|
Psiquiatría
Aspectos
inmunologicos de la enfermedad depresiva. El estrés y su
influencia sobre el sistema inmune.
Autor:
José Luis Carrera - Profesor Titular Cátedra de Psicología
Facultad de Medicina U.N. La Plata
Fuente: Revista Argentina de Actualización en Psiquiatría.
Tal
vez porque practiqué la Hematología como Especialidad
antes de decidirme por la Psiquiatría, siempre me resultó
de interés la influencia de los factores psicológicos
sobre la inmunidad. Los avances sorprendentes producidos en este
área del conocimiento durante la denominada Década
del cerebro, en los años noventa, fueron colmando mi curiosidad
al respecto, y brindándome la posibilidad de responder a
tina serie de interrogantcs que, desde la clínica, nos acuciaban
a los médicos todos, respecto de la frecuente aparición
de depresión en los pacientes con neoplasias, de herpes simple,
rinitis, o cuadros clínicos de estilo virósico, en
los alumnos próximos a rendir exámenes, etc., sittiaciones
que, como veremos, son pasibles de explicación científica
en el momento actual.
Que la Psiquiatría se acerque a la Clínica Médica,
y al método científico, es, además de un deseo
todavía vigente como tal, una realidad incontrastable, en
ciertos niveles del conocimiento vinculado a la Especialidad. Desear
que un médico especializado en Psiquiatría se encuentre
al tanto de los estudios que se comentaran en los párrafos
que siguen, más que un anhelo debería constituir tina
necesidad de quien se aboca a esta disciplina compleja, en la que
objetivar lo subjetivo no es materia imposible, sino tarea de esfuerzo,
humildad, y paciencia.
Introducción
La evidencia que sugiere una relación causal entre las enfermedades
psiquiátricas, el stress ambiental y el funcionamiento alterado
del sistema inmune, comienza a ser antigüedad. Ha transcurrido
más de una década desde que Ader revisó las
interacciones complejas que parecían ocurrir entre el cerebro
y el sistema inmune. En la actualidad, es ampliamente aceptado que
el stress psicológico y las enfermedades psiquiátricas
pueden comprometer la función inmune, sugiriendo que el estado
psicológico puede influir la susceptibilidad de un individuo
hacia la enfermedad, o modificar el curso de la enfermedad y su
pronóstico. Además, ha sido suficientemente probado
que los componentes humorales del sistema inmune
pueden directamente afectar la función cerebral y modificar
así las conductas que pueden ser importantes en la respuesta
adaptativa del individuo hacia la enfermedad. Es bien conocido que,
además de las interacciones célula célula y
la especificidad Celular, solamente el cerebro y el sistema inmune
poseen una memoria celtilar y tina red bien desarrollada de comunicaciones
que es operada por neurotransmisores y linfoquinas, las cuales pueden
ser consideradas como inmunotransmisores. Además de las interacciones
bi direccionales entre el cerebro y el sistema endócrino
y entre el sistema endócrino e inmune, ha sido demostrado
que el cerebro Puede interactuar directamente con el sistema inmune
y viceversa. El propósito de esta revisión es primero
considerar el efecto del estrés sobre la función inmune,
ya que existe evidencia inequívoca de que el estrés
está relacionado causalmente, y concornitantemente, con la
mayoría de las enfermedades psiqUiátricas mayores.
Segundo, los cambios en el sistema inmune que están asociados
con la depresión, serán considerados juntos con los
efectos de las drogas antidepresivas, como posibles nioduladores
de respuestas inmunes anormales en los pacientes depresivos.
la estructura del sistema inmune
La principal función del sistema inmune es distinguir Io
propio" de Io no~propio", una función que es de
vital importancia en capacitar al organismo a responder a un incremento
de las sustancias antigénicas sin alterar los mecanismos
homeostáticos principales. Tal tarea biológica ha
llevado al desarrollo de un complejo grupo de componentes humorales
y celulares que los inmunólogos han dividido en sistemas
que separan la inmunidad celular de la humoral. La inmunidad celulares
mediada principalmente por los linfocitos y sus productos solubles,
actuando sobre el antígeno, mientras que la inmunidad humoral
se origina desde la producción de anticuerpos por los linfocitos.
Otras funciones inmunológicas se encuentran adscriptas a
las células fagocíticas, tales como los neutrófilos,
monocitos, macrófagos, y el sistema del complemento.
Los órganos del sistema inmune que reaccionan ante un desafío
antigénico son los organos linfoides comprendidos po r la
m éd ula 6sca, el timo, los ganglios linfaticos, el bazo,
el apéndice, etc. El organo linfoide primario es la médula
osea que produce células madres para los componentes linfoide
(no-fagocftico) y no-linfoide (fagocitico) del sistema inmune.
Existen
dos tipos mayores de linfocitos, el T y el B. que parecen ser derivados
desde un precursor linfoide comun, la célula madre hemopoyética;
ambas células, T y B, se desarrollan desde las células
madres a través de factores inductores específicos.
Así, las células T maduran en el timo bajo la influencia
de hormonas tímicas específicas, las timosinas, en
dos subpoblaciones funcionales mayores, las célulasT helpero
facilitadoras y las supresoras. La función principal de las
células T es mediar la inmunidad celular. Las células
linfoides que maduran en la médula osta se denominan linfocitos-B,
designadas de esa manera debido a que fueron descriptas primeramente
en los pájaros, en quienes las células B maduran en
la bolsa de Fabricius. En los mamíferos, esta estructura
esta ausente y las células B maduran en el hígado
fetal y, mas tarde, en la médula ósea.
Las células
madre no-linfoideas (fagocíticas) maduran en varios organos:
aquellas que lo hacen en la médula osea y la ci rculacion
sistémica, han sido denominadas monocitos y granulocitos.
Los monocitos se diferencian mas tarde en macrofagos cuando se trasladan
y se fijan en los tejidos.
