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Biología
Sucesos
excepcionales de la evolución
Máximo
Sandín
Fuente: Colaboración del autor.
SUCESOS
EXCEPCIONALES DE LA EVOLUCIÓN
Máximo Sandín
Una verdad científica no triunfa
a base de convencer a sus oponentes y hacerles
ver la luz, sino más bien lo contrario,
porque sus oponentes eventualmente van
muriendo y crece una nueva generación
que está familiarizada con ella.
Max Planck.
Una estimulante confusión
Resulta paradójico que el que se
dice que va a ser "el Siglo de la
Biología", comience con esta
disciplina sumida en una gran confusión.
Desde luego, esta interpretación
puede parecer infundada si hacemos caso
a los que presentan los grandes logros
científicos que se han obtenido
como los que nos permitirán acabar
con el hambre y con las enfermedades "que
azotan a la Humanidad". Que pueden,
entre otras muchas cosas, prolongar nuestras
vidas y ayudarnos a detener la destrucción
del medio ambiente. Porque la impresión
que se transmite es que estos avances nos
han permitido (o nos van a permitir en
breve plazo) tener todos estos problemas "controlados".
Sin embargo, cuando se observan los logros
reales, se puede llegar a la conclusión
de que estos objetivos no sólo distan
mucho de ser conseguidos, sino que en muchos
casos parece haberse obtenido el efecto
contrario. Los cultivos transgénicos
se han mostrado como un grave peligro para
los ecosistemas. Los experimentos de "terapia
génica" y los xenotransplantes
han sido detenidos ante la constatación
de que (entre otros peligros) conducían
a la muerte de los pacientes. Las supuestas
clonaciones han resultado un fiasco que
se pone de manifiesto en la escasa viabilidad
de los (insisto: supuestos) clones. La
ausencia de resultados eficaces en la investigación
sobre los tratamientos del cáncer
y el SIDA, que parece consistir en dar "palos
de ciego" a la búsqueda de
sustancias capaces de interferir en alguno
de sus procesos, es evidente...
Cabe preguntarse si no existirá un
factor común responsable de estos
fracasos. Porque parece absurdo que se
sigan produciendo cuando es evidente que
disponemos de una enorme y creciente cantidad
de información sobre los procesos
biológicos. Pero Edgar Morin (2002),
sociólogo y filósofo interdisciplinario,
nos ofrece un diagnóstico de esta
situación que quizás sea
conveniente tener en cuenta: Hemos alentado
a nuestros mejores cerebros a concentrarse,
no en la comprensión del todo, sino
en el análisis de fragmentos cada
vez más pequeños. Desde esta
situación, y encandilados por las
nuevas tecnologías, que nos permiten
disponer de gran cantidad de datos, se
ha generado una crisis por exceso de información
pero sin organización desde paradigmas
de contextualización de elaboración
conceptual, que permitan una comprensión
significativa de los problemas. Nos encontramos
como el personaje del cuento de Borges,
Funes el memorioso. Funes, un peón
de campo, sufre un accidente cuyo efecto
es dotarlo de una capacidad de percepción
y de memoria prodigiosas. Funes podía
ver cada punto, cada matiz, cada nervadura,
cada pequeño detalle de cada árbol.
Pero lo que no podía ver era el árbol.
Lo que había perdido, según
Borges, era su capacidad de pensar, es
decir, de organizar los datos en base a
estructuras significativas. Es decir, cabe
responder que ese factor común puede
estar en la existencia de un auténtico "vacío" en
la concepción (la interpretación)
de muchos fenómenos biológicos
de reciente descubrimiento y, por tanto,
en la interpretación de los datos
de que disponemos dentro de un contexto
general. Un problema que tiene su origen
en la falta de consistencia de la base
teórica de la Biología. En
la explicación de los fenómenos
de la vida, de cómo y porqué han
surgido los distintos tipos de organización
animal y vegetal, de cómo se relacionan
los organismos entre sí y con el
entorno, o lo que es lo mismo: "La" teoría
de la evolución.
La
concepción reduccionista, lineal,
aleatoria y, sobre todo, competitiva de
las relaciones entre los seres vivos e
incluso entre sus mas simples componentes,
que caracteriza las explicaciones darwinistas
de la Naturaleza, ha quedado desbaratada
por un arrollador aluvión de datos
que contradicen radicalmente esta visión.
La información genética se
está mostrando como resultado de
un proceso mucho más complejo que
la "codificación" de una
proteína por "un gen",
sino que es la consecuencia de la interacción
entre todos los componentes del genoma
(ADN, ARN y proteínas, nucleares
y extranucleares) y está modulada
por el ambiente. El cambio de organización
morfológica se ha podido observar
experimentalmente como un fenómeno
simultáneo y coordinado que conduce
a remodelaciones globales (es decir, no
graduales ni "al azar"). Los
fundamentales fenómenos de cooperación,
en los que todos los elementos de un sistema
biológico son imprescindibles para
su funcionamiento, se han podido constatar
desde el nivel molecular hasta el ecosistémico....
(Ver Sandín, 2002). Sin embargo,
en los libros de texto, en los artículos
científicos, en las aulas de la
Universidad, se sigue hablando de alelos
y frecuencias génicas, de mutaciones
al azar como motor del cambio evolutivo,
de hipótesis sobre la transición
gradual (y también al azar) del
hábitat marino al terrestre, de
la competencia como modeladora de los ecosistemas.
Si recurrimos a los más prestigiosos
y reconocidos teóricos de la evolución
para intentar disponer de un criterio que
nos permita dilucidar si estos nuevos conocimientos
cuestionan totalmente o sólo en
parte la teoría convencional nos
encontramos, no con argumentos, sino con
sentencias que tienen todo el aspecto de
dogmas intocables: para Richard Dawkins,
por ejemplo, Darwin nos dijo ya básicamente
todo lo que sabemos y necesitamos saber
sobre la vida. (Horgan, 1998). Es más,
según Gunter Stent de la Universidad
de Berkeley, La biología evolutiva,
en particular, había concluido con
la publicación por parte de Darwin
de "El origen de las especies",
un libro que, según Steve Jones
(2003): Cuando lo lees te das cuenta de
lo admirable que es la obra de Darwin.
Lo terminas y dices: ya está, es
verdad, todo es como lo cuenta Darwin.
Pero la sensación de confusión
que producen estas evidentes contradicciones
se acentúa cuando acudimos a textos
de influyentes científicos o divulgadores
cuyos títulos parecen sugerir una
visión crítica o heterodoxa
de la teoría evolutiva "clásica" (un
aparente intento de renovación)
y lo que nos encontramos es una desalentadora
inconsistencia, una ausencia de postura
clara y una nueva variedad de contradicciones.
Así. Lynn Margulis, en su libro "Una
revolución en la evolución" (2002)
escribe: Las poblaciones "sin restricciones",
en terminología de Darwin, crecen
más allá de sus límites.
