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      “La  Humanidad  tiene  razones  que  la  Razón  del  Hombre  ignora”    

Notas

Biología
Sucesos excepcionales de la evolución
Máximo Sandín
Fuente: Colaboración del autor.


SUCESOS EXCEPCIONALES DE LA EVOLUCIÓN
Máximo Sandín
Una verdad científica no triunfa a base de convencer a sus oponentes y hacerles ver la luz, sino más bien lo contrario, porque sus oponentes eventualmente van muriendo y crece una nueva generación que está familiarizada con ella. Max Planck.

Una estimulante confusión
Resulta paradójico que el que se dice que va a ser "el Siglo de la Biología", comience con esta disciplina sumida en una gran confusión. Desde luego, esta interpretación puede parecer infundada si hacemos caso a los que presentan los grandes logros científicos que se han obtenido como los que nos permitirán acabar con el hambre y con las enfermedades "que azotan a la Humanidad". Que pueden, entre otras muchas cosas, prolongar nuestras vidas y ayudarnos a detener la destrucción del medio ambiente. Porque la impresión que se transmite es que estos avances nos han permitido (o nos van a permitir en breve plazo) tener todos estos problemas "controlados".
Sin embargo, cuando se observan los logros reales, se puede llegar a la conclusión de que estos objetivos no sólo distan mucho de ser conseguidos, sino que en muchos casos parece haberse obtenido el efecto contrario. Los cultivos transgénicos se han mostrado como un grave peligro para los ecosistemas. Los experimentos de "terapia génica" y los xenotransplantes han sido detenidos ante la constatación de que (entre otros peligros) conducían a la muerte de los pacientes. Las supuestas clonaciones han resultado un fiasco que se pone de manifiesto en la escasa viabilidad de los (insisto: supuestos) clones. La ausencia de resultados eficaces en la investigación sobre los tratamientos del cáncer y el SIDA, que parece consistir en dar "palos de ciego" a la búsqueda de sustancias capaces de interferir en alguno de sus procesos, es evidente...
Cabe preguntarse si no existirá un factor común responsable de estos fracasos. Porque parece absurdo que se sigan produciendo cuando es evidente que disponemos de una enorme y creciente cantidad de información sobre los procesos biológicos. Pero Edgar Morin (2002), sociólogo y filósofo interdisciplinario, nos ofrece un diagnóstico de esta situación que quizás sea conveniente tener en cuenta: Hemos alentado a nuestros mejores cerebros a concentrarse, no en la comprensión del todo, sino en el análisis de fragmentos cada vez más pequeños. Desde esta situación, y encandilados por las nuevas tecnologías, que nos permiten disponer de gran cantidad de datos, se ha generado una crisis por exceso de información pero sin organización desde paradigmas de contextualización de elaboración conceptual, que permitan una comprensión significativa de los problemas. Nos encontramos como el personaje del cuento de Borges, Funes el memorioso. Funes, un peón de campo, sufre un accidente cuyo efecto es dotarlo de una capacidad de percepción y de memoria prodigiosas. Funes podía ver cada punto, cada matiz, cada nervadura, cada pequeño detalle de cada árbol. Pero lo que no podía ver era el árbol. Lo que había perdido, según Borges, era su capacidad de pensar, es decir, de organizar los datos en base a estructuras significativas. Es decir, cabe responder que ese factor común puede estar en la existencia de un auténtico "vacío" en la concepción (la interpretación) de muchos fenómenos biológicos de reciente descubrimiento y, por tanto, en la interpretación de los datos de que disponemos dentro de un contexto general. Un problema que tiene su origen en la falta de consistencia de la base teórica de la Biología. En la explicación de los fenómenos de la vida, de cómo y porqué han surgido los distintos tipos de organización animal y vegetal, de cómo se relacionan los organismos entre sí y con el entorno, o lo que es lo mismo: "La" teoría de la evolución.

La concepción reduccionista, lineal, aleatoria y, sobre todo, competitiva de las relaciones entre los seres vivos e incluso entre sus mas simples componentes, que caracteriza las explicaciones darwinistas de la Naturaleza, ha quedado desbaratada por un arrollador aluvión de datos que contradicen radicalmente esta visión. La información genética se está mostrando como resultado de un proceso mucho más complejo que la "codificación" de una proteína por "un gen", sino que es la consecuencia de la interacción entre todos los componentes del genoma (ADN, ARN y proteínas, nucleares y extranucleares) y está modulada por el ambiente. El cambio de organización morfológica se ha podido observar experimentalmente como un fenómeno simultáneo y coordinado que conduce a remodelaciones globales (es decir, no graduales ni "al azar"). Los fundamentales fenómenos de cooperación, en los que todos los elementos de un sistema biológico son imprescindibles para su funcionamiento, se han podido constatar desde el nivel molecular hasta el ecosistémico.... (Ver Sandín, 2002). Sin embargo, en los libros de texto, en los artículos científicos, en las aulas de la Universidad, se sigue hablando de alelos y frecuencias génicas, de mutaciones al azar como motor del cambio evolutivo, de hipótesis sobre la transición gradual (y también al azar) del hábitat marino al terrestre, de la competencia como modeladora de los ecosistemas.
Si recurrimos a los más prestigiosos y reconocidos teóricos de la evolución para intentar disponer de un criterio que nos permita dilucidar si estos nuevos conocimientos cuestionan totalmente o sólo en parte la teoría convencional nos encontramos, no con argumentos, sino con sentencias que tienen todo el aspecto de dogmas intocables: para Richard Dawkins, por ejemplo, Darwin nos dijo ya básicamente todo lo que sabemos y necesitamos saber sobre la vida. (Horgan, 1998). Es más, según Gunter Stent de la Universidad de Berkeley, La biología evolutiva, en particular, había concluido con la publicación por parte de Darwin de "El origen de las especies", un libro que, según Steve Jones (2003): Cuando lo lees te das cuenta de lo admirable que es la obra de Darwin. Lo terminas y dices: ya está, es verdad, todo es como lo cuenta Darwin.