La activacion
de células B resulta, en su crecimiento y diferenciacion,
en células plasmaticas maduras, secretoras de anticuerpos,
las cuales se originan bajo el control de factores específicos
segregados desde las células-T helper. Las células
plasmaticas producen cinco clases de anticuerpos, o inmunoglobulinas,
identificadas com IgG, IgM, IgA, IgE e IgD. Estas Inmunoglobulinas
dlfieren en sus estructuras, origen y método de conferir
la inmunocompetencia. La IgG, por ejemplo, se introduce en la mayoría
de los espacios tisulares y atrapa a los antígenos, por ej.
micro-organismos, a través de un proceso denominado opsonizacio'n.
Este proceso estimula a los neutrôfilos polimorgonucleares
(PMN) y macrofagos, a reconocer, cubrir, y destruir al antígeno.
Sumada
a la habilidad de conferir inmunidad directamente por una interaccion
célula-antígeno, las células-T-helper (designadas
CD4+) también producen mediadores de inmunidad denominados
linfoquinas. Varias de ellas han sido bien identificadas en la actualidad;
por ej., interferones, interleuquinas, y factor de diferenciacion
de las células-B. La Interleuquina-2 (IL-2) interviene en
el desarrollo de las células-T-supresoras (designadas como
CD8+) y las células-T-citotoxicas; en el SIDA existe un defecto
específico en la función de la célula-T-helper,
que probablemente explique la falta de resistencia hacia los microorganismos
patógenos y las células neoplasicas que caracterizan
a esta enfermedad. Las células-T-supresoras estan involucradas
en la inhibicion de la diferenciación de las células-B
en células plasmaticas, y en bloquear la actividad de las
células-T-helper en la hipersensibilidad tardía.
Estas
células, entonces, "desconectan" al anticuerpo
mediador de la inmunidad y sirven, de esa manera, para regular la
funcion inmune; la funcion defectuosa de las células-T-supresoras
ha sido involucrada en la enfermedad autoinmune.
Un balanœ
entre las funciones "helper" y "supresora" es
esencial para la regulacion de la síntesis de anticuerpos
y el control de la hipersensibilidad retardada. Mientras las células-T-"supresoras"
no tienen propiedades citotoxicas, las células-T-citotoxicas
son un tipo de célula fntimamente relacionado, que responde
a los antfgenos específicos confiriendo proteccion antiviral
y antitumoral. La supresión de la funcion citotoxica de la
célula-T esta asociada con un incremento de la incidencia
de las malSormaciones che novo, por ej. canœres de piel y l in fo
mas inducidos por el virus de Epstein-Barr.
Sumadas
a las células linfoideas T y B, también existe una
subpoblacion de células linfoideas no-B, no-T. Estos linfocitos
granulosos y grandes contribuyen con cerca del 5% de los leucocitos
periféricos y son denominados natural kilc'er (NK) que actuan
como células-T-citotoxicas. Sin embargo, contrariamente a
las células-T-citotoxicas, las NK no necesitan ser marcadas
por antígenos y, de esa forma, atacan a las células
tumorales.
Existen
otros dos tipos de células que parecen desarrollar un importante
rol en la inmunidad sumadas a las células B yT, que son los
fagocitos polimorfonucleares y mononucleares. Los fagocitos polimorfonucleares
son células circulantes que reconocen, ingieren y destruyen
los antígenos extranos y se subdividen en polimorfonucleares
neutrôfilos (PMN), eosinofilos y basofilos. Estos tipos celulares
también se denominan granulocitos debido a que co ntienen
granulos en los que es tan contenidas las enzimas citotoxicas tales
como las peroxidasas. Los fagocitos mononucltares constituyen el
sistema retículo-endotelial y estan compuestos por monocitos
y macrofagos. La funcion de los macrofagos consiste en matar a los
agentes pat6genos, se haya estimulado o no la fagocitosis. Ademas,
estas células reconocen, procesan y presentan los antígenos
a las células-T-helper. Esto se consigue a través
de la ingestion del antígeno por el macrofago, y la incorporacion
de la determinante antigénica del pat6geno dentro de la estructura
de su superficie celular, para la presentacion posterior a las células-T-helper.
Los macrofagos también asisten a la activacion de los linfocitos-T
por la secrecion de linfoquinas tales como la interleuquina (IL)
que funciona como un factor de activacion linfocitario. Los fagocitos
mononucleares de la circulacion se denominan monocitos; ellos derivan
de los monoblastos y promonocitos de la médula osea, y se
transforman en macrofagos cuando se fijan o inmovilizan en los tejidos,
fuera del espacio vascular.
La relacion
entre los variados componentes del sistema inmune y las linfoquinas
que regulan la respuesta inmune, se resume en la figura 1.
Ademas
de su rol singular de controlar los aspectos celulares y humorales
de la respuesta inmune, las linfoquinas circulantes tienen acceso
al sistema nervioso central donde actuan como neuromoduladores,
influyendo entonces a los componentes conductuales y neuroendocrinos
de la infeccion. Las linfoquinas juegan de esa manera un rol integrador
singular entre el sistema inmune y la funci6n cerebral.
La respuesta
inmune es regulada finalmente por los genes de respuesta inmunologica
que estan ubicados sobre el brazo corto del cromosoma 6. Estos genes
comprenden el complejo antfgeno leucocitario humano (HLA), que esta
presente en cada célula y determina de esa forma el perfil
de histocompatibilidad de cada célula individual, a través
de dirigir la sfntesis de marcadores de superficie celular. Algunos
de los HLA estan asociados con enfermedades tales como la miastenia
gravis, la diabetes mellitus Tipo I, y posiblemente con la depresión
y la psicosis maníatico depresiva o enfermedad bipolar.
