| Sociedad
La
Violencia de lo Global (1)
Autor: Jean
Beaudrillard
Traducción: Carlos
Silva
Fuente: CTHEORY.NET
Web: www.ctheory.net
El
terrorismo de hoy no es producto
de la historia tradicional del anarquismo,
del nihilismo, o del fanatismo. Es,
en cambio, el compañero contemporáneo
de la globalización. Para
identificar sus rasgos principales,
es necesario realizar una breve genealogía
de la globalización; particularmente,
de su relación con lo singular
y lo universal.
La analogía entre los términos "global"(2) y "universal" esengañosa.
La universalización tiene
que ver con los derechos humanos,
la libertad, la cultura y la democracia.
Contrariamente, la globalización
se refiere a la tecnología,
el mercado, el turismo y la información.
La globalización parece ser
irreversible, considerando que es
probable que la universalización
vaya de salida. Al menos parece estar
retirándose como un sistema
de valores que se desarrolló en
el contexto de la modernidad Occidental
y no podía compararse con
cualquier otra cultura. Toda cultura
que deviene universal pierde su singularidad
y muere. Eso fue lo que ocurrió a
todas aquellas culturas que destruimos
asimilándolas por la vía
de la fuerza. Pero esto también
es cierto para nuestra propia cultura,
a pesar de su pretensión de
considerarse universalmente válida.
La única diferencia es que
las otras culturas murieron debido
a su singularidad, lo cual es una
muerte bonita. Nosotros estamos muriendo
porque estamos perdiendo nuestra
propia singularidad y exterminando
todos nuestros valores. Y ésta
es una muerte más bien fea.
Creemos que el fin ideal de cualquier
valor es volverse universal. Pero
realmente no evaluamos el peligro
mortal que representa semejante búsqueda.
Lejos de ser un movimiento de elevación,
hay en cambio una tendencia en picada
hacia el grado cero de todos los
valores. En el Iluminismo se veía
la universalización como crecimiento
ilimitado y progreso prospectivo.
Hoy, contrariamente, la universalización
existe como un dispositivo predeterminado
y se expresa como un escape hacia
adelante, que se plantea como meta
alcanzar un valor común mínimo. Éste
precisamente es, hoy, el destino
de los derechos humanos, la democracia
y la libertad. Su expansión
es, en realidad, su expresión
más débil.
La universalización se desvanece
debido a la globalización.
La globalización de los intercambios
pone fin a la universalización
de los valores. Esto marca el triunfo
del pensamiento único (3) por encima del pensamiento universal.
Lo que se globaliza, en primera instancia,
es el mercado, la profusión
de los intercambios y de toda clase
de productos, el flujo perpetuo de
dinero. Culturalmente, la globalización
da paso a la promiscuidad de signos
y valores, a una forma de pornografía
fáctica. A decir verdad, la
diseminación global de todo
y de nada a través de las
redes es pornográfica. Ya
no hay necesidad alguna de obscenidad
sexual. Todo lo que usted tiene es
una cópula interactiva global.
Y, como resultado de todo esto, ya
no hay ninguna diferencia entre lo
global y lo universal. Lo universal
se ha globalizado, y los derechos
humanos circulan exactamente como
cualquier otro producto global (petróleo
o capital, por ejemplo).
El paso de lo universal a lo global
ha dado lugar a una homogeneización
constante, pero también a
una fragmentación perpetua.
La dislocación, no la localización,
ha reemplazado a la centralización.
El excentricismo, no la descentralización,
ha tomado el lugar que en algún
momento ocupó la concentración.
Igualmente, la discriminación
y la exclusión no son simplemente
consecuencias accidentales de la
globalización, sino resultados
lógicos propios de la globalización.
De hecho, la presencia de la globalización
nos hace preguntarnos si la universalización
ya no ha sido destruida por su propia
masa crítica. También
nos hace preguntarnos si la universalidad
y la modernidad alguna vez existieron
fuera de algunos discursos oficiales
o de algunos sentimientos morales
que gozaban de cierta popularidad.
Para nosotros, hoy, el espejo de
nuestra universalización moderna
se ha roto. Pero esto realmente puede
ser una oportunidad. En los fragmentos
de este espejo roto, toda clase de
singularidades reaparece. Esas singularidades
que creíamos en peligro de
extinción están sobreviviendo;
y las que creíamos que estaban
perdidas, se reavivan.
