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      “La  Humanidad  tiene  razones  que  la  Razón  del  Hombre  ignora”    

Notas

Medicina

ECUACIÓN de la SALUD 
Autor: Dr. Emilio Franchi Roussel


Monografía presentada en la Maestría de Psico-Inmuno-Neuro-Endocrinología, de la Universidad Favaloro, por el Dr. Emilio Franchi Roussel, el 11 de marzo de 2004




MARGINAR – MARGINACION AFECTIVA

Utilizaré el término “marginar” tal como lo define el Diccionario, con relación a las personas, es decir: “dejar al margen a una persona o cosa, preterirla, prescindir o hacer caso omiso de ella”.
El verbo marginar o su sustantivo marginación, en modo manifiesto o implícito, harán referencia siempre al afecto emocional negativo que provocan en el individuo marginado.
La persona frustrada en sus expectativas de consideración y respeto, expuesto a la indiferencia familiar o social, carente de una necesaria y normal cuota de afecto, en consecuencia padece en la condición de “marginado” negativos sentimientos de trivialidad, intrascendencia e insignificancia que causan su penosa subestimación..
 

ORIGEN de la MARGINACION y su efecto, el status de MARGINADO

Una serie de conductas excluyentes afectan a toda persona - desde la concepción, comienzo de la existencia - en su necesidad de afecto, respeto y valoración, en sucesivos momentos trascendentes de su vida:

1º - En la Vida prenatal.
Por intermedio de la conexión placentaria con su madre y a través de la sangre la criatura recibe mensajes antagónicos, de aceptación y rechazo, por los neurotransmisores químicos maternos. Consideremos el caso de los adrenérgicos de alarma en particular, que así alteran su sosiego. El bebino advierte esa alteración como un repudio a su presencia, señal que grabará en la memoria de su “conciencia bebinal” como un primer registro negativo, en una serie sucesiva, que paulatinamente le otorgará la condición y calidad de marginado.
La perturbación materna, motivo de marginación para el bebino, puede deberse a: fallecimiento de un ser querido, infidelidad de su pareja, discusiones familiares, despido laboral, intrusión de delincuentes en el hogar, accidente en la ruta, depresión, enfermedades, intervención quirúrgica durante la gestación, etc.

En el episodio de marginación, la criatura percibe y comparte el dolor y la tensión materna, queda excluida y sola, mientras su madre atemorizada, colérica, afiebrada o deprimida se mantiene atenta y vinculada solo a ella misma o con otro.
En la vida prenatal, efectivamente aprendemos. En condición de bebinos en crecimiento, contamos con facultades para percibir y aprender el gozo y el padecimiento durante ese período de vida, iniciado en la concepción. Además de los momentos de marginación, por contraste, existen otros en los que disfrutamos del consumo y del bienestar como privilegiados parásitos, contenidos e “incluidos”, en ese continente especial e inolvidable, como más adelante leeremos en las palabras de Otto Frank..

El aprendizaje se confirma por la evocación y recuerdo de percepciones y conocimientos que certifican el registro y memoria de la “conciencia bebinal”: durante los sueños; en la práctica de la “respiración holotrópica”; en la “posición bebinal” contraída, flexionada y autoprotectora, adoptada durante la tristeza, la nostalgia, la enfermedad y en el padecimiento de períodos críticos; en los niños a los que “enseñaron” idiomas extranjeros durante su gestación, quienes más tarde en el jardín de infantes supieron aprender esas lenguas mejor y con rapidez, en comparación con pares que no habían hecho esa práctica prenatal.
Cuando la madre practica yoga o su deporte favorito, hace el amor, estudia, canta, baila, medita o aún, trabaja con interés, en síntesis, realiza muy motivada cualquier actividad placentera, el bebino o la bebina, comparte un estado hormonal de armonía y gozo, en particular por la presencia de las endorfinas. Si así ocurre, pensar o creer que su hijo se sienta marginado, es inverosímil.

Quede claro que los episodios de marginación pueden y suelen ocurrir, a menudo, a pesar de la esmerada dedicación de su madre, expuesta como todo ser humano a los avatares cotidianos de su existencia. Mucho más si el entorno coopera o provoca su desasosiego y desequilibrio emocional.