Figura 1 Componentes celular y humoral de la inmunidad
El
sistema inmune y los neurotransmisores
Los estudios
histológicos han demostrado la inervación noradrenérgica
del timo, del bazo, de los gang] ¡os linfáticos y la
médula ósea, mientras los estudios fisiológicos
han revelado una tinión directa entre el sistema nervioso
autónomo y el sistema inmune. Mientras los roedores tienen
mínimos niveles de inmunogiobulinas al nacer, su nivel de
respuesta inmunológica también es muy reducida, logrando
niveles óptimos sólo cuando aumenta el contenido de
noradrenalina del timo, bazo y suprarrenales. Durante el proceso
de inmunización, Besedovsky y col. informaron un incremento
en la frecuencia de disparo de las neuronas en el núcleo
ventral medial, y un descenso en el turnover de noradrenalina en
el hipotálamo en el momento de la respuesta inmunológica
pico; sin que se detectaran cambios en el contenido de noradrenalina
de otros órganos. Fujiwara y Orita demostraron que las catecolaminas
son responsables de la estimulación de la respuesta de anticuerpo
primaria luego de un estímulo estresante.
Sumado
al sistema noradrenérgico, otros sistemas de neurotransmisores
han sido propuestos como moduladores del sistema inmune, dentro
del sistema nervioso central y en el sistema nervioso autónomo.
Serotonina
Aunque los efectos directos de la serotonina en el sistema inmune
no han sido sistemáticamente investigados, existe evidencia
indirecta de que la serotonina ejerce una neta influencia inhibitoria
sobre la inmunogénesis. Esta conclusión se basa en
la investigación de Devoino y col. y de Idova y Devoino,
quienes demostraron que existía una relación inversa
entre la concentración de serotonina cerebral y la síntesis
de anticuerpos.
Dopamina
El sistema dopaminérgico central parece ejercer tina influencia
cstimuladora evidente sobre el sistema inmune, una conclusión
que se basa en los cambios observados en el sistema inmune de pacientes
que sufren de desórdenes neurológicos, tales como
la Enfermedad de Parkinson.
Adrenalina
Y Noradrenalina
Ambas catecolaminas han sido adscriptas al rol de inmunomoduladores,
y las investigaciones proponen que sus efectos son regulados por
cambios en el sistema nervioso autónomo. De esta manera,
las Fibras adrenérgicas han sido identificadas en el septum
interlobular del timo de la rata, mientras que durante el curso
de la respuesta inmune la concentración de noradrenalina
del bazo desciende significativamente. Aunque los cambios en los
vasos sanguíneos pueden ser asociados con las alteraciones
en la concentración de catecolaminas, la presencia de adrenorreceptores
beta-activados fisiológicamente en las células T y
B y los macrófagos, sugieren que estas catecolaminas pueden
ejercer un efecto directo sobre el sistema inmune.
Acetileolina
Varios investigadores han informado la presencia de receptores de
acetilcolina en el tejido del timo y han sugerido que existen receptores
nicotínicos sobre los timocitos. La estimulación colinérgica
estimula la formación de GMP cíclico en tales células,
lo que puede resultar en la activación linfocitaria.
Opioides
La exposición al estrés puede causar la liberación
de péptidos opioides desde ambos sitios, central y periférico,
y existe suficiente evidencia experimental proponiendo que los opioides
pueden alterar el porcentaje de células T que forman rosetas
activas, la reactividad de las células T a la estimulación
mitogénica, y la actividad citotóxica de las células
NK. Sumado a estos efectos de los opioidcs sobre el sistema inmune
que ha sido observado in vivo y/ o in vitro, los receptores opioldes
han sido identificados sobre los granulocitos, monocitos, linfocitos,
y los complejos terminales del complemento. Mientras el preciso
mecanismo por el cual los péptidos oploides endógenos
median la supresión de la actividad de las céludas
NK permanece sin clariflicar, Shavit y col. piensan que esto puede
ocurrir debido a una supresión del interferón, que
normalmente induce y aumenta la actividad de la célula NK.
La
función inmune y el stress
Una variedad
de estresores parecen alterar las respuestas inmunológicas
humorales en los animales. Rasmussen y col. han informado que el
aprendizaje de estrés por evitación pasiva en la rata
disminuye la susceptibilidad de los animales a la anafilaxia pasiva,
mientras otros muestran que la producción de anticuerpo específicos
puede ser suprimida exponiendo a los animales a tales estresores
medioambientales como el ruido, la luz brillante y las condiciones
adversas de habitabilidad. Solomon y col demostraron que las respuestas
de anticuerpos primarios y secundarios pueden ser suprimidas en
humanos, pero algunos estímulos estresantes provenientes
del medioambiente, tales como los shocks eléctricos repetidos
de bajo voltaje, estimulan la producción de anticuerpos.
Tales hallazgos han llevado a pensar que la exposición aguda
a un estresor puede suprimir las respuestas inmunológicas
humorales, mientras la exposición repetida al mismo estresor
puede finalizar en una adaptación inmunológica, como
así también, en un nivel de respuesta aumentado respecto
del estresor.
Los hallazgos
experimentales de Laudenslager y col. pueden ser particularmente
pertinentes respecto de las anormalidades inmunológicas que
ocurren en humanos sometidos a severo estrés mental por el
medioambiente. Estos investigadores detectaron que lasupresión
de la estimulación linfocitaria inducida por stress puede
encontrarse vinculada con el estado psicológico del animal.
De esta forma, en ratas, la estimulación de la división
mitogénica de los linfocitos fue suprimida cuando ellas fueron
expuestas a shocks eléctricos inevitables e incontrolables,
en la cola, por 80 minutos seguidos, 24 hs. más tarde, porvarios
minutos de shocks repetidos en la cola. Los animales que recibían
el mismo número total de shocks pero que eran capaces de
finalizar con el shock, no mostraron un descenso de la respuesta
linfocítica a los mitógenos. Estos hallazgos son coherentes
con la hipótesis de que la habilidad de luchar con un estresor,
protege de sus efectos nocivos.
