|
Biologia
Autor:
Verónica Guerrero Mothelet
Fuente: FisicaCabreraRegional Blog. Web: http://physicscience.wordpress.com:80/
Epigenética, la esencia del cambio
Diciembre
14, 2009 de physicscience

Desde
el descubrimiento de la estructura del ácido desoxirribonucleico,
o ADN, comenzó una persistente controversia: ¿qué
determina la salud y longevidad de un individuo?, ¿los genes
con los que nace o el entorno en el que se desarrolla? Para enriquecer
la discusión, en años recientes se han presentado
pruebas de que el entorno puede influir en ciertos aspectos de la
vida de un organismo que antes se consideraban determinados por
los genes. Por ejemplo, se ha observado que los gemelos idénticos
pueden, con el paso del tiempo, presentar divergencias fisiológicas,
así como de salud e incluso psicológicas, pese a tener
la misma información genética. Estas diferencias no
se deben, pues, a los genes del individuo, que por lo general no
gemelos idénticos pueden, con el paso del tiempo, presentar
divergencias fisiológicas, así como de salud e incluso
psicológicas, pese a tener la misma información genética.
Estas diferencias no se deben, pues, a los genes del individuo,
que por lo general no cambian, sino a procesos bioquímicos
que regulan la actividad de los genes y que responden a la influencia
del ambiente. Estos procesos forman una segunda capa de información
relacionada con el ADN: la información epigenética.
Expresión genética
Cuando miras a una persona lo que ves son proteínas: la piel,
el pelo y las uñas están hechas de moléculas
de ese tipo. Hay otras proteínas que, en vez de formar tejidos,
controlan las reacciones químicas de las células.
Para funcionar, el organismo necesita producir una gran diversidad
de proteínas, las cuales se fabrican en el interior de las
células.
Las instrucciones para fabricar todas las proteínas que necesita
el organismo están escritas en el ADN, molécula complicada
que forma un hilo muy largo. El doctor Félix Recillas Targa,
investigador del Departamento de Genética Molecular del Instituto
de Fisiología Celular de la UNAM, explica: "Dentro de
una célula eucariota, como las de los organismos superiores,
existe un núcleo, y en su interior está compactado
el ADN con la información genética. Si estiramos la
molécula de ADN, ésta tendría una longitud
de dos a tres metros lineales. La célula eucariota tuvo que
evolucionar hasta convertirse en un sistema altamente complejo que
compacta la molécula de ADN en el interior del diminuto núcleo
celular".
Pero no basta simplemente con enredarla y meterla en el núcleo.
El mecanismo lector de la célula debe tener acceso a los
genes. En esencia, un gen es un tramo de ADN que contienen la información
necesaria para fabricar una proteína. Para que pueda ser
leída por la maquinaria celular, la molécula tiene
que compactarse de una manera organizada. También es necesario
que exista algún mecanismo que relaje el ADN compactado.
Las hebras de ADN se enrollan alrededor de unas moléculas
llamadas histonas, que hacen las veces de carretes. La fibra que
resulta de esta primera etapa de compactación se enreda aún
más, y así en varios pasos. Debidamente compactado,
el conjunto forma unas cuantas madejas separadas que se llaman cromosomas.
Al desenredarse para que lo lea la maquinaria celular, el conjunto
que forma el ADN, las histonas y otras moléculas que le dan
estructura se llama cromatina.
Cuando la célula lee un gen y fabrica la proteína
correspondiente decimos que el gen "se expresa". Tu organismo,
su apariencia y su funcionamiento son producto de la expresión
de tus genes.
El ADN no lo es todo
Una célula no fabrica todas las proteínas catalogadas
en el ADN, sino sólo unas cuantas, que dependen del tejido
al que pertenece la célula y de sus necesidades del momento.
Así, la célula no produce al mismo tiempo todas las
proteínas que le corresponden, por lo que hay mecanismos
que "encienden" y "apagan" los genes y regulan
su expresión como si fueran un botón de volumen. Decimos
que el efecto de estos mecanismos es epigenético ("epi"
significa "encima" en griego) porque no está determinado
por la información contenida en la secuencia del ADN, sino
por las proteínas y otras sustancias químicas que
la rodean y que afectan la expresión de los genes. Estos
mecanismos responden a distintos factores del ambiente, como la
exposición a sustancias químicas, los hábitos
alimenticios y, en general, el estilo de vida.
