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Ciencia
El
genóma y la división de clases.
Autor:
John Sulston - Conversaciones con
Jorge Halperín.
Prólogo: Mariano Sigman.
Fuente: Le Monde diplomatique
Suscripciones: secretaria@eldiplo.org
A
menudo el vértigo se disfraza de miedo y nos engaña,
confundiendo o permutando el temor al éxito por el del fracaso.
La pavura evidente ante cualquier desafió es la del tropiezo,
la fatiga, como si el abismo que se presenta una vez alcanzada la
cima no fuese mucho más vertiginoso que dormirse en el lamento.
En fin, ¿Miedo a no llegar o, tal vez, miedo a llegar? Este
vicio retórico, manifiesto en cada uno frente una ventana
distinta, se ha vuelto ejercicio común en la aventura del
conocimiento. Las viejas historias de exploradores que navegaban
mares, penetraban selvas, cruzaban glaciares o atravesaban el espacio
contra cuanta adversidad se les presentase han evocado una nueva
serie de preguntas. ¿Y si llegan? ¿Acaso queremos
poblar la Luna o semejante proeza de un aventuro presume un fatalismo
de la ecología del cosmos? Y algo no muy distinto sucede
con todos los viajes a lo desconocido: ¿Y si conocemos los
secretos de la materia, de la energía, de la vida, de la
conciencia? De ninguna manera la intención de este prefacio
es revisar o establecer una opinión sobre un tema tan trillado.
¿Poner cota al conocimiento y a la aventura por miedo al
desenfreno? Es mas bien el relato de una aventura que hace de ejemplo
omiso entre el miedo y el vértigo. El caso noble y afortunado
en el que no hay ni uno ni otro. O por lo menos, que a fin de cuentas
es todo cuanto cuenta para un espectador, no se hacen evidentes.
La historia
transcurre en la segunda mitad del siglo pasado. En la primera mitad
de dicho siglo la física había explotado. Teoría
de la Relatividad y Mecánica Cuántica mediante ciertos
secretos de la esencia de la materia y la energía se habían
vuelto transparentes. Las consecuencias de esta gesta tan elemental
fueron evidentes para un grupo de físicos emigrados de Europa
a los Estados Unidos, y como corolario de sus avances, resolvieron
a plena conciencia el curso de una guerra y establecieron así
el curso del mundo. No menos visionarios y sabedores de que el fin
del nazismo poco tenia que ver con el fin del mal y del peligro
eterno de los monos con cuchillos, otros tantos físicos emigraron
a la entonces Unión Soviética para repartir uniformemente
sus conocimientos y asegurar cierto equilibrio. Así, en pleno
comienzo de la guerra fría, la física empezaba a pasar
lentamente al olvido. Con la biología soviética destrozada
por la visión de estado del carácter burgués
de ciertas teorías, con los Estados Unidos no enterados aun
que conocer la mecánica de la vida era un instrumento de
poder, Inglaterra, y en mucho menor medida Francia, se convirtieron
en la cuna de la próxima revolución del conocimiento:
la biología molecular. En particular, y porque seguramente
las revoluciones siempre tienen algo de singular, esta sucedió
en gran medida en unos pocos metros cuadrados, en el Laboratorio
de Biología Molecular de la Universidad de Cambridge. Allí,
en una historia hoy archi-conocida, James Watson y Francis Crick
descubrieron la mecánica de la herencia dilucidando la estructura
de una molecula. Allí, pocos años después Sydney
Brenner y el mismo Crick entendieron el lenguaje fundamental de
la biología molecular, decriptando el código por el
cual los genes implementan, proteínas mediante, lo que sea
que es la vida. Allí, en una historia tan relevante para
la biología como para la historia Argentina y la de sus barbaridades,
Cesar Milstein y Georges Kohler gestaron sus balas mágicas
e hicieron posible la explosión tecnológica de la
biología molecular y allí, un piso mas abajo sucede
la historia que aquí les prologo.
En el
epicentro de todas estas historias, embriagado por tanto éxito
y aburrido de sus propios logros, Brenner le hace llegar una carta
a Max Perutz donde le indicaba que la biología molecular
estaba obsoleta. "Hoy todos están de acuerdo en que
casi todos los problemas "clásicos" de la biología
molecular han sido ya resueltos o serán resueltos en la próxima
década. El ingreso de un numero importante de Americanos
y otros bioquímicos al campo asegura que los detalles de
la replicación y la transcripción serán elucidados.
