|
Biologia
Simbiosis
y termitas: un mundo repleto de misterios
Autor:
Lynn Margulis
Fuente: Departamento de Botánica, University of Massachussets.
Traductor: Mercè Piqueras
Desde
las ventanas de nuestro laboratorio, en la Universidad de Massachusetts,
en Amherst, tenemos una magnífica panorámica del valle
del río Connecticut, que da nombre al estado vecino. La llanura
que se extiende al norte es un damero multicolor formado por campos
de fresas, espárragos, tomates y manzanos. Hace más
de 10.000 años los humanos descubrieron que podían
ahorrarse esfuerzos si hacían crecer cerca de su hogar las
plantas que les interesaban. La agricultura, más que la caza
y la recolección de comida, ha marcado la civilización.
Los humanos, sin embargo, no son los únicos que han ido más
allá de la cacería y la recolección. En nuestro
laboratorio, en un recipiente de plástico no más grande
que una caja de zapatos, hay unas termitas de la especie Heterotermes
tenuis, muy atareadas en el interior de un trozo de tronco procedente
de Ecuador. La asociación de las termitas inferiores con
microorganismos es muy refinada, pero es bastante diferente de la
que han establecido termitas más modernas, consideradas "superiores",
que ya no dependen de microorganismos de su aparato digestivo para
degradar la madera. Las termitas superiores se alimentan de monocultivos
de hongos que ellas mismas cultivan. No se ha podido averiguar cómo
ni cuándo desarrollaron este comportamiento. Sin embargo,
es posible que los Heterotermes tenuis sean el eslabón perdido
en la evolución de este grupo de insectos. La historia de
nuestra termita empezó en enero de 1999, cuando un estudiante
de nuestro laboratorio viajó a Tiputini (Ecuador), en plena
selva amazónica, con el objetivo de recoger termitas para
los estudios de simbiosis. Allá, los enormes baobabs y ceibas
(o árboles del algodón) forman una frondosa cubierta,
y de muchas ramas y troncos cuelgan bromeliáceas que recuerdan
el ananás; son plantas epífitas, es decir, que viven
sobre otras plantas y se nutren de la materia orgánica que
cae. A excepción de los árboles, no crece casi ninguna
planta; las palmeras exuberantes y los ficus que casi ahogan los
árboles donde crecen las bromeliáceas a penas dejan
pasar la luz. En el suelo, se van superponiendo capas de organismos
vivos que se reproducen e interactúan los unos con los otros.
Cualquier trozo de madera muerta está lleno de termitas.
En nuestro laboratorio, en el mismo trozo que les servía
de despensa en la selva ecuatoriana, vive esta colonia de la termita
Heterotermes tenuis, de color blanco amarillento y de vida subterránea.
LA CASITA Y EL HUERTO
Las
termitas cultivan los hongos Termitomyces y de ellos obtienen cultivos
puros. Esponjan el suelo, y lo abonan; "podan" los hongos,
eliminando filamentos o hifas inútiles que podrían
echar a perder el cultivo; arrancan otros hongos que podrían
crecer como maleza; y finalmente recolectan el producto de su trabajo.
Seguramente ningún micólogo podría llevar a
cabo esta tarea con tanto cuidado y entusiasmo. Los mismos hongos
en un cultivo artificial en el laboratorio producen unos filamentos
largos (las hifas), mientras que, cultivados por las termitas, las
puntas de las hifas se redondean y toman una forma de bastoncillos
y esferas que no se ha visto en ninguna otra parte. El abandono
de uno de estos huertos hace que los hongos crezcan desmesuradamente.
