|
Cosmos
El
observatorio astrofísico más
grande del mundo.
Autor: Nora Bär
Ciencia
y salud. La Nación Line.
-
08.04.2002
-
MALARGUE,
Mendoza.- La silueta de la Cordillera se
recorta a lo lejos contra el cielo, pero
la camioneta que transporta a la reducida
comitiva compuesta por Alberto Etchegoyen
y Ernesto Maqueda, de la Comisión
Nacional de Energía Atómica
(Conea); Tulio Del Bono, secretario de
Ciencia, Tecnología e Innovación
Productiva; Eduardo Charreau, presidente
del Conicet; Beatriz García, astrónoma
de la Universidad Tecnológica Nacional
de Mendoza, y La Nacion se desliza por
una planicie que parece prolongarse sin
límite. Estamos en Pampa Amarilla,
una meseta pedregosa que alberga el experimento
astrofísico más grande del
mundo: el Observatorio de Rayos Cósmicos
Pierre Auger, que se extenderá sobre
3000 kilómetros cuadrados, esto
es, quince veces la superficie de la ciudad
de Buenos Aires. "Las dimensiones
de este proyecto y los desafíos
técnicos que plantea son difíciles
de imaginar", comenta Etchegoyen,
físico graduado en la UBA y doctorado
en Oxford, investigador del Conicet y director
del observatorio, un emprendimiento científico
que reúne alrededor de 250 científicos
de más de 30 instituciones y 15
países, y cuyo costo total rondará los
50 millones de dólares. El Proyecto
Pierre Auger intenta resolver uno de los
más desconcertantes misterios de
la astrofísica: los rayos cósmicos
de alta energía, que son las partículas
más veloces del universo y poseen
una energía cien millones de veces
superior a todo lo conocido. Los científicos
no sólo ignoran de qué tipo
de partículas se trata; también
desconocen su lugar de origen y el mecanismo
capaz de impartirles semejantes velocidades,
explican en un artículo de Ciencia
Hoy ( http: //www.ciencia-hoy .retina.ar/hoy
71/index. htm ) Ingomar Allekotte, jefe
de detectores de superficie del observatorio,
y Diego Harari, de la Facultad de Ciencias
Exactas y Naturales de la UBA. Se trata
de enigmas que desafían todas las
previsiones. "Con los rayos cósmicos
ocurre al revés de lo que sucede
con la materia oscura -explica Etchegoyen-:
según nuestros modelos del universo,
la materia oscura debería existir,
pero no logramos detectarla; en cambio,
en los últimos cincuenta años
se han detectado unos veinte impactos de
rayos cósmicos, pero de acuerdo
con la teoría no deberían
existir. Si este experimento tiene éxito,
sus hallazgos probablemente revolucionarán
todo lo que hoy sabemos de física." Origen:
desconocido Uno de los misterios que atormentan
a los investigadores es la procedencia
de esta fauna subatómica. Algunas
evidencias sugieren que la incubadora se
encontraría en nuestra propia galaxia,
en gigantescas explosiones de estrellas
que ocurren, en promedio, una vez cada
cincuenta años. Otras hipótesis
plantean que serían no sólo
extraterrestres, sino extragalácticas.
También hay quienes proponen que
son producto de procesos ocurridos en la
infancia del universo, cuando era infinitamente
denso y caliente, poco después del
Big Bang. Según los cálculos,
es casi imposible que criaturas de semejantes
características lleguen a la Tierra. "Y
sin embargo llegan -escriben Allekotte
y Harari-. Simplemente, hacen falta más
datos para decidir si alguna de estas conjeturas
es la correcta o si la respuesta al enigma
es algo totalmente inesperado." Alrededor
de 10.000 partículas bombardean
por segundo cada metro cuadrado de las
capas superiores de la atmósfera,
pero las de mayor velocidad y energía
son una rareza: por siglo, sólo
entre una y tres impactan en cada kilómetro
cuadrado de la superficie terrestre, lo
que las hace muy difíciles de detectar.
Por eso se hizo imprescindible construir
un detector ciclópeo, que permitiera
reunir más registros en menos tiempo.
La idea nació en 1991, a instancias
del premio Nobel James Cronin, y del director
del Observatorio de Rayos Cósmicos
de Leeds, Alan Watson. El diseño
se completó en 1995, con apoyo de
la Unesco. Se calcula que en 20 años
permitirá registrar una estadística
suficiente como para resolver el problema.
Una obra monumental Para reducir el riesgo
de error, el Observatorio Pierre Auger
es un híbrido . Registra las lluvias
de rayos cósmicos de dos formas:
por medio de detectores de superficie y
con observatorios ópticos. Los detectores
son 1600 tanques de polietileno, recubiertos
en su interior con plástico laminado
negro, que contienen 12 toneladas de agua
hiperpura. Cada uno se ubica a un kilómetro
y medio de distancia de los otros, dispuestos
en un arreglo de triángulo equilátero.
También contienen tres fototubos
capaces de detectar la tenue luz (radiación
Cherenkov) que produce la interacción
entre las partículas cargadas y
las moléculas de agua. "Se
puede calcular la energía y la dirección
del rayo -explica Etchegoyen- reconstruyendo
el momento en que se dispara cada uno de
los tanques." En los observatorios,
espejos esféricos de aluminio permiten
registrar el brillo ultravioleta de las
partículas al interactuar con la
atmósfera. "Es como detectar
una bombita de cuatro watts viajando a
la velocidad de la luz a 10 km de distancia",
ejemplifica Johnny Kleinfeller, físico
del Centro Nuclear de Karlsruhe, encargado
de armar los observatorios, que serán
operados íntegramente desde el centro
de comando del experimento, en Malargüe,
mediante un simple click del mouse de la
computadora. "Incluso podremos cambiar
la dirección de los espejos, o abrir
y cerrar las claraboyas a distancia",
ilustra Kleinfeller. Los dispositivos hablan
entre sí y se comunican con la antena
de 40 metros de la estación central
por telefonía celular. Desde allí,
los datos se envían por Internet
al Centro Atómico Constituyentes,
en Buenos Aires, donde se almacenarán
durante 20 años a disposición
de la colaboración internacional. "En
2000 detectamos los primeros rayos cósmicos
-explica Etchegoyen-. Hoy día estamos
registrando dos por hora y ya pudimos comprobar
que las variables de diseño del
experimento funcionan perfectamente de
acuerdo con lo planeado." Y más
adelante agrega: "Para ser sede de
este proyecto, la Argentina debió competir
con Sudáfrica y Australia. Ofrecimos
esta extensa planicie, a 1200 metros de
altura, pero también el know-how
científico-tecnológico que
hoy nos permite construir tanques y recubrimientos
interiores, con el más alto estándar
de eficiencia. Por otro lado, dada su envergadura,
esto pone la ciencia local en las fronteras
del conocimiento".

|