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Biologia
El
origen de la célula eucariota.
Autor:
Luis Santiago Lario Herrero / Santiago Lario Ladrón (colaboradores)
E-Mail: slario@ecodi.net
/ 9684sll@comb.es
Las conjugaciones
totales de una célula Hfr pueden dar lugar a diploidismos
y los autores se preguntan si no pudo participar uno de esos procesos
en el origen del núcleo eucariota. Es verdad que esas conjugaciones
totales son excepcionales, y los diploidismos que producen transitorios,
pero al menos se presentan espontáneamente en la naturaleza,
cosa que no ocurre con las fusiones bacterianas del "canibalismo
bacteriano" o "hipersexo" de Margulis. Y el problema
de aceptar que hubo al menos un caso (el que originó la primera
célula diploide), en que la bacteria receptora respetó,
e integró, el ADN transferido, es el mismo en ambas teorías.
En cambio, las ventajas de implicar a una conjugación en
la aparición del núcleo eucariota, es que permitiría
explicar, de manera comprensible, la tendencia a reponer el diploidismo
tras la primera meiosis. Y en cierto modo, la persistencia de ese
método de intercambio genético en los ciliados, podría
considerarse como un argumento a favor de esa participación.
EL ORIGEN DE LA CÉLULA EUCARIOTA
RESUMEN: Las
conjugaciones totales de una célula Hfr pueden dar lugar
a diploidismos y los autores se preguntan si no pudo participar
uno de esos procesos en el origen del núcleo eucariota. Es
verdad que esas conjugaciones totales son excepcionales, y los diploidismos
que producen transitorios, pero al menos se presentan espontáneamente
en la naturaleza, cosa que no ocurre con las fusiones bacterianas
del "canibalismo bacteriano" o "hipersexo" de
Margulis. Y el problema de aceptar que hubo al menos un caso (el
que originó la primera célula diploide), en que la
bacteria receptora respetó, e integró, el ADN transferido,
es el mismo en ambas teorías. En cambio, las ventajas de
implicar a una conjugación en la aparición del núcleo
eucariota, es que permitiría explicar, de manera comprensible,
la tendencia a reponer el diploidismo tras la primera meiosis. Y
en cierto modo, la persistencia de ese método de intercambio
genético en los ciliados, podría considerarse como
un argumento a favor de esa participación.
INTRODUCCIÓN
Cada ser vivo
se puede considerar como desarrollo de una fórmula inscrita
en su patrimonio genético, bajo la forma de una doble cadena
de polinucleótidos, que, al separarse, tienden a recuperar
esa estructura duplexa. Una tendencia que a las formas de vida procariota
les sirvió (y les sirve) para dar lugar, con toda facilidad,
a dos células idénticas a la primera. Tras monopolizar
durante dos mil millones de años toda expresión de
vida en la tierra, de improviso (esta palabra sólo indica
la ignorancia de los pasos intermedios) aparecen unas células
más complejas (eucariotas) con ADN duplicado (diploide, al
anterior le llamamos haploide) y un nuevo modo de reproducción
(sexual) en el que dos progenitoras colaboran para conformar el
patrimonio genético de la descendencia [para eso cada una
da origen, en un proceso llamado meiosis, a unas células
haploides (gametos) que se vuelven a fusionar entre sí (fecundación)
para recuperar el estado diploide]. ¿Cómo se gestó
su nacimiento?