Las fuerzas ambientales cotidianas, como
falta de agua, superpoblación y
hambre, impiden la expansión indefinida
de la que son capaces las poblaciones.
Eso es la selección natural. Y a
continuación: El lenguaje de la
evolución a veces parece ofuscar
más que iluminar. Rechazo los
términos financieros (coste-beneficio,
gasto, desventaja) y los símbolos
matemáticos simples (+ para la simbiosis
y - para parasitismo) para reemplazarlos
con descripciones más adecuadas.
Nunca se ha mostrado la capacidad de la
actual teoría neodarwinista para
explicar los orígenes de nuevos
caracteres hereditarios de la vida y nuevas
especies. (Pág. 33). Sin embargo,
más adelante, cuando habla de la
teoría endosimbionte, afirma: La
primera fusión celular, precursora
de la fecundación podría
haber sido consecuencia del canibalismo:
un microorganismo se comió a otro
sin digerirlo. (Pág. 158). A la
luz de sus anteriores argumentos, resulta
algo "oscuro" el carácter
iluminador del término "canibalismo" para
calificar la fusión de "un" microorganismo
con otro diferente. Del resto de sus explicaciones
cabe deducir que "ese" único
microorganismo eucariota tendría
una gran ventaja sobre los demás,
ya que según la continuación
de la historia: Al establecerse el sexo
meiótico prosperó. La exhibición
de contradicciones se complementa con el
hecho de que, aunque las críticas
y descalificaciones del neodarwinismo son
una constante a lo largo del texto, Margulis
se declara, una y otra vez, darwinista
sin que podamos tener una idea clara de
a qué darwinismo se refiere.
Otro ejemplo de inconsistencia conceptual
y de conclusiones desconcertantes lo representa
el libro, de sugerente título, "Deconstruyendo
a Darwin" (2002) de Javier Sampedro.
Una "deconstrucción" tan
ligera que, más bien, parece un
remozamiento. Los datos que aporta son
una recopilación muy actualizada
de información, especialmente sobre
genética molecular y del desarrollo,
así como referencias a distintos
puntos de vista de científicos darvinistas
sobre los procesos evolutivos. Son algunas
de sus propias interpretaciones las que
vamos a intentar poner en claro: Mi fe
en el darwinismo se ha disipado por las
más grises, planas y aburridas razones
científicas, exactamente igual que
mi fe en que toda partícula infecciosa
debe contener su propio ADN se disipó cuando
Stanley Prusiner demostró la existencia
de los priones // Pese a las arraigadas
convicciones darwinistas de mi juventud,
he llegado a persuadirme, a base de palos
propinados por la evidencia de que (al
menos algunas de) las principales innovaciones
biológicas de la historia de la
Tierra tienen un mecanismo causal no darwinista,
no explicable por la lenta acumulación
de pequeñas mejoras adaptativas.
(Pág.137). Una de ellas es el origen
de la célula eucariota: La célula
eucariota se formó por simbiosis,
es decir, por la suma de tres (o más)
módulos genéticos completos
y previamente funcionales: tres genomas
bacterianos, de hecho. Esto no quiere decir
que la selección natural no exista,
ni tampoco que no tuviera algún
papel en aquel suceso concreto. (Pág.
138). ¿Cuál es, pues, la
conclusión clara que se puede obtener
entre los paréntesis y las matizaciones?
Quizás la única afirmación
rotunda y concreta que se puede encontrar
en el texto: sus palabras finales. Para
mí constituye una grandísima
paradoja que buena parte del mundo científico
aceptara la teoría de Darwin para
todo excepto para la evolución de
la sacrosanta mente humana, que de algún
modo debía quedar a salvo de la
barbarie mecanicista de la selección
natural. Porque si hay algún dispositivo
biológico que apesta a adaptación
darviniana por todos los poros, ése
es precisamente la mente humana // Nada
en la consciencia humana tiene sentido
si no es a la luz de la adaptación
darviniana por selección natural.
Pero las indefiniciones y las contradicciones
tienen una justificación final:
Me complace que este libro haya resultado
al final tan poco dogmático. Y ahora
perdónenme, que he quedado para
tocar la guitarra.
A veces da la impresión de que está surgiendo
una especie de "moda" de declararse
heterodoxo, pero dentro de unos límites,
es decir, una especie de "no, pero
sí" que a lo que verdaderamente
contribuye es al aumento de la confusión
y a obstaculizar el verdadero cambio de
interpretación. Y un (último)
exponente de esta tendencia brilla con
luz propia: El libro "Fósiles,
genes y teorías. Diccionario heterodoxo
de la evolución" (2003) de
Jordi Agustí. La relación
entre lo que se encuentra al abrir sus
páginas y lo que parece indicar
el título sólo es comparable
a la que se encontraría en el libro "Camino" con
las tapas del "Decamerón".
Una enumeración de los tópicos
más "clásicos" de
la evolución (algunos, incluso rancios),
mezclada por orden alfabético con
reseñas de científicos evolucionistas,
cuyo aspecto "heterodoxo" parece
ser el enmarañamiento de la exposición
(Una especie de "Rayuela" de
la evolución). Así, la "heterodoxa" definición
de la selección natural (El descubrimiento
casi simultáneo por parte de Darwin
y Wallace del concepto de selección
natural como mecanismo capaz de explicar
la actual diversidad de la biosfera constituye
uno de los grandes logros intelectuales
del pensamiento humano. Como pusieron de
relieve estos autores, la evolución
operaba a través de pequeñas
modificaciones prácticamente imperceptibles,
las cuales se iban acumulando lenta y gradualmente
por efecto de la selección natural
de aquellos individuos más aptos,
que lograban sobrevivir y así transmitir
sus características a la descendencia.)
se encuentra situada entre "Selección
de especies" y "Simpson, George
Gaylord". La "Macroevolución" entre "Lyisenko,
Trofim" y "Mayr, Ernst",
la "Eficacia biológica" entre "Dryopithecus" y "Eldredge,
Niles" Unos mareantes "itinerarios" en
las páginas finales permiten seguir
la lectura por temas, como en los libros
ortodoxos. La mejor valoración de
su aportación, nos la ofrece Juan
Luis Arsuaga en el prefacio: Sólo
me queda por hacer un comentario final.
Jordi Agustí ha procurado ser tan
objetivo en el análisis de las distintas
ideas y escuelas que compiten en el campo
de la teoría evolutiva, en permanente
ebullición, que nos quedamos sin
saber qué piensa él. Nos
debe otro libro.
Lo que resulta sorprendente es que los
planteamientos más contradictorios
(desde los más clásicos hasta
los más "revolucionarios")
y las distintas ideas y escuelas que compiten
en el campo de la teoría evolutiva
no parecen encontrar problemas en coexistir
bajo el amplio y difuso manto del darwinismo,
y que la indefinición (o la confusión)
se califique de "objetividad" o
de ausencia de "dogmatismo".
