien expresamente dice, luego en 1859, C. Darwin que el cruce (en oposición a la reproducción sexual) juega en la naturaleza un gran papel, en tanto que conserva a los individuos de una especie o de una variedad puros y uniformes en su carácter. A él se adhirieron en lo esencial: Spencer (1894), Nägeli (1866), Hatsheck (1857), Hertwig (1893), Straussburger (1900) y Weismann (1902), que lo recargó inútilmente con sus teorías de las ideas y de las determinantes, mientras que otros, justamente, veían el sentido de la amphimixis en la formación de las variedades.

La significación descripta de la reproducción sexual la ha tratado detalladamente en primer lugar Janiki. Escribe en la página 784: El mundo, si puedo decirlo así, “no está descompuesto en una masa de fragmentos independientes, que luego tendrían que abrirse su propio camino en el mundo de la vida aislados siempre entre sí, siempre como partes del todo, en descendencia rectilínea, ramificada solo dicotomicamente, no, por la generación bisexual, amphimixia, se construye periódica, pero incesantemente en cada parte el cuadro de macrocosmo como un microcosmo, el macrocosmo se disuelve en mil microcosmos. Es como si la naturaleza por la introducción de la anphimixia hubiese concertado un compromiso entre la individualización y el estado hipotético de la panmixia. Los individuos deben ser lo más independientes que sea posible; deben poder moverse libre y autónomamente, etc., pero por otra parte, deben formar entre sí una continuidad material, deben, lo mismo que las plantitas de la fresa se ligan por medio de gajos, quedar en continua conexión. Una salida se ofrece sólo en la mezcla periódica de substancias germinales, con la cual la continuidad material exigida en cada individuo es trasladada, -por paradojal que pueda parecer al principio-, la continuidad existe sólo en un cuadro en miniatura, pero existe. Cada individuo se desarrolla simplemente en un sistema invisible de rizomas, que asocian las substancias germinales de incontables individualidades.

Eso significa negación de la individualización indispensable para fines vegetativos, y si consideramos un paramaecium bajo el microscopio, no sospecharíamos a la primera ojeada, como se oculta en él un fragmento de plasma viviente de una multiplicidad infinitamente complicada, un conjunto que está encadenado del modo más íntimo por hilos invisibles con las sumas de individuos que componen la especie y que viven dispersos o han vivido en las condiciones más diversas”. Y en la página 789: “Pero volvamos a la anfimixia, como en los unicelulares, también pluricelulares la anfimixia que se produce periódicamente es una necesidad fisiológica. En ambos casos se establece por ella para cada individuo una cohesión material en continua renovación con la suma de la vida que constituye la especie. En esta cohesión íntima con el todo se modifica periódicamente en correspondencia con el curso del tiempo la más simple monoplástida, sin experimentar nunca a pesar de la múltiple división, la muerte celular y por lo tanto la completa creación, fuera del crecimiento; el cuerpo, como una sustancia plástica sólo es transformado. En la misma cohesión con el conjunto, como en un plasma primitivo condensado, arraiga la vida de las polaplastidas. Pero la continuidad de la vida es asegurada  sólo por las substancias germinales. Las somas aparecen como una serie de curvas discontinuas que proceden de una curva continuada, de la de las substancias germinales que se suman. Los cuerpos han perdido su plasticidad y son retornados en la ontogénesis tras cada anfimixia.

Apenas habría que agregar algo a estas palabras, Janicki ha agotado realmente el problema y lo que importa es sacar de ahí las conclusiones para la acción moral de los hombres.

Biología de la Guerra

Mutación de los instintos de guerra

Quinta parte, Capítulo XII “C”, pág. 475 a 476

[…]Que es imaginable tal organismo colectivo lo prueba el hecho de la continuidad y de la inmortalidad del plasma germinal.

Una conexión idéntica existe también entre los hombres; y como los hombres, lo mismo que los demás animales, varían principalmente con aquel órgano que ha hecho en los últimos tiempos las más grandes modificaciones, es decir con el cerebro humano, la mayor parte de los ejemplos serán de dominio psíquico. Pero aquí la analogía es notable. Sin duda aparecen también en la humanidad de un modo relativamente repentino grandes transformaciones, según las cuales el alma humana aparece modificada radicalmente. Una ola de una nueva concepción del mundo procedente de la fuente obscura de nuestros movimientos mas secretos e íntimos, parece barrer de golpe todo lo viejo. El hecho mismo que hay épocas en que predomina el odio o el amor, el sentimiento religiosos o el escepticismo, esta firmemente sólido para todo historiador.

La prueba de que en ello se trata de algo análogo a las mutaciones observadas en los verbascos, no le veo tanto en el hecho mismo (pues se podría explicar también por sugestión colectiva, por el medio idéntico, etc.),  ni tampoco en el hecho ya mencionado de que grandes invenciones a menudo parecen  estar en la atmósfera y de repente son hechas en las partes mas diversas del mundo y con entera independencia unas de otras (pues también esto puede ser explicado diciendo que la humanidad solo hace las invenciones que necesita en el momento y que esa necesidad se hace sensible simultáneamente en diversos lugares a consecuencia de las condiciones análogas que existen por doquiera).- veo la prueba de ello mas bien en una circunstancia accesoria digna de atención. En todos los tiempos hay numerosos individuos con variaciones cerebrales que se pueden denominar, dado que expresan pensamientos anormales, según el capricho o la comprensión como locos o geniales. El que sean una cosa u otra, no sólo dependen de ellos mismos, sino también del porvenir o -más correctamente- de las mutaciones que están ya latentes en los millones de semejantes que por el momento parecen completamente normales.

El que expresa una opinión que se desvía de la opinión normal, es llamado primeramente loco; si después de cien años la mayoría de los hombres tienen la misma opinión, se la llama genio que se adelantó a su tiempo; pero si nadie comparte su opinión, el individuo correspondiente es definitivamente anormal. Lo mismo se podría describir lo que ocurre en los verbascos. Si en un plasma germinal existe ya latente una prolongación de las hojas, no tienen importancia los verbascos anormales con hojas demasiado cortas, demasiado gruesas o demasiado delgadas y están condenadas a una muerte próxima, pero los ejemplares de hojas largas del año actual son los anunciadores “geniales” de la futura modificación.

Así ocurre también a los hombres: Si no ha llegado la hora, si las variaciones del cerebro no existen latentes, toda profecía genial no vale nada. Pero si ha llegado la hora, la profecía es superflua y el motivo más insignificante basta. Huss no podía conseguir nada donde Lutero venció como en un juego. El Sócrates famoso en toda Grecia bebió pronto olvidado la copa de veneno, mientras que el Cristo crucificado, ese desconocido apasionado, del que no se sabe exactamente si ha vivido siquiera, ha dejado una religión de importancia universal.[…]