LA TEORÍA ENDOSIMBIÓTICA
La verdad es
que no lo sabemos, y nos movemos en el arriesgado terreno de las
hipótesis, lo que, si siempre entraña un factor de
riesgo, aquí mucho más. En efecto, el dilatado periodo
de tiempo que transcurrió antes de que apareciese la célula
eucariota, refleja las enormes dificultades que ese proceso tuvo
que afrontar. Y es que sus diferencias con la procariota no se acaban
con el diploidismo y la reproducción sexual, sino que abarcan
otras muchas características; y, desgraciadamente (saber
el orden en que aparecieron supondría una ayuda de inestimable
valor), todas se presentan a la vez. De todas formas, que haya células
diploides sin mitocondrias (aunque no sepamos si nunca las han tenido,
o las han dejado perder), u otras en las que no se presenta la reproducción
sexual (y nos dejan con la duda anterior) parece abonar la tesis
de que la adquisición del diploidismo fue anterior a la de
esas otras peculiaridades. Pero si es así: ¿cómo
se llegó a él?
Una de las teorías
más aceptadas es la endosimbiosis de Margulis. Esta autora
distingue entre sexo e hipersexo. El sexo bacteriano sería
cualquier mezcla de genes que procedan de más de una fuente,
y por lo tanto abarcaría todos los tipos de transferencia
genética que tienen lugar en las bacterias [ya sean propiciados
por lisis (transformación), por virus (transducción
o transfección), o por plásmidos (entre ellos la conjugación].
Tras el sexo bacteriano vino el hipersexo, una "asociación
simbiótica permanente que genera organismos con genes de
distinta procedencia", que se presentaría con frecuencia
en las bacterias (casi siempre como presuntas víctimas fagocitadas
por protozoos y listas para su digestión, aunque en algún
caso podrían haber escapado a ese destino): así las
células eucariotas poseerían orgánulos (mitocondrias
y cloroplastos) gracias a que ese hipersexo les permitió
englobar en su citoplasma lo que antaño eran bacterias independientes
y libres. Y Margulis propone que en alguna ocasión, algunas
bacterias imitaron esa conducta. Un día, una de ellas fagocitó
a otra, pero en lugar de terminar con la digestión del ADN
de la célula ingerida lo respetó, y la célula
resultante se convirtió en diploide : "Normalmente las
bacterias nunca se funden, sino que entablan un breve contacto para
enviar genes de una célula a otra. En el hipersexo, sin embargo
se funden para siempre [...] La primera fusión hipersexual
bacteriana (entre un oscuro microbio del grupo de las arqueobacterias
y un nadador con pared celular) condujo a la primera célula
nucleada." (Margulis, L & Sagan D. (1998). Caldeados y
hostigados: comienzos sexuales. En A. García (Trad.), ¿Qué
es el sexo? (p. 79). Barcelona: Tusquets).
Si las cosas
sucedieron así, es de esperar que aquella "nueva especie"
se comportaría como todas las demás: en cada división
asexual, duplicaría el ADN y lo repartiría en partes
iguales, con lo cual las células hijas seguirían siendo
"diploides". Ese estado pudo persistir a lo largo de millones
de años, en los que irían apareciendo los otros rasgos
característicos de la célula eucariota: membrana nuclear,
cromosomas, aparato mitótico, mitosis, citoesqueleto, cloroplastos,
mitocondrias, etc. Hasta que un buen día, una anomalía
en la replicación del ADN dio lugar a la primera meiosis.
¿Cómo
sucedió? Por supuesto se trató de un accidente sin
ninguna intención teleológica. El proceso de división
celular implica muchos genes que actúan a modo de rosario
secuencial, de forma que cada uno inicia su labor cuando el anterior
ha finalizado la suya. El gen que procedía a la división
del ADN entraba en acción cuando el que lo duplicaba había
ejecutado su faena. Pero un buen día, algo debió disparar
su actividad antes de que eso hubiese sucedido. Cuando esa anomalía
ocurrió el proceso no debería haber continuado, pero
como el gen se encontró con dos cadenas homólogas
de ADN, se limitó a cumplir su misión y las distribuyó
en dos grupos casi iguales, que volverían a ser haploides.
