| Sociedad
El
continuo individuo-sociedad, la nueva visión. Autor:
Eduardo Martínez Fuente: Tendencias 21. Web: http://www.wmaker.net/tendencias/index.php
Como
la partícula y la onda, formamos un continuo con la sociedad en el que
todos somos un uno indivisible
La
celebración del 1 de mayo constituye una de las denuncias más consistentes
de la fractura social que padece nuestra especie desde el Neolítico. Sin
embargo, hoy sabemos que esta fractura social es un invento humano, no una ley
natural. Surge porque hemos parcelado el mundo y nos lo hemos adueñado
motu propio. Y sobre este consenso hemos edificado nuestra experiencia social
y generado las desigualdades cotidianas. La realidad, sin embargo, es que formamos
un continuo con el entorno y con la sociedad en el que todos somos un uno indivisible,
el individuo una ficción filosófica y las desigualdades una desnaturalización
de la humanidad. Así descubrimos que el excedente económico, la
propiedad y el poder, han perdido el significado que poseyeron para nuestros antepasados.
Por ello debemos apurar nuestra imaginación para determinar si el mundo,
la vida, la cultura que hemos de vivir en adelante, la viviremos con estos conceptos
irreales o la reconstruimos sobre premisas más acordes con nuestros conocimientos
actuales. Por Eduardo Martínez. -------------------------------------------------------------------------------------------------- El
primer hombre que, habiendo cercado un pedazo de tierra, dio en pensar
"esto es mío", y encontró gente lo bastante simple
para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Jean Jacques
Rousseau --------------------------------------------------------------------------------------------------
El 1 de Mayo
de 1886 en Chicago, Estados Unidos, el movimiento obrero organizado realizó
una manifestación para pedir un máximo de ocho horas de trabajo
diarias que concluyó con varios muertos y numerosas detenciones. En 1889,
el Congreso de la II Internacional aprobó que se celebre mundialmente el
Día del Trabajo en conmemoración de esa fecha. Han
pasado 116 años del nacimiento de esta conmemoración simbólica
y la sociedad sigue comportándose en muchos aspectos como si los conocimientos
alcanzados sobre la historia, la sociedad y la naturaleza humana, apenas hubieran
evolucionado desde finales del siglo XIX. La
realidad es que nuestra visión del individuo y de la sociedad ha cambiado
significativamente, ya que, inspirándonos en la física moderna,
contemplamos a ambos conceptos no como una fuente de conflicto permanente e inevitable,
sino como un continuo lleno de posibilidades y de oportunidades para alumbrar
nuevas formas de convivencia, tal como ocurre en el mundo de las partículas
elementales. El
continuo individuo-sociedad es similar al espacio-tiempo de Einstein o al continuo
sujeto-objeto derivado de la ciencia del conocimiento: una realidad no puede explicarse
sin la otra. El individuo aislado es una ficción filosófica, señala
categórico el sociólogo Ely Chinoy. La antítesis entre el
individuo y el grupo es una antítesis falsa, añaden Rumney y Maier.
Desde la mitología
No sólo
las ciencias sociales, sino que también la mitología judeocristiana
deja constancia del continuo individuo-sociedad: Eva no tarda en acompañar
a Adán porque no es bueno que el hombre esté solo. Incluso en las
teogonías más antiguas se relata que los dioses tampoco están
solos: setecientos años antes de Cristo, Hesiodo habla de tres generaciones
de dioses previas a la manifestación del inmenso poderío de Zeus,
que da lugar a una cuarta generación divina. Es
a través del proceso de socialización que los dioses devienen dioses
y nosotros nos convertimos en personas. Sin filiación a una historia, sin
transmisión de una conciencia y de un lenguaje heredados, no existe humanización
imaginable , destaca Guillebaud. El proceso humano de socialización es
complejo y se origina en las relaciones sociales: ellas son la fuente de nuestras
creencias, objetivos, valores, emociones y actitudes, que son la estructura de
nuestra personalidad. Hay
también en nuestra arquitectura personal ingredientes fisiológicos
y anatómicos, pero la personalidad es el resultado de una cultura específica
estructurada a través de las relaciones sociales: los rasgos genéticos
y las aptitudes individuales se desarrollan y vuelven significativas sólo
a través de la experiencia en un medio social y cultural, explica Chinoy.