Recordemos que toda progenitora ha sufrido vicisitudes emocionales en el vientre de su propia madre muy semejantes a las vividas por su propio descendiente.

2º - Al momento de nacer.
Las sucesivas y frecuentes contracciones uterinas del último bimestre del embarazo y durante el parto son experiencias de estrujamiento y carencia de oxígeno muy alarmantes para el bebino. Ha comenzado el caos, el terremoto inexplicable, la amenaza de asfixia, la primer angustia y los dolores, la excitación sexual, la rabia y la impotencia. Todo provocado por esta nueva madre insospechada en la “diosa” conocida, transformada en “bruja” cruel, experta en aplastamientos, como si arrepentida procurase destruir la vida que otorgaba, grabando una marca indeleble en la psiquis de su hijo, universal y perenne como el ombligo.
Salir del claustro materno a la intemperie involucra un importante cambio de condiciones. Se trata de una caída en personas y ámbitos extraños, amplios, destemplados. Ahora predomina la falta de contacto, la libertad de movimientos, con nueva temperatura y humedad, la sorpresiva fuerza de la gravedad, las luces y los ruidos, el posible aislamiento, la soledad, el llanto no asistido, etc..

Toda una serie de vivencias que también son registradas. Por ejemplo, el unto sebáceo que trae la criatura suele provocar a menudo una salida brusca y una seria dificultad al especialista para tomar con seguridad al recién nacido. Recogido por el cordón con presteza puede evitarse el accidente pero a veces ocurre que el niño caiga y soporte un golpe y aún, una fractura. Deben ser mayoría quienes han tenido sueños con riesgo de porrazo o angustiosas caídas verdaderas, muy frecuentes cuando niños y asimismo, que suelen acompañar situaciones críticas de cambios en la adolescencia o adultez [mudanzas, migraciones, despidos, desocupación, quiebras, egresos de instituciones educativas, etc.]
A pesar del alto índice de endorfinas analgésicas, muy oportuno para soportar la fuerte opresión dolorosa y también, la extraordinaria cantidad de glóbulos rojos (poliglobulia) indispensable para tolerar la falta de oxígeno, a veces absoluta, estas experiencias son registradas y grabadas como emociones y amenazas terroríficas para la existencia, señaladas como “prototipo de la angustia” por Freud, descriptas por Otto Frank, su colega, en “El Trauma del Nacimiento” [p. 30]:

“Si examinamos de cerca las circunstancias en las que nace la angustia infantil, se comprueba que de hecho es el sentimiento de angustia inherente al acto del nacimiento el que continúa, siempre en suspenso, manifestando su acción en el niño, y toda circunstancia que, de alguna manera, por lo general “simbólica”, “recuerda” este acto, es utilizada para dar al sentimiento en cuestión, jamás agotado ni satisfecho, un medio de volver a actuar y de expresarse [pavores nocturnos]. [...] ...así como la angustia del nacimiento está en la base de todas las variedades de angustia, todo placer tiende, en último análisis, a la reproducción del placer primitivo, en relación con la vida intrauterina. Ya las funciones libidinales normales del niño, tales como la absorción de alimentos [acto de mamar] y la expulsión de productos de desasimilación, revelan la tendencia a continuar, a prolongar tanto tiempo como sea posible las libertades ilimitadas del estado prenatal.

Al instante de parir, la parturienta, obediente a sus asistentes, concentrada en su cuerpo, sus dolores y su intento, se retrae sobre sí misma, pero también atenta a su hijo, lucha también por su vida. Mientras, el niño por nacer, atrapado e impotente ante las presiones y el magro oxígeno, vive solo y por sí mismo, muy alerta el proceso y su primer desafío.
Como en todos los padecimientos que amplían nuestra conciencia, podemos suponer que el cambio hacia lo desconocido en el trabajo de nacer, la urgente necesidad de comprender para reaccionar con eficacia y superar la amenaza, sumado al impulso embriogénico que portamos, es posible que provoquen un fuerte estimulo a la neurogénesis, como ha de existir en toda crisis.