Por la unanimidad
que se ve en la actualidad, el proceso se estableció desde
el inicio en dos divisiones superpuestas. Algo rompió el
ritmo normal y al adelantar la segunda dio un resultado atípico
(como un extrasístole que al demandar la contracción
del miocardio fuera de tiempo provoca un latido anormal). Y esa
anomalía dio como resultado la división de la bacteria
madre en cuatro células hijas haploides (el germen de los
futuros gametos).
Y aquí
hubiese acabado todo, si a esas células haploides no les
hubieran dado por empezar a unirse otra vez entre sí, en
un proceso que más tarde derivaría en la fusión
de los gametos. Margulis lo achaca a ese mismo fenómeno endosimbiótico
que según ella ya estuvo en el origen de la célula
eucariota (emparentada con el canibalismo entre congéneres
que se presenta en condiciones extremas en algunos protoctistas,
concretamente en los Trichonympha, un grupo de hipermastigotos estudiado
por Cleveland, quien creyó advertir que en algún caso
el proceso no terminaba con la digestión de los cromosomas
de la célula fagocitada, sino que sobrevivían para
formar parte de la dotación cromosómica de la célula
fagocítica).
CLAROSCUROS DE ESTA TEORÍA
La endosimbiosis,
en lo que atañe a la aparición en la célula
eucariota de los cloroplastos y mitocondrias, está casi unánimemente
aceptada. Entre otras cosas porque todos los datos juegan a su favor:
tanto las secuencias de su ADN, como las del rRNA 16S, difieren
de las del núcleo eucariota, y en cambio guardan semejanzas
con las de ciertas eubacterias; y además ese origen exógeno
ayudaría a explicar el comportamiento un tanto independiente
y autárquico de esas estructuras respecto al resto de la
célula.
Otra cosa es
que haya podido colaborar en la formación del núcleo
eucariota. El prestigioso autor (premio Nobel en 1974) Christian
de Duve lo pone en duda: "A menudo, se presenta la adopción
endosimbiótica cual si se tratara del resultado de algún
tipo de encuentro- predación agresiva, invasión pacífica,
asociación o fusión mutuamente beneficiosa- entre
dos procariotas típicos. Pero esa suerte de descripciones
induce a confusión: las bacterias modernas no muestran ese
comportamiento" (de Duve, Ch. (1996). El origen de las células
eucariotas. Investigación y Ciencia, 237, 20). Y termina
el artículo con rotundidad: "La adopción de endosimbiontes
desempeñó un papel crucial en el nacimiento de los
eucariotas. Con todo no fue el acontecimiento fundamental. Más
significativo (y el que requirió asimismo un número
mayor de innovaciones evolutivas) fue el largo y misterioso proceso
(la negrilla es nuestra) que posibilitó tal incorporación:
la lenta conversión, a través de mil millones de años,
de un antepasado procariota en un gran microorganismo fagocítico
que poseía la mayoría de los atributos de las células
eucariotas modernas".
Es posible que
Christian de Duve lleve razón (que sepamos, no hay un solo
caso documentado de esa "fusión bacteriana" que
defiende Margulis). La endosimbiosis que dio origen a mitocondrias
y cloroplastos, parece exigir un proceso previo en el que una procariota
se fue convirtiendo en una célula capaz de engullir cuerpos
del volumen de las bacterias. En efecto, esa capacidad de fagocitar,
presupone modificaciones en la pared celular, aumento de volumen
y la presencia de una estructura citoesquelética y reticular
(Cavalier-Smith). Y queda la duda de si entre esos atributos a los
que esa célula procariota ya había llegado, estaría
incluido el diploidismo (es difícil que esas adquisiciones
pudieron llevarse a cabo, sin un incremento paralelo del ADN del
genóforo ¿tal vez hasta haber alcanzado esa condición
diploide?).
Se puede alegar
que, aunque no se haya podido probar un solo caso de simbiosis bacteriana,
es una posibilidad que, en principio, no se debe rechazar. Las condiciones
de la tierra han sido en otras épocas tan diferentes, que
no se puede descartar que alguna hubiese podido propiciar ese proceso.