Esta situación de auténtica
crisis, tal vez produzca una sensación
de desconcierto y un efecto poco estimulante
para los jóvenes biólogos
(y para los biólogos en ciernes)
pero el resultado puede ser todo lo contrario:
muy estimulante. Porque quizás éste
sea el indicio de que, efectivamente, estemos
comenzando "el Siglo de la Biología" pero
no en el sentido de sus "crecientes
aplicaciones" sino, tal vez, en el
sentido inverso: en el de una comprensión
cada vez mas profunda de los fenómenos
biológicos y, como consecuencia,
de la toma de conciencia de los peligros
de interferir en ellos sin comprenderlos
realmente y, por lo tanto, sin poder controlarlos.
Porque lo que parece claro es que esta
situación no puede prolongarse mucho
tiempo, y son cada día más
las voces muy cualificadas que plantean
la necesidad de renovar las bases conceptuales
de la Biología, lo que abre un enorme
abanico de posibilidades para que los nuevos
científicos, libres de la carga
de inercia dogmática que soporta
nuestra disciplina, tengan la oportunidad
de aportar nuevas ideas que conduzcan a
la elaboración de un nuevo modelo
teórico más congruente con
la realidad de los fenómenos naturales.
El prestigioso pionero de la genética
molecular, Sidney Brenner, con motivo de
la secuenciación (parcial) del Genoma
humano, realizó unas declaraciones
(El Pais, 1-12-99) en este sentido que
pueden resultar esclarecedoras: La Biología
pronto será una disciplina teórica,
y su reto será reconstruir el pasado.
Por si no queda claro a qué se refiere,
este otro comentario puede ser más
concreto: Los jóvenes científicos
más brillantes se dedicarán
a reconstruir la historia de la vida.
La trampa del lenguaje
Pero quizás sea conveniente señalar
la existencia de ciertos obstáculos
en este camino que pueden llegar a convertir
esta situación de crisis en crónica,
porque hagan muy difícil la identificación
de los errores. Los conceptos y la terminología
darwinistas, con su carga consiguiente
de interpretación de la realidad,
están tan profundamente arraigados
en el vocabulario biológico (incluso
en el lenguaje coloquial) que han pasado
de ser las hipótesis puramente especulativas
que eran en su origen a elementos constitutivos
del lenguaje científico, y son utilizados
sistemáticamente para describir
(interpretar) todo tipo de proceso natural,
independientemente de que se considere
o no el contexto evolutivo. Así,
se utiliza la "competencia entre las
histonas y los factores de transcripción" para
referirse a la expresión génica,
el "barajamiento" (es decir,
el azar) para describir reordenamientos
cromosómicos, la "competencia
entre las células" para explicar
el coordinado proceso embrionario. Se denomina "presión
de selección" a las presiones
ambientales, se utiliza el término "radiación
adaptativa" para definir indistintamente
la "explosión del Cámbrico" o
la variabilidad en los grosores de los
picos de los pinzones... Este fenómeno
es, curiosamente, tanto más acentuado
cuanto más alejados parecen encontrarse
los enfoques científicos y los objetivos
del estudio del contexto evolutivo. Es
muy común el reconocimiento, por
parte de investigadores que realizan estudios
muy avanzados en distintos campos de la
Biología molecular y de la Genética,
de su total falta de formación (y
en muchos casos, de interés) sobre
la evolución. Pero lo más
sorprendente es que existen científicos,
que utilizan abundantemente esta terminología
evolutiva, que parecen compartir la visión
popular de que la evolución es sólo "un
tema muy interesante", es decir, desligado
del presente. Este desinterés por
los procesos evolutivos resulta tan absurdo
para un biólogo como sería
para un químico aprender a producir
compuestos y a utilizar los términos "sulfato", "reducción", "metilación"...
sin tener el menor conocimiento de la tabla
periódica de los elementos.
Y no parece ser éste el único
problema (en sí mismo, suficientemente
difícil de superar) que plantea
el intento de poner un cierto orden en
el caos teórico en que está sumida
la Biología. Para muchos científicos
parece que "no pasa nada". Porque
existe una incomprensible obcecación
en negarse a admitir que la creciente acumulación
de información que desmiente las
interpretaciones tradicionales conduce
a plantearse la necesidad de un cambio
de perspectiva. Una actitud totalmente
contraria al espíritu científico,
que tiene entre sus principios no dar nunca
ningún conocimiento o teoría
por definitivos y someterlos permanentemente
a un análisis crítico, porque
es un intento de mantener la concepción
darvinista de la Naturaleza (que ha pasado
a convertirse en creencia) contra todas
las evidencias (tanto históricas
como científicas) y de introducir
los nuevos datos, por contradictorios que
sean, en el modelo "clásico",
aunque para ello se tenga que recurrir
a la retórica mas elaborada, pero
menos coherente que se pueda concebir.
Esta actitud está nítidamente
representada en un ensayo de Antonio Calvo
Roy (2002), cuyas conclusiones dan título
al presente escrito: Se trata de una dura
crítica al libro "La tautología
darwinista y otros ensayos de Biología" de
Fernando Vallejo, seguida de un elogio
altamente "constructivo" del,
ya mencionado, "Deconstruyendo a Darwin" de
Javier Sampedro, que finaliza así:
Con generosidad y con rigor, el periodista
aborda la evolución del evolucionismo
y llega hasta nuestros días para
ofrecer una síntesis posible de
la historia de la vida en la Tierra: Muy
pocos momentos únicos de grandes
saltos no darvinistas, crisis de especiaciones
con cierta frecuencia, como las que propone
Gould en su equilibrio puntuado, y selección
natural en la mayor parte del tiempo de
la vida. Nada de adaptación, sino
mutaciones acertadas en una historia de
constantes saltos en el vacío (jirafas
de un solo golpe, camellos justo en el
desierto) es, en cambio, la propuesta de
Vallejo. En todo caso, dos demostraciones
más de la buena salud de Darwin.
Un "diagnóstico" que se
puede compartir a condición de que
se admita que una perfecta salud es compatible
con un "trastorno psicológico
disociativo", porque convertir los
hechos comprobados en excepciones y las
especulaciones o creencias jamás
verificadas en la norma, puede ser considerado
como la construcción de una especie
de realidad virtual. Porque sólo
esas "pocas excepciones" son
suficientes para demostrar la invalidez
del modelo teórico. Pero además,
si los "pocos momentos" de grandes
saltos "no darwinistas" y las
frecuentes "crisis de especiaciones" son
precisamente los sucesos en los que se
producen los cambios evolutivos (los "hechos
fundamentales" de Crick), y "la
mayor parte del tiempo", durante la
cual lo que se observa es la "estasis" evolutiva,
es cuando está actuando la selección
natural, ¿cuál es exactamente
su papel en la evolución?