Si la mujer, que se convirtió en madre y el bebino, que cambió a recién nacido, ambos han inscripto el recuerdo de su “solitaria” autoría en la superación de dicho reto y lo evocan ante cualquier crisis y desafío vital posterior, podrán pensar, según el monto de resiliencia alcanzado, “si pude, puedo ahora y también podré”, en todo nuevo instante de prueba.
El ingreso a la intemperie, progresivo en el parto natural, algo brusco en la cesárea, genera otros impactos en su sensibilidad. Al corte del cordón umbilical, brota la falta del oxígeno automático que recibía sin esfuerzo y como en cierta medida ya vimos, la temperatura es diferente, el aire no tiene la humedad acostumbrada, el nuevo espacio carece del ronroneo y ruido del interior materno, surge la gravedad desconocida, el contacto con extraños, la falta de la proximidad protectora y conocida. Este relato, próximo a un nacimiento convencional, en los últimos años ha sido humanizado y corregido para beneficio de la salud de los co-protagonistas.
El nacimiento es la primer experiencia emocional de mudanza espacial y ambiental cuya zozobra, que ha fundado a mi juicio, el prototipo de la resistencia a lo desconocido, es archivada y mas tarde, es evocada desde nuestra conciencia, como he señalado.

3º - En la primera infancia.
Otros episodios pueden causar sentimientos de marginación, por ejemplo: una lactancia, natural o artificial y el destete, realizados sin compromiso emocional materno, una alimentación deficiente, un nuevo embarazo concebido antes de la edad de 18 meses del niño y el prematuro nacimiento de un hermanito, una madre enferma o muy atareada, el padre ausente, progenitores con graves desavenencias, un duelo familiar, el ingreso precoz a un “jardín maternal”, etc.
En su ámbito familiar, como ya vimos, todo recién nacido debe “parecerse a alguien” de la familia para dejar de ser un forastero sospechoso, cuya originalidad no es bien vista. Debería ser idéntico o semejante a sus progenitores, sus abuelos, a un hermano u otra persona desde el primer instante de su vida. No puede ser él mismo, original, diferente. Parece que nadie puede ser quien es al instante de nacer. Y en adelante..... acaso ¿puede ser?. Ya veremos.
En su estadío de bebé es común que toda criatura juegue, vuelque y desparrame la comida que su madre le brinda, como la vajilla en uso. Hay madres pacientes, como ya vimos, que toleran esa “iniciativa”, pero otras se oponen y reprimen con energía esa espontaneidad. Si la represión dejó su huella, en adelante, es posible que el niño coarte su libre expresión, se muestre tímido y vacilante, como cachorro apaleado. Su esencia, natural y peculiar, queda prohibida y marginada.

4º - En la segunda infancia.
En este período nuestra conducta natural, impulsiva o caprichosa y en oportunidades muy inteligente y creativa, también pueden ser motivo de recriminaciones y penitencias, en especial cuando hacemos comentarios veraces, como de ebrios o irracionales, o por curiosidad, preguntas problemáticas. Tanto en nuestra familia como en el jardín de infantes o en la escuela primaria.
La educación de nuestra matriz cultural cumple su tarea, como vimos, su propósito de socialización. Ella nos informa, forma, uniforma y muy a menudo, deforma nuestra peculiar naturalidad. A mayor devoción y obediencia a progenitores y maestros, al culto de los conocimientos tradicionales, a la erudición en creencias y dogmas, leyendas y mitos folklóricos, más frecuentes los premios, familiares y escolares.

Toda expresión de disenso y originalidad es motivo de problemas y riesgos con las autoridades. Aún con los compañeros, quienes a su vez, los más fieles y devotos del sistema, ejercen la función de agentes represores, como representantes de la tradición y el sistema. Es común entonces que un par sea aislado, para recibir burlas e insultos. Los miembros marginadores del grupo trasladan y descargan sus atributos negativos, debilidades y errores, en el boicoteado, convertido ahora en chivo expiatorio y recipiente de todo lo despreciable y censurado.
Esta es la maniobra social tempranamente aprendida desde los mayores, quienes a su vez la aprendieron y padecieron con los propios. Cuando algo se rompe o no se encuentra, no funciona o no rinde lo esperado, cuando existen disconformidad y quejas, es automático, desde quienes tienen el poder, la búsqueda y elección inmediata de un “culpable”, a menudo entre indefensos e inocentes. Ubicado el supuesto autor, con su censura o castigo suele darse por concluido el conflicto, para alivio de quienes le han juzgado.

