| Ciencia
Saberes
del Gourmet
Autor: Mariano
Sigman
Fuente: El
breve lapso entre el huevo y la gallina
(Le Monde Diplo)
La
disputa entre científicos
puros y aplicados es una batalla
tan curiosa como estéril.
Sin embargo, las evidencias indican
que hay matemáticos puros
que se deprimen si su trabajo encuentra
alguna aplicación. Y que hay
biólogos aplicados que desprecian
–al punto de calificarlas de masturbación
mental– las investigaciones que no
conducen a resultados tangibles.
Hay físicos que se jactan
de que su ciencia vale en Hungría,
China, Marte y Andrómeda,
y meteorólogos que replican
que su ciencia es menos general pero
tal vez mas pertinente o, cuando
menos, más útil para
saber si usar o no un paraguas. De
todas maneras, lo cierto es que la
división entre ciencia pura
y aplicada no tiene siempre fronteras
tan claras. Así, la teoría
de números –que alguna vez
fue considerada como el mayor ejemplo
de ciencia por la ciencia misma–
se encontró con que su interminable
búsqueda de los secretos de
los números primos tenía
una aplicación decisiva en
el diseño de códigos,
cada vez más importantes en
el universo de las comunicaciones
digitales. Por otro lado, los matemáticos
financieros y los biomatemáticos
encuentran en la biología
o la economía razones para
explicar y financiar sus intentos
de construir, porque sí, una
nueva matemática.
El continuo de lo puro a lo aplicado
acompaña otro continuo de
disciplinas que van desde lo general
a lo particular. En orden, la matemática,
la física, la química
y la biología migran de los
universos a los organismos, desde
lo abstracto a lo concreto. Pero
en los últimos tiempos la
división se hizo aun más
borrosa. Las mismas preguntas pueden
responderse desde todas las disciplinas.
Una vieja pregunta kantiana, ¿qué son
los colores?, es atacada hoy por
los físicos que investigan
la naturaleza de la luz, los químicos
que estudian cómo se mezclan
los pigmentos, los biólogos
que analizan los mecanismos de la
visión y los psicólogos
que intentan entender cómo
se construyen las representaciones
mentales. La navegación horizontal
a lo largo de las disciplinas es
apasionante y cada vez está más
de moda. Así, la distinción
entre lo puro y lo aplicado termina
siendo una mera cuestión de
gustos, un asunto poco científico
en apariencia.
Y sin embargo, desde hace algún
tiempo, aun los gustos son menester
de la ciencia (más o menos
aplicada). Los resultados, como suele
suceder, son más modestos
de lo que anuncia la divulgación
periodística, siempre preocupada
por disimular la lentitud con la
que el método científico
alcanza sus objetivos. Pero lo cierto
es que la ciencia se terminó ocupando
de la gastronomía, donde se
encuentra con una disciplina que
acaso no sea tan distinta: la cocina.
El nuevo Centro Europeo de las Ciencias
del Gusto tiene sede en Francia,
exactamente, en la ciudad de Dijon,
pertinentemente además la
casa de la mostaza. Allí,
en los últimos años
se obtuvieron los primeros resultados
sobre las bases moleculares del gusto.
El grupo de investigadores dirigidos
por Charles Zuker encontró dos
genes, cada uno de los cuales expresa
una proteína que está en
la superficie de las células
gustativas y les indica a éstas
la presencia de un gusto determinado
(amargo, dulce, salado, ácido).
Un poco antes, el grupo a cargo del
científico David Julius en
San Francisco había encontrado
el receptor de la capsaicina, el
compuesto activo del ají,
del jalapeño y otros frutos
que constituyen la venganza de Moctezuma
sobre los extranjeros que pisan suelo
mexicano. Los estudios determinaron
que estos mismos receptores respondían
no sólo al ají, sino
también a las subidas de temperatura,
lo que explica por qué el
picante produce una cierta sensación
de quemazón. En rigor, el
picante no es formalmente un gusto
como el salado o el dulce, sino una
sensación más parecida
al dolor. La investigación
demostró que las células
morían cuando se las exponía
a la capsaicina, lo que termina probando
que el picante mata.
Como vemos, estos ejemplos vuelven
a mostrar que, para la ciencia, entender
un problema equivale a encontrar
la molécula pertinente.
Si alguien estuvo siempre entre la
cocina y la ciencia, ésos
fueron los químicos. De hecho,
desde las otras disciplinas los llaman,
con cierto desprecio, “los cocineros”.
Lo que une a ambos oficios es la
búsqueda de recetas, una tarea
menos sistemática y mucho
más empírica: si funciona,
bien; si no, se prueba con otra.
Así como generar los colores
adecuados fue fundamental en la historia
de la pintura, la cocina se pregunta
cuál es esa secuencia de gustos
con los que la alquimia puede jugar
para generar todos los sabores. ¿Habrá algún
patrón que ordene el mundo
de los sabores como las frecuencias
o las longitudes de onda ordenan
todos los colores?
En una experiencia interesante llevada
a cabo en Sicilia (donde también
se come muy bien) se reunieron químicos,
biólogos y chefs para estudiar
esta pregunta. Cada uno utilizó sus
herramientas: los biólogos
analizaron qué sucede en las
células, los químicos
midieron espectros y los chefs estudiaron
el gusto de distintos tipos de productos
cocidos a los que se les fueron sumando
determinadas moléculas que
podrían constituir los ladrillos
fundamentales del gusto.
Como sucede en la frontera entre
la matemática pura y aplicada,
aquí tampoco queda claro si
químicos y biólogos
buscan en sus moléculas de
laboratorio las nuevas sales y condimentos
de nuestra época o si, en
mezclas de las viejas sales, buscan
nuevas moléculas que puedan
masticar con sus viejos métodos.
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