Probablemente
una de las situaciones más frecuente y potencialmente estresante
que hayan sido asociadas con la mortalidad aumentada en el hombre,
es el duelo conyugal. Schleifer y col. investigaron el efecto del
duelo sobre la inmunidad en un estudio prospectivo longitudinal
de esposos de mujeres con cáncer de mama avanzado. Encontraron
que la respuesta linfocitaria mitogénicamente estimulada
en los hombres, era significativamente menor durante los primeros
dos meses siguientes a la muerte de sus esposas, que lo que lo era
en el período anterior al deceso. En la mayoría de
los casos, la respuesta linfocítica se normalizaba más
tarde, en el aflo siguiente a la muerte de la esposa. Todavía
debe ser establecido si tales respuestas mitogénicas inducidas
por el estrés están relacionadas con el inicio o el
curso de la enfermedad fisica siguiendo a situaciones de vida estresantes.
Tales factores como cambios en la nutrición, actividad física,
sueño y uso de drogas, se sabe que influyen la función
linfocitariay pueden complicar la interpretación de tales
resultados. Otros estudio han demostrado que los sujetos en duelo
muestran una depresión del humor que ocasionalmente desemboca
en un patrón de síntomas que remeda un desorden depresivo
mayor, y es posible que la depresión inducida por stress
pueda ser vinculada causalmente a la función linfocítica
anormal. Locke y col. examinaron los efectos del estrés sobre
la inmunidad celular en un grupo de 114 estudiantes voltintarios
que habían sido separados en grupos de alto, intermedio,
y bajo nivel de vivencias estresautes, sobre la base de entrevistas
clínicas, cuestionarios y mediciones psicométricas.
El resultado de este estudio mostró que aquellos sujetos
que lograban enfrentar las vivencias estresantes tuvieron una actividad
de células NK significativamente más altas que aquellos
sujetos menos capaces de enfrentarse con los estresores.
Además,
estos investigadores registraron que los síntomas psiquiátricos
exhibidos por los sujetos se correlacionaban en forma inversa con
su actividad celular NK, lo que sugería que los síntomas
de ansiedad y depresión moderada pueden afectar negativamente
la inmunidad. lrwin y col. demostraron que la actividad de las células
NK se encuentra reducida en mujeres luego de enviudar, una situación
que no pudo ser adscripta a la concentración aumentada de
cortisol plasmático circulante. Udelman también examinó
el efecto de la pérdida inminente de un pariente cercano
sobre la población de linfocitosT y B en un grupo de 10 pacientes
psiquiátricos, comparado con controles de igual edad y sexo,
en un período de 3 meses. Los restiltados mostraron que tina
actitud positiva hacia una vivencia dificil se correlacionó
con un incremento de las células~T circulantes ycon un descenso
de las célulasB; también se vio que la medicación
antidepresiva aumentaba el número de células T y aliviaba
los síntomas psiquiátricos.
Estrés
y sistema inmune
Existe
amplia literatura sobre los efectos de las vivencias estresantes
sobre la predisposición de las enfermedades fisicas y las
infecciones. Las correlaciones entre tales vivencias y las enfermedades
no son importantes -generalmente explican sólo el 10% de
la varianza , pero los efectos son consistentes a través
de las poblaciones y los diferentes tipos de vivencias.
El estrés
por duelo ha sido materia de varios estudios importantes. Sin embargo,
se sabe que los riesgos de enfermar asociados con la separación
y el divorcio son mayores que con el duelo. Por ejemplo, Kiccolt~GIaser
y col. demostraron que las mujeres separadas o divorciadas tenían
una función inmune más pobre sobre 5 de 6 variables
inmunológicas estudiadas, que las mujeres casadas de iguales
sexo y edad. Hallazgos similares fueron registrados para los hombres
separados o divorciados. Debería enfatizarse que los tamaños
de las muestras en estos estudios era demasiado pequeño (38
y 32, respectivamente), pero esos datos sirven para señalar
el impacto de las vivencias traumáticas sobre el estado inmunológico
y la salud posterior de los individuos psiquiátricamente
normales.
El efecto
del estrés crónico sobre los individuos que cuidan
de pacientes con enfermedad de Alzheimer, también ha sido
motivo de varios estudios. Se ha visto, por ejemplo, que tales individuos
muestran un alto riesgo para la depresión. Sumado al gran
distrés físico y emocional que evidencian quienes
cuidan de estos pacientes (care givers) tarnbién existen
datos de función inmunológica alterada.
Otros
estudios de estos sujetos con estrés medioambiental crónico
(por ej., vivir en sitios cercanos a plantas nucleares en donde
han ocurrido accidentes) han demostrado que los residentes tenían
menos células T supresoras, linfocitos 13 y células
NK que el grupo control de un medio ambiente normal. La conclusión
de estos estudios es que el estrés crónico en el horribre
no necesariamente desemboca en una adaptación inmunológica.
Tales hallazgos están en marcada oposición con los
efectos del estrés agudo ycrónico, en los roedores,
en los cuales el estrés agudo parece ser inmunosupresor,
mientras que el estrés crónico se encuentra asociado
con cambios adaptativos, o aún con estimulación de
la respuesta inmune.
de células
N K y de su función ha sido registrado por varios grupos
de investigadores, efectos que no eran atribuibles a pobreza en
el estado nutricional de los estudiantes. El estrés académico
ha sido asociado con cambios importantes en los títulos de
anticuerpos para las virosis herpéticas latentes, sufriendo
cambios en la inmunidad celular. En particular, los títulos
de anticuerpos elevados para el virus de Epstein-Barr (el agente
causal de la mononucleosis infecciosa), el virus del herpes simple
Tipo 1 (que causa las úlceras frías) y el citamegalovirus
(que causa el síndrome mononucleósico) estaban descendidos
previo a los exámenes, pero regresaban a los niveles normales
luego de las vacaciones. Existían, además, cambios
adicionales en la multiplicación linfocitaria estimulada
mitogénicamente, asociada con el estrés académico.