Así funcionan a diario la ignorancia de la responsabilidad, la negación de la corresponsabilidad, los rumores y la difamación, el “chivateo”, el riesgo de expulsión, el exilio o el linchamiento y la frecuente reiteración de errores, fracasos y gravosas pérdidas por irresolución de los problemas verdaderos. Se cambian los funcionarios y no se investigan ni modifican las causas. “Busco soluciones, no culpables”, supo decir Henry Ford.

5º - En la adolescencia.
Las injusticias padecidas en la infancia, encuentran oportunidad de reacción y protesta durante la adolescencia. Es común que el reclamo, ingenioso y pacífico o cruel y violento, se realice fuera de la familia de origen y se protagonice en escuelas, facultades, en las relaciones de pareja, en los estadios.
Es un período de rutinaria rebeldía social, con nulo o siniestro resultado en regímenes totalitarios y relativo rendimiento en otros. Entre los episodios conocidos podemos incluir el mayo francés de 1968, la masacre estudiantil de Tien An Men, en China, en junio de 1989 y entre nosotros, la “noche de los lápices”, el 16 de septiembre de 1976. Este tradicional desencuentro social, de reciproca realimentación entre las partes y a menudo sin cambios, permite el esquema siguiente:

Estado opresivo > Sumisión Protestas > Represión Rebeldía > huelgas, acciones subversivas, saqueos > Estado opresivo > .... se repite


6º - Edad adulta temprana.
Los adultos que han establecido la relación de pareja y la familia, presionados en su mayoría por la conservación imprescindible de su trabajo y las necesidades económicas, se encuentran obligados a reprimir sus pasiones e ideales juveniles, a resignarse y a “incluirse en la adaptación” convencional. Pero el íntimo malestar persiste y espera.

La sensibilidad del niño relacionada a los mensajes de afecto, de rechazo o indiferencia recibidos, dan diversa forma, trascendencia y magnitud a la estructura y susceptibilidad del marginado.
Ante la disconformidad del entorno que la criatura percibe, se siente entonces culpable de ser quien y como es. En particular cuando era esperado un hijo del otro sexo, con otro color de piel, ojos y cabello, con otra actitud y conducta natural.
Estas comparaciones entre el hijo esperado y el hijo obtenido son un hábito en el medio familiar. El contraste y la competencia de la criatura suele hacerse con el del sexo deseado, con un hermano, un primo o un niño vecino. En oportunidades con un hijo fallecido, que recibe culto y devoción en un duelo perpetuo de los padres, ante el cual el niño no puede lograr superación alguna.

Desde su status de bebé, luego de infante, el niño da curso espontáneo a su manera de ser, al comer, hablar, caminar, saltar, pedir, cantar, gritar, reír, llorar, dormir, etc. Y con demasiada frecuencia encuentra que su naturalidad no es admitida. La madre y su entorno lo moldea. Debe comportarse de acuerdo a un modelo de ser y tipo de conducta ajena a su peculiar esencia.
Como a sus padres, a quienes también les sucedió cuando eran niños, toda criatura recibe, aprende e incorpora la educación y aprehende la socialización, típicas de su cultura ambiente. Ambas, en forma progresiva, cumplen un proceso de alteración, absoluta o relativa, hasta el posible rechazo y encierro de su ser auténtico. Con diversas diferencias de magnitud y efectos, esto constituye el proceso de alienación de la persona, a la que se forma, informa, uniforma y deforma.

Más adelante definiré con mayor amplitud el tema de la alienación. Por ahora admitamos que se trata de una acción ambiental que altera la idiosincrasia del niño.
En oportunidades, uno de los progenitores actúa como represor, quien dificulta o impide el natural modo de ser, mientras el otro, estimula y habilita. En este caso la criatura avanza con su peculiaridad, pero con cierto sentimiento de culpa por desilusionar al mayor que esperaba otra conducta, otro modo de ser.

