| Tema:
Filosofía
El
sufrimiento
Fuente: Artes
del buen vivir, Ediciones Anarres
Web: www.filosofiaparalavida.com.ar
Autor: Roxana
Kreimer
Fragmento
de Artes del buen vivir "
Nadie me parece más desgraciado
que el que nunca experimentó una
desgracia. Piensa que
entre los males que parecen tan terribles,
no hay ninguno que no podamos vencer;
ninguno sobre el cual no hayan triunfado
los grandes hombres. ¡Sepamos
triunfar también nosotros
sobre algo!"
(Séneca)
La vida revela, incluso a los más
afortunados, la experiencia del sufrimiento.
Hay quienes están más
protegidos contra el riesgo de padecer
sufrimientos, y las condiciones socioeconómicas
son un reaseguro contra gran cantidad
de riesgos. Sin embargo, nadie está a
salvo del dolor. Quien teme los dolores,
teme lo que necesariamente habrá de
alcanzarlo, tarde o temprano. Cuando
alguien sufre y exclama: "¿Por
qué tuvo que pasar esto?",
nos muestra su consternación
y el sinsentido del mal. Cuando alguien
sufre y exclama: "¿Por
qué tuvo que pasarme esto
a mí?" nos muestra el
lugar accidental -y no necesario-
que le asignamos al dolor en nuestra
vida. Nadie exclama "¿Por
qué tuvo que pasarme esto
a mí?"
cuando gana la lotería. Sentimos
que el placer nos corresponde naturalmente.
El sufrimiento, en cambio, limita
nuestras expectativas futuras o las
suprime dolorosamente. Se vincula
con la pretensión de poseer
por completo algo que está sujeto
al cambio, que es la forma más
general de ser de todos los objetos
y fenómenos. Reduce nuestra
capacidad de obrar y, en situaciones
extremas, se impone con tal fuerza
que nos oprime el corazón
y nos produce una feroz cerrazón
en la garganta.
Algunas religiones juzgaron que el
dolor es un castigo que infligen
los dioses, análogo al castigo
que el padre inflige al hijo. En
contraste con esta perspectiva, es
posible pensar que el sufrimiento
no es un desvío en la fluida
autopista del placer sino su contracara.
En el contexto de la filosofía
china, el tandem placer-dolor constituye
un juego de opuestos más de
los que rigen la armonía de
todo lo existente.
Día y noche, femenino y masculino,
frío y caliente, placer y
dolor. Sufrimos porque hemos gozado.
No como castigo por haber gozado.
Si hemos de gozar, tendremos que
saber que estaremos más expuestos
al sufrimiento. Lao-Tzé lo
dijo así: "Sólo
reconocemos el mal por comparación
con el bien". Y Platón
en el Fedón: "¡Qué extraña
cosa, amigos, parece ser eso que
los hombres llaman placer! ¡Cuán
admirablemente está relacionado
por naturaleza con lo que parece
ser su contrario, el dolor! No quieren
presentarse los dos juntos en el
hombre, pero si alguien posee uno
de ellos, casi siempre está obligado
a poseer también el otro,
como si estuvieran atados por una
sola cabeza, a pesar de ser dos".
Frente a esta perspectiva, algunas
filosofías -entre ellas la
de los estoicos más radicales-
razonaron: "Si el placer suele
venir de la mano del dolor, extirpémoslo
como si se tratara de un cáncer.
Si no gozamos, tampoco sufriremos".
Filósofos menos drásticos
encontraron que esa actitud, lejos
de ser prudente, es propia de insensibles.
Hay factores que contribuyen enormemente
a agudizar el sufrimiento. Uno de
ellos es la sorpresa. Un ser querido
que jamás tuvo dolencias cardíacas
muere joven de un ataque al corazón;
nos echan sorpresivamente del trabajo;
un amigo nos traiciona. En estos
casos el sufrimiento se agudiza con
la consternación, que es el
sentimiento que suma la sorpresa
al dolor. Un dolor sorpresivo -todos
lo sabemos- suele ser mucho más
agudo que un dolor anunciado. Cuando
cede el asombro, el dolor pierde
parte de su ferocidad.
Otro factor que contribuye a agudizar
el sufrimiento es el cambio de hábitos.
Nos echan del trabajo y además
del sueldo extrañamos el almuerzo
compartido con los compañeros.
Nos separamos de nuestra pareja,
y parte del sufrimiento que padecemos
obedece a que extrañamos los
innúmeros rituales compartidos
a lo largo de los años, esos
amados ritmos que en su momento nos
hicieron optar por lo bueno conocido.
El poder de la costumbre revela los
límites de la razón:
el fumador sabe que el hábito
de fumar puede sustraerle la vida
misma (su razón ha sido persuadida
sobre los peligros del cigarrillo),
una vida que él desea fervientemente
conservar, pero intenta dejar de
fumar y no lo logra. El hábito
somete como un déspota sanguinario.
No siempre es posible librarse de él
mediante razones, es preciso generar
las condiciones para que otros hábitos
los suplanten. Esa transición
-entre un universo de hábitos
y otro- suele ser dolorosísima.
