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Medicina
ECUACIÓN
de la SALUD
Autor: Dr.
Emilio Franchi Roussel
Monografía
presentada en la Maestría
de Psico-Inmuno-Neuro-Endocrinología,
de la Universidad Favaloro, por
el Dr. Emilio Franchi Roussel,
el 11 de marzo de 2004
MARGINAR – MARGINACION AFECTIVA
Utilizaré el término “marginar”
tal como lo define el Diccionario, con relación
a las personas, es decir: “dejar al margen
a una persona o cosa, preterirla, prescindir
o hacer caso omiso de ella”.
El verbo marginar o su sustantivo marginación,
en modo manifiesto o implícito, harán
referencia siempre al afecto emocional negativo
que provocan en el individuo marginado.
La persona frustrada en sus expectativas
de consideración y respeto, expuesto
a la indiferencia familiar o social, carente
de una necesaria y normal cuota de afecto,
en consecuencia padece en la condición
de “marginado” negativos sentimientos de
trivialidad, intrascendencia e insignificancia
que causan su penosa subestimación..
ORIGEN de la MARGINACION y su efecto,
el status de MARGINADO
Una
serie de conductas excluyentes afectan
a toda persona -
desde la concepción,
comienzo de la existencia - en su necesidad
de afecto, respeto y valoración,
en sucesivos momentos trascendentes de
su vida:
1º - En la Vida prenatal.
Por intermedio de la conexión placentaria
con su madre y a través de la sangre
la criatura recibe mensajes antagónicos,
de aceptación y rechazo, por los
neurotransmisores químicos maternos.
Consideremos el caso de los adrenérgicos
de alarma en particular, que así alteran
su sosiego. El bebino advierte esa alteración
como un repudio a su presencia, señal
que grabará en la memoria de su
“conciencia bebinal” como un primer registro
negativo, en una serie sucesiva, que paulatinamente
le otorgará la condición
y calidad de marginado.
La perturbación materna, motivo
de marginación para el bebino, puede
deberse a: fallecimiento de un ser querido,
infidelidad de su pareja, discusiones familiares,
despido laboral, intrusión de delincuentes
en el hogar, accidente en la ruta, depresión,
enfermedades, intervención quirúrgica
durante la gestación, etc.
En el episodio de marginación, la
criatura percibe y comparte el dolor y
la tensión materna, queda excluida
y sola, mientras su madre atemorizada,
colérica, afiebrada o deprimida
se mantiene atenta y vinculada solo a ella
misma o con otro.
En la vida prenatal, efectivamente aprendemos.
En condición de bebinos en crecimiento,
contamos con facultades para percibir y
aprender el gozo y el padecimiento durante
ese período de vida, iniciado en
la concepción. Además de
los momentos de marginación, por
contraste, existen otros en los que disfrutamos
del consumo y del bienestar como privilegiados
parásitos, contenidos e “incluidos”,
en ese continente especial e inolvidable,
como más adelante leeremos en las
palabras de Otto Frank..
El aprendizaje se confirma por la evocación
y recuerdo de percepciones y conocimientos
que certifican el registro y memoria de
la “conciencia bebinal”: durante los sueños;
en la práctica de la “respiración
holotrópica”; en la “posición
bebinal” contraída, flexionada y
autoprotectora, adoptada durante la tristeza,
la nostalgia, la enfermedad y en el padecimiento
de períodos críticos; en
los niños a los que “enseñaron”
idiomas extranjeros durante su gestación,
quienes más tarde en el jardín
de infantes supieron aprender esas lenguas
mejor y con rapidez, en comparación
con pares que no habían hecho esa
práctica prenatal.
Cuando la madre practica yoga o su deporte
favorito, hace el amor, estudia, canta,
baila, medita o aún, trabaja con
interés, en síntesis, realiza
muy motivada cualquier actividad placentera,
el bebino o la bebina, comparte un estado
hormonal de armonía y gozo, en particular
por la presencia de las endorfinas. Si
así ocurre, pensar o creer que su
hijo se sienta marginado, es inverosímil.
Quede claro que los episodios de marginación
pueden y suelen ocurrir, a menudo, a pesar
de la esmerada dedicación de su
madre, expuesta como todo ser humano a
los avatares cotidianos de su existencia.
Mucho más si el entorno coopera
o provoca su desasosiego y desequilibrio
emocional.
Recordemos que toda progenitora ha sufrido
vicisitudes emocionales en el vientre de
su propia madre muy semejantes a las vividas
por su propio descendiente.