Pero, antes de intentar responder a esta
pregunta, quizás sea conveniente
comenzar por preguntarnos de qué estamos
hablando exactamente cuando nos referimos
a "la evolución". Porque
si no se define con un mínimo de
precisión el fenómeno a estudiar,
corremos el riesgo de no saber qué es
lo que se está buscando, e incluso
de no comprender qué es lo que se
ha encontrado.
Si prescindimos de definiciones (o creencias)
clásicas, y nos limitamos a describir
lo que se observa en el registro fósil
y en los organismos vivos, lo que encontramos
a lo largo del primero, es la aparición,
de una forma discontinua y repentina, de
distintos tipos de organización
que, a gran escala, también representan
distintos niveles de complejidad (si bien
lo que podemos considerar el nivel "más
bajo", representado por las bacterias,
es, en sí mismo, de una gran complejidad).
Parece razonable admitir que un organismo
eucariota unicelular (aparecidos hace unos
1400 millones de años) es más
complejo que una bacteria (presentes en
el registro fósil desde hace alrededor
de 3600 millones de años), y que
un organismo multicelular (cuya entrada
en escena se data en torno a los 675 millones
de años) es más complejo
que uno unicelular, porque también
hemos podido comprobar empíricamente
que unos constituyen, sucesivamente, los
componentes de los otros.
A partir de la aparición de los
organismos multicelulares, lo que nos muestra
el registro fósil, cada día
más informativo, (ver Sandín,
2002) son grandes cambios de organización
morfológica en fauna y flora, expresados
en bruscas explosiones de diversidad y
coincidentes, en su mayoría, con
disturbios geológicos que dan inicio
a los grandes períodos que han recibido
sus denominaciones, fundamentalmente, por
sus faunas características. (De
hecho, las representaciones actuales de
las filogenias animales y vegetales han
renunciado a las tradicionales en forma
de árbol, e incluso a las líneas
discontinuas para representar las inexistentes
formas intermedias. Puede comprobarse,
entre otros, en http://www.ucmp.berkeley.edu/phyla/metazoafr.html
de la Universidad de Berkeley). Las "formas
de transición" entre un tipo
y otro de organización que, según
la concepción tradicional deberían
existir "en un número inconcebiblemente
grande" (por lógica, incluso
aunque el registro fuera extremadamente
incompleto, deberían ser mucho más
numerosas que las supuestas "formas
finales") siguen ausentes del registro
fósil por más que su hallazgo
haya sido el objetivo fundamental de los
paleontólogos durante más
de 150 años. Un objetivo que siempre
ha acabado por ser sustituido por el de
explicar "porqué no se encuentran".
Es decir, se trataría de buscar
algún fenómeno que permita
explicar lo que observamos, y no de intentar
explicar porqué no podemos ver lo
que esperamos. Y, dado que lo que observamos
resulta muy diferente a lo que cabría
esperar según la concepción
tradicional de la evolución, es
de suponer que el fenómeno buscado
también lo sea.
Para ello, abandonemos por el momento el
registro fósil e intentemos dilucidar
cómo se han podido producir estos
cambios en los seres vivos a la luz de
los nuevos conocimientos. Si las características
morfológicas de un organismo se
producen durante la morfogénesis,
parece obvio que un cambio de morfología
ha de tener lugar mediante una modificación
en el proceso morfogenético. Y sabemos
que éste es un fenómeno extremadamente
jerarquizado e interconectado en el que
unos pasos necesitan de otros previos y
que los procesos embrionarios están
interrelacionados de tal forma que una
alteración de su curso produce un
cambio "en cascada" que conduce
a grandes modificaciones en el resultado
final. Modificaciones que serán
tanto mayores cuanto más temprana
sea la fase del desarrollo en que se produzcan,
por lo que un cambio en la organización
general no puede producirse mediante la
acumulación de pequeños cambios
en variaciones superficiales "prácticamente
imperceptibles".
Por tanto, para intentar comprender cómo
se ha producido la evolución lo
que habrá que buscar son procesos
que permitan explicar, a la vez, lo que
se observa en el registro fósil
y lo que se observa en los seres vivos,
es decir, fenómenos comprobables,
verificables, que tengan relación
con la formación de organismos complejos
a partir de otros más simples y
datos o experimentos que permitan comprender
cómo se pueden producir los cambios
morfológicos y estructurales durante
la embriogénesis.
Esto último
resulta tan evidente que (¡por fin!)
ha surgido un nuevo campo de investigación
sobre las implicaciones del desarrollo
embrionario en la evolución: la
Evo-Devo Biology. Los datos que aportan
estas investigaciones son verdaderamente
impresionantes, sin embargo la, al parecer
obligada, interpretación dentro
de los (amplios) márgenes de la
teoría ortodoxa o, al menos, de
su vocabulario (los "barajamientos" de
grupos de genes, la denominación
de "mutaciones" a los reordenamientos
o duplicaciones, la "competencia" entre
las células, la "selección
familiar" para explicar el origen
de los organismos multicelulares) dificulta
enormemente la comprensión del significado
de estos fenómenos.
Pero ni siquiera esto implica que se haya
concedido al proceso embrionario su auténtico
papel en la evolución (es sólo "otra" especialidad).
La confusa distinción entre "microevolución" (es
decir: variabilidad) y "macroevolución" (es
decir: evolución), cuya supuesta
continuidad "con el tiempo" se
ha dado por cierta sin la existencia de
la menor prueba (más bien, existen
pruebas de su imposibilidad), permite otro "apartado" en
las revistas y textos científicos
en el que, bajo el epígrafe "Evolución" se
nos habla de altruismo y egoísmo,
de selección de grupo, de la competencia
entre los animales o entre las plantas
para "propagar sus genes" a
pesar de que estos procesos, en el caso
de que realmente existan y no sean una
deformación antropocéntrica
de los fenómenos naturales, no tengan
la menor relación con los complejos
procesos genéticos y embriológicos
implicados en los cambios evolutivos. Dentro
de esta situación resulta muy difícil
intentar sacar a la luz los problemas de
la teoría ortodoxa, ya que todo
es evolución (adaptación
es evolución, especiación
es evolución, incluso emigración
es evolución), y la simple "demostración" de
que en la Naturaleza existe algo que denominamos "competencia" es
suficiente para validar la teoría
oficial.
Ante este obstáculo, que dificulta
cualquier intento de debate sobre la evolución
porque resulta muy difícil llegar
a un acuerdo, ni siquiera sobre el punto
de partida, es decir, de qué se
está hablando, puede ser razonable,
para finalizar este largo preámbulo,
recurrir a uno de los más grandes
filósofos de la Ciencia, Paul Feyerabend,
por si nos puede iluminar sobre el problema
(y las consecuencias) de la trampa del
lenguaje en que está sumida la Biología:
Llegados a este punto, podemos querer comparar,
en nuestra imaginación y de manera
abstracta, los resultados de la enseñanza
de lenguajes diferentes que incorporan
diferentes ideologías. Podemos querer
cambiar conscientemente algunas de estas
ideologías y adaptarlas a puntos
de vista más "modernos".