Pero la sensación de confusión que producen estas evidentes contradicciones se acentúa cuando acudimos a textos de influyentes científicos o divulgadores cuyos títulos parecen sugerir una visión crítica o heterodoxa de la teoría evolutiva "clásica" (un aparente intento de renovación) y lo que nos encontramos es una desalentadora inconsistencia, una ausencia de postura clara y una nueva variedad de contradicciones. Así. Lynn Margulis, en su libro "Una revolución en la evolución" (2002) escribe: Las poblaciones "sin restricciones", en terminología de Darwin, crecen más allá de sus límites. Las fuerzas ambientales cotidianas, como falta de agua, superpoblación y hambre, impiden la expansión indefinida de la que son capaces las poblaciones. Eso es la selección natural. Y a continuación: El lenguaje de la evolución a veces parece ofuscar más que iluminar. Rechazo los términos financieros (coste-beneficio, gasto, desventaja) y los símbolos matemáticos simples (+ para la simbiosis y - para parasitismo) para reemplazarlos con descripciones más adecuadas. Nunca se ha mostrado la capacidad de la actual teoría neodarwinista para explicar los orígenes de nuevos caracteres hereditarios de la vida y nuevas especies. (Pág. 33). Sin embargo, más adelante, cuando habla de la teoría endosimbionte, afirma: La primera fusión celular, precursora de la fecundación podría haber sido consecuencia del canibalismo: un microorganismo se comió a otro sin digerirlo. (Pág. 158). A la luz de sus anteriores argumentos, resulta algo "oscuro" el carácter iluminador del término "canibalismo" para calificar la fusión de "un" microorganismo con otro diferente. Del resto de sus explicaciones cabe deducir que "ese" único microorganismo eucariota tendría una gran ventaja sobre los demás, ya que según la continuación de la historia: Al establecerse el sexo meiótico prosperó. La exhibición de contradicciones se complementa con el hecho de que, aunque las críticas y descalificaciones del neodarwinismo son una constante a lo largo del texto, Margulis se declara, una y otra vez, darwinista sin que podamos tener una idea clara de a qué darwinismo se refiere.
Otro ejemplo de inconsistencia conceptual y de conclusiones desconcertantes lo representa el libro, de sugerente título, "Deconstruyendo a Darwin" (2002) de Javier Sampedro. Una "deconstrucción" tan ligera que, más bien, parece un remozamiento. Los datos que aporta son una recopilación muy actualizada de información, especialmente sobre genética molecular y del desarrollo, así como referencias a distintos puntos de vista de científicos darvinistas sobre los procesos evolutivos. Son algunas de sus propias interpretaciones las que vamos a intentar poner en claro: Mi fe en el darwinismo se ha disipado por las más grises, planas y aburridas razones científicas, exactamente igual que mi fe en que toda partícula infecciosa debe contener su propio ADN se disipó cuando Stanley Prusiner demostró la existencia de los priones // Pese a las arraigadas convicciones darwinistas de mi juventud, he llegado a persuadirme, a base de palos propinados por la evidencia de que (al menos algunas de) las principales innovaciones biológicas de la historia de la Tierra tienen un mecanismo causal no darwinista, no explicable por la lenta acumulación de pequeñas mejoras adaptativas. (Pág.137). Una de ellas es el origen de la célula eucariota: La célula eucariota se formó por simbiosis, es decir, por la suma de tres (o más) módulos genéticos completos y previamente funcionales: tres genomas bacterianos, de hecho. Esto no quiere decir que la selección natural no exista, ni tampoco que no tuviera algún papel en aquel suceso concreto. (Pág. 138). ¿Cuál es, pues, la conclusión clara que se puede obtener entre los paréntesis y las matizaciones? Quizás la única afirmación rotunda y concreta que se puede encontrar en el texto: sus palabras finales. Para mí constituye una grandísima paradoja que buena parte del mundo científico aceptara la teoría de Darwin para todo excepto para la evolución de la sacrosanta mente humana, que de algún modo debía quedar a salvo de la barbarie mecanicista de la selección natural. Porque si hay algún dispositivo biológico que apesta a adaptación darviniana por todos los poros, ése es precisamente la mente humana // Nada en la consciencia humana tiene sentido si no es a la luz de la adaptación darviniana por selección natural. Pero las indefiniciones y las contradicciones tienen una justificación final: Me complace que este libro haya resultado al final tan poco dogmático. Y ahora perdónenme, que he quedado para tocar la guitarra.
A veces da la impresión de que está surgiendo una especie de "moda" de declararse heterodoxo, pero dentro de unos límites, es decir, una especie de "no, pero sí" que a lo que verdaderamente contribuye es al aumento de la confusión y a obstaculizar el verdadero cambio de interpretación. Y un (último) exponente de esta tendencia brilla con luz propia: El libro "Fósiles, genes y teorías. Diccionario heterodoxo de la evolución" (2003) de Jordi Agustí. La relación entre lo que se encuentra al abrir sus páginas y lo que parece indicar el título sólo es comparable a la que se encontraría en el libro "Camino" con las tapas del "Decamerón". Una enumeración de los tópicos más "clásicos" de la evolución (algunos, incluso rancios), mezclada por orden alfabético con reseñas de científicos evolucionistas, cuyo aspecto "heterodoxo" parece ser el enmarañamiento de la exposición (Una especie de "Rayuela" de la evolución). Así, la "heterodoxa" definición de la selección natural (El descubrimiento casi simultáneo por parte de Darwin y Wallace del concepto de selección natural como mecanismo capaz de explicar la actual diversidad de la biosfera constituye uno de los grandes logros intelectuales del pensamiento humano. Como pusieron de relieve estos autores, la evolución operaba a través de pequeñas modificaciones prácticamente imperceptibles, las cuales se iban acumulando lenta y gradualmente por efecto de la selección natural de aquellos individuos más aptos, que lograban sobrevivir y así transmitir sus características a la descendencia.) se encuentra situada entre "Selección de especies" y "Simpson, George Gaylord". La "Macroevolución" entre "Lyisenko, Trofim" y "Mayr, Ernst", la "Eficacia biológica" entre "Dryopithecus" y "Eldredge, Niles" Unos mareantes "itinerarios" en las páginas finales permiten seguir la lectura por temas, como en los libros ortodoxos. La mejor valoración de su aportación, nos la ofrece Juan Luis Arsuaga en el prefacio: Sólo me queda por hacer un comentario final. Jordi Agustí ha procurado ser tan objetivo en el análisis de las distintas ideas y escuelas que compiten en el campo de la teoría evolutiva, en permanente ebullición, que nos quedamos sin saber qué piensa él. Nos debe otro libro.
Lo que resulta sorprendente es que los planteamientos más contradictorios (desde los más clásicos hasta los más "revolucionarios") y las distintas ideas y escuelas que compiten en el campo de la teoría evolutiva no parecen encontrar problemas en coexistir bajo el amplio y difuso manto del darwinismo, y que la indefinición (o la confusión) se califique de "objetividad" o de ausencia de "dogmatismo".