La experiencia
en un medio social y cultural conforma la personalidad de cada individuo. A medida
que esta experiencia evoluciona y se tecnifica, establece diferencias entre las
personas y origina la estratificación social que practicamos desde el inicio
de los tiempos humanos. Hay tantas formas de estratificación como sociedades
humanas, explica Mayer. Esta estratificación, si bien surge como resultado
de la evolución, ha agudizado hasta tal punto las diferencias sociales,
que en nuestros días se ha convertido en una amenaza para la continuidad
de la especie. La
fractura Cuando
creamos la organización social necesaria para la complejidad económica
que iniciamos en el Neolítico, la especie inicia un proceso de selección
social que fractura el continuo individuo-grupo en el que vivimos durante la prehistoria.
Desde entonces,
el individuo marca diferencias respecto a sus semejantes por el hecho de acumular
tierras, dinero y poder. Esta es una de las características de nuestra
civilización, que ha permitido por un lado concretar los avances del progreso
en determinadas personas y grupos ( las clases sociales son el vehículo
de la evolución social, dicen Rumney y Maier), y por otro lado ha establecido
mayores diferencias sociales que las propias de la biología o la cultura.
No hay especie viva que experimente la desigualdad de forma tan pronunciada como
un aspecto crónico de su existencia, señala Bob Sutcliffe. La
elección de este modelo de progreso ha sido espontánea y, al igual
que la tecnociencia, adolece de un protagonista concreto. Las sociedades humanas
tienden a estratificarse no sólo por diferencias biológicas (edad,
sexo, inteligencia), sino también por rasgos distintivos adquiridos en
la vida social (prestigio, capacidad económica, nivel cultural). El
problema no es la estratificación, que podemos considerarla como expresión
de la diversidad de la especie en sus diferentes manifestaciones biológicas
y sociales, sino el abismo que hemos creado entre seres humanos de la misma época
por efecto de la cultura. Este abismo da lugar en determinados momentos a la esclavitud
y se agudiza desde la Revolución Industrial hace ya doscientos años.
En nuestros días
la desigualdad social adquiere dimensiones de escándalo histórico
y, lejos de ser un proceso espontáneo, se ha convertido en un proyecto,
como denuncia Gillebaud. Un proyecto regresivo con apariencia de modernismo que
se presenta como una adaptación razonable a las nuevas circunstancias económicas,
cuando en realidad lo que hace es colapsar el progreso: se está haciendo
evidente ya que la ampliación de la diferencia entre ricos y pobres es
insostenible en un mundo en el que se comparten los recursos, advierte Lester
Brown. Un
invento humano La
fractura social que compromete la evolución de la especie es pues, un invento
humano, no una ley natural. Surge porque hemos parcelado el mundo y nos lo hemos
adueñado motu propio . Nuestra cultura nos explica que cada trozo de este
mundo es propiedad de alguien (hoy ya no existe una tierra de nadie). Y sobre
este consenso edificamos nuestra experiencia social, nuestra vida de cada día,
y generamos las desigualdades cotidianas.