¡Y de alguna manera habrá que explicar tanto la duplicación
del ADN de la célula eucariota, como esa mezcolanza de genes
(de arqueobacterias y eubacterias) demostrada por varios autores
(Gupta, Lake, Doolittle, Rivera, etc.). Pero esa explicación
deja en el aire, como un fenómeno al que le costó
más de mil millones de años presentarse, se convierte
luego en habitual (en los gametos). ¿Es posible creer, como
quiere Margulis, que se trata del mismo proceso? Y si es así:
¿por qué un comportamiento tan dispar? ¿Por
qué, lo que se puede considerar casi un milagro (teniendo
en cuenta el tiempo que precisó), ha pasado a ser un hecho
habitual? ¿Por qué los gametos se comportan de modo
diferente a las demás células haploides? ¿Por
qué incluso marcan diferencias en su comportamiento y mientras
unos tienen tendencia a "fagocitar" (o dejase penetrar),
otros lo tienen a "ser fagocitados" (o penetrar)?
Tal vez, sin
negar la importancia de la simbiosis en lo que respecta al origen
de los cloroplastos y mitocondrias, en esa evolución hacia
la célula diploide hayan podido intervenir otros procesos
distintos que nos puedan ayudar a contestar estas preguntas.
LA CONJUGACIÓN
Aparte de la
reproducción sexual, hay otros procesos (dentro de lo que
Margulis denomina sexo bacteriano) en los que las bacterias mezclan
su ADN. Uno de los más corrientes es la conjugación,
capaz de producir estados más o menos fugaces de diploidismo:
"aunque en las bacterias puede presentarse transitoriamente
un estado diploide, como consecuencia de una transferencia genética,
la diploidía total se logra muy raramente" (Stanier,
R., Ingraham, J., Wheelis, M & Painter, P. (1992). Procesos
sexuales en los microorganismos, En M. Gacto, I. García,
R. Guerrero, & J. Villanueva (trad), Microbiología (2ª
Edición, p. 77), Barcelona: Editorial Reverte).
Para llevarla
a cabo dos bacterias se aproximan y una transfiere a la otra algunos
de sus genes (para hacer mayor el paralelismo con los machos y las
hembras de las especies sexuadas, incluso se da el caso de que las
donantes disponen de una especie de tubos que cumplen funciones
similares al aparato copulador). Un comportamiento determinado por
la presencia del factor sexual, o "factor F": una formación
que se presenta, o integrada en el genóforo (bacterias"Hfr"),
o libre en el citoplasma (bacterias F+, o "F positivas").
Las que no lo llevan (F negativas, o F-) siempre ofician de receptoras.
Sea cual sea
su ubicación, durante la conjugación ese factor separa
sus cadenas e inicia la transferencia de una de ellas a la receptora.
En las bacterias F+ la transferencia del factor F es muchas veces
completa (sería el único ADN que pasa de una a otra)
y, una vez restaurada su estructura mediante síntesis de
la cadena complementaria, la receptora pasa a ser también
F+. Pero a veces (sexducción), la transmisión puede
incluir algún otro gen. La ubicación del factor F
puede variar a lo largo del tiempo: si pasa de "F+" a
"Hfr" ese factor, hasta entonces libre en el protoplasma,
se incluye en el genóforo y en adelante se replicará
con él transmitiéndose así a la descendencia.
Pero si tiene lugar el proceso inverso, al desprenderse del genóforo
y pasar de nuevo al protoplasma, puede arrastrar unos cuantos genes
del ADN bacteriano (a ese factor F "acompañado"
lo llamamos F´). Y, cuando proceda a efectuar una nueva conjugación,
los puede transferir a la célula receptora.