Esta situación de auténtica crisis, tal vez produzca una sensación de desconcierto y un efecto poco estimulante para los jóvenes biólogos (y para los biólogos en ciernes) pero el resultado puede ser todo lo contrario: muy estimulante. Porque quizás éste sea el indicio de que, efectivamente, estemos comenzando "el Siglo de la Biología" pero no en el sentido de sus "crecientes aplicaciones" sino, tal vez, en el sentido inverso: en el de una comprensión cada vez mas profunda de los fenómenos biológicos y, como consecuencia, de la toma de conciencia de los peligros de interferir en ellos sin comprenderlos realmente y, por lo tanto, sin poder controlarlos. Porque lo que parece claro es que esta situación no puede prolongarse mucho tiempo, y son cada día más las voces muy cualificadas que plantean la necesidad de renovar las bases conceptuales de la Biología, lo que abre un enorme abanico de posibilidades para que los nuevos científicos, libres de la carga de inercia dogmática que soporta nuestra disciplina, tengan la oportunidad de aportar nuevas ideas que conduzcan a la elaboración de un nuevo modelo teórico más congruente con la realidad de los fenómenos naturales. El prestigioso pionero de la genética molecular, Sidney Brenner, con motivo de la secuenciación (parcial) del Genoma humano, realizó unas declaraciones (El Pais, 1-12-99) en este sentido que pueden resultar esclarecedoras: La Biología pronto será una disciplina teórica, y su reto será reconstruir el pasado. Por si no queda claro a qué se refiere, este otro comentario puede ser más concreto: Los jóvenes científicos más brillantes se dedicarán a reconstruir la historia de la vida.
La trampa del lenguaje
Pero quizás sea conveniente señalar la existencia de ciertos obstáculos en este camino que pueden llegar a convertir esta situación de crisis en crónica, porque hagan muy difícil la identificación de los errores. Los conceptos y la terminología darwinistas, con su carga consiguiente de interpretación de la realidad, están tan profundamente arraigados en el vocabulario biológico (incluso en el lenguaje coloquial) que han pasado de ser las hipótesis puramente especulativas que eran en su origen a elementos constitutivos del lenguaje científico, y son utilizados sistemáticamente para describir (interpretar) todo tipo de proceso natural, independientemente de que se considere o no el contexto evolutivo. Así, se utiliza la "competencia entre las histonas y los factores de transcripción" para referirse a la expresión génica, el "barajamiento" (es decir, el azar) para describir reordenamientos cromosómicos, la "competencia entre las células" para explicar el coordinado proceso embrionario. Se denomina "presión de selección" a las presiones ambientales, se utiliza el término "radiación adaptativa" para definir indistintamente la "explosión del Cámbrico" o la variabilidad en los grosores de los picos de los pinzones... Este fenómeno es, curiosamente, tanto más acentuado cuanto más alejados parecen encontrarse los enfoques científicos y los objetivos del estudio del contexto evolutivo. Es muy común el reconocimiento, por parte de investigadores que realizan estudios muy avanzados en distintos campos de la Biología molecular y de la Genética, de su total falta de formación (y en muchos casos, de interés) sobre la evolución. Pero lo más sorprendente es que existen científicos, que utilizan abundantemente esta terminología evolutiva, que parecen compartir la visión popular de que la evolución es sólo "un tema muy interesante", es decir, desligado del presente. Este desinterés por los procesos evolutivos resulta tan absurdo para un biólogo como sería para un químico aprender a producir compuestos y a utilizar los términos "sulfato", "reducción", "metilación"... sin tener el menor conocimiento de la tabla periódica de los elementos.
Y no parece ser éste el único problema (en sí mismo, suficientemente difícil de superar) que plantea el intento de poner un cierto orden en el caos teórico en que está sumida la Biología. Para muchos científicos parece que "no pasa nada". Porque existe una incomprensible obcecación en negarse a admitir que la creciente acumulación de información que desmiente las interpretaciones tradicionales conduce a plantearse la necesidad de un cambio de perspectiva. Una actitud totalmente contraria al espíritu científico, que tiene entre sus principios no dar nunca ningún conocimiento o teoría por definitivos y someterlos permanentemente a un análisis crítico, porque es un intento de mantener la concepción darvinista de la Naturaleza (que ha pasado a convertirse en creencia) contra todas las evidencias (tanto históricas como científicas) y de introducir los nuevos datos, por contradictorios que sean, en el modelo "clásico", aunque para ello se tenga que recurrir a la retórica mas elaborada, pero menos coherente que se pueda concebir. Esta actitud está nítidamente representada en un ensayo de Antonio Calvo Roy (2002), cuyas conclusiones dan título al presente escrito: Se trata de una dura crítica al libro "La tautología darwinista y otros ensayos de Biología" de Fernando Vallejo, seguida de un elogio altamente "constructivo" del, ya mencionado, "Deconstruyendo a Darwin" de Javier Sampedro, que finaliza así: Con generosidad y con rigor, el periodista aborda la evolución del evolucionismo y llega hasta nuestros días para ofrecer una síntesis posible de la historia de la vida en la Tierra: Muy pocos momentos únicos de grandes saltos no darvinistas, crisis de especiaciones con cierta frecuencia, como las que propone Gould en su equilibrio puntuado, y selección natural en la mayor parte del tiempo de la vida. Nada de adaptación, sino mutaciones acertadas en una historia de constantes saltos en el vacío (jirafas de un solo golpe, camellos justo en el desierto) es, en cambio, la propuesta de Vallejo. En todo caso, dos demostraciones más de la buena salud de Darwin. Un "diagnóstico" que se puede compartir a condición de que se admita que una perfecta salud es compatible con un "trastorno psicológico disociativo", porque convertir los hechos comprobados en excepciones y las especulaciones o creencias jamás verificadas en la norma, puede ser considerado como la construcción de una especie de realidad virtual. Porque sólo esas "pocas excepciones" son suficientes para demostrar la invalidez del modelo teórico. Pero además, si los "pocos momentos" de grandes saltos "no darwinistas" y las frecuentes "crisis de especiaciones" son precisamente los sucesos en los que se producen los cambios evolutivos (los "hechos fundamentales" de Crick), y "la mayor parte del tiempo", durante la cual lo que se observa es la "estasis" evolutiva, es cuando está actuando la selección natural, ¿cuál es exactamente su papel en la evolución?