La incidencia de las enfermedades infecciosas auto-registradas también
se observaba aumentada en estos individuos. Se estudió, a
la vez, el efecto de las técnicas de relajación sobre
estos parámetros inmunológicos, yse demostró
que aunque el porcentaje de célulasT helper no disminuía
tan acentuadamente en aquellos sujetos que realizaban ejercicios
de relajación, la actividad de las células NK no era
afectada por tal intervención.
Se puede
deducir de estos trabajos, que los estudios clínicos en el
hombre parecen no refrendar la magnitud de los resultados obtenidos
respecto del estrés y las vivencias adversas sobre los cambios
en el sistema inmunológico, descartados aquellos efectos
bien probados del estrés psicológico severo, inducido
experimentalmente en animales, sobre la competencia inmunológica.
Uno de
los mayores problemas originados de los estudios clínicos
reside en la dificultad de definir adecuadamente al "estrés",
dado que la misma vivencia puede tener difierentes efectos sobre
diferentes individuos. Además, la mayoría de los componentes
del sistema inmune normalmente varía dentro de límites
amplios por lo que producen los pequeños, pero importantes
cambios, difíciles de detectar. Sumado a estos problemas,
se encuentra la dificultad para decidir qué parámetro
refleja con precisión el verdadero estado de las defensas
del individuo. Tales dificultades deberían actuar como un
desafío para los psiconeuroinmunólogos, con el objeto
de producir una mejor comprensión de la relación entre
el estrés y la respuesta inmunológica.
Función
inmunológica y depresión
Varios
tipos de daños orgánicos poseen un efecto inmunodepresivo
que puede ser de importancia clínica. En el hombre, el trauma
quirúrgico causa disminución de la respuesta de anticuerpos
e inhibición de la migración de los linfocitos y monocitos
dentro de las áreas inflamadas. Cuando los linfocitos son
eliminados de tales pacientes, se ha observado una respuesta mitótica
disminuida a las células alogénicas y a las lecitinas
implantadas, junto con una inhibición de la liberación
del factor inhibidor de la migración leucocitaria. No es
sin interés que Kronfol y col. han registrado que los linfocitos
obtenidos de pacientes deprimidos sin tratamiento que no se encontraban
sufriendo de ninguna enfermedad física aparente, también
evidenciaban una marcada supresión de la respuesta mitogénica
a las lecitinas implantadas. Además, Irwin y col. en su estudio
de cambios en la función inmunológica de 36 depresivos
hospitalizados, mostraron que la depresión se asociaba con
un 50% dereducción en lacitotoxicidad de las células
NK.
Está
bien establecido que el trauma físico en el hombre es seguido
por un incremento del cortisol sérico y las catecolaminas
y se acompaña de una liberación de la serie E de prostaglandinas
desde los tejidos dañados. Estas sustancias disminuyen la
respuesta mitogénica de los linfocitos a la fitohemaglutinina.
Se podría sospechar, entonces, que la respuesta mitogénica
disminuida es atribuible al aumento en la prostaglandinas, catecolaminas
y cortisol. En apoyo de esta hipótesis, Anssel y col, han
demostrado que la inhibición de la síntesis de prostaglandinas
facilita la cascada de situaciones involucradas en la activación
de las células-T, mientras que Santoli y col. han demostrado
que el ácido di-homo-gammalinolcico (un precursor de las
prostagiandinas) inhiben la activación de células-T
estimulada por la IL-2. Sin embargo, no existe evidencia que sugiera
que el aumento en el cortisol sérico sea responsable de la
respuesta mitogénica disminuida, siguiendo al trauma físico
o en el paciente deprimido, y mientras la participación de
las catecolaminas circulantes aumentadas no puede ser completamente
excluida, los estudios in vitro sugieren que el rol protagónico
primario de las mismas no es posible. La explicación más
racional descansa entonces con la observación de que las
prostaglandinas de la serie E son primariamente responsables de
la inhibición de por lo menos una parte de la respuesta inmune
que sigue al daño físico y a la depresión.
En un
intento de estudiar la posible interconexión entre la depresión
endógena y la reactividad del sistema inmune, Kronfol y col.
investigaron la respuesta de los linfocitos a la estimulación
mitógena y demostraron que, en comparación a los controles
nodeprimidos, la respuesta linfocítica estaba significativamente
alterada. Se podría razonar que dado que la hipercortisolemia
está presente en la mayoría de los pacientes deprimidos,
no es sorprendente encontrar una reducción de la respuesta
inmunológica. Sin embargo, Kronfolycol. mostraron que la
baja de la competencia inmunológica en la depresión
no se relacionaba con la concentración plasmática
de cortisol o la excreción de cortisol libre en la orinal
que había demostrado ser un índice sensible de función
adrenocortical. Otros estudios describen que el número de
células-T periféricas se encontraba descendido en
los pacientes deprimidos ambulatorios, pero no en aquellos con esquizofirenia.
Recientemente, Kronfol y House compararon un grupo de 40 pacientes
deprimidos hospitalizados con un grupo de controles sanos, con respecto
a varios parámetros de función inmune. Encontraron
que los pacientes depresivos tenían neutrofilia y linfopenia.
Estos hallazgos pueden ser un reflejo de los altos valores de cortisol
en los pacientes deprimidos. Los pacientes también tenían
respuestas linfocitarias disminuidas, respecto de los controles,
hacia tres diferentes implantes mitógenos, efectos que no
podían ser explicados por los niveles elevados de cortisol.
Kronfol y Hotíse sugirieron que la repuesta mitógena
disminuida en los pacientes depresivos puede estar relacionada con
los elevados componentes C3 y C4 del Complemento.
