Algunas ideas psicoanalíticas acerca de la sexualidad

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Señala Strachey (1969) que Tres ensayos de teoría sexual fue, junto a La interpretación de los sueños, “…una de las más originales y trascendentes contribuciones de Freud al conocimiento de lo humano” Y agrega, refiriéndose a las ideas allí vertidas, que “…es difícil evaluar con precisión el impacto que causaron cuando se publicaron por primera vez”.
Como lo refiere el mismo Freud, (1908,1914) el contexto socio-cultural estaba determinado por el contraste entre una moral victoriana restrictiva, por un lado, y la realidad de los hechos sexuales, por el otro. Denunciar la hipocresía que rodeaba la temática sexual le trajo aparejado el disgusto de sus contemporáneos y el consiguiente ataque frontal a sus teorías.
Para Freud, las mayores resistencias al psicoanálisis parecían quedar asociadas a sus formulaciones sobre la sexualidad infantil y el hecho de que implicaban al mismo tiempo, la extensión del concepto de sexualidad.
Por otro lado, los reiterados e incesantes ataques a su teoría hizo que se viera precisado una y otra vez a centrar su interés en poner de manifiesto la mencionada hipocresía. En sus escritos, fue delineándose cierta tendencia en esa dirección, de modo  que responsabiliza a la “moral cultural sexual” de muchos de los males agobiantes de su tiempo y acentúa el carácter perjudicial de las restricciones de la sexualidad, enfatizando la necesidad de un sinceramiento y una liberación.
A partir de las postulaciones freudianas acerca de la sexualidad, fueron surgiendo voces que, en el campo psicoanalítico y en otros, propusieron la necesidad de “desreprimir” la sexualidad como condición para una realización plena del hombre. Pero estas voces, como consecuencia de un malentendido, llevaron las cosas muchas veces a un extremo no coincidente con el conjunto de lo que Freud pensaba, por lo que promovían la idea simplificadora de reconducir la pulsión sexual a las supuestas “condiciones naturales” de satisfacción.
Ante un equívoco semejante, Freud aclara que así como “…en el neurótico ha prevalecido el ascetismo, consecuencia de lo cual, justamente, la aspiración sexual sofocada se abre paso en los síntomas. Si ahora, por el contrario, procurásemos el triunfo de la sensualidad, la represión arrojada a un lado se substituiría por síntomas. Ninguna de ambas decisiones puede poner término al conflicto interior; en cualquier caso, una parte quedaría insatisfecha”. (Freud, 1916-17)
O sea que, la propuesta de un sinceramiento respecto a la sexualidad en ningún momento, quiso significar la proclamación de un liberalismo irrestricto, sino un modo de abordar, en un nivel diferente, el tratamiento y la manera de pensar los temas sexuales.
Para Freud el desarrollo del yo como el de la libido, son  una herencia que la humanidad toda ha recorrido desde sus épocas originarias. Desde una perspectiva biológica, concibe a la sexualidad como representante de la prehistoria de la especie y dice: “…no es más que un episodio dentro de una serie generaciones, un efímero apéndice de un plasma germinal dotado de virtual inmortalidad”. Es la única función del organismo vivo que por su enlace con la especie sobrepasa al individuo. (Freud, 1914)
De este modo reconoce que la sexualidad genital era el producto de un desarrollo precedente, que emerge de una condición primaria, como representante de una “prehistoria de la especie” y que solo más tarde, paulatinamente, se va integrando para ponerse al servicio de metas definitivas.
Tal descubrimiento fue la “piedra angular” (Strachey, 1969) que posibilitó la subsiguiente extensión del concepto mismo de sexualidad. La erogeneidad fue reconducida a sus fuentes últimas y genuinas, liberándosela de las ataduras que, sustentadas en prejuicios, la ligaban a una supuesta “emergencia adulta” de la sexualidad.
Es decir que, siguiendo la teoría planteada por Freud, un desarrollo óptimo de la sexualidad, debería poder darse paulatinamente a través de una adecuada interrelación de las etapas que corresponden a los distintos períodos de la vida. Las fases correspondientes a la pre-genitalidad y a la genitalidad deberían integrarse entre sí a la manera de una serie complementaria y al mismo tiempo ponerse en concordancia con el desarrollo del Yo.
Para Freud, si este proceso no se lograba, ocurría un mecanismo represivo que actuando sobre las diferentes fases, abría el camino hacia la enfermedad. Es así que los síntomas, pasaban a ser una expresión sustitutiva de la satisfacción sexual, es decir, el equivalente de la vida sexual reprimida y la represión, si bien comprometía a la sexualidad en su conjunto, tendía particularmente a mantener ocultos los aspectos pregenitales, es decir las fases sexuales que precedían a la genitalidad.
Las vicisitudes de la sexualidad y el desarrollo yoico
En un intento por poner en evidencia esos aspectos “prehistóricos reprimidos” de la sexualidad, Freud pone el énfasis, muchas veces, en la división entre las vicisitudes de la sexualidad, por un lado y las del yo por otro. Para ello aclara que el conflicto psíquico “…no puede confundirse con una lucha normal entre mociones del alma situadas en el mismo terreno psicológico. Es una disputa entre poderes de los cuales uno alcanzó el estadio de lo preconciente-conciente, mientras que el otro fue contenido en el estadio de lo inconciente. Por eso no puede lograrse acuerdo; los querellantes son tan incapaces de ello como el oso polar y la ballena en el famoso apólogo. Una decisión electiva solo puede producirse si los dos se encuentran en el mismo terreno. Pienso que la única tarea de la terapia consiste en posibilitar esto”. (Freud, 1916-17)
Freud alude en el párrafo citado a la idea de que para lograr un desarrollo óptimo debe haber una coincidencia de nivel entre las mociones pulsionales sexuales y el desarrollo yoico. Este equilibro, nunca es fácil,  la tarea de domeñar la sexualidad y entramarla con el desarrollo yoico “opera ora con exceso ora con defecto”. (Freud, 1916,17)
Es decir que las múltiples vertientes pregenitales no sólo deberían poder integrarse entre sí paulatinamente en las diferentes etapas de la vida, sino, al mismo tiempo, ponerse en concordancia con el desarrollo yoico. Si esto no acontece queda abierto el camino para que lo no integrado se manifieste en síntomas.
