| Tema:
Olfato
Fantasías
olfativas del mito de Mirra y Adonis en relación
a la postulación de la etapa nasal
Autor: Dr.
Luis Carlos H. Delgado y Graciela V. García
MIRRA Y SU HIJO OLOROSO
Si
“fantasía” designa al
mundo imaginario y la actividad creadora
que lo anima, el concepto "fantasía
específica” hace referencia
a la zona erógena en relación
a la cual se estructura esa fantasía
singular y que es posible pesquisar
a partir de los productos culturales.
No pretendemos que este análisis
sea probatorio de nuestra hipótesis
sobre una etapa psicolibinal nasal
olfativa que hemos antepuesto a la
oral freudiana y de la cual conjeturamos
su papel como organizador primitivo
del piquismo; pero nos place utilizar
el recurso del mito por el cual adentrarnos
en aquellos niveles profundos. Por
otra parte este abordaje no es nuevo
en la la investigación psicosomática:
véase Luis Chioza y los trabajos
del CIMP.
La penetración introspectiva
en el seno de la interioridad implica
grandes dificultades para la captación
y descripción de esos estratos
primitivos, por lo cual el investigador
analítico puede elegir el
camino inverso orientándose
hacia las producciones culturales
y los fenómenos idiomáticos,
en la creencia de encontrar allí señales
o marcas de las influencias inconscientes
que los han generado. Es entonces
que el estudio etimológico
y la interpretación de los
mitos como de otros productos humanos
centrados en una función biológica,
alcanzan en su indagación
el sentido de un lenguaje de órgano
determinado por el predominio estructurante
de la misma.
El mito de Psique y Eros nos brindó anteriormente
la oportunidad de una aproximación
semejante; aquí avanzaremos
de la mano de Jean-Pierre Vernant,
en su introducción al libro
de Marcel Detienne, Les jardins d
Adonis. La mythologie des aromates
en Grece,) para un nueva exploración
de lo olfativo. (1)
En principio recordemos el mito
de Adonis.
En él, como en Psique y Eros,
otra vez aparece Venus satisfaciendo
el ruego del enamorado Pigmalión
dándole vida a la estatua
que éste ha modelado. Hecho
el milagro nacen de su unión
carnal con la criatura, Pafos y Ciniras. Éste último
nos interesa, pues su hija será Esmirna,
o Mirra; por ella nos conectamos
con lo olfativo ya que la mirra es
una gomorresina en forma de lágrimas,
de gusto amargo, aromática,
que los antiguos tenían por
un bálsamo precioso. Fácil
es asociarla con el nacimiento de
Jesús y la visita de los Reyes
Magos, quienes la ofrecieron junto
a incienso y oro. Interpreta alguna
tradición: oro por ser Rey,
incienso por ser Dios, Mirra por
ser hombre. (2) (3). Que el aroma
esté puesto en la Epifanía,
brinda un sustento a la presencia
de lo nasal en el comienzo de la
vida; pero si hemos de atenernos
al mito la Mirra no es merecedora
de dignidad religiosa; así lo
proclama Orfeo: “¿Por qué la
Arabia, que produce las flores de
más finos aromas, el cinamomo,
el incienso,... igualmente se jacta
de la Mirra?”. La historia lamentable
de Esmirna narra que concibió un
amor incestuoso hacia su padre. Rechazada
intenta ahorcarse pero es salvada
por su criada que tras una lucha
interior decide ayudarla, introduciéndola
en el lecho de Ciniras aprovechando
su embriaguez. El incesto se repitió muchas
noches amparado por la oscuridad,
hasta que el hombre, deseoso de contemplar
a su enamorada preparó luces
para descubrirla. Ocurrido esto,
la visión de su hija lo desespera
y pone a Esmirna en huida de su furiosa
reacción. Aterrada, ruega
el prodigio de "ni vivir ni
morir", ya que fatal para los
otros le parece su vida o su muerte.
A los pocos segundos comienza a cubrirse
desde los pies de corteza y raíces
transformándose en el árbol
de Mirra. Así transformada
despedirá de su tronco, a
los diez meses, el fruto incestuoso
de su vientre que no será otro
que el oloroso Adonis. Dotado de
una seducción a la que nadie
puede resistir, el niño aromático
se entrega a los placeres amorosos
en la edad que corresponden juegos
inocentes.