Cuando los valores universales pierden
su autoridad y legitimidad, las cosas
se radicalizan. Cuando las creencias
universales se introdujeron como
los únicos valores posibles
en cuanto mediadiores culturales,
era bastante fácil para tales
creencias incorporar singularidades
como modos de diferenciación
en una cultura universal que se jactaba
de ser la abanderada de la diferencia.
Pero ya no pueden hacerlo, pues la
irradiación triunfante de
la globalización ha erradicado
todas las formas de diferenciación
y todos los valores universales que
defendían la diferencia. Así,
la globalización ha dado lugar
a una cultura absolutamente indiferente.
Desde el momento en que lo universal
desapareció, una tecno-estructura
global omnipotente ha quedado sola
para ejercer su dominio. Pero esta
tecno-estructura tiene ahora que
afrontar las nuevas singularidades
que, sin la presencia de la universalización
para acunarlas, están listas
para extenderse libre y salvajemente.
La historia dio a la universalización
su oportunidad. Hoy, sin embargo,
enfrentada al orden global, por un
lado, y con singularidades insurgentes
flotantes, por el otro, los conceptos
de libertad, democracia y derechos
humanos parecen atroces. Son los
fantasmas del pasado de la universalización.
La universalización solía
promover una cultura caracterizada
por los conceptos de transcendencia,
subjetividad, conceptualización,
realidad y representación.
Contrariamente, hoy la cultura global
virtual ha reemplazado los conceptos
universales por las pantallas, las
redes, la inmanencia, los números
y un espacio-tiempo continuo y sin
profundidad.(4) En lo universal,
había todavía espacio
para una referencia natural al mundo,
al cuerpo o al pasado. Había
una suerte de tensión dialéctica
o movimiento crítico que halló su
materialidad en la violencia histórica
y revolucionaria. Pero la expulsión
de esta negatividad crítica
abrió las puertas a otra forma
de violencia: la violencia de lo
global. Esta nueva violencia se caracteriza
por la supremacía de la eficacia
técnica y la positividad,
por la organización total,
la circulación integral y
la equivalencia de todos los intercambios.
Adicionalmente, la violencia de lo
global pone fin al rol social del
intelectual (una idea muy afín
al Iluminismo y a la universalización),
pero también al papel del
activista cuyo destino solía
estar atado a las ideas de oposición
crítica y violencia histórica.
¿
Es fatal la globalización?
Algunas veces, en el pasado, las
culturas distintas a la nuestra fueron
capaces de escapar a la fatalidad
del intercambio indiferente. Hoy,
sin embargo, ¿dónde
está el punto crítico
entre lo universal y lo global? ¿Hemos
alcanzado el punto de no retorno? ¿Qué vértigo
empuja al mundo a borrar la Idea? ¿Y
qué es el vértigo sino
eso que, al mismo tiempo, parece
forzar a las personas a querer actualizar
incondicionalmente la Idea?
Lo universal era una Idea. Pero cuando
se actualizó en lo global,
desapareció como una Idea,
cometió suicidio y desapareció como
un fin en sí mismo. Puesto
que la humanidad es ahora su propia
inmanencia, después de haber
tomado el lugar dejado por un Dios
muerto, el ser humano se ha vuelto
la única modalidad de referencia
y es el soberano. Pero esta humanidad
ya no tiene finalidad alguna. Libre
de sus enemigos anteriores, la humanidad
ahora tiene que crear a los enemigos
desde dentro, lo cual, de hecho,
produce una amplia variedad de metástasis
inhumanas.
De allí, precisamente, proviene
la violencia de lo global. Es el
producto de un sistema que rastrea
cualquier forma de negatividad y
de singularidad, incluyendo la muerte: última
forma de la singularidad. Es la violencia
de una sociedad donde el conflicto
está prohibido, dónde
la muerte no está permitida.
Es una violencia que, en un sentido,
pone fin a la violencia misma, y
se esfuerza por establecer un mundo
donde todo lo que se relacione con
lo natural debe desaparecer (sea
que se encuentre en el cuerpo, el
sexo, el nacimiento o la muerte).
Mejor que llamarla violencia global,
deberíamos llamarla virulencia
global. Esta forma de violencia es
en verdad viral. Se mueve por contagio,
procede por reacción en cadena,
y poco a poco destruye nuestros sistemas
inmunológicos y nuestras capacidades
de resistencia.