En las bacterias
Hfr, el factor F, al iniciar la conjugación, tira del ADN
al que está inserto y lo arrastra tras de sí; pero
la cadena de genes es demasiado larga, y el pili que mantiene a
las bacterias unidas se suele separar antes de que la transferencia
haya terminado. Como la ruptura que inicia la conjugación
casi nunca coincide con una de las soldaduras del factor F con el
genóforo (suele ocurrir en un punto intermedio), al final
se habrá traspasado un fragmento de factor F y otro de ADN
bacteriano. Y dado que para ejercer su actividad el factor F necesita
estar casi al completo, la bacteria receptora seguirá siendo
F- (de todas formas, y aunque sea de tarde en tarde, la conjugación
puede llevarse a cabo de manera total, y la bacteria donante transferiría
el factor F y una de sus cadenas completa de ADN, con lo cual, y
aunque de forma fugaz, la bacteria receptora se convertiría
en diploide).
En algún tiempo, alguna de esas células Hfr pudo integrar
de forma definitiva al factor F en su genóforo. Esa nueva
cepa de bacterias seguiría efectuando las conjugaciones habituales
hasta que, un buen día, una mutación hizo más
resistentes sus pilis. Así, cuando se iniciaba uno de estos
procesos, las células conjugantes ya no se separaban hasta
terminarlo por completo, y todas sus conjugaciones serían
totales y darían paso a la transferencia completa del factor
F y de una de las cadenas del genóforo.
El destino del
ADN extrínseco es su "digestión", pero,
para proseguir con la hipótesis, habrá que aceptar
que hubo cuando menos un caso en que la bacteria receptora respetó
el ADN recibido (al fin y al cabo es la misma exigencia a la que
nos obliga el hipersexo de Margulis) y, una vez restituida por síntesis
de la cadena complementaria su condición duplexa, se convirtió
en "Hfr" con doble ADN (diploide). Un ADN constituido
por dos cadenas cuya mayor o menor homología dependería,
aparte de la presencia en una de ellas del factor F, de la diferencia
genética entre las células conjugantes que, vista
la "heterogeneidad" del núcleo eucariota, debió
ser extrema; tanto que esa conjugación [so pena de que antes
de que tuviese lugar, las células conjugantes (o cuando menos
una de ellas) ya hubiesen incorporado a su genóforo (por
medio de alguno de esos medios de transmisión de genes ya
mencionados) genes del otro grupo] debió tener lugar entre
una arqueobacteria y una eubacteria.
SU POSIBLE IMPORTANCIA EVOLUTIVA
Ninguno de los
trabajos que muestran la presencia de genes de Arquebacterias y
Eubacterias en el núcleo de la célula eucariota (Gupta,
Lake, Doolittle), son en sí un argumento a favor de la teoría
simbiótica; sólo prueban la realidad de esa mezcla,
pero no ayudan a discernir cual fue el camino por el que se llegó
a ella, y en las bacterias, la conjugación, incluso la completa,
es un fenómeno más frecuente que esa pretendida fusión
celular que nunca se presenta. Pero, aparte de ese detalle, la nueva
hipótesis no ofrece ventajas sobre la anterior (tampoco desventajas:
todo lo que dijimos allí, sería válido para
aquí) ... hasta que lleguemos a esa primera meiosis.
Esa nueva bacteria
(y sus descendientes) se reproduciría asexualmente. Para
ello duplicaría su ADN y lo repartiría en unas células
hijas "diploides" y capaces de efectuar conjugaciones,
aunque la ubicación del factor F en el genóforo facilitaría
la aparición de mecanismos de regulación que las condicionase
[la mayor parte, por no decir todos los genes estructurales (y una
vez integrado también el factor F lo sería), lo tienen].
La situación
plantearía desafíos que esas bacterias hubieron de
resolver. Al comienzo obedecerían a sus genes antiguos y
prescindirían de los nuevos; pero doblar la cantidad de ADN,
supone doblar el número de posibles mutaciones, que ahora
aparecerían en cualquiera de las cadenas, y eso facilitaría
la formación de alelos distintos para cada loci. Con el tiempo,
alguna de esas bacterias aprendería a echar mano de los genes
postergados si el resultado era ventajoso, y el doble ADN supondría
un acicate para nuevos progresos.