Millones de años de práctica y de selección
evolutiva aplicada a este tipo de "agricultura" han llevado
al establecimiento de enormes colonias de termitas superiores cultivadoras
de hongos que viven en los llamados termiteros, unas estructuras
que sobresalen de la superficie del suelo. Macrotermes natalensis,
una especie que vive al sur del continente africano, normalmente
puede emplear hasta unos dos millones de individuos para construir
grandes estructuras cónicas muy complejas, que pueden llegar
a medir cerca de tres metros de altura y disponen de "aire
acondicionado". En el interior, la madriguera de las termitas
y sus huertos ocupan casi la tercera parte del tamaño del
termitero; en la parte inferior hay una bodega espaciosa con pilares
que soportan el nido. Sólo una tercera parte del termitero
se encuentra por encima del nivel del suelo. El resto, subterráneo,
es una obra cumbre de arquitectura: conectada con el exterior por
unos túneles radiales, unos conductos verticales y una chimenea
central; cerrada en la parte superior, el aire circula por ella
continuamente. El flujo de oxígeno a través de una
ciudad de Macrotermes michaelseni puede llegar a ser de 9,5 litros
por hora, de los cuales, sólo 1,5 litros provienen de la
respiración de las termitas. Los hongos cultivados en los
huertos interiores producen los otros 8 litros. La concentración
de dióxido de carbono en el nido se mantiene entre un 2 y
un 5%, que es un margen óptimo para el crecimiento de los
hongos, y bastante más elevado que la concentración
atmosférica exterior, de 0,033%. Los huertos de hongos mantienen
la humedad necesaria gracias a la elevada humedad interna del termitero;
esto es importante en la estación seca. En conjunto, el termitero
genera 55 watts de energía calorífica. Unos 47 watts
se atribuyen al metabolismo fúngico y sólo el resto,
de 8 watts, al calor irradiado por los cuerpos de las termitas vivas.
Estos termiteros son estructuras dinámicas espectaculares,
construidas y conservadas en buen estado por centenares de millares
de animales que están continuamente comunicándose
los unos con los otros. Salas de parto, criadores, escuelas, hospitales,
residencias para la luna de miel, talleres e incluso tanatorios
sirven para asegurar el mantenimiento de unas condiciones de vida
que serían imposibles si las termitas no vivieran en comunidad.
Cuando son atacadas por un depredador o cuando lluvias torrenciales
destrozan su madriguera, las termitas reaccionan rápidamente
al peligro con un mecanismo de retroalimentación positiva
llamado "estigmergia". La termita responde a la perturbación
tomando con la boca granos de arena o de los propios excrementos,
que va colocando en las grietas de la pared con una secreción
pegajosa. Entonces segrega una sustancia química de alarma,
una feromona, que se dispersa por los canales y conductos de la
comunidad. Otras termitas golpean sus cabezas repetidamente contra
las paredes del termitero en el lugar de la perturbación.
Las termitas que reciben la señal responden poniéndose
ellas también a trabajar para reparar las paredes. La respuesta
de todo el grupo se extiende en un sentido único. Los compañeros
de nido se dirigen a la zona de donde proviene la alarma, y a las
pocas horas pueden estar reparando la parte destruida y soldando
la grieta, mientras brigadas de termitas obreras van construyendo
nuevos canales, galerías, pilares y salas.
EL
HUERTO, EL TESORO MÁS PRECIADO
El
huerto de hongos es el capital más valioso de todo el termitero.
Las termitas obreras son forrajeras y recolectan madera y otros
tejidos de plantas vivas o muertas, que traen al termitero en las
bolsas de su intestino. Entran por los numerosos pasadizos y canales
y cuando encuentran un lugar adecuado para hacer el huerto, excretan
la masa triturada y ya medio digerida, una mezcla de madera y hongos,
que contiene también toda clase de microorganismos de su
aparato digestivo. El micelio fúngico -la masa de hifas del
extremo del hongo- crece formando pequeñas esferas de la
medida de una cabeza de alfiler. Estas esferas, que están
llenas de esporas del hongo, son un rasgo característico
de estos "huertos" de hongos. Para las termitas, aquel
lugar debe tener el aspecto que tendría para nosotros un
campo repleto de los hongos llamados pedos de lobo. Las termitas,
sin embargo, no se alimentan directamente de aquella masa triturada
de hongos que las obreras preparan y depositan en el lugar adecuado.
Los aproximadamente dos millones de habitantes del termitero se
nutren de esas bolitas como cabezas de alfiler que sobresalen de
los cultivos; las devoran con glotonería para almorzar, comer
y cenar, y también las dan a la reina sedentaria, a los soldados
de fuertes mandíbulas y a las nuevas generaciones de termitas
que van saliendo de los huevos. Las termitas controlan y, si conviene,
también frenan el crecimiento de sus hongos, del mismo modo
que un jardinero puede forzar la floración de una planta,
decidir los abonos que echa o ir modificando la forma de un arbusto.
