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Medicina
ECUACIÓN
de la SALUD
Autor: Dr.
Emilio Franchi Roussel
Monografía
presentada en la Maestría
de Psico-Inmuno-Neuro-Endocrinología,
de la Universidad Favaloro, por
el Dr. Emilio Franchi Roussel,
el 11 de marzo de 2004
PERINATALIDAD CONVENCIONAL
La gestante como su criatura durante
la vida prenatal, al momento de parir
como
después del nacimiento, son todavía
tratados, en algunos servicios, como individuos
frágiles, incapaces y torpes o como
si fuesen enfermos, a quienes hay que auxiliar
y dirigir, a menudo con rudeza.
Mientras nuestra cultura cultive la creencia
de que la vida del ser humano se inicia
con su nacimiento y no desde su concepción,
continuaran las prácticas profesionales
y las conductas parentales que vulneran
al niño, a menudo sin advertirlo,
en cambio de brindarle la atención
y los aportes que aumenten su resiliencia.
Hay generalizada ignorancia de las características
de la criatura en gestación. El
hábito de llamarle feto, como si
fuese una cría animal o un conjunto
de células incapaces de sentir,
percibir y registrar sensaciones y emociones,
inicia la costumbre cultural de la desvalorización
del ser humano, que debilita y desconoce
su condición de persona, su autoestima
y su salud, desde el comienzo de su existencia.
Por otra parte, la posibilidad de conocer
y observar una práctica abortiva
filmada, donde se aprecia como la criatura
procura huir de la cureta, donde ya desde
las 8 a 10 semanas de vida denuncia su
sensibilidad, tal vez podría hacer
reflexionar mucho más a quienes
gestionan la legalización del aborto.
El conocimiento de la realidad de esa persona
intrauterina, del bebino o la bebina, quizás
facilitaría el reconocimiento y
la promoción de sus talentos y capacidades,
cuya referencia incluiré progresivamente.
Recalificar al concebido y brindar una
asistencia social sin juzgamientos, para
aquellas madres que no pueden o no quieren
tenerlo, tal vez, desalentaría las
prácticas abortivas de un ser humano
revalorizado. Asimismo, la reglamentación
responsable del aborto legal y profesional,
cuando es inevitable [anencefalia, infecciones,
nonato teratológico, inviabilidad,
etc.] y a su vez, la sensata flexibilización
de las leyes de adopción que permita
aumentar su frecuencia, podría desanimar
y disminuir las interrupciones del embarazo.
Podemos considerar además, que muchos
profesionales relacionados con la perinatalidad
[ginecólogos, obstetras, neonatólogos,
parteras, enfermeras, etc.] todavía
ignoran las virtudes y los recursos excepcionales
que constituyen la fortaleza o resiliencia
tanto de la gestante, de la parturienta
y del bebino/a como del recién nacido
para el desafío que comparten.
Es frecuente, en jóvenes primíparas
o aún en madres adultas que ya han
tenido hijos, que el “equipo profesional”
intervenga intrusivo en el proceso y les
quite protagonismo para dirigir el parto
según sus personales criterios.
Es común, la inmovilización
prematura de la parturienta [que al impedir
su deambulación anula el mayor rendimiento
de las contracciones uterinas, las que
podrían abreviar el trabajo de parto
en un 25 %] para ser ubicada en una posición
contranatura [contraria al beneficio de
la gravedad y al progreso natural del proceso,
en perjuicio de madre e hijo] para la exclusiva
comodidad del especialista y sus prácticas,
de cuestionable necesidad [cesáreas
no indispensables, programadas por factores
ajenos al nacimiento, la inducción,
la analgesia y anestesia, la episiotomía,
etc.
En resumen, una serie de conductas que
atemorizan a la parturienta y por neurotransmisión
placentaria a la criatura, quien inscribe,
registra y reprime su evento traumático,
en la inconciencia de su conciencia ya
despierta, donde permanece latente hasta
retornar, como todo lo reprimido, para
provocar la parálisis ideomotora
en crisis ulteriores.
La ignorancia de los valores y recursos
psicogenéticos, tanto maternal como
filial, califica a la díada madre-hijo
perinatal como grupo necesitado de intervencionismo,
del supuesto auxilio imprescindible y de
esas prácticas obstétricas
innecesarias, origen del registro traumático
de un evento que al perder su naturalidad,
solo coopera en el incremento de la vulnerabilidad,
la temprana convicción de extrema
debilidad, de pobre autoestima, de dependencia
a la asistencia profesional como a la adicción
de los medicamentos.
Por otra parte, este condicionamiento cultural, ¿en
cuanto coopera como factor en el origen
de la esterilidad?
Desde las investigaciones de Rene Spitz,
J. Bowlby, Donald Winnicott, Michael Balint,
Wilfred R. Bion y Mario Marrone, entre
nosotros, no podemos ignorar la importancia
que adquiere el maternaje, por la insuficiencia
o por el exceso, en la vulnerabilidad de
toda criatura.