La
realidad, sin embargo, es que formamos un continuo con el entorno y con la sociedad
en el que todos somos un uno indivisible, el individuo una ficción filosófica
y las desigualdades una desnaturalización de la humanidad. La
parcelación del mundo que hemos realizado por efecto de nuestra evolución
social, nos fragmenta interiormente y pone fronteras a la convivencia porque nos
creemos diferentes, superiores o inferiores, unos de otros. Confundimos la diversidad
con la desigualdad, la riqueza de la naturaleza con nuestros inventos conceptuales
de riqueza y poder. Aunque
actuamos en sentido contrario, en realidad lo que somos como continuo individuo-sociedad
es una onda que aspira a elevarse sobre sus propias limitaciones. Nos hemos distraído
con el espejismo de nuestras individualidades y no hemos sabido, o podido, edificar
una realidad social coherente con nuestra identidad de especie. Por
eso no somos capaces de asumir el punto de vista de la humanidad que requerimos
para ser coherentes con cada uno de nuestros semejantes, los del pasado, los del
presente, los del futuro. Ese punto de vista de la humanidad está más
allá del horizonte cósmico de nuestra especie, en la región
del espacio-tiempo sobre la que todavía nada sabemos. No
es el fin de la historia Esta
constatación, sin embargo, no debe desesperanzarnos: aún no hemos
llegado al final de la historia de la especie, sino que participamos de un momento
singular y crítico del sapiens. Sabemos que somos una especie abierta a
nuevas evoluciones y artífice de su progreso. Las
dificultades con las que tropezamos en nuestro camino nos invitan a ponderar las
opciones estratégicas de nuestros antepasados y a imaginar nuevos modelos
de convivencia basados en la igualdad. Que el principal recurso de la actual civilización
sea la información, tan abundante y de fácil acceso, en vez de la
tierra, el capital, las armas o los minerales, siempre limitados, nos invita a
superar la cultura de la desigualdad de la especie. No
sólo no hay una ley natural que frene esta aspiración, sino que
la imaginamos como la mejor opción para el sapiens porque la desigualdad
nos aleja de nuestro propósito de coherencia personal y de supervivencia
colectiva. La
tarea es ardua y reclama una dosis de sabiduría de la que hasta ahora nos
hemos abstenido. Lo que se requiere es una reforma del ser humano como ser social
e histórico, nos advierte Castoriadis. Lo que históricamente ha
sido una utopía, hoy es una exigencia de supervivencia y de felicidad para
la especie. Así
descubrimos que el excedente económico, la propiedad y el poder han perdido
el significado que poseyeron para nuestros antepasados y debemos apurar nuestra
imaginación para determinar si el mundo, la vida, la cultura que hemos
de vivir en adelante, los viviremos con estos conceptos irreales o los reconstruimos
sobre premisas más acordes con nuestros conocimientos. ¿De
qué premisas hablamos? De una nueva relación entre los seres humanos
basada en la cooperación en vez de en la competencia, porque el otro deja
de ser percibido como adversario a abatir y se convierte en un aliado capaz de
aportarnos algo. De la misma forma que sólo a través del otro llegamos
a ser personas, sólo cooperando con nuestros semejantes podremos reconciliarnos
con nosotros mismos y romper la barrera de la supervivencia que representa la
desigualdad. Cuando
conmemoremos otra fecha como el 1 de mayo, que represente la reconciliación
del individuo con la sociedad, sabremos que hemos entrado en una nueva etapa de
la historia humana, más acorde con los conocimientos científicos
actuales. Bibliografía
Jay Rumney
y J. Maier , Sociología, la ciencia de la sociedad , Paidos, Buenos Aires,
1963 Cornelius Castoriadis, Las encrucijadas del laberinto, Gedisa, Barcelona
1988. Ely Chinoy, La sociedad , Fondo de Cultura Económica, México
1966 Hesiodo, Teogonía , Alianza Editorial, Madrid 1994. Jean-Claude
Guillebaud, La refondation du monde, Seuil, Paris, 1999. Ely Chinoy , Introducción
a la sociología , Paidos, Buenos Aires, 1962. Bob Sutcliffe, 100 imágenes
de un mundo desigual , Intermon, Barcelona 1998. Lester Brown et alia, La
situación en el mundo 1999, Icaria Editorial, Barcelona 1999. Eduardo
Martínez 01/05/2005 Artículo leído 141 veces Otros
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