Uno de los mecanismos reguladores más importantes se conoce
como metilación del ADN. El metilo es un grupo químico
formado por un átomo de carbono y tres de hidrógeno,
que tiende a unirse a otras moléculas. El organismo lo extrae
de los alimentos. En el núcleo celular, donde se encuentra
el ADN, unas enzimas especiales pegan grupos metilo en ciertos puntos
de la secuencia genética. Mientras más metilado esté
un tramo de ADN, menos probable es que se exprese la información
que contiene. La metilación es un mecanismo de defensa de
la célula contra la gran cantidad de genes parásitos
y defectos que se han acumulado en el ADN a lo largo de la evolución,
como si fueran virus informáticos.
El nivel de metilación es muy importante, pues cuando no
es el adecuado, puede favorecer el desarrollo de enfermedades, ya
sea porque es excesivo y apaga genes que son necesarios, o bien
porque es insuficiente y deja activos genes parásitos. Ernesto
Soto-Reyes, estudiante e investigador del laboratorio del doctor
Recillas, refiere que en la literatura científica la metilación
del ADN se considera como el "quinto nucleótido".
Además de las moléculas adenina (A), timina (T), guanina
(G) y citosina (C) -llamadas nucleótidos y que forman la
secuencia del ADN-, existe la citosina metilada, que contribuye
directamente a los fenómenos de regulación de los
genes.
Todas las células albergan la misma información genética,
pero la función y desarrollo de cada una dependen de los
patrones de encendido y apagado de ciertos genes, patrones determinados
por la metilación. Esto es más claro en el caso de
las células troncales embrionarias, células que son
como materia prima que puede convertirse en cualquier tipo de célula,
como neurona, leucocito o célula epitelial. Para que una
célula troncal se transforme, por ejemplo, en una neurona,
deben activarse los genes apropiados y desactivarse todos los que
no se requieran. Así, la diferenciación celular está
regida por procesos epigenéticos, que producen cambios en
la expresión de los genes sin que por ello se modifique la
secuencia del ADN.
Cambios con consecuencias
Las histonas que forman la estructura de la cromatina -y que se
encargan de enredar y desenredar el ADN- son el blanco de otro mecanismo
epigenético que les pega distintos tipos de moléculas
para modificar su comportamiento. Cuando se modifican las histonas,
el tramo de ADN correspondiente puede relajarse o compactarse, mostrando
u ocultando la información.
En los procesos muy tempranos del desarrollo embrionario, cuando
todas las células son iguales, los mecanismos epigenéticos
son cruciales porque le dicen a cada una en qué se tiene
que convertir. Por ejemplo, en las células totipotenciales
embrionarias, células indiferenciadas que tienen la capacidad
de convertirse en todos los tejidos que componen un nuevo organismo,
la cromatina necesita mantenerse abierta durante una etapa, pero
debe cerrarse una vez que las células han tomado su ruta
de diferenciación.
En el curso de la vida, algunos factores ambientales como la alimentación,
las sustancias tóxicas y hasta el estrés también
actúan sobre las histonas y, al modificarlas, activan o desactivan
genes. Los genes afectados pueden producir más o menos proteínas
de lo normal, lo que altera las funciones orgánicas. Este
cambio en la producción de proteínas puede transmitirse
por herencia de una célula a otra y también puede
transmitirse de padres a hijos.
Los cambios epigenéticos pueden tener consecuencias de peso
para el organismo. Por ejemplo, en la propensión a contraer
ciertas enfermedades con componente hereditaria. "Muchos estudios
se concentran en el nivel genético, pero la modulación
tiene consecuencias en el cáncer", señala Félix
Recillas. Hoy en día se sabe que 50% o más de los
procesos tumorales se originan por defectos a nivel epigenético
(errores de metilación que dejan activos genes nocivos o
que suprimen genes benéficos) y no forzosamente genético.
Soto-Reyes añade que hay genes conocidos como "supresores
de tumores", como el que contiene la información para
fabricar la proteína P53, considerada el guardián
del genoma. Esta proteína es la encargada de decidir si la
célula debe repararse, si puede sobrevivir con el daño
que tiene o debe morir. El cáncer puede surgir cuando un
proceso epigenético bloquea los genes de ésta y otras
proteínas supresoras de tumores. Al mismo tiempo, se pueden
activar otros tramos de ADN, llamados oncogenes. Como resultado,
la célula ya no puede ni repararse ni morir, y empieza a
crecer y a multiplicarse sin medida. "El cáncer es una
enfermedad muy compleja, y a veces se considera más bien
un conjunto de enfermedades, que coinciden en que siempre se presenta
una elevada división celular, y los fenómenos epigenéticos
participan en la modulación de muchos de los genes implicados",
dice Soto-Reyes.