2º - Al momento de nacer.
Las sucesivas y frecuentes contracciones
uterinas del último bimestre del
embarazo y durante el parto son experiencias
de estrujamiento y carencia de oxígeno
muy alarmantes para el bebino. Ha comenzado
el caos, el terremoto inexplicable, la
amenaza de asfixia, la primer angustia
y los dolores, la excitación sexual,
la rabia y la impotencia. Todo provocado
por esta nueva madre insospechada en la
“diosa” conocida, transformada en “bruja”
cruel, experta en aplastamientos, como
si arrepentida procurase destruir la vida
que otorgaba, grabando una marca indeleble
en la psiquis de su hijo, universal y perenne
como el ombligo.
Salir del claustro materno a la intemperie
involucra un importante cambio de condiciones.
Se trata de una caída en personas
y ámbitos extraños, amplios,
destemplados. Ahora predomina la falta
de contacto, la libertad de movimientos,
con nueva temperatura y humedad, la sorpresiva
fuerza de la gravedad, las luces y los
ruidos, el posible aislamiento, la soledad,
el llanto no asistido, etc..
Toda una serie de vivencias que también
son registradas. Por ejemplo, el unto sebáceo
que trae la criatura suele provocar a menudo
una salida brusca y una seria dificultad
al especialista para tomar con seguridad
al recién nacido. Recogido por el
cordón con presteza puede evitarse
el accidente pero a veces ocurre que el
niño caiga y soporte un golpe y
aún, una fractura. Deben ser mayoría
quienes han tenido sueños con riesgo
de porrazo o angustiosas caídas
verdaderas, muy frecuentes cuando niños
y asimismo, que suelen acompañar
situaciones críticas de cambios
en la adolescencia o adultez [mudanzas,
migraciones, despidos, desocupación,
quiebras, egresos de instituciones educativas,
etc.]
A pesar del alto índice de endorfinas
analgésicas, muy oportuno para soportar
la fuerte opresión dolorosa y también,
la extraordinaria cantidad de glóbulos
rojos (poliglobulia) indispensable para
tolerar la falta de oxígeno, a veces
absoluta, estas experiencias son registradas
y grabadas como emociones y amenazas terroríficas
para la existencia, señaladas como
“prototipo de la angustia” por Freud, descriptas
por Otto Frank, su colega, en “El Trauma
del Nacimiento” [p. 30]:
“Si
examinamos de cerca las circunstancias
en las que nace
la angustia infantil, se
comprueba que de hecho es el sentimiento
de angustia inherente al acto del nacimiento
el que continúa, siempre en suspenso,
manifestando su acción en el niño,
y toda circunstancia que, de alguna manera,
por lo general “simbólica”, “recuerda”
este acto, es utilizada para dar al sentimiento
en cuestión, jamás agotado
ni satisfecho, un medio de volver a actuar
y de expresarse [pavores nocturnos]. [...]
...así como la angustia del nacimiento
está en la base de todas las variedades
de angustia, todo placer tiende, en último
análisis, a la reproducción
del placer primitivo, en relación
con la vida intrauterina. Ya las funciones
libidinales normales del niño, tales
como la absorción de alimentos [acto
de mamar] y la expulsión de productos
de desasimilación, revelan la tendencia
a continuar, a prolongar tanto tiempo como
sea posible las libertades ilimitadas del
estado prenatal.
Al
instante de parir, la parturienta,
obediente a sus asistentes,
concentrada
en su cuerpo, sus dolores y su intento,
se retrae sobre sí misma, pero también
atenta a su hijo, lucha también
por su vida. Mientras, el niño por
nacer, atrapado e impotente ante las presiones
y el magro oxígeno, vive solo y
por sí mismo, muy alerta el proceso
y su primer desafío.
Como en todos los padecimientos que amplían
nuestra conciencia, podemos suponer que
el cambio hacia lo desconocido en el trabajo
de nacer, la urgente necesidad de comprender
para reaccionar con eficacia y superar
la amenaza, sumado al impulso embriogénico
que portamos, es posible que provoquen
un fuerte estimulo a la neurogénesis,
como ha de existir en toda crisis.
Si la mujer, que se convirtió en
madre y el bebino, que cambió a
recién nacido, ambos han inscripto
el recuerdo de su “solitaria” autoría
en la superación de dicho reto y
lo evocan ante cualquier crisis y desafío
vital posterior, podrán pensar,
según el monto de resiliencia alcanzado,
“si pude, puedo ahora y también
podré”, en todo nuevo instante de
prueba.