Pero el juego todavía no ha
terminado. La globalización
no ha ganado completamente. Contra
semejante poder de disolución
y de homogeneización, las
fuerzas heterogéneas -- no
las fuerzas simplemente diferentes,
sino las claramente antagónicas-
están surgiendo por todas
partes. Detrás de las fuertes
reacciones contra la globalización,
que van en aumento, y las formas
sociales y políticas de resistencia
a lo global, encontramos más
que simples expresiones nostálgicas
de la negación. Encontramos
un revisionismo aplastante vis-à-vis
entre la modernidad y el progreso,
un rechazo no sólo a la tecno-estructura
global, sino también al sistema
mental de la globalización,
que asume un principio de equivalencia
entre todas las culturas. Este tipo
de reacción puede asumir ciertos
aspectos violentos, anormales e irracionales
desde la perspectiva de nuestros
modos de pensamiento ilustrados y
tradicionales. Esta reacción
puede asumir formas colectivas tanto étnicas
como religiosas y lingüísticas.
Pero también puede tomar la
forma de arranques emocionales individuales
o, incluso, de neurosis. En todo
caso, sería un error recriminar
esas reacciones considerándolas
como absolutamente populistas, arcaicas
o, incluso, terroristas. Hoy en día,
todo lo que tiene cualidad de evento
está comprometido contra la
universalidad abstracta de lo global,(5) y esto también incluye la
propia oposición del Islam
a los valores Occidentales (debido
a que el Islam es la más poderosa
respuesta a esos valores que es considerado,
hoy, el enemigo número uno
de Occidente).
¿
Quién puede derrotar el sistema
global? Ciertamente no el movimiento
de la anti-globalización cuyo único
objetivo es disminuir lentamente
la desregulación global. El
impacto político de este movimiento
puede ser muy importante. Pero su
impacto simbólico carece de
valor. Esta oposición del
movimiento no es más que una
materia interior que el sistema dominante
puede controlar fácilmente.
Las alternativas positivas no pueden
derrotar el sistema dominante; pero
las singularidades que no son ni
positivas ni negativas, sí pueden.
Las singularidades no son alternativas.
Representan un orden simbólico
diferente. No soportan juicios de
valor o realidades políticas.
Pueden ser lo mejor o lo peor. No
pueden "regularizarse" por
medio de una acción histórica
colectiva.(6) Derrotan cualquiera
pensamiento único dominante.
Incluso, no se presentan a sí mismas
como el único contra-pensamiento.
Simplemente, crean su propio juego
e imponen sus propias reglas. No
todas las singularidades son violentas.
Algunas singularidades lingüísticas,
artísticas, corpóreas
o culturales son bastante sutiles.
Pero otras, como el terrorismo, pueden
ser violentas. La singularidad del
terrorismo, venga con su propia extinción
las singularidades de aquellas culturas
que pagaron el precio de la imposición
de un poder global único.
Realmente, no estamos hablando aquí de
un "choque de civilizaciones",
sino, en cambio, de casi una confrontación
antropológica entre la cultura
universal indiferenciada y todo lo
demás que, en cualquier dominio,
retiene una calidad de alteridad
irreducible. Desde la perspectiva
del poder global (en cuanto fundamentalista
en sus creencias como cualquier ortodoxia
religiosa), cualquier forma de diferencia
y singularidad es herejía.
Las fuerzas singulares sólo
tienen la opción de unirse
al sistema global (por voluntad o
por fuerza) o perecer. La misión
de Occidente (o más bien del
Occidente pasado, puesto que perdió sus
propios valores hace mucho tiempo
atrás) es usar todos los medios
disponibles para subyugar a todas
las culturas bajo el principio brutal
de equivalencia cultural. Una vez
que una cultura ha perdido sus valores,
sólo puede buscar venganza
atacando los valores de los otros.
Más allá de sus objetivos
políticos o económicos,
las guerras como la de Afganistán
(7) apuntan a normalizar el salvajismo
y a alinear todos los territorios.
La meta es librarse de cualquier
zona reactiva, y colonizar y domesticar
tanto geográfica como mentalmente
cualquier territorio salvaje y de
resistencia.
El establecimiento de un sistema
global es el resultado de unos celos
intensos. Son los celos de una cultura
indiferente y de baja definición,
hacia las culturas con una definición
más alta; son los celos de
un sistema desencantado y desintensificado
hacia los ambientes culturales de
alta intensidad; y, finalmente, son
los celos de una sociedad des-sacralizada
hacia las formas sacrificiales. Según
este sistema dominante, cualquier
forma reaccionaria es virtualmente
terrorista. (Según esta lógica,
podríamos decir, incluso,
que las catástrofes naturales
también son formas de terrorismo.