Venus quedó prendada por su
belleza y ocultándolo en un
arca se lo confía a Proserpina.
Pero ésta sufre la consabida
curiosidad y al abrir el arca se
enamora de él; lo cría
en su propio palacio convirtiéndolo
en su amante. Al reclamarlo Venus,
Proserpina se niega a devolvérselo.
Zeus arbitra el debate entre ambas
diosas (se cuenta que en realidad
lo relegó a un tribunal menor)
y se decide que el joven vivirá un
tercio del año con Venus,
un tercio con Proserpina y el tercio
restante donde quisiera, mas Adonis,
en lugar de tomarse esas breves vacaciones
para descansar de los reclamos amorosos,
prefiere pasar este tercio también
con Venus.
Al cabo de varios años, cuando debiera integrarse a la vida social y
transformarse en guerrero y esposo, lo matará un jabalí —Ares,
celoso benefactor de Venus— clavándole los colmillos en el muslo. Su
cuerpo es depositado sobre un plantío de lechuga, resultando que al
valor erótico de la planta aromática que lo representara, responde,
al final de su carrera con la muerte sobre una planta fría y húmeda,
inodora y antifrodisíaca que connota impotencia sexual.
Se asegura que la rosa, que fue blanca hasta ese día, tomó su
color rojo por la sangre de Venus que se lastimó un pie con una espina
cuando corría a socorrerlo. De la sangre de Adonis habrían nacido
las anémonas. Venus fundó en su honor un culto fúnebre
anual durante el cual las mujeres del mundo antiguo plantaban en recipientes
granos que se regaban con agua caliente, creciendo muy de prisa pero muriendo
también muy pronto: eran los “jardines de Adonis”.
Detienne describe y descifra el ritual de las Adonias. Se celebraban en los
días de la canícula, de la recolección de las plantas
aromáticas, del desenfreno sensual femenino y de la conjunción
de la tierra y el sol, cuando culmina en todos sus aspectos la seducción
erótica. Sus escenarios no son los templos sino las terrazas, donde
amantes perfumados depositan sus jardines y gozan sexualnente hasta la embriaguez.
Germinación y muerte de las plantas se sucede bajo el calor del sol
siendo al cabo las macetas arrojadas con cuanto contienen al agua fría
de las fuentes o a la mar infecunda. Juego ilusorio, antiagricultura, asunto
de mujeres que en un ciclo de ocho días contrasta con el trabajo serio
de los ocho meses que media entre la sementera y la cosecha. Con todo, la fiesta
acaba en el goce de los perfumes, la promesa de los placeres y la inseguridad
de la seducción. Junto a la lamentación de los amantes, en los
techos es celebrado un simulacro de recolección de plantas aromáticas
que las mujeres bajan por las mismas escaleras que sirvieron para subir los
jardines. Granos de incienso y panes de Mirra, repartidos en incensarios y
pebeteros, reafirman junto al culto de Adonis la seguridad de una buena cosecha
tras las lluvias del otoño y la promesa de hermosos hijos para los esposos
que se han mantenido ritualmente alejados.
Los comentarios de Jean-Pierre Vernant, valen en sí mismos como una
interpretación desde la etapa nasal: “Las mismas esencias perfumadas
e incorruptibles que unen la tierra, el cielo y los hombres a los dioses, cuando
unen demasiado íntimamente a hombres y mujeres, disuelven el matrimonio
en lugar de soldarlo. En el himeneo representan no el ideal, sino esa seducción
erótica que es en sí misma nefasta y perversa...”. ” La represión
cultural determina la desodorización o la sublimación para romper
la fusión madre-hijo. De prolongarse excesivamente el efecto sobre la
salud de ambos sería nefasto y perverso. Adonis es el niño-adolescente
oloroso y seductor que es inhalado por la diosa madre a su influjo a la vez
que se adosa a ella por un vínculo semejante ajeno a toda mediación.