Mediante la poda controlada de las hifas de los hongos, mantienen
inhibida la formación de la seta, que es el cuerpo fructífero
del hongo. Sin embargo, si las termitas mueren o se marchan, se
desarrollan las setas y pueden cubrir todo el termitero. En África
tropical y en algunos países asiáticos, Termitomyces
titanicus, una seta que crece sobre termiteros deshabitados y tiene
un gorro que puede llegar a medir un metro de anchura, es muy preciada.
Si no fuera porque las termitas de vez en cuando abandonan sus huertos,
los biólogos quizás no habrían averiguado nunca
que los hongos que estos insectos cultivan son basidiomicetos (uno
de los dos grupos de hongos que forman setas; el otro es el de los
ascomicetos). La fase filamentosa asexuada en la que les mantienen
es tan diferente de las demás etapas de su ciclo biológico
que, si la relación termita-hongo fuera permanente, probablemente
los hongos simbiontes de las termitas habrían sido clasificados
como "imperfectos" o se les habría asignado a un
linaje desconocido. La relación entre las termitas y los
hongos se conoce desde finales del siglo XVIII. Sin embargo, todavía
no se ha podido averiguar cuándo, dónde, ni en qué
especies o grupos de especies se desarrolló esta innovación
evolutiva. Se sabe que, junto con la madera, todas las termitas
se tragan las esporas formadas por las hifas, que les proporcionan
una parte del nitrógeno que necesitan. Además, la
distancia evolutiva entre las termitas inferiores y las superiores
parece ya definitiva.
INUNDACIÓN
AFORTUNADA
El
estudiante de Amherst había ido a Ecuador a buscar termitas
inferiores para estudiar los protistas y las espiroquetas. El primer
paso consistía en identificar los microorganismos que viven
en el interior del aparato digestivo de los insectos. Nos sorprendió
que la mayoría de bacterias y protistas no fueran las habituales
en otras especies de termitas comedoras de madera; eran desconocidas
para nosotros. Después de unas semanas el comportamiento
de aquellas termitas hacía pensar que había algo de
especial en ellas. Los Heterotermes son pequeños y, en el
laboratorio, no paraban de construir túneles estrechos en
la madera húmeda y oscura, que ellos iban cambiando de lugar.
Los túneles debían medir como mucho unos 5 mm de anchura,
lo justo para que pudieran pasar las termitas de una en una. En
aquel trozo de madera el movimiento de los insectos era constante,
y la colonia se mantenía caliente y oscura dentro del recipiente
incubador. Una perturbación accidental, sin embargo, alteró
aquel ambiente. Justo antes de un fin de semana alguien echó
demasiada agua y el terrario se inundó. En cualquier especie
de termitas inferiores, este error seguramente habría causado
la muerte de toda la colonia. El problema no es que los insectos
se ahoguen, sino que empiezan a crecer hongos que infectan sus cuerpos.
Los dos días del fin de semana deberían haber sido
suficientes para que murieran todas las termitas comedoras de madera
que teníamos. El lunes por la mañana podría
haber sido un día nefasto para nuestra investigación.
En cambio, aquella colonia de termitas inundada mostraba una gran
vitalidad. Los insectos parecían haber respondido con una
desmesurada actividad que recordaba la estigmergia; no paraban de
moverse, iban de un sitio a otro agitando las antenas. A lo largo
del fin de semana habían conseguido reparar las partes de
la madriguera que se habían malogrado. Era evidente que las
inundaciones debían ser algo normal en el hábitat
ecuatoriano de aquellas termitas y habían desarrollado la
manera de superarlas. El comportamiento de aquellas termitas inferiores
digestoras de madera era muy parecido al de las termitas superiores
africanas que cultivan hongos. Siete u ocho días tras la
inundación, ocurrió algo extraordinario: la madera
podrida del tronco empezó a cubrirse de unos pequeños
puntitos translúcidos. Dos semanas más tarde, aquellos
puntitos ya eran de la medida de la cabeza de un alfiler, y mantuvieron
aquella medida durante meses. La observación detallada de
aquella clase de gotas de agua blanquinosas y permanentes, que eran
pegajosas y translúcidas, reveló que se trataba de
un cultivo casi puro de esporas de hongos; mucho más puro
de lo que podría esperarse en una muestra del medio natural,
donde normalmente se encuentran esporas de diferentes especies.