Accidentes tecnológicos de
marca mayor, como Chernobyl, son
al mismo tiempo un acto terrorista
y un desastre natural. La fuga de
gas tóxico en Bhopal, India,
otro accidente tecnológico,
también podría ser
un acto terrorista. Cualquier caída
de avión también puede
ser asumida por cualquier grupo terrorista.
La característica dominante
de los eventos irracionales es que
pueden imputarse a cualquiera o se
les puede asignar cualquier motivación;
hasta cierto punto, cualquier cosa
que podamos considerar como criminal,
incluso un frente frío o un
terremoto. Esto no es nuevo. En el
terremoto de Tokio en 1923, miles
de coreanos fueron asesinados porque
se pensó que eran responsables
del desastre. En un sistema intensamente
integrado como el nuestro, todo puede
tener un efecto similar de desestabilización.
Todo conduce hacia el fracaso de
un sistema que alega ser infalible.
Desde nuestro punto de vista, atrapados
como estamos dentro de los imperativos
racionales y programáticos
de este sistema, podemos incluso
pensar que la peor catástrofe
es, realmente, la infalibilidad del
sistema mismo). Tomemos por caso
a Afganistán. El hecho de
que, sólo dentro de este país,
todas los formas reconocidas de libertades
y expresiones "democráticas" --
desde la música y latelevisión
hasta la habilidad de ver la cara
de una mujer -- estaban prohibidas,
y la posibilidad de que ese país
pudiera tomar un camino totalmente
opuesto a lo que nosotros llamamos
civilización (no importa qué principios
religiosos invocara), era inaceptable
para el "mundolibre". La
dimensión universal de la
modernidad no puede negarse. Desde
la perspectiva de Occidente, de su
modelo consensual y de su manera única
de pensar, es un crimen no percibir
la modernidad como la fuente obvia
del Bien, como el ideal natural de
humanidad. También es un crimen
cuando la universalidad de nuestros
valores y de nuestras prácticas
se encuentra bajo sospecha por algunos
individuos que, cuando revelan sus
dudas, son inmediatamente calificados
de fanáticos.
Sólo un análisis que
enfatice en la lógica de la
obligación simbólica
puede dar cuenta de esta confrontación
entre lo global y lo singular. Para
entender el odio del resto del mundo
contra Occidente, deben invertirse
las perspectivas. El odio de los
pueblos no-occidentales no está basado
en el hecho que Occidente les robó todo
y nunca dio nada de vuelta. Más
bien, se basa en el hecho que ellos
recibieron todo, pero nunca les fue
permitido devolver algo. Este odio
no fue causado por expropiación
o explotación, sino más
bien por humillación. Y éste
precisamente es el tipo de odio que
explica los ataques terroristas del
11 de septiembre.
Fueron actos de
humillación que respondían
a otros actos de humillación.
Lo peor que puede ocurrirle al poder
global no es que sea atacado o destruido,
sino sufrir una humillación.
El poder global fue humillado el
11 de septiembre porque los terroristas
infligieron algo que el sistema global
no puede devolver. Las represalias
militares sólo fueron medios
de contestación física.
Pero, el 11 de septiembre, el poder
global fue derrotado simbólicamente.
La guerra es una respuesta a una
agresión, pero no a un desafío
simbólico. Un desafío
simbólico se acepta y se rechaza
cuando el otro se humilla a cambio
(pero esto no puede funcionar cuando
el otro es aplastado por las bombas
o encerrado tras las rejas en Guantánamo).
La regla fundamental de la obligación
simbólica estipula que la
base de cualquier forma de dominación
es la ausencia total de cualquier
contrapartida, de cualquier retorno.(8) El don unilateral es un acto de poder.
Y el Imperio del Bien, la violencia
del Bien, es precisamente ser capaz
de dar sin que haya posibilidad alguna
de dar algo a cambio. Esto es lo
que quiere decir estar en el lugar
de Dios. O estar en la posición
del Amo que permite al esclavo vivir
a cambio de su trabajo (pero el trabajo
no es una contrapartida simbólica,
y la única respuesta del esclavo
es, en un futuro, rebelarse o morir).
Dios solía permitir cierto
espacio para el sacrificio. En el
orden tradicional, siempre era posible
devolver algo a Dios, o a la naturaleza,
o a cualquier entidad superior por
medio del sacrificio. Eso aseguraba
un equilibrio simbólico entre
los seres y las cosas. Pero hoy ya
no tenemos a nadie a quien devolverle
nada, no hay a quien podamos pagar
la deuda simbólica. Esta es
la maldición de nuestra cultura.