En El malestar en la cultura (Freud, 1930), refiere: “La vida sexual del hombre culto ha recibido grave daño, impresiona a veces como una función que se encontrara en proceso involutivo, de igual modo que lo parecen nuestros dientes y nuestros cabellos en su condición de órganos”.  
Acerca del ejercicio de la sexualidad en nuestros días
Hoy por hoy, en lo referente a la sexualidad, se presenta un panorama muy distinto que el que caracterizaba las épocas en que el psicoanálisis de originó. Manifiestamente, las expresiones de la vida sexual parecen haberse polarizado hacia el otro extremo, de modo que la sexualidad “liberada”, aparece promocionada y exaltada de múltiples maneras. Sobreabunda, por ejemplo, la publicidad del sexo y la liberación sexual es un estandarte de los tiempos, en tanto que las restricciones son los vestigios de un anacronismo del pasado. Nos hallamos frente a una situación que parece representar las antípodas del ascetismo de los pacientes de Freud.
La sexualidad promocionada se nos muestra muchas veces, como una función más cuyo ejercicio irrestricto es un valor en sí. En lugar de la moral sexual represora, aparece un mensaje social que sugiere que el solo ejercicio de la sexualidad independientemente de todo lo demás es un factor promotor de salud e índice de la misma.  Pero esta propuesta liberal del ejercicio de la sexualidad genital, es una falacia ya que mediante una simulación aparente, procura la satisfacción directa de mociones pregenitales.
De este modo, comprendemos que la genitalidad “publicitada” es, en realidad, la imagen vacía de una integración difícil de consumar o, si queremos, una “pseudo-genitalidad” y que está muy lejos de satisfacer una auténtico deseo sexual genital.
Por otro lado, la idea de una sexualidad infantil, tan repudiada en sus orígenes, es hoy –al menos intelectualmente- aceptada ampliamente; pero los niños, bajo su advocación, son expuestos a informaciones diversas e incentivados muchas veces a una precocidad estimada como logro.
Observamos que el consenso actual, parece promover la idea de que las satisfacciones son derechos, merecimientos en esencia inalienables, más allá de los procederes mediante los cuales se procuren. Se estima que deberían ser fáciles premios consustanciales de la vida, adquiridos sin concurso ni esfuerzo y cuya denegación supone de antemano una injusticia. O sea que se promueve la imagen de un mundo en el cual, supuestamente, las satisfacciones están allí, e impostergables, esperando que vayamos por ellas sin más trámite. Cualquier hecho que sugiera límite o restricción es adscripto a un anacronismo que, indefectiblemente, deberá rechazarse.
Pero el panorama manifiesto, en el que muchos sujetos imaginan un mundo de satisfacción irrestricta que le es debido, es una falacia que, mediante una simulación, procura la satisfacción directa de mociones pulsionales que, en un desarrollo genuino, deberían ser inevitablemente reconducidas, como lo exige la vida. De modo que, en líneas generales, el panorama parece ubicarse en las antípodas del que quedaba representado en el contexto freudiano originario.
Visto así, caemos en la cuenta de que nos hallamos ante una situación paradójica. A través de una promoción de la sexualidad .genitalmente figurada no se tiene en cuenta el curso evolutivo pregenital anticipatorio de la sexualidad que a modo de un “cortocircuito” queda reprimido y en cambio se nos presenta una sexualidad desinhibida que encubre “otra” sexualidad, “fundante”, que está escotomizada. Esta situación aparece exacerbada de tal modo que nos atreveríamos a decir que  muchas veces la vida sexual en sí misma, es un síntoma que expresa un déficit en los aspectos del desarrollo yoico.
De manera que, con nuevos ropajes, los dramas eternos, inexorablemente profundos, persisten. La liberación, que debió haber sido auspiciosa y que de hecho lo fue en muchos aspectos, no parece haber zanjado las múltiples dificultades del amor. Así, paradójicamente, junto a la “sobreabundancia del erotismo”, el amor escasea y al lado de las imágenes voluptuosas e incitadoras asoma la faz menesterosa de la falta de ternura en los vínculos.
Esta situación es temática recurrente en la clínica, manifestándose a través de un sufrimiento que se dibuja sobre el telón de fondo como la pérdida del sentido de la vida.
Podemos entender también que la vigencia de una tendencia erotomaníaca  tal como se presenta hoy día fenoménicamente, asume el carácter de una adicción, equivalente a las que se presentan en el campo de las toxicomanías y constituye en realidad un refuerzo represivo que se pone al servicio de un encubrimiento.
Por medio de  la descarga del ejercicio sexual, que simula “potencia” se pasa por alto el arduo y necesario desarrollo e integración del Yo en concordancia con la sexualidad. La propuesta “tentadora” procura, sin más, instaurar una ilusión, aquella que sugiere la posibilidad de obviar el desarrollo, pasar las etapas por alto, alcanzando las metas sin recorrer el camino.

Autor: Dra. Mirta Obstfeld