La criatura perseverante y respetuosa de sí misma, insistirá en mostrar sus inclinaciones, sus talentos y deseos. Ensaya y juega a convertirse en un tipo de persona con estilo propio en dirección a un desempeño determinado, según su genuina elección.
La resistencia y oposición familiar frecuente, que espera o impone el abandono de su tendencia, aún en el medio escolar, además de culpa, provoca también confusión, irritabilidad, miedo, desconfianza, desánimo, protestas, pérdida de estima y confianza personal, trastornos de alimentación, problemas para dormir, etc..

Un jugador no podrá ejercer su destreza en el campo de juego, ni logrará goles y puntos para su equipo, si no encuentra estímulo, permisividad y libertad de conducta al momento del match, desde su director técnico, sus compañeros y admiradores. Lo mismo ocurre en la vida de un ser humano en crecimiento si sus progenitores, hermanos y amigos, el entorno escolar y social no ejercen la función de padrinazgo –positivo-estimulante- de sus talentos y habilidades naturales.
Más tarde el efecto negativo se repite cuando el ciudadano no puede obtener el crédito indispensable y una financiación, de cumplimiento posible, para el desarrollo de su educación, o de su oficio o especialidad. Esta carencia puede ser la realidad que le obligue a abandonar sus propósitos y a cumplir desempeños ajenos a su persona. Cuando así ocurre, la neurosis o el padecimiento de crónicos achaques y enfermedades, pueden afectar la vida del individuo. Simultáneamente, su ausentismo laboral y los gastos de asistencia hospitalaria causan un perjuicio social, que podría y puede evitarse.

Para comprender cabalmente el concepto de marginación, creo indispensable describir el estado de inclusión, o bien, el origen que le otorga fundamento.
La inclusión, que tiene determinación física y emocional, es la realidad que influye, por supuesto con alto carácter positivo en la vida de una persona.
Los ámbitos y afectos con carácter de inclusión tienen su origen desde el inicio de la vida del ser humano, al ser concebido. En este sentido podemos nombrar: el claustro y el pecho materno, sus padres, la familia, su casa, el patio o el jardín, el barrio, la villa, el pueblo, la ciudad, el país, la escuela, otras instituciones educativas, su nacionalidad y cultura, su religión, los amigos, su pareja, su cónyuge, su estudio, su oficina o su estudio, su taller, etc.
Mientras el individuo vive en el entorno de inclusión, sea que lo goce o lo sufra, no advierte la magnitud del apego que siente hacia el mismo. Algunos por cierto, declaran la imposibilidad de cambiar su estancia, de llegar a alejarse o perderle. Sin embargo, al aparecer la amenaza o la realidad de su pérdida es cuando brota con toda elocuencia el compromiso afectivo sentido y dedicado a dicho contexto.

Todo cambio de dicho ámbito y el compromiso emocional sentido, es vivenciado como un desprendimiento, en algunos desgarrador, que puede impedir o facilitar un renacimiento, doloroso y amenazador, como fue la pérdida del seno materno al nacer.
Esta mudanza del ámbito de inclusión y de la condición de incluido, es vivido como un cambio de riesgo, que origina sentimientos depresivos de pérdida, de ataque a la armonía y a la integridad psicofísica. El desprendimiento es prejuzgado como peligroso por encaminarse hacia lo desconocido, al estado de marginación doloroso, a la angustia por la carencia de conocimientos o por simultáneas suposiciones negativas relacionadas con lo nuevo y diferente que será necesario dominar en soledad.

Según las circunstancias esa mudanza y pérdida pueden vivirse como despido, rechazo y castigo, exilio y exclusión social definitiva de la familia, del trabajo, del círculo de amistades. Por supuesto, esto puede significar una amenaza, leve o grave, para la salud y la cordura.
El pasaje del estado conocido de inclusión hacia el de marginación puede generar el mismo miedo que padece quien transita por lugares desconocidos, en la oscuridad, en túneles o desfiladeros, en puentes colgantes inseguros, en transportes inestables, en caídas, etc., cuyas imágenes suelen aparecer en sueños concomitantes.
El pesar puede ser mayor cuando el marginado, en su aislamiento, percibe y envidia a otros que permanecen incluidos y seguros.