El ingreso a la intemperie, progresivo
en el parto natural, algo brusco en la
cesárea, genera otros impactos en
su sensibilidad. Al corte del cordón
umbilical, brota la falta del oxígeno
automático que recibía sin
esfuerzo y como en cierta medida ya vimos,
la temperatura es diferente, el aire no
tiene la humedad acostumbrada, el nuevo
espacio carece del ronroneo y ruido del
interior materno, surge la gravedad desconocida,
el contacto con extraños, la falta
de la proximidad protectora y conocida.
Este relato, próximo a un nacimiento
convencional, en los últimos años
ha sido humanizado y corregido para beneficio
de la salud de los co-protagonistas.
El nacimiento es la primer experiencia
emocional de mudanza espacial y ambiental
cuya zozobra, que ha fundado a mi juicio,
el prototipo de la resistencia a lo desconocido,
es archivada y mas tarde, es evocada desde
nuestra conciencia, como he señalado.
3º - En la primera infancia.
Otros episodios pueden causar sentimientos
de marginación, por ejemplo: una
lactancia, natural o artificial y el destete,
realizados sin compromiso emocional materno,
una alimentación deficiente, un
nuevo embarazo concebido antes de la edad
de 18 meses del niño y el prematuro
nacimiento de un hermanito, una madre enferma
o muy atareada, el padre ausente, progenitores
con graves desavenencias, un duelo familiar,
el ingreso precoz a un “jardín maternal”,
etc.
En su ámbito familiar, como ya vimos,
todo recién nacido debe “parecerse
a alguien” de la familia para dejar de
ser un forastero sospechoso, cuya originalidad
no es bien vista. Debería ser idéntico
o semejante a sus progenitores, sus abuelos,
a un hermano u otra persona desde el primer
instante de su vida. No puede ser él
mismo, original, diferente. Parece que
nadie puede ser quien es al instante de
nacer. Y en adelante..... acaso ¿puede
ser?. Ya veremos.
En su estadío de bebé es
común que toda criatura juegue,
vuelque y desparrame la comida que su madre
le brinda, como la vajilla en uso. Hay
madres pacientes, como ya vimos, que toleran
esa “iniciativa”, pero otras se oponen
y reprimen con energía esa espontaneidad.
Si la represión dejó su huella,
en adelante, es posible que el niño
coarte su libre expresión, se muestre
tímido y vacilante, como cachorro
apaleado. Su esencia, natural y peculiar,
queda prohibida y marginada.
4º - En la segunda infancia.
En este período nuestra conducta
natural, impulsiva o caprichosa y en oportunidades
muy inteligente y creativa, también
pueden ser motivo de recriminaciones y
penitencias, en especial cuando hacemos
comentarios veraces, como de ebrios o irracionales,
o por curiosidad, preguntas problemáticas.
Tanto en nuestra familia como en el jardín
de infantes o en la escuela primaria.
La educación de nuestra matriz cultural
cumple su tarea, como vimos, su propósito
de socialización. Ella nos informa,
forma, uniforma y muy a menudo, deforma
nuestra peculiar naturalidad. A mayor devoción
y obediencia a progenitores y maestros,
al culto de los conocimientos tradicionales,
a la erudición en creencias y dogmas,
leyendas y mitos folklóricos, más
frecuentes los premios, familiares y escolares.
Toda expresión de disenso y originalidad
es motivo de problemas y riesgos con las
autoridades. Aún con los compañeros,
quienes a su vez, los más fieles
y devotos del sistema, ejercen la función
de agentes represores, como representantes
de la tradición y el sistema. Es
común entonces que un par sea aislado,
para recibir burlas e insultos. Los miembros
marginadores del grupo trasladan y descargan
sus atributos negativos, debilidades y
errores, en el boicoteado, convertido ahora
en chivo expiatorio y recipiente de todo
lo despreciable y censurado.
Esta es la maniobra social tempranamente
aprendida desde los mayores, quienes a
su vez la aprendieron y padecieron con
los propios. Cuando algo se rompe o no
se encuentra, no funciona o no rinde lo
esperado, cuando existen disconformidad
y quejas, es automático, desde quienes
tienen el poder, la búsqueda y elección
inmediata de un “culpable”, a menudo entre
indefensos e inocentes. Ubicado el supuesto
autor, con su censura o castigo suele darse
por concluido el conflicto, para alivio
de quienes le han juzgado.