Su voluntad de amor no conoce tregua, y en amor vivirá los veranos y
las noches oscuras, a la luz del sol y aún en los infiernos. Pero no
llegará a ser adulto ni tendrá descendencia, no se incluirá en
la vida social ni librará las batallas del vivir si no rompe la fusión
olfativa. Su aroma no se elevará en plegarias ni brindará sacrificio
en los altares, será absolutamente sustraído a todo fin que no
sea el de su himeneo incestuoso. Sólo podrá ser detenido arteramente
por un tercero filicida, a quien, como Edipo a Layo, no reconocerá en
su eufórica libertad entre la flora y fauna de los bosques. Cuenta Ovidio
como Venus previno a Adonis: “No ataques jamás a los animales a quienes
la naturaleza dio armas para defenderse. No expongas temerariamente una vida
que me es querida. Te diré que los leones y todas las bestias carniceras,
me producen un terror sin igual. ¿Quieres saber por qué?... Ven,
estoy fatigada. Sentémonos en el césped. Voy a contarte la adversión
que hacia ellos tengo...” Y como Yocasta a Edipo, trató de disuadirlo
de la actividad peligrosa que pudiera poner fin al vínculo amoroso que
los unía. Aún sus últimas palabras sobre el cuerpo yaciente
de su amado se expresan en el código de los aromas: “No, no morirás
ni en mi memoria ni en la memoria de nadie! ¡Por el dolor de tu pasión
y muerte, por el dolor de mi pasión y pena, de tu sangre nacerá una
flor! ¡Proserpina cambió a Menta en una flor que llevó su
nombre... y yo haré el mismo prodigio en favor de mi amante!”.
“Dicho esto, Venus extendió un néctar sobre la sangre de Adonis
y de las gotas de ésta nacieron pequeños pétalos rojos.
Esta flor desde entonces, dura poco tiempo, porque los mismos vientos que la
hacen brillar, la hacen mustiarse”. (4)
Notas
(1) Vernant, Jean-Pierre.
“Entre bestias y dioses. De los jardines
de Adonis a la mitología
de las plantas aromáticas”
en Mito y sociedad en la Grecia
antigua, Siglo XXI, Madrid, 1982.
(Mithe et socicte en Greco ancienne,
F. Maspero, Pañs, 1974.)
(2) (3) El nacimiento de Cristo
y su muerte están vinculados
al elemento oloroso. Con respecto
al pesebre, su imagen religiosa no
es ajena a la de un sentido social,
pero la connotación olfativa
que implica nos reconecta, como el
saber popular lo ha establecido,
con el simbolismo de la vagina. El
pesebre es un lugar pequeño,
acogedor, donde el niño perseguido
por el mandato de Herodes, (y para
el cuál no encuentran lugar
en el mesón) es protegido
en el marco de lo terruño
y la animalidad. El recipiente cóncavo
de paja y olor natural no es otro
que el cajón donde comen las
bestias. Nacimiento, animalidad,
olor, alimento, se conjugan sublimados
por la tradición que ordena
al ganado contemplando, manso y sin
alimentarse, al niño alojado
en el comedero. Los aromas ofrecidos
a su dignidad por los Reyes Magos
pueden tapar los hedores del pesebre,
sublimándolo también
y ofrendado a lo divino. La mirra,
a su vez, aceite amargo para embalsamar
a los muertos está allí anunciando
la Pasión de Jesús.
Con la muerte ocurrirá la
misma regla: un aroma para tapar
la descomposición y putrefacción
del cadáver y como ofrenda
del mismo al Señor.
Del Nuevo Testamento: ‘María
trajo como medio litro de aceite
perfumado, de nardo muy fino y muy
caro. Ungió con él
los pies del Señor y se los
secó con sus cabellos. Y toda
la casa se llenó con el olor
del perfume. Judas Iscariote, el
discípulo que entrega a Jesús,
dijo: “Este perfume podría
haberse vendido en trescientas monedas
de plata, para ayudar a los pobres”...
Pero Jesús le dijo: “Déjala,
me está ungiendo de antemano,
para el día de mi muerte.
A los pobres los tiene siempre entre
ustedes. Pero a mí no me tendrá siempre”.
... También vino Nicodemo,
el que había ido de noche
a ver a Jesús. Trajo como
cien libras de Mirra perfumada y áloe.
Envolvieron el cuerpo de Jesús
con lienzos perfumados con esta mezcla
de aromas, según la costumbre
de enterrar a los judíos”.
(4) Delgado L.C.H.- García
G.V.: La etapa nasal Editorial Galerna.
Buenos Aires.1992. (Ver artículos
de los autores en archivo temario:
Olfato; Genaltruista)
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