Dado esto, hace tiempo que siento que el futuro de la biología
molecular esta en la extensión de la investigación
a otros campos de la biología, notablemente al desarrollo
y al sistema nervioso."
Brenner
propuso además un modelo para estudiar ambos problemas. Un
gusano. La imagen, evidentemente grotesca, hablaba del carácter
a la vez maravilloso y mundano de la biología. Las respuestas
a las preguntas más fundamentales a conocerlas estudiando
hasta el cansancio la naturaleza de un gusano hermafrodita. 959
células somaticas. Siempre las mismas. Siempre el mismo proceso.
Una célula que se reproduce en dos, luego en cuatro, que
se diferencian, se multiplican, se convierten en distintos tejidos,
hacen aparatos digestivos, músculos y sistemas nerviosos
para convertirse siempre en el mismo gusano. ¿Dónde
y como esta escrito el plan para este edificio capaz de levantarse
a si mismo? A por este programa, a entender el desarrollo y por
ende la historia celular de un individuo se lanzó Sulston.
Mil huevos, mil gusanos, mil veces el mismo proceso. Un tipo sentado
frente a un microscopio que dibuja esta película tridimensional.
Como quien escucha mil veces el mismo mensaje indescifrable y lo
va recomponiendo de a fracciones. Nos cuenta Sulston en el libro
que aquí sigue, que de sus mediciones preliminares había
comprendido que era necesario aproximadamente un año y medio
sentado y dibujado. Sin demasiado contacto con nada, sin saber del
todo bien si al fin de ese tiempo habría resuelto su gesta,
sin siquiera saber del todo, como en todas las buenas aventuras,
que tipo de cima le esperaba al final del camino se lanzo a por
ese año y medio de vida ermitaña, dibujando las mismas
células que se repetían de gusano a gusano. Y por
una serie de razones, casualidades y circunstancias, esta historia
de bravura terminó por convertirse en un hito de estos días,
en un desproporcionado puente entre la historia antigua y la modernidad
más moderna. En ese cuarto donde el linaje celular se registraba
con un cuaderno y un lápiz porque la fotografía era
insuficiente, donde el merito tecnológico era haber fijado
un gusano en una gelatina, nacía la geonómica. Es
que como todos los de su época, Sulston empezó a entender
el sentido de los genes a lo bestia; lanzando cascotes contra el
genoma para generar desperfectos mas o menos azarosos. Luego, en
los casos fortuitos en los que el desperfecto era evidente (por
ejemplo el gusano no crecía, o lo hacia mal) volvía
atrás para ver la falta de que gen era responsable de tal
defecto. Pero este fanático de las grandes construcciones
biológicas no podía quedarse en un método tan
rudimentario y se lanzo a otro proyecto que entonces también
parecía descabellado, seguramente incierto y, porque no,
inútil. Sulston se propuso establecer una cartografía
del genoma y una vez establecida recorrerlo íntegramente,
tan minuciosamente como había seguido a sus células
y con un propósito parecido: descubrir el todo. Entender
como los cimientos y materiales toman forma y se vuelven edificio.
Esta nueva cima a por la que se lanzó iba a llevarle casi
dos décadas hasta completar la gesta de la lectura del genoma
del gusano y poco después el del ser humano. Ahí,
el viejo recuerdo de la soledad de un cuarto donde dibujaba células
debió seguramente hacerse trizas. La exposición era
absoluta. Al momento de la llegada, en un empate justísimo
y sobre la hora y de consecuencias difíciles de predecir,
todas las cámaras lo estaban mirando. Ahí, (o mucho
antes - tampoco lo sabremos) como sus viejos colegas físicos
de la primera mitad del siglo se hizo evidente que su aventura por
comprender linajes, genes y genomas había tomado otra trascendencia.
Lo publico contra lo privado, las grandes compañías
y el derecho o no a patentar el conocimiento y nuestros genes. Nada
menos. Empieza otra aventura, quien sepa hacia que edificio de nuestra
existencia del que seguramente aún no tenemos conciencia.
Mientras tanto, basta deleitarse con el relato de las aventuras
vividas. De quien tuvo la suerte en su vida de recorrer caminos
excepcionales y tuvo el merito de haberlo hecho con decoro.
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