Otro factor que contribuye a agudizar
el dolor es el horror mismo al sufrimiento.
Cuando se le hace mal a alguien,
no sólo aparece el dolor o
la angustia sino también el
horror al dolor. Sufrimos por la
pena que nos embarga, y también
por autocompasión, por la
injusticia de la que sentimos ser
objeto. "La parte del alma que
pregunta ¿por qué se
me hace mal? es la parte de todo
ser humano que ha permanecido intacta
desde la infancia", escribe
Simone Weil. El desarrollo de la
medicina y las imágenes publicitarias
de la felicidad favorecen este horror
al sufrimiento. Como si el dolor
-o los problemas en general- no formaran
parte de la
vida.
Algunos de los males decisivos que
nos aquejan son inevitables. No están
en nuestro poder. Muere un ser querido,
y no pudimos hacer nada para evitarlo.
Diversas corrientes de pensamiento
-entre ellas el estoicismo y el budismo-
confluyen en subrayar la necesidad
de aceptar las circunstancias adversas
y el dolor. Aceptar el cambio, incluso
si es doloroso. Aceptar que el dolor
es parte de la vida. Sufro, entonces
existo. "De hombres es sentir
los males, y flaqueza no sufrirlos",
dice un refrán popular.
A esta aceptación del dolor
el budismo la llamó desapego
y el estoicismo, amor fati (amor
por los hechos). El amor fati no
es la aceptación pasiva de
la resignación sino la aceptación
valiente de lo que ocurre. Lo que
es inevitable no debe lamentarse
en exceso. Algo que ya ha sucedido
no puede cambiarse, de modo que es
inútil perder tiempo pensando
que podría haber sido de otro
modo. Los males inevitables hay que
soportarlos y reservar nuestra energía
para ahorrar los males evitables.
Aunque las versiones más extremas
del estoicismo conducen a una obediencia
ciega al orden del mundo, a una resignación
allí donde debería
haber rebeldía, en las versiones
más moderadas el amor fati
es compatible con la posibilidad
de revisar los aspectos que uno puede
modificar, con la de dotarnos de
los medios que dependen de nosotros
para transformar el mundo, sin por
ello desperdiciar energía
en aquello que no puede cambiarse.
Aristóteles y los estoicos
dividen los problemas en dos: los
que están en nuestro poder,
y los que no están en nuestro
poder. Respecto a estos últimos,
de lo que se trata es de entrenarnos
para sufrir lo menos posible. Aceptación
valiente del dolor, de los problemas,
de las angustias y de los pavores
como una parte necesaria de la vida,
como el revés de la alegría,
el gozo y la tranquilidad.
Aunque gran cantidad de cosas no
dependen de nosotros, hay algo que
sí está en nuestro
poder. Y es el modo de reaccionar
frente a lo que nos sucede, incluso
cuando debemos optar entre dos alternativas
que no hemos elegido. Epicteto formuló así esta
idea: "No busques que los acontecimientos
sucedan como tú quieres, sino
desea que, sucedan como sucedan,
tú salgas bien parado".
El jugador no elige las cartas que
le tocan en suerte, pero debe jugar
de la mejor manera que le resulte
posible.
Si una mano no resulta favorable,
la siguiente podrá revertir
el juego. Esta diferencia entre lo
que nos pasa y el modo en que reaccionamos
frente a lo que nos pasa implica
que no sufrimos tanto por lo que
nos sucede como por el modo en que
valoramos lo que nos sucede.
Lo que
ocurre a una persona en su vida es
menos importante que la manera de
sentirlo. Una mujer puede enterarse
de que es infértil y adoptar
un niño sin hacerse mayor
problema. Ante la misma noticia,
otra mujer puede creer que su vida
ya no tiene sentido, puesto que a
su modo de ver una mujer no puede
sentirse "adulta", "completa" ni
valorada socialmente cuando no da
a luz un hijo gestado en su propio
vientre. Comparemos la impresión
que nos producen los mismos acontecimientos
en etapas distintas de nuestra vida.
Podemos sufrir más por quedarnos
sin nuestro segundo trabajo, aún
sabiendo que contamos con dinero
suficiente como para sobrevivir,
que lo que sufrimos años atrás
cuando nos echaron de nuestro único
trabajo y contábamos con un
sólo sueldo. No nos alegramos
ni nos entristecemos por lo que son
las cosas en sí mismas, sino
por lo que representan para nosotros
a través de las apreciaciones
que hacemos de ellas. No nos sentimos
bien o mal si no es por comparación.
De ahí que alguien pueda suicidarse
porque perdió diez millones
de dólares y se quedó "sólo" con
doscientos mil, una cifra con la
que muchos se sentirían millonarios.
La filosofía nos enseña
que nuestro dolor no es sólo
personal, que hay razones que no
son individuales y que estructuran
nuestro dolor. Esto nos permite participar
y comprender en alguna medida los
infortunios que padecen los demás,
aprender de su experiencia y ofrecer
nuestra propia experiencia a los
otros. "Estando tú mismo
lleno de llagas, eres médico
de otros", escribe Eurípides.