No es que el don sea imposible, sino
que la contrapartida sí lo
es. Todas las formas sacrificiales
han sido neutralizadas y removidas
(lo que queda en cambio es una parodia
del sacrificio, que es visible en
todas las instancias contemporáneas
de victimización).
Así, estamos en la situación
irremediable de tener que recibir,
siempre recibir, ya no de Dios o
de la naturaleza, sino por medio
de un mecanismo tecnológico
de intercambio generalizado y de
gratificación común.
Todo, virtualmente, se nos da, y,
guste o no, nos hemos ganado un derecho
a todo. Somos similares al esclavo
cuya vida ha sido liberada, pero,
no obstante, está limitado
por una deuda imposible de pagar.
Esta situación puede durar
un buen tiempo, pues es la base misma
del intercambio en este orden económico.
Más aún, siempre llega
un momento en el cual la regla fundamental
se pule y un retorno negativo responde
inevitablemente a la transferencia
positiva; un tiempo en el cual tiene
lugar una reacción violenta
contra esa vida cautiva, esa existencia
protegida, esa saturación
de ser. Esta reversión puede
tomar la forma de un acto de violencia
abierto (como el terrorismo), pero
también de una rendición
impotente (lo cual es más
característico de nuestra
modernidad), de un odio a sí mismo,
y de remordimiento; dicho de otra
manera, de todas esas pasiones negativas
que son formas degradadas de la contrapartida
imposible.
Lo que odiamos en nosotros mismos
-- el oscuro objeto de nuestro resentimiento
-- es nuestro exceso de realidad,
poder y comodidad, nuestra disponibilidad
universal, nuestro logro definido,
el tipo de destino que El Gran Inquisidor
de Dostoievski tenía en reserva
para las masas domesticadas. Y esta
es exactamente la parte de nuestra
cultura que los terroristas encuentran
repulsiva (lo cual también
explica el apoyo que reciben y la
fascinación que son capaces
de ejercer). El apoyo al terrorismo
no sólo se basa en la desesperación
de aquellos que han sido humillados
y ofendidos. También se basa
en la desesperación invisible
de aquellos que han sido privilegiados
por la globalización, sobre
nuestra propia sumisión ante
una tecnología omnipotente,
ante una realidad virtual aplastante,
ante un imperio de redes y programas
que probablemente están en
proceso de redibujar los contornos
regresivos de toda la raza humana,
de una humanidad que se ha vuelto "global".
(Después de todo, ¿no
es la supremacía de la especie
humana por sobre el resto de la vida
en la tierra la imagen en espejo
de la dominación de Occidente
por sobre el resto del mundo?). Esta
desesperación invisible, nuestra
desesperación invisible, está desesperanzada
en la medida en que es el resultado
de la realización de todos
nuestros deseos.
Así, pues, si el terrorismo
se deriva de este exceso de realidad
y de este intercambio imposible de
realidad, si es el producto de una
profusión sin contrapartida
o retorno posibles, y si emerge de
una resolución forzada de
los conflictos, la ilusión
de liberarse de él como si
fuera un mal objetivo, está completa.(9) Pues, en su absurdidad y sin-sentido,
el terrorismo es el juicio y la condena
de nuestra propia sociedad.
Notas
---------------
[1] Inicialmente publicado como "La
Violence du Mondial," en Jean
Baudrillard, Power Inferno (París:
Galilea, 2002), pp. 63-83.
[2] "Mondial" es el término
francés para "global" en
el texto original.
[3] "Pensée unique" en
francés.
[4] "Espace-temps sans dimension " en
francés.
[5] "Contre cette universalité abstraite " en
francés.
[6] "On ne peut pas les fédérer
dans une action historique d'ensemble" en
francés.
[7] Baudrillard se refiere aquí a
la guerra americana contra Afganistán
en el otoño de 2001 como consecuencia
de los ataques del 11 de septiembre.
[8] "L'absence de contrepartie " en
francés.
[9] Énfasis en el texto original.
--------------------
Jean Baudrillard is an internationally
acclaimed theorist whose writings
trace the rise and fall of symbollic
exchange in the contemporary century.
In addition to a wide range of
highly influential books from Seduction
to Symbollic Exchange and Death,
Baudrillard's most recent publications
include: The Vital Illusion, The
Spirit of Terrorism and The Singular
Objects of Architecture. He is
a member of the editorial board
of CTheory.
Carlos Silva is a social psychologist
and a lecturer and researcher in
the Political Psychology Unit of
the Institute of Psychology, Central
University of Venezuela.
|