Las esporas, gordas y formadas por tres células, no eran
compactas ni estaban preparadas para el desplazamiento. Estaban
hinchadas y eran turgentes, más preparadas para formar parte
de una comida que para propagar la propia especie. Pese a su medida
tan grande, no pudimos identificarlas a partir de ninguno de los
libros de referencia que teníamos en el laboratorio. Para
resolver la incógnita nos dirigimos a Kris Pirozynski, veterano
investigador en paleomicología y neomicología del
Museo Nacional de Historia Natural de Ottawa (Canadá). Reconoció
las esporas de Delortia palmicola, un hongo que él encontró
hace unos sesenta años cuando hacía un censo micológico
de Kenia. Nos telefoneó para preguntarnos si la madera donde
habíamos encontrado las esporas podía ser de palmera.
Nos explicó que este hongo fue descubierto por el micólogo
francés Narcisse-Théophile Patouillard en 1888 y,
según le constaba, era un hongo que sólo se había
encontrado en palmeras del hemisferio sur. Pirozynski había
visto más de una vez los esporodoquis de superficie rugosa
o unos puntos de micelios secos y esporas de Delortia, y siempre
había tenido el presentimiento de que aquel hongo estaba
asociado a insectos, pero nunca lo había podido comprobar.
EL
MISTERIO SE RESUELVE
Nuestras
observaciones, junto con la identificación del hongo que
hizo Pirozynski, empezaban a tener sentido. Era muy probable que
el trozo de madera podrida fuera un resto de palmera, porque estos
árboles son muy abundantes en el lugar donde se había
recogido. Los esporodoquis de Delortia palmicola que Pirozynski
había visto en África probablemente también
habían sido comidos por termitas, aunque él no lo
hubiera visto. Y aunque no le habíamos dado importancia,
la primera vez que examinamos el contenido intestinal de nuestros
Heterotermes detectamos, además de protistas digestores de
madera y de numerosas bacterias, las esporas tricelulares y turgentes
de Delortia. Aquellas esporas eran idénticas a las estructuras
que se desarrollaban cuando nuestros H. tenuis cultivaban los hongos
en el laboratorio sobre un medio a base de extracto de palmera que
contenía mucha celulosa. Los insectos, además de desarrollar
una forma de controlar la difusión de hongos peligrosos en
sus madrigueras, habían descubierto la manera de aprovechar
los hongos como alimento. Podemos imaginar fácilmente el
origen de esta situación. Los hongos y la lluvia debían
de ser una constante amenaza para los antepasados de estas termitas,
que vivían en bosques lluviosos y que para sobrevivir dependían
exclusivamente de los simbiontes que los ayudaban a digerir la madera.
Los que consiguieron dominar los hongos invasores y finalmente los
incorporaron a su dieta vivían muy bien; en cambio, los que
fracasaron, desaparecieron. Delortia, como otros hongos relacionados,
es muy posible que también contenga las enzimas celulasa
y lignasa, que degradan las moléculas de celulosa y las de
lignina, los principales componentes de la madera. Cuando los Heterotermes
cultivan y comen estos hongos, la termita obtiene dos sustancias
por el precio de una: un alimento que contiene nitrógeno,
carbono y otros nutrientes, y las enzimas del hongo que le permiten
digerir la madera. La presencia de protistas digestores de madera
en el interior de estas termitas indica que son termitas inferiores,
no relacionadas con las especies que únicamente son cultivadoras
de hongos; esta capacidad la deben haber adquirido por casualidad
a lo largo de la evolución.
Es
indudable que dependen básicamente de sus simbiontes microbianos
para digerir la madera que comen. Antes de que se desarrollara esta
capacidad de cultivar hongos, suponemos que las termitas inferiores,
que dependían de sus protistas simbiontes, se defendían
del ataque de los hongos, en primer lugar comiéndoselos y
finalmente domesticándolos. Aprendieron a obtener cultivos
puros en la superficie de los troncos donde vivían, a podar
las hifas, y plantaban y se comían las esporas en sus huertos.
Como es evidente por la actividad de H. tenuis, desarrollaron estas
técnicas antes de que aprendieran a construir los termiteros.