Los estudios
experimentales indican que tales cambios en la función linfocítica
están asociados con la actividad opioide endógena
aumentada, aunque otros neuropéptidos naturales tales como
la neurotensina, el VIP, la sustancia P, la somastatina y bombesina
también han sido involucrados en la disminución de
la reactividad linfocitaria. Chang ha interpretado que los efectos
de los neuropéptidos sobre el sistema inmune es indirecto,
y Opera a través de la vía hipotálamo-hipofisaria,
controlando probablemente el hipotálamo al factor inductor
de las células-T
La posible
conexión entre la depresión y el cáncer ha
llevado a Brown y Paraskevas a sugerir que los anticuerpos específicos
(proteína básica de mielina o proteína tumoral
básica) pueden inducir anticuerpos que bloquean los receptores
de serotonina o, alternativamente, inducir anticuerpos anti-idiotípicos
que se unen específicamente a la serotonina y reducen, de
tal forma, su habilidad para activar los receptores serotonínicos.
Cualquiera que fuese el mecanismo preciso, los síntomas de
depresión resultan de un déficit funcional en el neurotransmisor.
La validez de esta hipótesis se destruirá o permanecerá,
si la investigación clínica derimiestra una correlación
entre anticuerpos hacia la mielina o la proteína básica
tumoral, y cambios en la función serotoninérgica,
depresión, y alteración de la respuesta linfocítica.
Otro
intento de medición de la función inmune en pacientes
depresivos ha sido detectar cambios en la fagocitosis neutrófila
antes y después de un tratamiento. La ventaja de este intento
es que otorga una medida funcional directa de un mecanismo inmune
importante. Además, los cambios en la fagocitosis no parecerían
afectados por el cortisol plasmático o por los antidepresivos
usados para tratar al paciente. Utilizando esta modalidad, Leonard
y col. han demostrado que la respuesta de fagocitosis está
signiricativamente alterada en los pacientes depresivos, pero se
normaliza luego de un efectivo tratamiento; aquellos que fallaron
en la respuesta al tratamiento, continúan mostrando respuestas
disminuidas.
Parece
entonces que la fagocitosis neutrófila alterada puede ser
un estado más que un rasgo marcador de depresión.
Más recientemente, se ha demostrado que solamente los pacientes
que sufren de desorden de pánico muestran respuestas neutrofilicas
anormales similares; aquellos con esquizofrenia, enfermedad de Alzheimer,
alcoholismo, manía, y estados de ansiedad no difieren de
los controles. No es sin interés que los modelos de depresión
en ratas con extirpación de los bulbos olfatorios, también
exhiben una fagocitosis neutrófila defectuosa que es ampliamente
normalizada por el tratamiento antidepresivo crónico.
Recientemente,
se ha intentado determinar la naturaleza del factor responsable
de la respuesta fagocítica subnormal en los pacientes depresivos.
No parece estar asociada con las inmunoglobulinas, el calcio plasmático,
o el Complemento, pero hay una creciente evidencia de que las prostaglandinas
plasmáticas elevadas (PGE2?) pueden ser las responsables.
Tal posibilidad
es sostenida por los trabajos de Calabrese y col., quienes hallaron
que las concentraciones de PGE1 y E2 estaban disminuidas en los
pacientes deprimidos. Estos investigadores suponen que las anormalidades
en la inmunidad celular encontradas en los pacientes deprimidos,
puede estar directamente asociada con la síntesis aumentada
de prostaglandinas de la serie E. También existe evidencia
de que la PGE2 estimula directamente in vitro los monocitos e inhibe
la fagocitosis ricutrófila en concentraciones que están
en el mismo rango que aquellas encontradas en los pacientes deprimidos.
Por supuesto esto debe ser probado, dado que tales cambios son importantes
para los síntomas psiquiátricos de la enfermedad,
y para la vinculación de la acción de los antidepresivos
sobre el cerebro. Existe suficiente evidencia -y convincente- de
que la inmunoregulación se encuentra mediada por el sistema
simpático periférico y central, y que las prostaglandinas
de las series E pueden modular la liberación de neurotransmisores
centrales, posiblemente a través de la alteración
del flujo de calcio. Más apoyo para esta hipótesis
que une una anormalidad en las PGE y la depresión, se encuentra
en el hallazgo de que el litio, los IMAO, y los ATC inhiben la síntesis
de estos neuromoduladores. Si bien se necesitan más trabajos
que apoyen estas hipótesis, ellas sirven para unir los cambios
bioquímicos establecidos en los pacientes deprimidos, con
la demora en el inicio de la acción de los antidepresivos,
y la alteración en la inmunidad celular.
Interacciones
inmuno-neuro-endócrinas
Despejado
el considerable número de estudios de cambios en varios parámetros
de la función inmune y la depresión, han causado confusión
las diferencias en los diseños experimentales y en la metodología.
Stein y col. han revisado los principales estudios publicados en
los últimos 10 años, y han mostrado que la mayoría
de ellos no registran cambios en las cifras de leucocitos neutrófilos,
linfocitos, monocitos, células-13 yT. De los 12 estudios
de la función inmune, aproximadamente el 50% mostró
una reducción en la multiplicación linfocítica
estimulada mitogénicamente, mientras dos de cuatro estudios
mostraron actividad de células NK reducida en los pacientes
depresivos. Una crítica general de todos estos estudios hace
referencia al pequeño tamaño de la muestra y, en muchos
casos, a la falta de controles por edad y sexo. Además no
existe evidencia de que los cambios in vitro en los linfocitos estimulados
mitogénicamente, o la actividad de las células NK,
estén relacionadas con las respuestas in vivo. Es así
como se puede concluir que aunque los cambios en la función
inmune, como muestran las actividades in vitro, pueden ser indicadoras
de una función inmune alterada in vivo, todavía permanece
sin ser probado que tales cambios sean importantes para la susceptibilidad
a la enfermedad del paciente deprimido.
Las células
del sistema inmune contienen receptores para las neurohormonas y
los neurotransmisores que pueden estar alterados en la depresión.
A través de los receptores que responden a las hormonas producidas
por el eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal (HPA) están
aquellas para el ACTH, la beta-endorfina, el cortisol y las catecolaminas.