Pero, antes de intentar responder a esta pregunta, quizás sea conveniente comenzar por preguntarnos de qué estamos hablando exactamente cuando nos referimos a "la evolución". Porque si no se define con un mínimo de precisión el fenómeno a estudiar, corremos el riesgo de no saber qué es lo que se está buscando, e incluso de no comprender qué es lo que se ha encontrado.
Si prescindimos de definiciones (o creencias) clásicas, y nos limitamos a describir lo que se observa en el registro fósil y en los organismos vivos, lo que encontramos a lo largo del primero, es la aparición, de una forma discontinua y repentina, de distintos tipos de organización que, a gran escala, también representan distintos niveles de complejidad (si bien lo que podemos considerar el nivel "más bajo", representado por las bacterias, es, en sí mismo, de una gran complejidad). Parece razonable admitir que un organismo eucariota unicelular (aparecidos hace unos 1400 millones de años) es más complejo que una bacteria (presentes en el registro fósil desde hace alrededor de 3600 millones de años), y que un organismo multicelular (cuya entrada en escena se data en torno a los 675 millones de años) es más complejo que uno unicelular, porque también hemos podido comprobar empíricamente que unos constituyen, sucesivamente, los componentes de los otros.
A partir de la aparición de los organismos multicelulares, lo que nos muestra el registro fósil, cada día más informativo, (ver Sandín, 2002) son grandes cambios de organización morfológica en fauna y flora, expresados en bruscas explosiones de diversidad y coincidentes, en su mayoría, con disturbios geológicos que dan inicio a los grandes períodos que han recibido sus denominaciones, fundamentalmente, por sus faunas características. (De hecho, las representaciones actuales de las filogenias animales y vegetales han renunciado a las tradicionales en forma de árbol, e incluso a las líneas discontinuas para representar las inexistentes formas intermedias. Puede comprobarse, entre otros, en http://www.ucmp.berkeley.edu/phyla/metazoafr.html de la Universidad de Berkeley). Las "formas de transición" entre un tipo y otro de organización que, según la concepción tradicional deberían existir "en un número inconcebiblemente grande" (por lógica, incluso aunque el registro fuera extremadamente incompleto, deberían ser mucho más numerosas que las supuestas "formas finales") siguen ausentes del registro fósil por más que su hallazgo haya sido el objetivo fundamental de los paleontólogos durante más de 150 años. Un objetivo que siempre ha acabado por ser sustituido por el de explicar "porqué no se encuentran".
Es decir, se trataría de buscar algún fenómeno que permita explicar lo que observamos, y no de intentar explicar porqué no podemos ver lo que esperamos. Y, dado que lo que observamos resulta muy diferente a lo que cabría esperar según la concepción tradicional de la evolución, es de suponer que el fenómeno buscado también lo sea.
Para ello, abandonemos por el momento el registro fósil e intentemos dilucidar cómo se han podido producir estos cambios en los seres vivos a la luz de los nuevos conocimientos. Si las características morfológicas de un organismo se producen durante la morfogénesis, parece obvio que un cambio de morfología ha de tener lugar mediante una modificación en el proceso morfogenético. Y sabemos que éste es un fenómeno extremadamente jerarquizado e interconectado en el que unos pasos necesitan de otros previos y que los procesos embrionarios están interrelacionados de tal forma que una alteración de su curso produce un cambio "en cascada" que conduce a grandes modificaciones en el resultado final. Modificaciones que serán tanto mayores cuanto más temprana sea la fase del desarrollo en que se produzcan, por lo que un cambio en la organización general no puede producirse mediante la acumulación de pequeños cambios en variaciones superficiales "prácticamente imperceptibles".
Por tanto, para intentar comprender cómo se ha producido la evolución lo que habrá que buscar son procesos que permitan explicar, a la vez, lo que se observa en el registro fósil y lo que se observa en los seres vivos, es decir, fenómenos comprobables, verificables, que tengan relación con la formación de organismos complejos a partir de otros más simples y datos o experimentos que permitan comprender cómo se pueden producir los cambios morfológicos y estructurales durante la embriogénesis.

Esto último resulta tan evidente que (¡por fin!) ha surgido un nuevo campo de investigación sobre las implicaciones del desarrollo embrionario en la evolución: la Evo-Devo Biology. Los datos que aportan estas investigaciones son verdaderamente impresionantes, sin embargo la, al parecer obligada, interpretación dentro de los (amplios) márgenes de la teoría ortodoxa o, al menos, de su vocabulario (los "barajamientos" de grupos de genes, la denominación de "mutaciones" a los reordenamientos o duplicaciones, la "competencia" entre las células, la "selección familiar" para explicar el origen de los organismos multicelulares) dificulta enormemente la comprensión del significado de estos fenómenos.
Pero ni siquiera esto implica que se haya concedido al proceso embrionario su auténtico papel en la evolución (es sólo "otra" especialidad). La confusa distinción entre "microevolución" (es decir: variabilidad) y "macroevolución" (es decir: evolución), cuya supuesta continuidad "con el tiempo" se ha dado por cierta sin la existencia de la menor prueba (más bien, existen pruebas de su imposibilidad), permite otro "apartado" en las revistas y textos científicos en el que, bajo el epígrafe "Evolución" se nos habla de altruismo y egoísmo, de selección de grupo, de la competencia entre los animales o entre las plantas para "propagar sus genes" a pesar de que estos procesos, en el caso de que realmente existan y no sean una deformación antropocéntrica de los fenómenos naturales, no tengan la menor relación con los complejos procesos genéticos y embriológicos implicados en los cambios evolutivos. Dentro de esta situación resulta muy difícil intentar sacar a la luz los problemas de la teoría ortodoxa, ya que todo es evolución (adaptación es evolución, especiación es evolución, incluso emigración es evolución), y la simple "demostración" de que en la Naturaleza existe algo que denominamos "competencia" es suficiente para validar la teoría oficial.