Es muy difícil decir cómo
cambiaría esto nuestra situación,
salvo que hagamos el supuesto adicional
de que la cualidad y la estructura de aquellas
sensaciones que entran en el cuerpo de
la ciencia, son independientes de su expresión
lingüística. Dudo mucho acerca
de la validez incluso aproximada de este
supuesto, que puede refutarse mediante
ejemplos simples. Y estoy seguro de que
nos estamos privando a nosotros mismos
de nuevos y sorprendentes descubrimientos
en tanto que permanezcamos dentro de los
límites definidos por él.
(El subrayado es mío).
| CUADRO 1 (Opcional)Con
permiso y contra los consejos, me permito
insistir.
Una objeción muy frecuente a
mis intentos de poner de manifiesto
los componentes culturales y sociales
de la teoría darwinista es que "no
es una crítica científica,
sino ideológica", lo cual
resulta una obviedad (en lenguaje científico,
una perogrullada), porque lo que se
está analizando es precisamente
una ideología. Este intento
de descalificación resulta sorprendente,
viniendo de creyentes en una doctrina
supuestamente científica cuyos
conceptos centrales, sus argumentos
y su terminología son, como
ha sido señalado por pensadores
de la talla de Bertrand Rusell, G.
Bernard Shaw o Arthur Koestler, una
proyección sobre la Naturaleza
de los principios económicos
y sociales de lo que ahora se conoce
como "economía de mercado",
pero que sigue siendo lo mismo que
fue desde el principio, es decir, un
juego de palabras para justificar "científicamente" la
explotación. (Pero parece que
los prejuicios son sólo los
de los otros: los prejuicios propios
son "la verdad objetiva").
Quizás sea conveniente insistir
en algo que también han puesto
de manifiesto distintos filósofos
de la Ciencia, así como brillantes
científicos, pero que no parece
necesario documentar porque resulta
del más elemental sentido común:
nadie, ningún ser humano, está libre,
en la formación de su pensamiento,
de las influencias recibidas de su
entorno cultural y social, de su formación
y de sus experiencias personales que,
en definitiva, le dotan de una determinada
concepción (interpretación)
de la realidad, es decir, de una ideología.
(En este contexto, los que se autoproclaman
carentes de ideología, lo que
manifiestan en realidad es su conformidad
con la ideología dominante).
Ningún científico (a
no ser que, como Funes el memorioso,
padezca de algún problema que
limite la funcionalidad de su cerebro)
puede pretender que sus interpretaciones
estén libres de estas influencias,
y sería bueno tomar conciencia
de este hecho, porque si se carece
de la capacidad para reconocer un fenómeno
tan evidente, difícilmente se
estará capacitado para percibir
otros menos obvios.No me cansaré de
insistir sobre la importancia de este
fenómeno que, si subyace en
todas las teorías científicas,
como han puesto de manifiesto, entre
otros, Max Planck o Albert Eisntein
para una disciplina tan aparentemente
desligada del contexto social como
la Físca, qué no ocurrirá en
el caso de la que pretende explicar
las relaciones entre todos los seres
vivos (especialmente los humanos),
su origen e, incluso, su comportamiento.
Por eso, a pesar de que estas críticas
se utilizan para descalificar ("de
un plumazo") la totalidad del
contenido científico de los
textos en que aparecen y, a pesar de
que he sido apercibido por amigos y
colegas de buena fe (sí, existen)
de que este aspecto puede ser considerado
como "el punto flaco" de
mis argumentos científicos,
me resisto a renunciar a dejar constancia
de ello, porque estoy convencido de
que si no se tiene en cuenta este hecho
difícilmente se podrán
identificar los problemas de interpretación
de la teoría evolutiva.Por eso
mismo, no puedo dejar de admitir que
mis argumentos y su terminología
( integración, cooperación,
coexistencia, igualdad en la "aptitud",
necesidad de todos los seres vivos...)
reflejan, inevitablemente, una postura
ideológica opuesta a la de "la
competencia", "el más
apto", "el costo-beneficio", "la
explotación de recursos" ...
y, desde luego, poco conforme con la
dominante en el Mundo. Pero, en cualquier
caso, y asumiendo que todos los términos
usados para describir la realidad desde
distintas perspectivas incorporan distintas
ideologías, se trataría
de comprobar qué prejuicios
se ajustan más adecuadamente
a los fenómenos naturales.La
conclusión-confesión
a que quiero llegar con esta disquisición
es que, aunque en lo escrito hasta
ahora y en lo que sigue a continuación
he eludido y eludiré (hasta
nuevo aviso) este aspecto del problema
teórico (para que no "degrade" el
análisis científico),
quiero insistir en que considero esencial
tenerlo en cuenta, y que pretender
ignorarlo puede ser un error irreparable,
por lo que, una vez más, quiero
dejar constancia de ello. (Lo siento,
amigos. He estropeado el artículo). |
(Hacia) un nuevo modelo
teórico
La tarea de interrelacionar la ingente
cantidad de información sobre
los fenómenos biológicos
existente en la actualidad mediante un
modelo teórico que les dote de
sentido y coherencia, es una labor formidable
que requeriría los esfuerzos conjuntos
de especialistas de todos los campos
de estudio de la Biología y, seguramente,
de otras disciplinas como Matemáticas,
Química, Física y, posiblemente,
(tal vez, especialmente) de otros ámbitos
de la búsqueda del conocimiento,
como la Filosofía. Pero la deriva
de la investigación hacia la Biología
aplicada, la creciente (e inevitable)
especialización, el (evitable)
carácter competitivo de la investigación
y el clima general antes expuesto, no
conforman una situación propicia
para esta labor cooperativa (con perdón).
Esto puede ser la justificación
(así lo espero) del atrevimiento
de intentar plantear, a título
individual, las bases de un modelo alternativo
(más bien, opuesto) al convencional,
formulado por primera vez en 1995 y concretado
en 1997 con la denominación de "Integración
de sistemas complejos".
Puede parecer pretencioso o, incluso,
candoroso el intento de plantear las
bases (o el
bosquejo) de "un nuevo modelo teórico",
nada menos que para una ciencia con tal
cantidad de campos de estudio y tan gran
cúmulo de conocimientos como es
la Biología, pero he recibido recientemente
la justificación (o al menos, la
exculpación) mediante el hallazgo
de una propuesta de Erwin Schroedinger
para hacer frente al problema de la dispersión
y descontextualización de los conocimientos
científicos: Yo no veo otra escapatoria
frente a este dilema (si queremos que nuestro
verdadero objetivo no se pierda para siempre)
que la de proponer que algunos de nosotros
se aventuren a emprender una tarea sintetizadora
de hechos y teorías, aunque a veces
tengan de ellos un conocimiento incompleto
e indirecto, y aún a riesgo de engañarnos
a nosotros mismos.