Esa duplicación
de ADN debió ayudar también a que tuviese lugar un
incremento del volumen celular. Se habría dado así
el primer paso para la aparición de esa célula fagocítica
de que nos habla Christian de Duve, que en teoría exige un
tamaño mayor que el de sus posibles presas. Después
se iría añadiendo el resto de conquistas evolutivas:
el esqueleto interno que les servía de sostén, una
membrana flexible capaz de englobar objetos extracelulares (y que,
al ser capaz de plegarse, aumentaría la superficie exterior
disponible y así facilitaría la posibilidad de alcanzar
mayores dimensiones celulares), una red de compartimentos preparados
para digerir las presas, la membrana nuclear, la organización
de los cromosomas (ya tenía material suficiente cuando menos
para dos), el centrómero, la estructura precisa para el inicio
de la mitosis, etc.
Hasta que surgió
la primera meiosis. Un incidente que (por la importancia que ha
llegado a tener), no pudo deberse a un error funcional, sino a una
mutación capaz de ser transmitida a la descendencia. Y que
una serie de circunstancias transformó en un hecho tan decisivo,
que convirtió a aquella célula en madre de todos los
eucariotas, hombre incluido. Porque, a tenor de la uniformidad con
que se presenta, es posible que todos seamos sus descendientes.
¿Cuál fue esa constelación de factores que
de tal manera decantó la evolución a su favor?
LA LLEGADA
DEL SEXO
El más
importante la presencia de nuestro ínclito factor F. Incluido
en la cadena de ADN que ha tiempo representaba el ADN extrínseco,
en la primera división se replicaría y pasaría
a los dos núcleos resultantes que serían "Hfr".
Pero al procederse a la segunda sólo iría a dos de
las cuatro células hijas: las que recibían la cadena
de ADN en la que permanecía integrado. Al final del proceso
nos encontraríamos con que la primitiva célula diploide
habría dado paso a la eclosión de cuatro células
haploides. Pero aquí (al contrario que en la otra teoría),
estás células hijas no serían iguales, sino
que dos serían F-, y dos Hfr (similares a las que, a través
de aquellas conjugaciones completas, habían dado lugar a
la primera célula diploide).
Estas células
podrían proceder de inmediato a una doble conjugación
(al final quedarían dos células diploides Hfr idénticas
a la que había iniciado el proceso y dos Hfr haploides),
o seguir en ese estado (recordemos que más atrás sosteníamos
la aparición de mecanismos de regulación) reproduciéndose
de forma asexual. [Estamos pisando el umbral del mundo de los ciliados,
las únicas eucariotas que se valen de una conjugación
completa para intercambiar su patrimonio genético. Igual
que esa célula diploide daba lugar (a través de la
primera meiosis) a cuatro hijas haploides, también aquí
su micronúcleo diploide se divide en cuatro haploides. Es
verdad que a continuación no tiene lugar la partición
del protoplasma, sino que tres degeneran (algo muy parecido a lo
que ocurre en los ovocitos de muchas especies, en los que también
se forman, y eliminan, tres corpúsculos polares), y el cuarto
se vuelve a dividir para formar un micronúcleo móvil
(que pasará a la célula conjugante), y otro sedentario
(que esperará para fusionarse con el micronúcleo móvil
de la otra célula)].