Ante este obstáculo, que dificulta cualquier intento de debate sobre la evolución porque resulta muy difícil llegar a un acuerdo, ni siquiera sobre el punto de partida, es decir, de qué se está hablando, puede ser razonable, para finalizar este largo preámbulo, recurrir a uno de los más grandes filósofos de la Ciencia, Paul Feyerabend, por si nos puede iluminar sobre el problema (y las consecuencias) de la trampa del lenguaje en que está sumida la Biología: Llegados a este punto, podemos querer comparar, en nuestra imaginación y de manera abstracta, los resultados de la enseñanza de lenguajes diferentes que incorporan diferentes ideologías. Podemos querer cambiar conscientemente algunas de estas ideologías y adaptarlas a puntos de vista más "modernos". Es muy difícil decir cómo cambiaría esto nuestra situación, salvo que hagamos el supuesto adicional de que la cualidad y la estructura de aquellas sensaciones que entran en el cuerpo de la ciencia, son independientes de su expresión lingüística. Dudo mucho acerca de la validez incluso aproximada de este supuesto, que puede refutarse mediante ejemplos simples. Y estoy seguro de que nos estamos privando a nosotros mismos de nuevos y sorprendentes descubrimientos en tanto que permanezcamos dentro de los límites definidos por él. (El subrayado es mío).

CUADRO 1 (Opcional)Con permiso y contra los consejos, me permito insistir. Una objeción muy frecuente a mis intentos de poner de manifiesto los componentes culturales y sociales de la teoría darwinista es que "no es una crítica científica, sino ideológica", lo cual resulta una obviedad (en lenguaje científico, una perogrullada), porque lo que se está analizando es precisamente una ideología. Este intento de descalificación resulta sorprendente, viniendo de creyentes en una doctrina supuestamente científica cuyos conceptos centrales, sus argumentos y su terminología son, como ha sido señalado por pensadores de la talla de Bertrand Rusell, G. Bernard Shaw o Arthur Koestler, una proyección sobre la Naturaleza de los principios económicos y sociales de lo que ahora se conoce como "economía de mercado", pero que sigue siendo lo mismo que fue desde el principio, es decir, un juego de palabras para justificar "científicamente" la explotación. (Pero parece que los prejuicios son sólo los de los otros: los prejuicios propios son "la verdad objetiva"). Quizás sea conveniente insistir en algo que también han puesto de manifiesto distintos filósofos de la Ciencia, así como brillantes científicos, pero que no parece necesario documentar porque resulta del más elemental sentido común: nadie, ningún ser humano, está libre, en la formación de su pensamiento, de las influencias recibidas de su entorno cultural y social, de su formación y de sus experiencias personales que, en definitiva, le dotan de una determinada concepción (interpretación) de la realidad, es decir, de una ideología. (En este contexto, los que se autoproclaman carentes de ideología, lo que manifiestan en realidad es su conformidad con la ideología dominante). Ningún científico (a no ser que, como Funes el memorioso, padezca de algún problema que limite la funcionalidad de su cerebro) puede pretender que sus interpretaciones estén libres de estas influencias, y sería bueno tomar conciencia de este hecho, porque si se carece de la capacidad para reconocer un fenómeno tan evidente, difícilmente se estará capacitado para percibir otros menos obvios.No me cansaré de insistir sobre la importancia de este fenómeno que, si subyace en todas las teorías científicas, como han puesto de manifiesto, entre otros, Max Planck o Albert Eisntein para una disciplina tan aparentemente desligada del contexto social como la Físca, qué no ocurrirá en el caso de la que pretende explicar las relaciones entre todos los seres vivos (especialmente los humanos), su origen e, incluso, su comportamiento. Por eso, a pesar de que estas críticas se utilizan para descalificar ("de un plumazo") la totalidad del contenido científico de los textos en que aparecen y, a pesar de que he sido apercibido por amigos y colegas de buena fe (sí, existen) de que este aspecto puede ser considerado como "el punto flaco" de mis argumentos científicos, me resisto a renunciar a dejar constancia de ello, porque estoy convencido de que si no se tiene en cuenta este hecho difícilmente se podrán identificar los problemas de interpretación de la teoría evolutiva.Por eso mismo, no puedo dejar de admitir que mis argumentos y su terminología ( integración, cooperación, coexistencia, igualdad en la "aptitud", necesidad de todos los seres vivos...) reflejan, inevitablemente, una postura ideológica opuesta a la de "la competencia", "el más apto", "el costo-beneficio", "la explotación de recursos" ... y, desde luego, poco conforme con la dominante en el Mundo. Pero, en cualquier caso, y asumiendo que todos los términos usados para describir la realidad desde distintas perspectivas incorporan distintas ideologías, se trataría de comprobar qué prejuicios se ajustan más adecuadamente a los fenómenos naturales.La conclusión-confesión a que quiero llegar con esta disquisición es que, aunque en lo escrito hasta ahora y en lo que sigue a continuación he eludido y eludiré (hasta nuevo aviso) este aspecto del problema teórico (para que no "degrade" el análisis científico), quiero insistir en que considero esencial tenerlo en cuenta, y que pretender ignorarlo puede ser un error irreparable, por lo que, una vez más, quiero dejar constancia de ello. (Lo siento, amigos. He estropeado el artículo).

(Hacia) un nuevo modelo teórico
La tarea de interrelacionar la ingente cantidad de información sobre los fenómenos biológicos existente en la actualidad mediante un modelo teórico que les dote de sentido y coherencia, es una labor formidable que requeriría los esfuerzos conjuntos de especialistas de todos los campos de estudio de la Biología y, seguramente, de otras disciplinas como Matemáticas, Química, Física y, posiblemente, (tal vez, especialmente) de otros ámbitos de la búsqueda del conocimiento, como la Filosofía. Pero la deriva de la investigación hacia la Biología aplicada, la creciente (e inevitable) especialización, el (evitable) carácter competitivo de la investigación y el clima general antes expuesto, no conforman una situación propicia para esta labor cooperativa (con perdón). Esto puede ser la justificación (así lo espero) del atrevimiento de intentar plantear, a título individual, las bases de un modelo alternativo (más bien, opuesto) al convencional, formulado por primera vez en 1995 y concretado en 1997 con la denominación de "Integración de sistemas complejos".
Puede parecer pretencioso o, incluso, candoroso el intento de plantear las bases (o el bosquejo) de "un nuevo modelo teórico", nada menos que para una ciencia con tal cantidad de campos de estudio y tan gran cúmulo de conocimientos como es la Biología, pero he recibido recientemente la justificación (o al menos, la exculpación) mediante el hallazgo de una propuesta de Erwin Schroedinger para hacer frente al problema de la dispersión y descontextualización de los conocimientos científicos: Yo no veo otra escapatoria frente a este dilema (si queremos que nuestro verdadero objetivo no se pierda para siempre) que la de proponer que algunos de nosotros se aventuren a emprender una tarea sintetizadora de hechos y teorías, aunque a veces tengan de ellos un conocimiento incompleto e indirecto, y aún a riesgo de engañarnos a nosotros mismos.