Bajo esta protección moral y en
la convicción de que, en el caso
de resultar una interpretación errónea
no sería perjudicial ya que no se
puede obligar a nadie a aceptarla, me voy
a permitir, una vez más, exponer
a la consideración de los lectores,
esta vez de un modo más explícito,
sus (posibles) bases conceptuales, su (posible)
significado y sus (posibles) implicaciones
en la interpretación de los fenómenos
biológicos. Este nuevo intento surge
de la sospecha de que, a juzgar por cómo
ha sido recibida esta propuesta en el entorno
más próximo, con actitudes
que van desde el estupor hasta la indignación,
pasando por la (al parecer, mayoritaria)
negación de su existencia, quizás
no haya sido planteada anteriormente con
suficiente claridad como (base de) modelo
teórico, aunque no se pueden descartar
otros motivos para su "inexistencia".
Previamente, quiero dejar constancia de
dos consideraciones que pueden mitigar
la sensación de falta de prudencia
(o modestia) científica que puede
producir en el lector el atrevimiento de
plantear "una nueva propuesta teórica".
En primer lugar, (y por si esto puede contribuir
a que sea tenida en cuenta) que no existe
por mi parte la menor pretensión
de originalidad en la formulación
de los "mecanismos" y procesos
evolutivos. Todos han sido propuestos por
distintos autores (algunos muy antiguos),
rechazados en su momento y desechados en
su mayoría. Lamarck, Cuvier, Goldsmith,
Child, Merezhkovsky, Gould y Eldredge,
Seele, Hoyle (Ver Sandín 1995, etc.)
han planteado, en diferentes contextos
y, en algunos casos, con diferentes significados,
cada uno de los componentes fundamentales
de esta propuesta. Simplemente, se ha tratado
de interrelacionarlos en un contexto general
a la luz de nuevos datos que les dan coherencia
y, desde mi punto de vista, un significado
diferente al atribuido por estos autores
en sus aportaciones individuales.
En segundo lugar, soy consciente de que
se trata de un punto de partida. Cuando
lo planteo como "modelo" pretendo
indicar que no se trata de una teoría
(como, sorprendentemente, de autodenomina
el darwinismo), porque una teoría
científica ha de disponer de algún
tipo de reglas precisas que permitan relacionar,
comprender (y, por tanto, predecir) todos
los fenómenos que pretende explicar.
Desde luego, la enorme amplitud del campo
de estudio y la gran cantidad de información
(sorprendente) que se está obteniendo
sobre la enorme complejidad de los más ínfimos
procesos biológicos supera las limitaciones,
no ya de una persona sino, posiblemente,
de varias generaciones, lo que abre un
enorme campo de posibilidades para nuevas
aportaciones y, sobre todo, nuevas interpretaciones,
que permitan la elaboración de una
verdadera teoría científica
para la Biología.
Por eso, si se me permite, animo a mis
colegas (en el más amplio sentido,
lo que incluye desde los estudiantes de
primer curso, y sólo excluye a los
que "ya se lo saben", los cuales,
lógicamente, no tienen nada que
aportar) a seguir los consejos de Brenner
y Schroedinger: a dudar, a criticar, a
reflexionar, a proponer y a confundirse,
porque seguramente es una actitud (y una
actividad) más científica
que la de "comulgar con ruedas de
molino" o practicar la rutina y el
dogmatismo de una supuesta teoría
sin base real.
La "integración de sistemas
complejos"
El concepto de "integración
de sistemas complejos" parte de la
existencia de dos hechos constatados empíricamente
(dos "sucesos excepcionales");
el origen de la célula eucariota,
como resultado de la agregación
de bacterias, y la capacidad de los virus
de insertarse en los genomas como un "paquete
completo de información", junto
con la idea de que la información
genética es un fenómeno de
gran complejidad que implica la interacción
simultánea de ADN, ARN y proteínas
de una forma muy precisa, es decir, funciona
como lo que Michael Behe (1999) ha denominado
un "sistema irreductiblemente complejo".
Y esto último se refleja en que
el más "elemental" sistema
vivo (autorreproducible) sólo puede
existir mediante la actividad simultánea
de estos tres tipos de moléculas,
a su vez de una extraordinaria complejidad,
en condiciones de aislamiento del medio,
es decir, protegidas por una membrana.
La aparición y ensamblamiento de
todos estos componentes de una forma independiente,
gradual y al azar es una especulación
difícil de apoyar e imposible de
demostrar que ya ha sido discutida anteriormente
(Sandín, 2002), pero de lo que sí tenemos
pruebas reales es de la aparición
de los primeros sistemas vivos en la Tierra.
La repentina presencia de las bacterias
en unas condiciones que hacían imposible
la vida tal como la conocemos resulta tan
desconcertante para la concepción
tradicional que ya se está planteando "oficialmente" la
posibilidad de que su origen sea exterior
a la Tierra (Ver Ball, 2001). Esta posibilidad,
junto con el hecho de que las bacterias
fueron las que crearon las condiciones
atmosféricas necesarias para la
vida que conocemos, les dota de un carácter
digno de una atención y una consideración
muy especial. Pero no sólo por eso.
Su demostrada participación en el
origen de las células de que están
compuestos todos los seres vivos acentúa
su carácter especial, y es el primer "salto
evolutivo" producido por la integración
de varios sistemas complejos en otro de
mayor complejidad.
La extremada conservación de los
procesos genéticos y celulares básicos
de origen bacteriano en los seres vivos
actuales (Gupta, 2001; Margulis, 2002)
es una de las más fuertes refutaciones
de la hipótesis del azar en los
cambios evolutivos, pero además
nos han aportado informaciones muy sugerentes
sobre el origen de la vida en la Tierra:
William Ford Doolittle (2000), ha estudiado
el ARN ribosómico de eubacterias
y arqueobacterias (o arqueas) y ha llegado
a la conclusión de que no se puede
hablar de un origen común en la
forma tradicional de un árbol con
una raíz, sino de la existencia
de "una comunidad ancestral" de
células primitivas. Aunque la prudencia
(o los preconceptos) parecen obligar a
enunciar estas conclusiones tan significativas
de una forma un tanto ambigua, parece claro
lo que quiere decir: que los distintos
tipos de bacterias que aparecieron en la
Tierra no pudieron surgir a partir de un
antecesor común, sino que tuvieron
que ser diferentes desde el principio.
Esta, aparentemente extraña, posibilidad
viene apoyada por una "reinterpretación" del
estudio sobre el "Origen de los ecosistemas" de
Ricard Guerrero, uno de los más
prestigiosos expertos españoles
en ecología y genética microbiana
y estudioso del origen de la vida, con
un argumento que parece de gran peso, aunque
esté condicionado por la visión
convencional de la evolución de
la vida "a partir de una primera célula":
Las mutaciones que originaron cambios en
el metabolismo del las primeras células
causaron el establecimiento de las primeras
cadenas tróficas, en las que los
productos del metabolismo de unos organismos
eran la fuente de nutrientes para otros,
permitiendo que se produjese la ecopoyesis.