Es decir, el cultivo se hacía sobre "campos" de
madera antes de que las termitas construyesen aquella clase de invernaderos
subterráneos. Con el tiempo, estas termitas perdieron la
capacidad de alojar en su interior microorganismos digestores de
madera y no tuvieron otra opción que basar su subsistencia
exclusivamente en el cultivo de hongos. No sabemos si hoy en día
H. tenuis va camino de convertirse en una termita superior, un cultivador
de hongos desprovisto de los protistas digestores de lignina y de
celulosa, y especializado en arquitectura urbana. Al fin y al cabo,
los detalles de la evolución son imprevisibles. Este insecto,
sin embargo, debe de ser muy parecido a los antepasados del mesozoico
que siguieron esta vía evolutiva. No sabemos si son únicamente
análogos o genuinamente homólogos de aquellas termitas
inferiores antepasadas de las actuales constructoras de termiteros.
Aun así, nuestra sospecha de que H. tenuis es una especie
cultivadora incipiente nos indica la existencia de una vía
evolutiva que llevó de las termitas inferiores a las superiores.
La simbiosis como mecanismo evolutivoLa simbiosis es la coexistencia,
mediante un contacto físico, de dos o más especies
diferentes de organismos durante la mayor parte de su vida. Ha sido
un mecanismo fundamental de la evolución: para producir cambios
evolutivos rápidos, las relaciones simbióticas que
se convierten en permanentes son más eficaces que las mutaciones
al azar. Por ejemplo, hay algas que, para colonizar lugares donde
se alternan las condiciones de humedad y sequía, han establecido
una asociación simbiótica con hongos que crecen a
la orilla del mar y han formado líquenes costeros. Y si se
privara a una vaca de los microorganismos que contiene su aparato
digestivo, que la ayudan a digerir la celulosa, moriría de
desnutrición en unas pocas semanas. El alga y el hongo, y
la vaca y sus microorganismos, han expandido su ambiente estableciendo
relaciones simbióticas permanentes e integradas. Las termitas
pertenecen a una familia de insectos comedores de madera (xilófagos)
que vive en simbiosis con bacterias y protistas (los protistas son
organismos eucariotas -con el material genético en el interior
de un núcleo diferenciado- unicelulares), que viven en su
aparato digestivo. Estos microorganismos metabolizan los principales
componentes de la madera, la celulosa y la lignina, que las termitas
no podrían digerir. Las termitas que para alimentarse a partir
de la madera dependen de la multitud de microorganismos que viven
en su aparato digestivo pertenecen a las llamadas termitas "inferiores".
Son unos animales muy adecuados para el estudio de la simbiosis
debido a su resistencia en el laboratorio y a su completa dependencia
de otros organismos para digerir la madera que consumen. El nombre
de "hormigas blancas", con el que también son conocidas
las termitas puede hacer pensar que es un tipo especializado de
hormigas. Aun así, son isópteros, un orden diferente
al de las hormigas y abejas, que son himenópteros. L. M.
Gustos variadosDesde finales del paleozoico, hace unos 250 millones
de años, las termitas viven en la madera y se alimentan de
ella. Se supone que este grupo de insectos, que hoy en día
comprende unas 6.000 especies, se originó a partir de cucarachas
comedoras de madera.
La familia ancestral de las termitas se piensa que es la de los
mastotermítidos, que comprende especies parecidas a las cucarachas
y que tuvo representantes por todo el planeta. Hoy en día,
sin embargo, sólo se conoce una especie, Mastotermes darwiniensis,
que se ha encontrado únicamente alrededor de la ciudad de
Darwin, al norte de Australia. Otros grupos de termitas inferiores
también tienen simbiontes microbianos en sus barrigas hinchadas:
las hay que son subterráneas y viven sobre todo en casas
de madera (rinotermítidos); otras son recolectoras y forrajeras
del continente africano (hodotermítidos); y algunas se nutren
de madera seca, en la que hacen las madrigueras (calotermítidos).
El resto de termitas, que son la mayoría, se consideran "superiores"
porque han desarrollado otras estrategias para la obtención
de alimentos y aparentemente han prescindido de sus simbiontes internos.
Las hay que han ampliado sus gustos gastronómicos; su menú,
abundante y variado, incluye hojas, fruta fresca y fruta seca, y
bacterias del suelo. Otras, pese a que carezcan de simbiontes bacterianos,
también se nutren de productos a base de lignina y celulosa.
La diferencia está en la manera de obtener estos productos.
Como algunas otras especies de insectos, se dedican a cultivar hongos.