La vida deja huellas
La epigenética está adquiriendo tal relevancia que
se investiga desde diversos frentes en muchos países. Un
área importante es la de estudios comparativos como los que
se hacen con gemelos idénticos. Estos estudios muestran que,
pese a tener la misma información genética y ser indistinguibles
en apariencia, los gemelos pueden diferir notablemente, en especial
en lo que toca a la salud. Una de las investigaciones más
conocidas fue llevada a cabo por un grupo español, dirigido
por el especialista Manel Esteller, del Centro Nacional de Investigaciones
Oncológicas de Madrid. Estudiando componentes epigenéticos
de 40 parejas de gemelos de edades que iban de los tres a los 74
años, los investigadores encontraron que, en promedio, el
grado de metilación del ADN variaba significativamente en
una tercera parte de los gemelos, incrementándose conforme
aumentaba la edad de los individuos. Así, puede ser que con
el paso del tiempo uno de los gemelos contraiga diabetes y el otro
no, por ejemplo.
Las emociones y vivencias de los sujetos también pueden propiciar
cambios epigenéticos. El neurocientífico Eric Nestler,
director del Instituto del Cerebro de la Escuela de Medicina Monte
Sinaí, en Nueva York, encontró que el estrés
social crónico puede alterar la cromatina, modificando la
expresión de los genes que regulan dos importantes regiones
cerebrales: el núcleo accumbens y el hipocampo. Estos cambios
llegan a afectar rasgos fisiológicos y conductuales de los
individuos y, además de transmitirse a nivel celular cuando
las células se duplican, pueden transmitirse a la descendencia.
En un estudio con ratas, el investigador Ian Weaver, del Hospital
Infantil de Toronto, encontró resultados parecidos, pero
descubrió asimismo que la modificación epigenética
puede revertirse por medio de fármacos. Sus resultados sugieren
que la información epigenética es dinámica
y que podríamos manipularla, a condición de conocerla
mejor.
Otros experimentos sugieren que los cambios epigenéticos
favorables se heredan tanto como los negativos. Larry Feig, de la
Universidad Tufts, Estados Unidos, llevó a cabo una investigación
para buscar efectos generacionales. Feig utilizó ratones
modificados genéticamente para padecer trastornos de la memoria
y los crió en un ambiente enriquecido, con interacción
social, juguetes y aparatos de ejercicio. Como resultado, sus ratones
adquirieron una memoria normal. Pero lo más asombroso fue
que la siguiente generación heredó la buena memoria
pese a padecer el mismo defecto genético y no criarse en
el mismo ambiente estimulante que sus padres.
En busca de transformaciones
Un área muy prometedora en el futuro de la epigenética
se relaciona con las células troncales. Uno de los retos
es programar células pluripotenciales (que pueden convertirse
en cualquier tipo de célula) para transformarse en un tipo
celular específico, como neuronas dopaminérgicas,
que podrían corregir el mal de Parkinson. "Eso sólo
se podrá lograr si comprendemos el código epigenético",
dice Félix Recillas. "No es suficiente con conocer el
genoma completo; también es importante saber cómo
se modula", añade.
Más novedosa es una línea de investigación
relacionada con las células llamadas iPS (induced pluripotent
stem cell, "célula troncal de pluripotencialidad inducida")
y que explora la posibilidad de convertir células diferenciadas
tomadas de un adulto en células pluripotenciales (indiferenciadas)
iguales a las que se extraen los embriones. Las células de
pluripotencialidad inducida podrían reprogramarse para convertirse
en células del tipo que se desee, por ejemplo, para regenerar
tejidos dañados (como el corazón o el cerebro). En
opinión del doctor Recillas, esto es posible, pero todavía
está muy lejos de conseguirse.
Si bien el aspecto terapéutico de este tipo de reprogramación
puede tomar mucho tiempo, el proceso podría permitir probar
fármacos en tejidos humanos sin poner en riesgo a nadie.
"Podrían hacerse cultivos de células de un paciente,
transformarlas en las células requeridas y analizar en ellas
el efecto de los medicamentos o vectores virales, que de funcionar
podrían servir, por ejemplo, para corregir defectos genéticos",
señala Recillas.
"El desafío es enorme", dice Félix Recillas,
"porque cualquier error podría resultar muy peligroso.
Por ello las aplicaciones terapéuticas todavía están
restringidas. Sin embargo, desde el punto de vista de la ciencia
básica y del análisis de medicamentos, podría
ser una de las primeras aplicaciones".
Algunos grandes laboratorios multinacionales están desarrollando
fármacos para modificar la cromatina, es decir, para manipular
la información epigenética. Esto sería muy
útil en padecimientos como ciertos tipos de leucemias, en
los cuales se produce una proteína anormal que desactiva
genes que deberían encenderse. En general, descifrar el código
epigenético y aprender a manipularlo podría aportarnos
terapias epigenéticas e impulsar la medicina epigenética.
|