/.../ Cuando la vida se originó en
la Tierra, si no se hubiese producido pronto
un reciclado de la materia, los seres vivos,
con un metabolismo idéntico, habrían
agotado todos los recursos y la vida se
habría extinguido en unos 300 millones
de años. La reinterpretación
consiste en cambiar la frase: Las mutaciones
que originaron cambios en el metabolismo
de las primeras células, que es
una suposición, por los argumentos,
basados en observaciones, de Doolittle.
Las más recientes estimaciones sobre
la cantidad y la diversidad bacteriana
existente arrojan cifras mareantes: unos
dos millones de "especies" (ésta
es una denominación discutible,
como veremos más adelante) en los
océanos y ¡más de cuatro
millones! en una tonelada de tierra de
un jardín (Curtis et al., 2002).
Sólo en las aguas marinas, se ha
calculado su número total en más
de 3x10e28. El número existente
en los suelos (y subsuelo) debe de ser
prácticamente imposible de concebir.
No parece necesario insistir en su papel
fundamental para el mantenimiento de la
vida: degradación de sustancias
tóxicas, fijación de Nitrógeno
en plantas, regeneración de suelos
y aguas, participación imprescindible
en los procesos digestivos (entre otros)
de los animales... Su capacidad de "intercambiar
información genética",
potencialmente entre todos los tipos existentes,
hace poco consistente sus denominaciones "específicas".
En palabras de Lynn Margulis (2002): No
se puede hablar de especies bacterianas,
aunque tampoco de una "única
especie".
Todo esto (y algunas otras condiciones)
convierte en absurda la consideración
de las bacterias como "microorganismos
patógenos" (en algunos trabajos
científicos se puede leer la calificación
de las bacterias como "nuestros peores
competidores"). Insisto en que si
realmente esa fuera su condición
fundamental, tendríamos pocas posibilidades
de "vencerlas". Cada día
está más claro que las bacterias
son un componente imprescindible de los
fenómenos de la vida, y que su actividad
patógena, extremadamente minoritaria
en relación a su número total,
se ha podido comprobar que está relacionada
con la transferencia "horizontal" de
genes como respuesta a agresiones ambientales.
En definitiva, si nos intentamos desprender
de los tópicos "obligatorios" en
la concepción de los fenómenos
biológicos y reflexionamos sobre
el significado de estos hechos de tanta
trascendencia en el origen de la vida y
en su funcionamiento actual, no se puede
por menos que pensar que las bacterias
son "algo especial". Su aparición
en la Tierra con todos los procesos metabólicos
y genéticos celulares básicos,
su actividad en la creación de las
condiciones adecuadas para la vida, su
sistemática agregación sucesiva
(resulta absurdo pensar que ocurrió "una
sola vez" o "en un solo individuo" y,
sobre todo, como resultado de un "canibalismo")
para formar las células eucariotas
con sus orgánulos, su actividad
reguladora en organismos y ecosistemas…
Parece poco menos que una superstición
el seguir manteniendo que todos estos fenómenos
son resultado de "adaptaciones" surgidas
por "mutaciones al azar" y dirigidas
por la selección natural. En otras
palabras, se puede llegar a la conclusión
de que las bacterias tienen esas capacidades
porque son los componentes básicos
de la vida.
Pero no parecen ser los únicos.
Las investigaciones (fundamentales) de
Radhey Gupta (2000) y William Ford Doolittle
(2000) arrojan luz (y, sobre todo, datos)
sobre el siguiente "salto" en
la evolución: el origen de los organismos
multicelulares. El primero ha podido identificar,
mediante la comparación de una gran
cantidad de genomas procariotas y eucariotas
secuenciados, el origen de grupos concretos
de genes de eucariotas: los relacionados
con la transmisión de información
genética provienen de arqueobacterias;
los implicados en el metabolismo celular
de eubacterias. Es decir, se trata de los
genes que controlan las funciones celulares
básicas. Para el resto de los genes
de los organismos eucariotas, como pueden
ser los que controlan las funciones reguladoras
y de desarrollo, y que según Doolittle
se ignora de donde pudieron haber venido
(obsérvese la terminología
empleada), encuentra necesaria la existencia
de un cuarto dominio de organismos, extinguido
en la actualidad, que transfirió horizontalmente
al núcleo de las células
eucariotas los genes responsables de estos
caracteres. La síntesis de estas
consideraciones (basadas en datos reales)
de dos de los más prestigiosos expertos
mundiales en el origen de los eucariotas
es, por una parte, la extremada conservación
de los procesos biológicos básicos
(es decir, que son poco susceptibles a
las "mutaciones al azar"), por
otra, que esta extremada conservación
y especificidad de estos procesos hace
muy poco probable que los genes responsables
del desarrollo en los organismos multicelulares
(también tan específicos)
hayan podido surgir como consecuencia de
mutaciones al azar en genes responsables
de estas funciones básicas. Por
eso Doolittle habla de la necesidad "de
un cuarto dominio" que transfiriera
esos genes. Actualmente, sabemos que existe
en la Naturaleza algo que no es exactamente
un cuarto dominio de seres vivos, que no
se ha extinguido, pero que tiene la capacidad
de "transferencia horizontal de genes":
Los virus.
El estudio profundo y sistemático
de los genomas y las cápsidas de
los virus (fagos) de las bacterias y arqueas
ha llevado a Zillig y Arnold (1999) a la
conclusión de un origen polifilético
para ellos (no parece necesario traducir
de nuevo estos términos). Según
estos expertos, Dado que necesitan una
célula para multiplicarse, los investigadores
creyeron durante mucho tiempo que los virus
tenían como origen genes celulares.
Esta afirmación no parece ser muy
realista, porque (en la situación
de desorganización teórica
de la Biología) "todavía" se
puede leer en serios artículos científicos
que los virus son trozos de genomas que
han "escapado de las células" y
que sus cápsidas proceden de la
adquisición "de un gen celular
(¿) env". Una interpretación
basada en la doctrina del ADN egoísta,
a todas luces absurda, desmentida por las
impresionantes características de
las cápsidas virales y su motor
molecular (ver Sandín, 2002), por
su posesión de polimerasas muy especiales
y porque implicaría que este extraño
suceso (¿aleatorio?) habría
debido de ocurrir tantos millones de veces
como posibles tipos de virus existen en
la Naturaleza. Porque ésta es otra
información que desbarata la vieja
concepción de los virus y su papel
en los fenómenos naturales. Según
los resultados de los estudios sobre los
virus en aguas marinas (Fuhrman, 1999),
los virus son las "criaturas" mas
diversas y numerosas de la Tierra. Sólo
en las aguas marinas son de 5 a 25 veces
más abundantes que las bacterias
(cabe suponer que la población de
los suelos será, como mínimo,
proporcional). Su papel ecológico
se puede considerar como la base de los
ecosistemas marinos y se especifica concisamente
en el resumen del trabajo de Fuhrman en
la revista Nature: "Marine viruses
and their biogeochemical and ecological
effects", e incluye el control de:
ciclos de nutrientes, respiración
del sistema, distribución de partículas
por tamaño y tasas de precipitación,
biodiversidad de bacterias y algas y distribución
de especies, control de la expansión
de las algas, formación de sulfuro
de dimetilo (fundamental, al parecer, para
la nucleación de las nubes) y transferencia
genética. Algunas de estas funciones
también se están comprobando
en ecosistemas terrestres.