Bajo esta protección moral y en la convicción de que, en el caso de resultar una interpretación errónea no sería perjudicial ya que no se puede obligar a nadie a aceptarla, me voy a permitir, una vez más, exponer a la consideración de los lectores, esta vez de un modo más explícito, sus (posibles) bases conceptuales, su (posible) significado y sus (posibles) implicaciones en la interpretación de los fenómenos biológicos. Este nuevo intento surge de la sospecha de que, a juzgar por cómo ha sido recibida esta propuesta en el entorno más próximo, con actitudes que van desde el estupor hasta la indignación, pasando por la (al parecer, mayoritaria) negación de su existencia, quizás no haya sido planteada anteriormente con suficiente claridad como (base de) modelo teórico, aunque no se pueden descartar otros motivos para su "inexistencia".
Previamente, quiero dejar constancia de dos consideraciones que pueden mitigar la sensación de falta de prudencia (o modestia) científica que puede producir en el lector el atrevimiento de plantear "una nueva propuesta teórica". En primer lugar, (y por si esto puede contribuir a que sea tenida en cuenta) que no existe por mi parte la menor pretensión de originalidad en la formulación de los "mecanismos" y procesos evolutivos. Todos han sido propuestos por distintos autores (algunos muy antiguos), rechazados en su momento y desechados en su mayoría. Lamarck, Cuvier, Goldsmith, Child, Merezhkovsky, Gould y Eldredge, Seele, Hoyle (Ver Sandín 1995, etc.) han planteado, en diferentes contextos y, en algunos casos, con diferentes significados, cada uno de los componentes fundamentales de esta propuesta. Simplemente, se ha tratado de interrelacionarlos en un contexto general a la luz de nuevos datos que les dan coherencia y, desde mi punto de vista, un significado diferente al atribuido por estos autores en sus aportaciones individuales.
En segundo lugar, soy consciente de que se trata de un punto de partida. Cuando lo planteo como "modelo" pretendo indicar que no se trata de una teoría (como, sorprendentemente, de autodenomina el darwinismo), porque una teoría científica ha de disponer de algún tipo de reglas precisas que permitan relacionar, comprender (y, por tanto, predecir) todos los fenómenos que pretende explicar. Desde luego, la enorme amplitud del campo de estudio y la gran cantidad de información (sorprendente) que se está obteniendo sobre la enorme complejidad de los más ínfimos procesos biológicos supera las limitaciones, no ya de una persona sino, posiblemente, de varias generaciones, lo que abre un enorme campo de posibilidades para nuevas aportaciones y, sobre todo, nuevas interpretaciones, que permitan la elaboración de una verdadera teoría científica para la Biología.
Por eso, si se me permite, animo a mis colegas (en el más amplio sentido, lo que incluye desde los estudiantes de primer curso, y sólo excluye a los que "ya se lo saben", los cuales, lógicamente, no tienen nada que aportar) a seguir los consejos de Brenner y Schroedinger: a dudar, a criticar, a reflexionar, a proponer y a confundirse, porque seguramente es una actitud (y una actividad) más científica que la de "comulgar con ruedas de molino" o practicar la rutina y el dogmatismo de una supuesta teoría sin base real.

La "integración de sistemas complejos"
El concepto de "integración de sistemas complejos" parte de la existencia de dos hechos constatados empíricamente (dos "sucesos excepcionales"); el origen de la célula eucariota, como resultado de la agregación de bacterias, y la capacidad de los virus de insertarse en los genomas como un "paquete completo de información", junto con la idea de que la información genética es un fenómeno de gran complejidad que implica la interacción simultánea de ADN, ARN y proteínas de una forma muy precisa, es decir, funciona como lo que Michael Behe (1999) ha denominado un "sistema irreductiblemente complejo". Y esto último se refleja en que el más "elemental" sistema vivo (autorreproducible) sólo puede existir mediante la actividad simultánea de estos tres tipos de moléculas, a su vez de una extraordinaria complejidad, en condiciones de aislamiento del medio, es decir, protegidas por una membrana.
La aparición y ensamblamiento de todos estos componentes de una forma independiente, gradual y al azar es una especulación difícil de apoyar e imposible de demostrar que ya ha sido discutida anteriormente (Sandín, 2002), pero de lo que sí tenemos pruebas reales es de la aparición de los primeros sistemas vivos en la Tierra. La repentina presencia de las bacterias en unas condiciones que hacían imposible la vida tal como la conocemos resulta tan desconcertante para la concepción tradicional que ya se está planteando "oficialmente" la posibilidad de que su origen sea exterior a la Tierra (Ver Ball, 2001). Esta posibilidad, junto con el hecho de que las bacterias fueron las que crearon las condiciones atmosféricas necesarias para la vida que conocemos, les dota de un carácter digno de una atención y una consideración muy especial. Pero no sólo por eso. Su demostrada participación en el origen de las células de que están compuestos todos los seres vivos acentúa su carácter especial, y es el primer "salto evolutivo" producido por la integración de varios sistemas complejos en otro de mayor complejidad.
La extremada conservación de los procesos genéticos y celulares básicos de origen bacteriano en los seres vivos actuales (Gupta, 2001; Margulis, 2002) es una de las más fuertes refutaciones de la hipótesis del azar en los cambios evolutivos, pero además nos han aportado informaciones muy sugerentes sobre el origen de la vida en la Tierra: William Ford Doolittle (2000), ha estudiado el ARN ribosómico de eubacterias y arqueobacterias (o arqueas) y ha llegado a la conclusión de que no se puede hablar de un origen común en la forma tradicional de un árbol con una raíz, sino de la existencia de "una comunidad ancestral" de células primitivas. Aunque la prudencia (o los preconceptos) parecen obligar a enunciar estas conclusiones tan significativas de una forma un tanto ambigua, parece claro lo que quiere decir: que los distintos tipos de bacterias que aparecieron en la Tierra no pudieron surgir a partir de un antecesor común, sino que tuvieron que ser diferentes desde el principio.