Así funcionan a diario la ignorancia
de la responsabilidad, la negación
de la corresponsabilidad, los rumores y
la difamación, el “chivateo”, el
riesgo de expulsión, el exilio o
el linchamiento y la frecuente reiteración
de errores, fracasos y gravosas pérdidas
por irresolución de los problemas
verdaderos. Se cambian los funcionarios
y no se investigan ni modifican las causas.
“Busco soluciones, no culpables”, supo
decir Henry Ford.
5º - En la adolescencia.
Las injusticias padecidas en la infancia,
encuentran oportunidad de reacción
y protesta durante la adolescencia. Es
común que el reclamo, ingenioso
y pacífico o cruel y violento, se
realice fuera de la familia de origen y
se protagonice en escuelas, facultades,
en las relaciones de pareja, en los estadios.
Es un período de rutinaria rebeldía
social, con nulo o siniestro resultado
en regímenes totalitarios y relativo
rendimiento en otros. Entre los episodios
conocidos podemos incluir el mayo francés
de 1968, la masacre estudiantil de Tien
An Men, en China, en junio de 1989 y entre
nosotros, la “noche de los lápices”,
el 16 de septiembre de 1976. Este tradicional
desencuentro social, de reciproca realimentación
entre las partes y a menudo sin cambios,
permite el esquema siguiente:
Estado
opresivo > Sumisión
Protestas > Represión
Rebeldía > huelgas,
acciones subversivas, saqueos > Estado
opresivo > ....
se repite
6º - Edad adulta temprana.
Los adultos que han establecido la relación
de pareja y la familia, presionados en
su mayoría por la conservación
imprescindible de su trabajo y las necesidades
económicas, se encuentran obligados
a reprimir sus pasiones e ideales juveniles,
a resignarse y a “incluirse en la adaptación”
convencional. Pero el íntimo malestar
persiste y espera.
La
sensibilidad del niño relacionada
a los mensajes de afecto, de rechazo o
indiferencia recibidos, dan diversa forma,
trascendencia y magnitud a la estructura
y susceptibilidad del marginado.
Ante la disconformidad del entorno que
la criatura percibe, se siente entonces
culpable de ser quien y como es. En particular
cuando era esperado un hijo del otro sexo,
con otro color de piel, ojos y cabello,
con otra actitud y conducta natural.
Estas comparaciones entre el hijo esperado
y el hijo obtenido son un hábito
en el medio familiar. El contraste y la
competencia de la criatura suele hacerse
con el del sexo deseado, con un hermano,
un primo o un niño vecino. En oportunidades
con un hijo fallecido, que recibe culto
y devoción en un duelo perpetuo
de los padres, ante el cual el niño
no puede lograr superación alguna.
Desde su status de bebé, luego de
infante, el niño da curso espontáneo
a su manera de ser, al comer, hablar, caminar,
saltar, pedir, cantar, gritar, reír,
llorar, dormir, etc. Y con demasiada frecuencia
encuentra que su naturalidad no es admitida.
La madre y su entorno lo moldea. Debe comportarse
de acuerdo a un modelo de ser y tipo de
conducta ajena a su peculiar esencia.
Como a sus padres, a quienes también
les sucedió cuando eran niños,
toda criatura recibe, aprende e incorpora
la educación y aprehende la socialización,
típicas de su cultura ambiente.
Ambas, en forma progresiva, cumplen un
proceso de alteración, absoluta
o relativa, hasta el posible rechazo y
encierro de su ser auténtico. Con
diversas diferencias de magnitud y efectos,
esto constituye el proceso de alienación
de la persona, a la que se forma, informa,
uniforma y deforma.
Más adelante definiré con
mayor amplitud el tema de la alienación.
Por ahora admitamos que se trata de una
acción ambiental que altera la idiosincrasia
del niño.
En oportunidades, uno de los progenitores
actúa como represor, quien dificulta
o impide el natural modo de ser, mientras
el otro, estimula y habilita. En este caso
la criatura avanza con su peculiaridad,
pero con cierto sentimiento de culpa por
desilusionar al mayor que esperaba otra
conducta, otro modo de ser.
La criatura perseverante y respetuosa de
sí misma, insistirá en mostrar
sus inclinaciones, sus talentos y deseos.
Ensaya y juega a convertirse en un tipo
de persona con estilo propio en dirección
a un desempeño determinado, según
su genuina elección.