La perdida de la madre, la falta de sustitución
o su reemplazo por un asilo deficitario,
la presencia de una madre impedida de brindar
contención y afecto –sometida a
reclamos y presiones de la pareja, de sus
padres, de una prole numerosa, de su trabajo,
de su insolvencia económica, etc.-
la preferencia o la dedicación a
otro hijo o el culto a uno ya fallecido,
la indiferencia franca o la sobreprotección
desmedida, y/o su alteración psíquica
maternal simultánea, sin duda incrementan
la vulnerabilidad de la criatura así expuesta.
Para reflexionar sobre un maternaje óptimo,
fundamento de la resiliencia, tengamos
en cuenta las reflexiones de W. Bion, compendiadas
por un grupo de psicoanalistas argentinos
en “Introducción a las ideas de
Bion” [pag-63] donde señalan.:
“La madre funciona como un continente
efectivo de las sensaciones del lactante,
y con su madurez logra transformar exitosamente
el hambre en satisfacción, el dolor
en placer, la soledad en compañía,
el miedo a estar muriendo en tranquilidad.
Esta capacidad de la madre de estar abierta
a las proyecciones-necesidades del bebé es
lo que se denomina capacidad de reverie
[ensoñación]”.
En resumen, diría, que la madre
madura ideal es aquella persona integra,
por racional e intuitiva, que mantiene
comunicación y comprensión
con su hijo, desde la estancia en su vientre
y a partir del nacimiento, una fácil
percepción y conocimiento de sus
necesidades, en su presencia y contacto
o aún en su ausencia y distancia,
capaz de asistirle y contenerle con eficacia
y ternura, paciencia y sosiego.
Es la misma que ante un puntapié en
el embarazo puede diferenciar si se debe
a un cambio de posición o a un reclamo
que su hijo le formula, o a veces, cuando
advierte en un sueño nocturno el
sufrimiento y un riesgo comunicado por
su criatura, o luego de nacer, aquella
que puede diferenciar cual es un llanto
que denuncia dolor o hambre, o bien otro
donde expresa incomodidad por las deposiciones,
sueño o nostalgia del seno, del útero
o del pecho y por supuesto, muy capaz de
postergar sus necesidades personales en
beneficio de su bebé.
Esta es la madre continente o “holding”
excelente para disminuir o corregir cualquier
factor de vulnerabilidad filial, apta para:
“realizar su función de recibir,
contener y modificar las violentas emociones
proyectadas por el niño”. [pag.
43].
En ocasiones el niño puede mostrarse
hostil o con un entusiasmo emprendedor
muy activo. Cuando su progenitora ejerce
censura y represión a dicha conducta
del bebé, madurativa y saludable,
- por ejemplo, al desparramar o tirar la
comida, la cuchara al piso, o aún
propinar un golpe o un rasguño a
su madre - la censura y represión
enérgica maternal, con penitencias
o severos castigos, causa en el niño
rencor, sentimientos de culpa, vergüenza,
necesidad de más castigo y por consecuencia
el prematuro establecimiento de una importante
vulnerabilidad.
Esta conducta, denominada “principio de
iniciativa” por los investigadores, intuida
y comprendida por una madre madura, que
sin castigarla ni reprimirla, cuidándose
de si misma, por supuesto, con su orientación
y paciencia, expresión de su amor,
favorece el desarrollo, la resiliencia
y maduración de su hijo, desde muy
temprano.
Volvamos a la vida intrauterina. El niño,
como pasajero ignorante de la gravedad,
amortiguado por el liquido amniótico,
duerme y sueña el 85 % del tiempo
en su refugio. Donde inactivo, sin esfuerzo
ni molestia, por medio de su cordón
unido a la placenta, su primer pecho, se
alimenta, oxigena y crece, cumpliendo con
sus evacuaciones, sin irritación
dérmica alguna. Esta conexión
mantenida durante nueve o siete meses,
desarrolla y establece un hábito
de comodidad, de consumo y dependencia,
apego y adicción, que se interrumpe
transitoriamente al momento de nacer, el
primer destete a mi criterio, por el corte
del cordón.
Con una molestia inicial, el recién
nacido expande sus pulmones y comienza
la respiración autónoma hasta
establecer su ritmo automático.
Pero la alimentación es diferente,
como la proximidad y el contacto con su
madre, ahora relativo y discontinuo, a
veces irregular y frustrante. Perdida la
comodidad conocida para nutrirse, ahora
debe movilizarse, succionar con energía
y reclamar cuando tiene hambre.
La madre, mucho más cuando joven
y primeriza, carece de habilidad y experiencia
que solo una técnica experta posee
para deshabituar y reeducar individuos
adictos. A ese propósito, suele
auxiliarse con los comunes “objetos transicionales”,
como el chupete, el osito, la sabanita,
un pañuelo, una trenza, un postizo
o una prenda personal. Estos objetos cumplen
una doble función para el bebé:
ilusionar y jugar, durante la espera del
cuerpo y el pecho materno y más
tarde, cuando la realidad demuestra la
carencia, el poder descargar sobre ellos
toda la violencia provocada por la frustración.