Es bien conocido que las hormonas glucocorticoideas poseen efectos
inmunoregulatorios potentes. Los receptores tipo 1 (mineralocorticoides)
y tipo 11 (glucocorticoides) se encuentran en las células
mononucleares. También es conocido que los glucocorticoides
pueden elevar los neutrófilos circulantes pero reducen el
número de linfocitos y monocitos (los linfocitosT parecen
ser más sensibles que los linfocitos-13). La supresión
de la función de las células-T y NK por los glucocorticoldes
parece estar relacionada con la inhibición de la IL-2 que
actúa como un factor decrecimiento de la célulaT.
Se puede concluir, entonces, que la reducción en la función
inmune que ocurre en los pacientes deprimidos es una consecuencia
de la hipersecreción de cortisol, que es un hallazgo característico
de la depresión.
Para
investigar esta posibilidad, se han tomado muestras en aquellos
pacientes en que el sistema inintine de los pacientes deprimidos
fueron correlacionados con la no-supresión, o la supresión
de la respuesta del cortisol por la dexametasona (test de supresión
de la dexametasona). Kronfol y col. registraron que existe una correlación
entre la no-supresión del cortisol y el estado inmunodeprimido,
mientras que Murphy y col. y Syvalahati y col. no encontraron diferencias
en el estado inmunodeprimido entre los supresores y los no-suprcsores
al cortisol. Debe señalarse, sin embargo, que aproximada
ni ente el 50% de estos pacientes que tenían hipersecreción
de cortisol, mostraron una respuesta normal a la supresión
del cortisol por la dexametasona.
La relación
entre los glucocorticoides circulantes y los receptores glucocorticoideos
de los linfocitos han sido estudiados por numerosos grupos de investigadores
quienes han demostrado que los pacientes deprimidos poseen menos
receptores glucocorticoideos que los controles. Tales receptores
también muestran una reducida sensibilidad a la estimulación
de la dexametasona in vitro que puede reflejar una disminución
de la sensibilidad al cortisol in vivo. La sensibilidad en menos
de los receptores glucocorticoideos al cortisol, se ve reflejada
de igual manera en los receptores glucocorticoides del cerebro.
Existe así evidencia de que las anormalidades en el eje HPA
en la depresión se encuentra relacionada, al menos en parte,
a una sensibilidad alterada del receptor glucocorticoideo a la inhibición
por feedback del cortisol, al nivel del hipocampo, hipotálamo,
y glándula pituitaria.
Ya es
aceptado que, además de los cambios que se producen en la
actividad funcional de los órganos periféricos, la
hormona corticotrófica CRH (que controla la liberación
de la ACTH), como así también los gIucocorticoides,
tienen acciones directas sobre el cerebro. Por ejemplo, Irwin y
col. han demostrado que la CRH inyectada en los ventrículos
cerebrales, reduce la actividad de las células NK en el bazo
de las ratas. Con respecto a los esteroides adrenales, existe ahora
evidencia de que los receptores glucocorticoideos específicos
también tienen su lugar en el cerebro. Así, el receptor
esteroideo tipo 1 es activado por los mineralocorticoides, mientras
los receptores tipo 2 responden a los glucocorticoides. El receptor
tipo 2 es particularmente importante para nuestra comprensión
de la relación entre los sistemas endócrino e inmune.
Las altas concentraciones de los receptores tipo 2 acontecen en
las regiones cortical y talámica del cerebro. Los estudios
de Van Eckelen y col. mostraron, a su vez, que una alta densidad
de estos receptores ocurre en las regiones CA1 y CA2 del hipocampo.
Tanibién son encontrados en el Locus Coeruleus, el área
principal del cerebro donde se localizan los cuerpos celulares de
las neuronas noradrenérgicas.
Los cambios
del cortisol relacionados con el estrés están mediados
por los receptores esteroideos tipo 2 que pueden ser de importancia
en la patofisiología de la depresión. Además
de la hipersecreción de cortisol, se ha descrito que la concentración
de CRH está aumentada en el LCR de los pacientes deprimidos.
La reducción en la liberación de ACTH que sigue a
la infusión de CRH en los pacientes deprimidos, sugiere que
ocurre una desensibilización de los receptores CRH pituitarios.
Ciertos experimentos han puesto de relieve que la ACTH y la beta
endorfiría pueden contrarrestar los efectos inhibitorios
de los glucocorticoides sobre el sistema inmune (por ejemplo, la
actividad celular NK). Así, la reducción en la liberación
de ACTH por la CRH, puede ser tin factor de contribución
importante a la inmunocompetencia disminuida vista en los pacientes
deprimidos o en aquellos individuos sujetos a estrés crónico.
Puede
concluirse que en la depresión, la plasticidad de los receptores
glucocorticoideos está disminuida en el cerebro. Además,
como existe evidencia de que una reducción en los glucocorticoides
circulantes restilta en un descenso del turnover de la 5 HT cerebral
en el hipocampo dorsal, y en tina supresión de la formación
de AMP cíclico estimulado por la noradrenalina en la corteza
y en el hipocampo (efectos que pueden ser corregidos por la administración
de glucocorticoides), puede especularse que las anormalidades en
la función de las monoaminas cerebrales en la depresión
pueden ser secundarias a cambios en la actividad de los receptores
esteroideos tipo 2. En apoyo de esta hipótesis, Kelly y col.
registraron una prevalencia de depresión del 50% en pacientes
con síndrome de Cushing, mientras Kramlinger y col. han demostrado
que la metirapona, un inhibidor de la 11 betahidroxilasa que reduce
la síntesis de cortisol, disminuye los síntomas de
la depresión. Otros estudios experimentales han probado que
los antidepresivos incrementan la densidad de los receptores glucocorticoideos
en el cerebro de la rata.
La interrelación
entre el cerebro y los sistemas inmune y endócrino, se encuentran
esquematizados en la Figura 2. El diagrama sirve para dar una síntesis
de los cambios en estos sistemas.
Figura 2 Interrelación entre el cerebro y los sisternas inmune
y endócrino en In depresión
Ha sido
aceptado durante mucho años que existiría una modulación
del sistema inmune a través del sistema endócrino.