L. M. El origen y la evolución: motores de reflexión
acerca de la biologíaUna revolución en la evoluciónLynn
MargulisCol·lecció Honoris Causa. Universitat de València.València,
2003. 374 pp.Las numerosas contribuciones de la profesora Lynn Margulis
para aclarar y divulgar el origen y la evolución de la vida
en nuestro planeta la han convertido en una de las figuras más
significativas de la historia de la biología, uno de esos
personajes que con sus descubrimientos disfruta del merecido reconocimiento
de sus colegas y del privilegio de haber reescrito los libros de
texto. Quién no ha oído hablar de la endosimbiosis
como el origen de la célula eucariótica, del reino
protoctista en una clasificación de los seres vivos en cinco
reinos, la más impartida en las aulas de institutos y universidades,
o de la hipótesis Gaia, que presenta la tierra como un sistema
autorregulador mantenido por la biota. Todos son frutos de su tarea
investigadora y de su inagotable capacidad para difundir, con la
sencillez del lenguaje y con todos los medios técnicos disponibles,
las propuestas que han sacudido muchos de los principios arraigados
en las disciplinas biológicas. Ahora, con motivo de su reciente
investidura como doctora honoris causa por la Universitat de València,
se le rinde homenaje con la publicación de este libro de
escritos seleccionados de entre su copiosa obra escrita. Esta obra
también recoge los discursos pronunciados en el acto de investidura:
la laudatio a cargo del Dr. Juli Peretó, la lectio de la
profesora Margulis y las palabras de clausura del Dr. Pedro Ruiz,
entonces rector de la Universidad. Esta selección heterogénea,
accesible a todo el mundo interesado en el conocimiento de los habitantes
y de los procesos biológicos que dirigen nuestro planeta,
se presenta agrupada en tres capítulos fundamentales. En
el primero, "Simbiosis y evolución", se demuestra,
con una esmerada y elocuente presentación de resultados y
pruebas, el origen de la célula eucariótica y de varios
orgánulos celulares (mitocondrios, cloroplastos y undulipodios)
por asociación simbiogenética de procariotas (células
sin núcleo diferenciado). Con estos hechos como testigo,
las asociaciones simbióticas, la unión de unos organismos
para formar nuevos colectivos con propiedades emergentes, se convierten
en el principal mecanismo evolutivo de innovación, como un
factor esencial en la evolución de la biosfera. Los líquenes
son el ejemplo más evidente y próximo de este proceso:
los simbiontes por separado, el hongo y el alga, muestran sus características
individuales, pero juntos se convierten en un talo con características
propias y con capacidades metabólicas y ecológicas
inaccesibles desde la individualidad. A continuación, Antonio
Lazcano, otro prohombre de la biología evolutiva, pone su
particular contrapunto con un interludio, que da nombre al segundo
capítulo. El tercero es reservado para Gaia, la polémica
hipótesis que considera la biosfera como un sistema interactivo
y dinámico en el que los numerosos y diversificados microorganismos
anónimos son responsables del mantenimiento de la temperatura
planetaria, de la composición química de la atmósfera,
de la salinidad de los océanos, los procesos biogeoquímicos
globales: la Tierra como un planeta vivo. El último capítulo
recoge una serie de artículos más personales, que
quedan perfectamente caracterizados por su título: "Reflexiones,
especulaciones y miradas más lejos." Estos trabajos
integran los argumentos expuestos, analizan las objeciones recibidas,
defienden las pruebas acumuladas, todo alrededor de las mencionadas
aportaciones científicas, con nuevas perspectivas, con razonamientos
contrastados; pero, además, la posición, la sabiduría
y la valentía de Lynn Margulis le permiten razonar, muchas
veces con una clara intención crítica, sobre la situación
actual de la investigación o la pasividad de los investigadores,
la política científica y cultural de los gobiernos
o la orientación restringida de la financiación oficial,
aunque los comentarios intencionados, los reconocimientos, están
presentes en cualquier trabajo, con independencia de su profundidad
científica. La opinión y las sensaciones de cada cual
sobre las teorías, hipótesis y discusiones que se
nos presentan en este libro puede ser muy heterogénea, pero
una cosa es bien segura: nadie quedará indiferente ni durante
su lectura ni después. Esto la convierte en una obra digna
de elogio, que mejora conocimientos, activa el intelecto y dinamiza
la reflexión en numerosos aspectos inherentes a la investigación
y a la ciencia.Simón Fos. Conselleria de Territori i Habitatge
|