La resistencia y oposición familiar
frecuente, que espera o impone el abandono
de su tendencia, aún en el medio
escolar, además de culpa, provoca
también confusión, irritabilidad,
miedo, desconfianza, desánimo, protestas,
pérdida de estima y confianza personal,
trastornos de alimentación, problemas
para dormir, etc..
Un jugador no podrá ejercer su destreza
en el campo de juego, ni logrará goles
y puntos para su equipo, si no encuentra
estímulo, permisividad y libertad
de conducta al momento del match, desde
su director técnico, sus compañeros
y admiradores. Lo mismo ocurre en la vida
de un ser humano en crecimiento si sus
progenitores, hermanos y amigos, el entorno
escolar y social no ejercen la función
de padrinazgo –positivo-estimulante- de
sus talentos y habilidades naturales.
Más tarde el efecto negativo se
repite cuando el ciudadano no puede obtener
el crédito indispensable y una financiación,
de cumplimiento posible, para el desarrollo
de su educación, o de su oficio
o especialidad. Esta carencia puede ser
la realidad que le obligue a abandonar
sus propósitos y a cumplir desempeños
ajenos a su persona. Cuando así ocurre,
la neurosis o el padecimiento de crónicos
achaques y enfermedades, pueden afectar
la vida del individuo. Simultáneamente,
su ausentismo laboral y los gastos de asistencia
hospitalaria causan un perjuicio social,
que podría y puede evitarse.
Para comprender cabalmente el concepto
de marginación, creo indispensable
describir el estado de inclusión,
o bien, el origen que le otorga fundamento.
La inclusión, que tiene determinación
física y emocional, es la realidad
que influye, por supuesto con alto carácter
positivo en la vida de una persona.
Los ámbitos y afectos con carácter
de inclusión tienen su origen desde
el inicio de la vida del ser humano, al
ser concebido. En este sentido podemos
nombrar: el claustro y el pecho materno,
sus padres, la familia, su casa, el patio
o el jardín, el barrio, la villa,
el pueblo, la ciudad, el país, la
escuela, otras instituciones educativas,
su nacionalidad y cultura, su religión,
los amigos, su pareja, su cónyuge,
su estudio, su oficina o su estudio, su
taller, etc.
Mientras el individuo vive en el entorno
de inclusión, sea que lo goce o
lo sufra, no advierte la magnitud del apego
que siente hacia el mismo. Algunos por
cierto, declaran la imposibilidad de cambiar
su estancia, de llegar a alejarse o perderle.
Sin embargo, al aparecer la amenaza o la
realidad de su pérdida es cuando
brota con toda elocuencia el compromiso
afectivo sentido y dedicado a dicho contexto.
Todo cambio de dicho ámbito y el
compromiso emocional sentido, es vivenciado
como un desprendimiento, en algunos desgarrador,
que puede impedir o facilitar un renacimiento,
doloroso y amenazador, como fue la pérdida
del seno materno al nacer.
Esta mudanza del ámbito de inclusión
y de la condición de incluido, es
vivido como un cambio de riesgo, que origina
sentimientos depresivos de pérdida,
de ataque a la armonía y a la integridad
psicofísica. El desprendimiento
es prejuzgado como peligroso por encaminarse
hacia lo desconocido, al estado de marginación
doloroso, a la angustia por la carencia
de conocimientos o por simultáneas
suposiciones negativas relacionadas con
lo nuevo y diferente que será necesario
dominar en soledad.
Según las circunstancias esa mudanza
y pérdida pueden vivirse como despido,
rechazo y castigo, exilio y exclusión
social definitiva de la familia, del trabajo,
del círculo de amistades. Por supuesto,
esto puede significar una amenaza, leve
o grave, para la salud y la cordura.
El pasaje del estado conocido de inclusión
hacia el de marginación puede generar
el mismo miedo que padece quien transita
por lugares desconocidos, en la oscuridad,
en túneles o desfiladeros, en puentes
colgantes inseguros, en transportes inestables,
en caídas, etc., cuyas imágenes
suelen aparecer en sueños concomitantes.
El pesar puede ser mayor cuando el marginado,
en su aislamiento, percibe y envidia a
otros que permanecen incluidos y seguros.
El famoso “complejo de Edipo”, asociado
a los celos, es una experiencia de exclusión
irritante y dolorosa, por contemplar a
otro que disfruta de la contención
y afecto que el excluido carece.
El incluido
es el privilegiado que disfruta el cariño
de su fuente de afecto, su ámbito
de inclusión, que al otorgarle atención,
calor y reconocimiento graba valoración
y estima en su persona.