Sin embargo, el efecto del sistema inmune sobre el mecanismo central
controlador del sistema endócrino ha sido demostrado sólo
recientemente. Por ejemplo, Berkeribosh y col. fueron los primeros
en proveer evidencia experimental de que la IL 1, administrada intraperitonealmente
a las ratas, incrementaba las concentraciones sanguíneas
de ACTH y corticosterona. Esta consecuencia fue interpretada corno
debida a un efecto directo de la IL 1 sobre la secreción
de CRH desde el hipotálamo,demostrando claramente que las
interleuquinas pueden penetrar fácilmente la barrera hemato-encefálica.
Evidencia posterior para los efectos centrales de la IL- 1 fueron
provistos por Sapolsky y col. quienes mostraron que la IL- 1, administrada
intravenosamente o en los ventrículos cerebrales, tenían
un efecto similar sobre la secreción de CRH por el hipotálamo.
Los efectos
directos de las interleuquinas sobre el metabolismo de las monoaminas
cerebrales han sido detectados por varios grupos de investigadores.
Kabiersch y col. demostraron que la administración parenteral
de IL~1 causaba un incremento generalizado en el turnover de noradrenalina
en la mayoría de las regiones de¡ cerebro de rata,
sin afectar apreciablemente el turnover de dopamina o serotonina.
Estos investigadores también registraron que la concentración
de triptofano estaba, a la vez, aumentada en la mayoría de
las regiones cerebrales. Hallazgos similares han sido registrados
por Palazzolo y Quadri quienes estudiaron la acción de la
IL-1 sobre la liberación de catecolaminas desde cortes hipotalámicos
de cerebro de rata in vitro. Estos investigadores mostraron que
la IL-1 estimulaba la liberación de NA, DA y 5-HT desde los
cortes hipotalámicos, lo que los llevaba a concluir que la
IL-1 causa estos efectos centrales (tales como el incremento del
sueño y la hipertermia) por el cambio de la función
monoamínica en el cerebro.
Puede
parecer que la evidencia de los estudios experimentales que implican
un rol central para la IL-1 (y sin duda otras citoquinas y neuropéptidos
tales como el neuropéptido-Y, que son liberados durante la
activación del sistema inmunitario) en modular la liberación
de monoaminas y CRH desde diferentes regiones del cerebro, choca
con los hallazgos clínicos de los pacientes depresivos y
de aquellos individuos sujetos a estrés crónico. El
incremento en la actividad monocítica en los pacientes deprimidos
sugiere que las concentraciones de IL-1 podrían aumentarse
desembocando en una estimulación de la actividad monoamínica
central. Sin embargo, no existe evidencia que sugiera que las consecuencias
patológicas de una concentración cerebral aumentada
de IL- 1 (tal como la hipertermia) ocurran en los pacientes deprimidos.
Esto puede ser debido al hecho de que la IL-1 estimula la liberación
de CRH desde las neuronas que contienen CRH en el cerebro. La activación
crónica del eje HPA por la CRH podría llevar entonces
a la hipersecreción de cortisol y la consecuente "down-regtílation",
o disminuir el nivel de respuesta del receptor glucocorticoideo,
en la mayoría de las regiones cerebrales. Presumiblemente
tal efecto podría contrarrestar el impacto de la IL-1 originada
periférica o centralmente (de los astrocitos y la microglía).
Sin embargo,
la relación entre la hipersecreción de cortisol en
los depresivos y la síntesis interleuquínica, es complicada.
Maes y col. mostraron que si bien la dexametasona suprimía
significativamente la estimulación linfocítica inducida
por lecitina, y la producción de IL- 1 e IL-2 en individuos
normales, los deprimidos exhibían una síntesis interleuquínica
sin la influencia de supresión alguna. Es posible, sin embargo,
que las prostaglandinas, que están disminuidas en los pacientes
deprimidos, puedan, a través de la regulación de la
liberación de transmisores biogénicos en el cerebro,
contribuir indirectamente a la supresión de la función
inmune en estos pacientes. El atractivo de esta hipótesis,
que une la etiología de la depresión y otras enfermedades
que pueden ser atribuidas a estrés crónico, es que
sirve para unificar los cambios disparados en los sistemas inmune,
endócrino, y de neurotransmisores centrales; y posiblemente
señale nuevos intentos para el tratamiento con drogas de
tales desórdenes. Si dichos intentos novedosos incluyen el
uso de ácidos grasos esenciales (tales como el aceite de
pescado) o suplementos dietéticos para incrementar la síntesis
de leucotrienos y otros inmunoestimulantes, es una materia de especulación.
Conclusiones
Existe
aceptación general de la visión de que el estrés
y las enfermedades están interrelacionados y la psiconeuroinmunología
indica cómo tal interrelación puede crecer. Conceptualmente,
la profunda influencia de los factores psicosociales sobre las respuestas
inmunes, remarcan un posible rol causal para los rasgos de la personalidad
y las características psicológicas en la etiología
de la enfermedad inmunológica, que crece debido a los cambios
en el sistema nervioso autónomo y en la función neuroendócrina.
Aceptada la idea del sistema inmune reflejando el efecto del estresor
sobre el sistema nervioso central, podría ahora parecer que
puede también influir en el estado mental. En el caso del
cáncer, por ejemplo, síntomas psicológicos
tales como los sentimientos de desesperanza y desasosiego, que están
comúnmente asociados con el inicio y progresión de
la enfermedad, pueden ser secundarios a los efectos de factores
liberados desde las células inmunes o tumorales durante el
estadio temprano de la enfermedad, sobre el sistema nervioso central.
La posible participación de varias citoquinas en tales procesos
ha sido revisada recientemente por Dantzer y Kelly.
De
esta forma, el establecimiento y reconocimiento de la psiconeuroinmunología
como una disciplina, marca una nueva era de investigación
en los efectos de las variables psicológicas sobre el inicio
y la progresión de enfermedades que van desde el síndrome
de inmunodeficiencia adquirida a la depresión.
|