Esta, aparentemente extraña, posibilidad viene apoyada por una "reinterpretación" del estudio sobre el "Origen de los ecosistemas" de Ricard Guerrero, uno de los más prestigiosos expertos españoles en ecología y genética microbiana y estudioso del origen de la vida, con un argumento que parece de gran peso, aunque esté condicionado por la visión convencional de la evolución de la vida "a partir de una primera célula": Las mutaciones que originaron cambios en el metabolismo del las primeras células causaron el establecimiento de las primeras cadenas tróficas, en las que los productos del metabolismo de unos organismos eran la fuente de nutrientes para otros, permitiendo que se produjese la ecopoyesis. /.../ Cuando la vida se originó en la Tierra, si no se hubiese producido pronto un reciclado de la materia, los seres vivos, con un metabolismo idéntico, habrían agotado todos los recursos y la vida se habría extinguido en unos 300 millones de años. La reinterpretación consiste en cambiar la frase: Las mutaciones que originaron cambios en el metabolismo de las primeras células, que es una suposición, por los argumentos, basados en observaciones, de Doolittle.
Las más recientes estimaciones sobre la cantidad y la diversidad bacteriana existente arrojan cifras mareantes: unos dos millones de "especies" (ésta es una denominación discutible, como veremos más adelante) en los océanos y ¡más de cuatro millones! en una tonelada de tierra de un jardín (Curtis et al., 2002). Sólo en las aguas marinas, se ha calculado su número total en más de 3x10e28. El número existente en los suelos (y subsuelo) debe de ser prácticamente imposible de concebir. No parece necesario insistir en su papel fundamental para el mantenimiento de la vida: degradación de sustancias tóxicas, fijación de Nitrógeno en plantas, regeneración de suelos y aguas, participación imprescindible en los procesos digestivos (entre otros) de los animales... Su capacidad de "intercambiar información genética", potencialmente entre todos los tipos existentes, hace poco consistente sus denominaciones "específicas". En palabras de Lynn Margulis (2002): No se puede hablar de especies bacterianas, aunque tampoco de una "única especie".
Todo esto (y algunas otras condiciones) convierte en absurda la consideración de las bacterias como "microorganismos patógenos" (en algunos trabajos científicos se puede leer la calificación de las bacterias como "nuestros peores competidores"). Insisto en que si realmente esa fuera su condición fundamental, tendríamos pocas posibilidades de "vencerlas". Cada día está más claro que las bacterias son un componente imprescindible de los fenómenos de la vida, y que su actividad patógena, extremadamente minoritaria en relación a su número total, se ha podido comprobar que está relacionada con la transferencia "horizontal" de genes como respuesta a agresiones ambientales.
En definitiva, si nos intentamos desprender de los tópicos "obligatorios" en la concepción de los fenómenos biológicos y reflexionamos sobre el significado de estos hechos de tanta trascendencia en el origen de la vida y en su funcionamiento actual, no se puede por menos que pensar que las bacterias son "algo especial". Su aparición en la Tierra con todos los procesos metabólicos y genéticos celulares básicos, su actividad en la creación de las condiciones adecuadas para la vida, su sistemática agregación sucesiva (resulta absurdo pensar que ocurrió "una sola vez" o "en un solo individuo" y, sobre todo, como resultado de un "canibalismo") para formar las células eucariotas con sus orgánulos, su actividad reguladora en organismos y ecosistemas… Parece poco menos que una superstición el seguir manteniendo que todos estos fenómenos son resultado de "adaptaciones" surgidas por "mutaciones al azar" y dirigidas por la selección natural. En otras palabras, se puede llegar a la conclusión de que las bacterias tienen esas capacidades porque son los componentes básicos de la vida.
Pero no parecen ser los únicos. Las investigaciones (fundamentales) de Radhey Gupta (2000) y William Ford Doolittle (2000) arrojan luz (y, sobre todo, datos) sobre el siguiente "salto" en la evolución: el origen de los organismos multicelulares. El primero ha podido identificar, mediante la comparación de una gran cantidad de genomas procariotas y eucariotas secuenciados, el origen de grupos concretos de genes de eucariotas: los relacionados con la transmisión de información genética provienen de arqueobacterias; los implicados en el metabolismo celular de eubacterias. Es decir, se trata de los genes que controlan las funciones celulares básicas. Para el resto de los genes de los organismos eucariotas, como pueden ser los que controlan las funciones reguladoras y de desarrollo, y que según Doolittle se ignora de donde pudieron haber venido (obsérvese la terminología empleada), encuentra necesaria la existencia de un cuarto dominio de organismos, extinguido en la actualidad, que transfirió horizontalmente al núcleo de las células eucariotas los genes responsables de estos caracteres. La síntesis de estas consideraciones (basadas en datos reales) de dos de los más prestigiosos expertos mundiales en el origen de los eucariotas es, por una parte, la extremada conservación de los procesos biológicos básicos (es decir, que son poco susceptibles a las "mutaciones al azar"), por otra, que esta extremada conservación y especificidad de estos procesos hace muy poco probable que los genes responsables del desarrollo en los organismos multicelulares (también tan específicos) hayan podido surgir como consecuencia de mutaciones al azar en genes responsables de estas funciones básicas. Por eso Doolittle habla de la necesidad "de un cuarto dominio" que transfiriera esos genes. Actualmente, sabemos que existe en la Naturaleza algo que no es exactamente un cuarto dominio de seres vivos, que no se ha extinguido, pero que tiene la capacidad de "transferencia horizontal de genes": Los virus.
El estudio profundo y sistemático de los genomas y las cápsidas de los virus (fagos) de las bacterias y arqueas ha llevado a Zillig y Arnold (1999) a la conclusión de un origen polifilético para ellos (no parece necesario traducir de nuevo estos términos). Según estos expertos, Dado que necesitan una célula para multiplicarse, los investigadores creyeron durante mucho tiempo que los virus tenían como origen genes celulares. Esta afirmación no parece ser muy realista, porque (en la situación de desorganización teórica de la Biología) "todavía" se puede leer en serios artículos científicos que los virus son trozos de genomas que han "escapado de las células" y que sus cápsidas proceden de la adquisición "de un gen celular (¿) env". Una interpretación basada en la doctrina del ADN egoísta, a todas luces absurda, desmentida por las impresionantes características de las cápsidas virales y su motor molecular (ver Sandín, 2002), por su posesión de polimerasas muy especiales y porque implicaría que este extraño suceso (¿aleatorio?) habría debido de ocurrir tantos millones de veces como posibles tipos de virus existen en la Naturaleza. Porque ésta es otra información que desbarata la vieja concepción de los virus y su papel en los fenómenos naturales. Según los resultados de los estudios sobre los virus en aguas marinas (Fuhrman, 1999), los virus son las "criaturas" mas diversas y numerosas de la Tierra. Sólo en las aguas marinas son de 5 a 25 veces más abundantes que las bacterias (cabe suponer que la población de los suelos será, como mínimo, proporcional). Su papel ecológico se puede considerar como la base de los ecosistemas marinos y se especifica concisamente en el resumen del trabajo de Fuhrman en la revista Nature: "Marine viruses and their biogeochemical and ecological effects", e incluye el control de: ciclos de nutrientes, respiración del sistema, distribución de partículas por tamaño y tasas de precipitación, biodiversidad de bacterias y algas y distribución de especies, control de la expansión de las algas, formación de sulfuro de dimetilo (fundamental, al parecer, para la nucleación de las nubes) y transferencia genética. Algunas de estas funciones también se están comprobando en ecosistemas terrestres.