El conflicto edípico tradicionalmente
ha sido asociado a la competencia y a la
privación sexual. Sin embargo mientras
el ser humano puede tolerar la carencia
de satisfacciones sexuales ilusionadas,
con su progenitor de sexo opuesto o las
compartidas con su pareja, cuando padece
la soledad del marginado, privado de la
compañía, del afecto y la
valoración que el semejante añorado
puede brindarle, suele derrumbarse en la
depresión, en la desesperanza y
aún, en el abandono personal definitivo,
como suele ocurrir tras el fallecimiento
de la pareja.
Lo descripto, sumado a factores de vulnerabilidad
que debilitan, permiten explicar y comprender
un estilo de vida de “adicción-consumo-dependencia”,
que ciertos individuos eligen y conservan
cuando aparece el desafío del desprendimiento
hacia la autonomía. Exponentes de
la “filio-filia” ya mencionada, procuran
continuar con los roles de dependencia
segura.
Ignorando los recursos, los talentos personales
y las oportunidades que se presentan en
el curso de la vida, estas personas justifican
sus hábitos rígidos de opaca
existencia, mientras benefician a sus dirigentes,
con quienes mantienen la adicción
y reciproca dependencia, comprometidos
en conservador el statu-quo, donde al cultivar
el subdesarrollo se bloquean las innovaciones,
la evolución, el crecimiento y progreso.
Esta monotonía que provoca la pérdida
de motivación cotidiana y la falta
de emprendimientos autónomos, origina
desánimo, aburrimiento, desgano,
noluntad, pérdida de energías
e incremento de vulnerabilidad y también,
el culto de las adicciones comunes [tabaco,
bebidas, drogas, medicamentos, juego, etc.]
las somatizaciones, las enfermedades crónicas.
Importa considerar aquí otros ciertos
factores vinculados a la marginación.
Por ejemplo:
- El lugar del nacimiento.
Es decir, el país nativo, su cultura,
el nivel económico y su desarrollo,
su producto bruto interno, la ubicación
geográfica, la zona (ciudad o campo,
valle, montaña, región lacustre,
etc.), la clase social donde el ciudadano
ha nacido, su nivel de educación,
etc..
- Su residencia permanente.
- La calidad de inmigrante, muy variable
según sus condiciones: si se encuentra
documentado, si ha llegado con trabajo
asegurado, si tiene residencia, si adquirió la
nacionalidad de su nuevo país, si
existen otras personas de su nacionalidad
agrupadas, la edad en que abandonó su
familia y país de origen, si ha
llegado solo o bien, si reside con otros
familiares ya radicados, etc.
Nuestro país ha recibido inmigrantes
de diversas nacionalidades, muchas veces
jóvenes, sin patrimonio ni trabajo.
Españoles, italianos, ingleses,
franceses, alemanes, uruguayos, chilenos,
irlandeses, paraguayos, bolivianos, japoneses,
polacos, y algunos menos de otros orígenes.
El inmigrante, que ha tenido que abandonar
su familia, su tierra, su cultura, con
seguridad es una persona que ha sufrido
o aún padece, sentimientos de marginación
de diversa magnitud que, por supuesto,
cooperan con su vulnerabilidad .
Desde el enfoque histórico demográfico
creo que la población argentina
se constituyó por la relativa integración
entre los aborígenes perseguidos,
los criollos nativos, muchos de ellos mestizos
y los extranjeros inmigrantes.
Este proceso denominado “crisol de razas”,
como si hubiese logrado la “alquimia cohesiva”
de los diversos pueblos, aun desconoce
las fuerzas antagónicas de desintegración,
perennes y actuales, que originó el
reclamo de José Hernández
dicho por su héroe y siempre repetido
pero ignorado:
“Los
hermanos sean unidos, porque esa es
la ley primera;
tengan unión
verdadera en cualquier tiempo que sea,
porque, si entre ellos pelean, los devoran
los de ajuera.”
Esta
peculiar población de nativos
e inmigrantes, a mi entender, ha dado lugar
a la rivalidad entre individuos “marginados”,
impregnados por sentimientos de culpa y
marginación, a merced y beneficio
de las potencias extranjeras, de los caudillos
regionales, de la legislación clasista
y de la “viveza criolla” generada entre
ellos, alimentando la vulnerabilidad en
perjuicio de la resiliencia, la salud y
el progreso, potenciales y posibles.
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