La lactancia materna, puede cumplirse a
solas, atenta y comprometida con el bebé,
o bien en pleno bullicio familiar con atención
maternal relativa o inexistente. Luego,
el destete, prematuro o muy postergado,
como la cohabitación inexistente
o excesiva, dejan inscriptos momentos emocionales
que cooperan con la vulnerabilidad, ya
por insatisfacción o por inmediata
y exagerada satisfacción ante mínimas
protestas del niño.
Es sencillo comprender estas alternativas
con los excesos. Un niño siempre
apegado a su madre, que consigue permanecer
intrusivo entre sus progenitores en el
lecho conyugal o aún quien logra
desplazar a su padre, por un lado, o un
recién nacido expuesto de inmediato
a la soledad, la oscuridad y el silencio,
por el otro, son circunstancias que solo
fabrican debilidad en el niño.
Cuando la vulnerabilidad queda establecida,
se manifiesta y persiste en la conducta
de la adicción, del apego dependiente
en un habito “filio-filíco” que
no cesa, comprometiendo los vínculos
afectivos del niño, del adolescente
y del pseudo adulto en el futuro.
Adición y apego dan fundamento al
culto de las adiciones conocidas [tabaco,
alcohol, medicamentos, drogas, etc.] y
de otra, no mencionada y poco o nada reconocida
pero verdadera y simultánea, originada
en la “filio-filia”, como es la frecuente
adicción a otra persona o a instituciones,
asociaciones, grupos, sectas o pandillas.
Al poco tiempo de formalizada una pareja,
los efectos de la filio-filia, de las frustraciones
o extremas satisfacciones infantiles, complican
la relación. La vulnerabilidad exige
reparaciones recíprocas mientras
se descuida o posterga el trabajo personal
de crecimiento, mediado por el desprendimiento,
el abandono del apego y dependencia hacia
el cónyuge.
En “Los Patitos Feos”, Boris Cyrulnik,
explica como el vínculo afectivo
entre madre e hijo puede deja de ser “protector”
y resiliente, a favor de la vulnerabilidad,”
al convertirse en “evitativo, ambivalente
o desorganizado”. Asimismo dicho vínculo
se incluye en una relación parental
armónica en el primer caso o alterada
en los siguientes, por causa de diversos
conflictos [infidelidad, adicciones, acoso
moral, explotación, abuso sexual,
promiscuidad, violencia, etc.].
No podemos ignorar además, la competencia
generacional, que manifiesta o sofocada
durante la adolescencia, se ha presentado
ya y repetido, como inevitable factor universal,
en el nacimiento de todo ser humano. Inconsciente
en principio, se hace evidente en la actitud
filicida, expresa o reprimida en el vinculo
parento-filial, que en poco o mucho queda
afectado. Este factor que puede impulsar
a los padres hacia la sobreprotección
o a la hostilidad franca, provoca efectos,
negativos y compartidos, que incrementan
los mutuos sentimientos de culpa y por
ende, la vulnerabilidad de los coprotagonistas.
Los excesos afectan el desarrollo personal
de la criatura, ya por la extrema indiferencia,
la crítica constante, la intrusiva
sobreprotección, o peor aún,
por el manoseo moral y los abusos. Esta
actitud hiere y debilita una personalidad
en incipiente desarrollo. Como en una construcción
donde se usaron materiales de baja calidad
al establecer sus cimientos, el edificio
y dicha personalidad saboteada, tarde o
temprano necesitaran apuntalamiento, restauración,
o quizás, podrá contemplarse
el derrumbe en trastornos psiquiátricos
o su claudicación en el alcoholismo
o la delincuencia.
Cuando un niño padece el maternaje
negativo experimenta la vivencia de “marginación
afectiva”. Excluido siente que su madre,
toda otra persona o un evento familiar
tiene trascendencia mientras el mismo puede
percibirse invisible, insignificante e
intrascendente, y por ende, molesto, torpe,
incapaz, aún desechable. Esto genera
en la criatura severos sentimientos de
culpa por dos motivos: por un lado, culpa
por no conformar a su progenitora en particular
y por el otro, culpa por el tremendo rencor
que siente hacia ella.
Tanto la marginación como los sentimientos
de culpa, a menudo reprimidos en el inconsciente,
los volveremos a considerar por la trascendencia
que poseen como factores de vulnerabilidad.
Durante las crisis que se padecen en la
adolescencia o la adultez, originadas en
discriminaciones y aislamientos sociales,
mudanzas o migraciones, despidos, desocupación,
pérdidas afectivas o materiales,
situaciones de soledad extrema, etc. es
cuando se hacen evidentes los tempranos
registros de marginación, intrauterinos
y perinatales. En estas evocaciones automáticas
aparecen vivencias de amenazas, alarmas,
impotencia y dolores, presentes en las
imágenes oníricas, en los
sueños de tipo pesadilla, en los
accesos de pánico con agora o claustrofobia,
en las fobias sociales, etc.., cuyo relato,
pleno de temor y ansiedad, suele hacerse
con un singular “lenguaje bebinal”.
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