La idea de que sufrir también
es tener la oportunidad de comprender
el infortunio de los otros repugna
a nuestro individualismo, y en particular
a los filósofos del egoísmo,
que enseñan a encontrar la
mejor manera de salvarse solo. Sin
embargo, no es extraña al
budista, que no se siente separado
de las demás personas ni de
los que vienen en pos de él.
Filosofamos porque sufrimos, porque
entristecemos y nos angustiamos.
Los problemas desentierran al filósofo
que todos llevamos dentro. Aún
quien no sabe que filosofa, filosofa
cuando sufre. El budismo y el estoicismo
son dos filosofías que enseñan
a adaptarse a los cambios. "¿Hay
algo en el mundo que esté al
abrigo de los cambios? La tierra,
el cielo, toda la inmensa máquina
del universo no están exentos
de cambios", escribe Séneca.
Ambas filosofías enseñan
también a soportar el dolor,
contentarse con lo que se tiene y
desarrollar la virtud más
allá de las contingencias
de la suerte, que en un abrir y cerrar
de ojos puede quitarnos los bienes
que nos procuró. Si somos
virtuosos, diría un estoico,
es decir, si somos justos y por tanto
vivimos procurando no hacer daño
a los demás y protegiendo
a quienes debemos amparar, si tenemos
inteligencia práctica (phrónesis)
y sabemos actuar convenientemente
en cada momento, si somos valientes
y podemos escapar al puro juego de
los instintos desarrollando nuestra
capacidad de vencer el miedo y tolerar
la adversidad, si somos moderados
y por tanto no compramos placeres
al precio de dolores, si somos humildes
y tenemos consciencia de los límites
de nosotros mismos, hay un bien crucial
que el sufrimiento no puede quitarnos.
Sin embargo, un virtuoso oprimido
por terribles desgracias difícilmente
pueda vivir muchos momentos de alegría.
Los estoicos más extremos
postularon que sí, que el sabio puede ser feliz porque es
autónomo y posee la virtud,
aquello que nadie le puede arrebatar.
Al igual que el Job bíblico,
Estilpón pierde a su mujer
y a sus hijos, su ciudad es tomada
por asalto, pierde su casa y se exilia
en la soledad. Demetrio le pregunta
si no ha perdido nada y él
responde: "Todos mis bienes
están conmigo". Un estoico
extremo lleva intactas sus riquezas
a través de las villas incendiadas;
en lo esencial se basta a sí mismo
y ésa es la medida de su felicidad.
En contraste con esta perspectiva,
Platón, Aristóteles
y estoicos como Séneca postularon
una variante más moderada
y razonable, poniéndole límites
a la esfera de la virtud: nadie puede
ser feliz en el contexto de terribles
desgracias; si bien la virtud es
lo más importante, también
es necesaria la salud y son necesarios
los bienes materiales y el reconocimiento
de los demás. Sin embargo,
de esto no se sigue que la dicha
sea sinónimo de prosperidad.
El bienestar incluye necesariamente
el dolor y la existencia de problemas,
y el sabio será feliz aún
si le faltan los bienes externos. ¿Cómo
aceptar el dolor? Del mismo modo
que se habla, se camina, se construye
una casa o se maneja una computadora:
aprendiendo. La virtud no es un don
de la naturaleza: se aprende, se
entrena y se enseña.
Quienes no están habituados
a enfrentar problemas o a sentir
dolores, a menudo ceden ante el más
ligero contratiempo. Las primeras
grandes desgracias (aún cuando
irrumpan en una edad muy avanzada)
con frecuencia son las peores, de
allí que tantos adolescentes
se suiciden por faltarles familiaridad
con el dolor. Quienes se han habituado
a las adversidades suelen soportarlas
con mayor firmeza y valentía.
Con los años solemos adquirir
cierta capacidad para defendernos
de la angustia, lo que no significa
que seamos insensibles a ella ni
que necesariamente la padezcamos
con menor intensidad.
El sufrimiento enseña a enfrentar
las desgracias. Hay quien lamenta
no poder soportar un golpe más
en un cuerpo marcado por el dolor,
y hay quien puede enfrentar con valor
la más absoluta de las adversidades. "No
hay como perderse para hacerse baquiano",
dice un proverbio popular de buen
sentido común o buena opinión
(doxa), que para Platón era
el primer paso hacia la sabiduría.
Virtud significa fuerza, no insensibilidad.
Acabamos de perder a un ser querido,
sentimos que todo se derrumba y que
jamás volveremos a ser dichosos.
Cuando el dolor nos oprime el pecho,
lo mejor que podemos hacer es gritar
y llorar todo lo que sea necesario.
Al cabo de tres meses, de siete meses
o de un año, descubrimos que
la alegría vuelve a ser posible.
Hemos sido valientes porque no nos
hemos paralizado frente a la desesperación,
hemos sobrevivido con firmeza de
alma, paciencia y perseverancia.
(En la Argentina Artes del buen
vivir puede ser adquirido en librerías
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