Pero, al igual que las bacterias, su presencia
en la Naturaleza no está sólo
relacionada con su (fundamental) papel
ecológico y de transferencia genética
horizontal, en la que los plásmidos,
también de un evidente origen viral
(Sandín, 95), juegan un papel primordial
en la transferencia de "genes bacterianos".
La creciente proporción de secuencias
de origen viral en los genomas animales
y vegetales ha llegado a su culminación
con los datos y, en parte, la consiguiente "reinterpretación" de
las conclusiones del informe sobre la secuenciación
(extremadamente parcial, porque sólo
se trata de los genes "que codifican
proteínas") del genoma humano
(The Genome Sequencing Consortium, 2001).
La relación de secuencias de origen
bacteriano, de secuencias reconocibles
como derivadas de virus, de elementos móviles;
transposones y retrotransposones (derivados
de virus y retrovirus) y de retrovirus
endógenos, añadida a las
secuencias repetidas ( producidas, inevitablemente,
por el proceso mediante el que los retrotransposones
se mueven por el genoma, produciendo copias
de sí mismos), y sumadas a las secuencias
altamente repetidas como los elementos
denominados Alu, repetidos miles de veces
y considerados inicialmente ADN "basura" (es
decir ADN "no codificante") pero
que recientemente han mostrado que, como
era previsible (Sandín, 2001; 2002)
no son ADN basura inútil, sino más
bien importantes componentes integrales
de los genomas eucariotas (Makalowski,
2003) y, dado que estos últimos
constituyen más del 95% del genoma
humano, todo esto lleva a la inevitable
conclusión (ver Sandín, 2002)
de que los genomas animales y vegetales
están constituidos por una suma
de genomas bacterianos y virales.
El reconocimiento de
estos hechos no es una cuestión de falta de evidencias,
porque son datos que están ahí.
Es una cuestión de interpretación,
es decir, de preconceptos (o, si se me
permite, de prejuicios). Por una parte,
sobre su condición: "microorganismos
patógenos" (como consecuencia
de su descubrimiento a causa de su actividad
de causantes de enfermedades); "competidores" nuestros
(como consecuencia de la concepción,
ya convertida en tradicional, de las relaciones
entre los seres vivos); que "sólo
buscan reproducirse" ( "posiblemente",
como consecuencia de las arraigadas obsesiones
culturales, inevitables de mencionar, puesto
que hablamos de interpretaciones, sobre
el egoísmo, el individualismo, la
competencia… implícitas en la formulación
del darwinismo, y que se manifiestan de
un modo muy patente en la "teoría" del
Gen egoísta). Por otra parte, y
como consecuencia de lo anterior, sobre
la explicación de su presencia en
los genomas: "parásitos", "ADN
egoísta", "basura", "virus
polizones"…
Desde hace mucho tiempo, y ahora cada vez
más, estamos acostumbrados a oír
y a leer que el ADN ha sufrido duplicaciones,
transposiciones, inversiones, inserciones,
delecciones (como veremos más adelante,
todas ellas de gran importancia en las "remodelaciones" de
los genomas). Su difusa explicación
o, más bien, su "no explicación" ha
sido siempre (Ayala, 1999) "otro tipo
de mutación". Hoy sabemos que
son producidas por elementos móviles,
y que se activan como respuesta a estímulos
ambientales, como se ha podido comprobar
experimentalmente.
En cuanto a la relación de los elementos
móviles con los virus, no quisiera
resultar reiterativo (en este caso, además,
por una cuestión de aburrimiento
propio) sobre las alternativas que se suelen
plantear como si el que fuera una u otra
la correcta no tuviera la menor importancia:
que los primeros (transposones y retrotransposones)
provengan de virus y retrovirus por pérdida
de los genes codificadores de la cápsida
o, como hemos comentado, que los virus
provengan de unos elementos móviles,
surgidos milagrosamente en los genomas
gracias a su condición de "ADN
egoísta", y que hayan adquirido
las sorprendentes cápsidas de "genes
celulares" (¿). Aunque ésta última
parece la interpretación mayoritaria,
por adecuarse a la concepción "ortodoxa" de
la evolución, no parece necesario
insistir en la mayor consistencia lógica
de la primera, y mucho más si tenemos
en cuenta los datos antes expuestos.
Una vez asumida esta alternativa, que parece
la más coherente con el conjunto
de la información que hemos visto,
se pueden afrontar otros fenómenos,
cuyas "explicaciones" por parte
de la teoría convencional sólo
se pueden calificar de "creencias
en milagros", con una base conceptual
y empírica más consistente.
Por ejemplo, uno de los "sucesos excepcionales" de
mayor trascendencia en la evolución
de la vida animal: la"Explosión
del Cámbrico". Los genes Hox,
implicados en el control del desarrollo
embrionario de tejidos y órganos,
son, como todos sabemos, secuencias repetidas
en tándem. También sabemos
que los responsables de las repeticiones
en el ADN son los retrotransposones. Por
pura lógica elemental, si estas
secuencias repetidas contienen un significado
biológico (una información), ésta
debe derivar de la secuencia original que
las inició. Pues bien, tenemos algunos
datos que nos pueden aportar informaciones
muy significativas sobre su origen y su
actividad. Aunque también suene
repetitivo (lo cual es explicable, dado
el tema de que se trata), he de referirme,
una vez más, al magnífico
trabajo "Los genes del Cámbrico" de
Antonio García Bellido. La forma
en que los complejos de genes/proteínas,
que García Bellido ha denominado
sintagmas, controlan el desarrollo embrionario
(en este caso, animal), resulta radicalmente
incompatible con la vieja idea de una evolución
gradual basada en mutaciones "al azar".
Existen sintagmas que controlan el desarrollo
embrionario de, por ejemplo, ojos, patas,
alas… independientemente del tipo de ojo,
pata o ala, es decir, del Phylum al que
correspondan: Los apéndices de vertebrados
y artrópodos no son estrictamente órganos
homólogos pero vemos que en su morfogénesis
hacen uso de genes y s |