En algún
momento sucedió el paso de la conjugación a la fusión
[A efectos de transmisión del código genético
ambos procesos son equivalentes. La diferencia es que, en la primera,
las células dadoras siguen viviendo de forma independiente,
lo que en principio parecería ofrecer beneficios pues dobla
el número de representantes; pero tal vez esta conclusión
pueda ser precipitada. Para restaurar la forma duplexa, las células
conjugantes tienen que sintetizar las cadenas complementarias (de
la recibida en un caso, y de la que ha quedado en la donante, en
el otro); además a la forma diploide le corresponde un mayor
volumen protoplasmático, y estas dos exigencias, en condiciones
carenciales extremas, pueden resultar catastróficas. De ahí
que en algún caso pudo ser más rentable fusionar los
genóforos y los citoplasmas. Por eso no cuesta imaginar que
si una mutación condujo a la primera fusión la selección
pudo primarla]. Y con el tiempo ese comportamiento se diversificó
de tres maneras distintas: la reproducción asexual se conservó
tanto en la presentación diploide como en la haploide, quedó
restringida a la etapa diploide, o reservada a la haploide.
En el primer
caso estaríamos en los aledaños del ciclo haplodiplobióntico
de las levaduras (S. Cerevisiae). Estas crecen en la naturaleza
en estado diploide y en un entorno rico en nutrientes se reproducen
asexualmente. Pero si las condiciones se hacen peores, proceden
a un proceso meiótico que origina cuatro células haploides
de apareamiento opuesto (dos de cada tipo), que pueden seguir dividiéndose
de forma asexuada, o fusionarse para reconstruir otra vez la forma
diploide.
En el segundo
estaríamos a un paso del ciclo diplobióntico de ciertos
Heliozoos (Actinophrys) que proceden a una partición que
origina dos células hijas iguales a la madre. A continuación
cada una sufre un proceso de reducción de ADN (por eliminación
de un corpúsculo polar) con lo que su dotación pasa
a ser haploide y se convierten en gametos hologámicos (con
la misma configuración celular) que se fusionan entre sí
(pedogamia).
En el tercero
estaríamos rozando el ciclo haplobióntico (Chlamydomonas),
cuya presentación haploide puede estar largo tiempo reproduciéndose
asexualmente, aunque no pierde la potencialidad de comportarse como
gametos y fusionarse entre sí para formar un zigoto diploide,
que sufrirá de inmediato una meiosis, y dará lugar
a cuatro células hijas haploides.
Más tarde
nuevas influencias pudieron derivar el factor F hacia un cromosoma
"Y", y su acción acentuó la bipolaridad
sexual. Así lo indicaría la anisogamia presente ya
en algunas especies de protozoos (en alguna de las etapas mencionadas
debió tener lugar el proceso de endosimbiosis que dio origen
a las mitocondrias, cloroplastos y tal vez a los peroxisomas).
En principio
no parece que todo este tejemaneje tuviese mucho valor. Pero el
paso del tiempo ha hecho evidentes sus ventajas evolutivas. Con
la división asexual cada cepa se repetía de forma
incansable hasta que tenía lugar una mutación nueva
(su tasa en cada gen se estima del orden de 10 elevado a -8 en cada
generación, lo que hace que en loo millones de generaciones,
en condiciones nutritivas adecuadas unos miles de años, cada
gen haya podido experimentar una). Y para que fuesen útiles,
la selección tenía que esperar a que se diesen mutaciones
correlacionadas en una misma cepa, cosa harto difícil. Pero
el nuevo proceso "reproductivo" suponía una tremenda
revolución. Permitía el "incesto" entre
células hermanas, pero no lo hacía obligatorio; y
suponía una venturosa oportunidad para mezclar genes, potenciar
diferencias y expresarlas más rápidamente. Ya no había
que esperar a coincidencias milagrosas en la misma cepa, sino que
las podía encontrar en los millones de mezclas que cada hora
tenían lugar. Es verdad que las variantes iban empaquetadas
en las cadenas de ADN y que, hasta que no apareció el entrecruzamiento
cromosómico, el fenómeno no alcanzó toda su
importancia. Pero así y todo, frente a lo que había
antes, el salto habría sido excepcional, y la brutal aceleración
en la aparición de nuevas formas de vida que pronto tuvo
lugar, así parece demostrarlo.
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