El famoso “complejo de Edipo”, asociado a los celos, es una experiencia de exclusión irritante y dolorosa, por contemplar a otro que disfruta de la contención y afecto que el excluido carece.
El incluido es el privilegiado que disfruta el cariño de su fuente de afecto, su ámbito de inclusión, que al otorgarle atención, calor y reconocimiento graba valoración y estima en su persona.
El conflicto edípico tradicionalmente ha sido asociado a la competencia y a la privación sexual. Sin embargo mientras el ser humano puede tolerar la carencia de satisfacciones sexuales ilusionadas, con su progenitor de sexo opuesto o las compartidas con su pareja, cuando padece la soledad del marginado, privado de la compañía, del afecto y la valoración que el semejante añorado puede brindarle, suele derrumbarse en la depresión, en la desesperanza y aún, en el abandono personal definitivo, como suele ocurrir tras el fallecimiento de la pareja.

Lo descripto, sumado a factores de vulnerabilidad que debilitan, permiten explicar y comprender un estilo de vida de “adicción-consumo-dependencia”, que ciertos individuos eligen y conservan cuando aparece el desafío del desprendimiento hacia la autonomía. Exponentes de la “filio-filia” ya mencionada, procuran continuar con los roles de dependencia segura.
Ignorando los recursos, los talentos personales y las oportunidades que se presentan en el curso de la vida, estas personas justifican sus hábitos rígidos de opaca existencia, mientras benefician a sus dirigentes, con quienes mantienen la adicción y reciproca dependencia, comprometidos en conservador el statu-quo, donde al cultivar el subdesarrollo se bloquean las innovaciones, la evolución, el crecimiento y progreso. Esta monotonía que provoca la pérdida de motivación cotidiana y la falta de emprendimientos autónomos, origina desánimo, aburrimiento, desgano, noluntad, pérdida de energías e incremento de vulnerabilidad y también, el culto de las adicciones comunes [tabaco, bebidas, drogas, medicamentos, juego, etc.] las somatizaciones, las enfermedades crónicas.

Importa considerar aquí otros ciertos factores vinculados a la marginación. Por ejemplo:
- El lugar del nacimiento.
Es decir, el país nativo, su cultura, el nivel económico y su desarrollo, su producto bruto interno, la ubicación geográfica, la zona (ciudad o campo, valle, montaña, región lacustre, etc.), la clase social donde el ciudadano ha nacido, su nivel de educación, etc..
- Su residencia permanente.
- La calidad de inmigrante, muy variable según sus condiciones: si se encuentra documentado, si ha llegado con trabajo asegurado, si tiene residencia, si adquirió la nacionalidad de su nuevo país, si existen otras personas de su nacionalidad agrupadas, la edad en que abandonó su familia y país de origen, si ha llegado solo o bien, si reside con otros familiares ya radicados, etc.

Nuestro país ha recibido inmigrantes de diversas nacionalidades, muchas veces jóvenes, sin patrimonio ni trabajo. Españoles, italianos, ingleses, franceses, alemanes, uruguayos, chilenos, irlandeses, paraguayos, bolivianos, japoneses, polacos, y algunos menos de otros orígenes.
El inmigrante, que ha tenido que abandonar su familia, su tierra, su cultura, con seguridad es una persona que ha sufrido o aún padece, sentimientos de marginación de diversa magnitud que, por supuesto, cooperan con su vulnerabilidad .
Desde el enfoque histórico demográfico creo que la población argentina se constituyó por la relativa integración entre los aborígenes perseguidos, los criollos nativos, muchos de ellos mestizos y los extranjeros inmigrantes.
Este proceso denominado “crisol de razas”, como si hubiese logrado la “alquimia cohesiva” de los diversos pueblos, aun desconoce las fuerzas antagónicas de desintegración, perennes y actuales, que originó el reclamo de José Hernández dicho por su héroe y siempre repetido pero ignorado:

“Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque, si entre ellos pelean, los devoran los de ajuera.”

Esta peculiar población de nativos e inmigrantes, a mi entender, ha dado lugar a la rivalidad entre individuos “marginados”, impregnados por sentimientos de culpa y marginación, a merced y beneficio de las potencias extranjeras, de los caudillos regionales, de la legislación clasista y de la “viveza criolla” generada entre ellos, alimentando la vulnerabilidad en perjuicio de la resiliencia, la salud y el progreso, potenciales y posibles.

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Junio 2000