Pero, al igual que las bacterias, su presencia en la Naturaleza no está sólo relacionada con su (fundamental) papel ecológico y de transferencia genética horizontal, en la que los plásmidos, también de un evidente origen viral (Sandín, 95), juegan un papel primordial en la transferencia de "genes bacterianos". La creciente proporción de secuencias de origen viral en los genomas animales y vegetales ha llegado a su culminación con los datos y, en parte, la consiguiente "reinterpretación" de las conclusiones del informe sobre la secuenciación (extremadamente parcial, porque sólo se trata de los genes "que codifican proteínas") del genoma humano (The Genome Sequencing Consortium, 2001). La relación de secuencias de origen bacteriano, de secuencias reconocibles como derivadas de virus, de elementos móviles; transposones y retrotransposones (derivados de virus y retrovirus) y de retrovirus endógenos, añadida a las secuencias repetidas ( producidas, inevitablemente, por el proceso mediante el que los retrotransposones se mueven por el genoma, produciendo copias de sí mismos), y sumadas a las secuencias altamente repetidas como los elementos denominados Alu, repetidos miles de veces y considerados inicialmente ADN "basura" (es decir ADN "no codificante") pero que recientemente han mostrado que, como era previsible (Sandín, 2001; 2002) no son ADN basura inútil, sino más bien importantes componentes integrales de los genomas eucariotas (Makalowski, 2003) y, dado que estos últimos constituyen más del 95% del genoma humano, todo esto lleva a la inevitable conclusión (ver Sandín, 2002) de que los genomas animales y vegetales están constituidos por una suma de genomas bacterianos y virales.

El reconocimiento de estos hechos no es una cuestión de falta de evidencias, porque son datos que están ahí. Es una cuestión de interpretación, es decir, de preconceptos (o, si se me permite, de prejuicios). Por una parte, sobre su condición: "microorganismos patógenos" (como consecuencia de su descubrimiento a causa de su actividad de causantes de enfermedades); "competidores" nuestros (como consecuencia de la concepción, ya convertida en tradicional, de las relaciones entre los seres vivos); que "sólo buscan reproducirse" ( "posiblemente", como consecuencia de las arraigadas obsesiones culturales, inevitables de mencionar, puesto que hablamos de interpretaciones, sobre el egoísmo, el individualismo, la competencia… implícitas en la formulación del darwinismo, y que se manifiestan de un modo muy patente en la "teoría" del Gen egoísta). Por otra parte, y como consecuencia de lo anterior, sobre la explicación de su presencia en los genomas: "parásitos", "ADN egoísta", "basura", "virus polizones"…
Desde hace mucho tiempo, y ahora cada vez más, estamos acostumbrados a oír y a leer que el ADN ha sufrido duplicaciones, transposiciones, inversiones, inserciones, delecciones (como veremos más adelante, todas ellas de gran importancia en las "remodelaciones" de los genomas). Su difusa explicación o, más bien, su "no explicación" ha sido siempre (Ayala, 1999) "otro tipo de mutación". Hoy sabemos que son producidas por elementos móviles, y que se activan como respuesta a estímulos ambientales, como se ha podido comprobar experimentalmente.
En cuanto a la relación de los elementos móviles con los virus, no quisiera resultar reiterativo (en este caso, además, por una cuestión de aburrimiento propio) sobre las alternativas que se suelen plantear como si el que fuera una u otra la correcta no tuviera la menor importancia: que los primeros (transposones y retrotransposones) provengan de virus y retrovirus por pérdida de los genes codificadores de la cápsida o, como hemos comentado, que los virus provengan de unos elementos móviles, surgidos milagrosamente en los genomas gracias a su condición de "ADN egoísta", y que hayan adquirido las sorprendentes cápsidas de "genes celulares" (¿). Aunque ésta última parece la interpretación mayoritaria, por adecuarse a la concepción "ortodoxa" de la evolución, no parece necesario insistir en la mayor consistencia lógica de la primera, y mucho más si tenemos en cuenta los datos antes expuestos.
Una vez asumida esta alternativa, que parece la más coherente con el conjunto de la información que hemos visto, se pueden afrontar otros fenómenos, cuyas "explicaciones" por parte de la teoría convencional sólo se pueden calificar de "creencias en milagros", con una base conceptual y empírica más consistente. Por ejemplo, uno de los "sucesos excepcionales" de mayor trascendencia en la evolución de la vida animal: la"Explosión del Cámbrico". Los genes Hox, implicados en el control del desarrollo embrionario de tejidos y órganos, son, como todos sabemos, secuencias repetidas en tándem. También sabemos que los responsables de las repeticiones en el ADN son los retrotransposones. Por pura lógica elemental, si estas secuencias repetidas contienen un significado biológico (una información), ésta debe derivar de la secuencia original que las inició. Pues bien, tenemos algunos datos que nos pueden aportar informaciones muy significativas sobre su origen y su actividad. Aunque también suene repetitivo (lo cual es explicable, dado el tema de que se trata), he de referirme, una vez más, al magnífico trabajo "Los genes del Cámbrico" de Antonio García Bellido. La forma en que los complejos de genes/proteínas, que García Bellido ha denominado sintagmas, controlan el desarrollo embrionario (en este caso, animal), resulta radicalmente incompatible con la vieja idea de una evolución gradual basada en mutaciones "al azar". Existen sintagmas que controlan el desarrollo embrionario de, por ejemplo, ojos, patas, alas… independientemente del tipo de ojo, pata o ala, es decir, del Phylum al que correspondan: Los apéndices de vertebrados y artrópodos no son estrictamente órganos homólogos pero vemos que en su morfogénesis hacen uso de genes y s