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Ciencia
Cuatro
paradigmas básicos sobre la
naturaleza de la ciencia.
Autor: Ángel Vázquez
Alonso, José Antonio Acevedo
Díaz, Mª Antonia Manassero
Mas y Pilar Acevedo Romero
Organización
de estados iberoamericanos.
-
08.04.2002
-
El
extraordinario éxito y progreso
alcanzados en los últimos tres siglos
por la "filosofía natural",
más tarde denominada ciencia natural
y después ciencia, sin más,
han rodeado a ésta, a los científicos
y sus realizaciones de una aureola de prestigio
y consideración. Como consecuencia
de ello se ha concitado sobre la ciencia
una gran atención investigadora,
tratando de identificar sus características
propias y específicas, con especial
atención a la racionalidad implicada
en la práctica científica.
Fundamentalmente, estos análisis
se han desarrollado por tres vías
principales de investigación que,
aunque diferentes, acaban siendo convergentes,
dada la unidad del problema que tratan.
La primera corresponde a la historia de
la ciencia, que es una herramienta básica
para las otras dos. La segunda es la reflexión
filosófica, que tradicionalmente
se ha centrado en las cualidades del denominado
método científico para el
avance de esta forma de conocimiento. La
tercera es la sociología de la ciencia,
que pone un contrapunto empírico
a los análisis filosófico-metodológicos,
resaltando la insuficiencia de éstos
para dar cuenta, con precisión,
de todos los aspectos implicados en el
progreso científico. En la práctica,
estas tres vías resultan en gran
modo complementarias para comprender la
manera de proceder de la ciencia, aunque
desde diversas instancias se ha intentado
muchas veces reducir la reflexión
sobre ésta (metodológica,
histórica o sociológica)
al análisis de sus propias categorías
y esquemas empíricos, estudiando
las teorías científicas desde
un punto de vista estático, esto
es, una vez elaboradas y no desde una perspectiva
dinámica, a lo largo de su proceso
de construcción y desarrollo; propuesta
que ha conducido inevitablemente a potenciar
posiciones de fe ciega en la ciencia (cientifismo)
que hoy día no parecen tener ninguna
perspectiva de éxito (Radnitzky
y Andersson, 1982).
Comprender la ciencia no puede reducirse
al saber enciclopédico de sus principales
hechos, conceptos y principios, como ha
defendido la enseñanza tradicional.
En los últimos años y en
el marco de la educación científica,
el objetivo de lograr una adecuada comprensión
de la naturaleza de la ciencia ha amplificado
su importancia por considerarse central
para una auténtica alfabetización
científica de todos los ciudadanos2
. Sin embargo, diversos estudios e investigaciones
han constatado que la educación
científica no ha conseguido alcanzarlo
hasta ahora, no sólo entre el alumnado
(Lederman, 1992; Meichtry, 1993; Solbes
y Traver, 1996) sino, incluso, entre el
profesorado (Aguirre, Haggerty y Linder,
1990; Bloom, 1989; Lakin y Wellington,
1994; Lederman y Zeidler, 1987), aunque
también se han señalado resultados
más matizados (Acevedo, 1994, 2000;
Manassero, Vázquez y Acevedo 2001)3
y algunos hasta esperanzadores (Lederman
y O'Malley, 1990; Aikenhead, 1987; Manassero
y Vázquez, 1998).
La intensa investigación filosófica
realizada en este campo ha ido reduciendo
las cuestiones epistemológicas más
importantes sobre la naturaleza de la ciencia
a unos pocos, pero enjundiosos, temas concretos,
tales como la conceptualización
de las teorías científicas,
la inconmensurabilidad, las anomalías,
las controversias y el contraste entre
teorías, así como las condiciones
que causan el cambio de teorías
y el progreso científico, la conceptualización
del progreso mismo, los métodos
y criterios de validación del conocimiento
científico (la racionalidad científica),
el concepto de verdad, los intereses y
determinantes de la producción científica,
etc. Por su interés para conseguir
el objetivo educativo señalado,
la filosofía y la historia de la
ciencia están recibiendo atención
continuada en diversas revistas especializadas
en educación científica,
extranjeras (por ejemplo, International
Journal of Science Education, Journal of
Research in Science Teaching, Science Education
y Science & Education, entre otras)4
y españolas (por ejemplo, Enseñanza
de las Ciencias e Investigación
en la Escuela), presentando análisis
de las posiciones de algunos pensadores
(por ejemplo, Aliberas, Gutiérrez
e Izquierdo, 1989; Harres y Porlán,
1999; López-Rupérez, 1990;
Mellado y Carracedo, 1993; Porlán,
1990), con el objetivo de dar una formación
epistemológica básica y fundamentar
diversas posiciones en didáctica
de las ciencias.
La investigación epistemológica
y sociológica sobre la ciencia ha
dado lugar a una imagen de ésta
compleja y poco asequible para los profanos.
No obstante, las construcciones epistemológicas
de diferentes autores han trascendido su
mera individualidad para consolidar diversas
escuelas o corrientes sobre la naturaleza
de la ciencia, con importantes diferencias
entre ellas pero también algunas
coincidencias. Este artículo pretende
superar el análisis basado en un
autor concreto o una posición determinada,
como ha ocurrido muy a menudo en la didáctica
de las ciencias, para pasar a estudiar
comparativamente cuatro importantes paradigmas
(positivismo, realismo, pragmatismo y relativismo),
entendidos como marcos generales de investigación
que se consideran básicos para fundamentar
un planteamiento educativo coherente con
el objetivo de conseguir una mejor comprensión
de la naturaleza de la ciencia en la enseñanza
científica, a partir de las coincidencias
y las discrepancias entre estos paradigmas.
Puesto que el positivismo ha sido históricamente
el primero en consolidarse, el análisis
se iniciará con él. Los restantes
son consecuencia de distintas críticas
al positivismo, donde el relativismo le
sigue en la exposición por ser la
más radical y, también, porque
es una forma de entender mejor los otros
dos, el realismo y el pragmatismo, que
en cierto modo defienden posiciones intermedias
entre el positivismo y el relativismo.
Positivismo
Cuando se nombra el positivismo hoy en
día, los filósofos se suelen
referir más bien a la Escuela
de Berlín y al famoso Círculo
de Viena, con Reichenbach y Carnap al
frente, respectivamente, antes que a
Comte, que fue quien utilizó por
primera vez el nombre de positivismo
cuando escribió su Curso de filosofía
positiva en el siglo XIX 5 . Este positivismo
lógico, que se asienta sobre factores
epistémicos, hechos empíricos
y razonamiento lógico, se desarrolló especialmente
en los años treinta, aunque ha
pervivido con fuerza por lo menos hasta
finales de los años cincuenta
y con diversas adiciones (neopositivismo)
hasta finales del sigo XX, siendo Hempel
y Nagel también nombres claves
en esta línea de pensamiento.
El gran proyecto del Círculo de
Viena fue la elaboración de la
Enciclopedia para la Ciencia Unificada,
en el que la reducción de unas
ciencias a otras era el objetivo fundamental6
. Según esta perspectiva, el progreso
científico está ligado
a procesos de reducción de teorías,
destacando dos tipos; uno por el que
una teoría científica suficientemente
probada extiende su campo de acción
a otros fenómenos que habían
sido estudiados de manera diferente,
reduciéndolos a sus propios términos
y marco teórico, y otro que consiste
en la inclusión en una teoría
científica más amplia de
otras que estaban bien establecidas y
aceptadas en sus propios dominios7 .
Los positivistas lógicos identifican
la filosofía de la ciencia con la
epistemología científica,
o más propiamente reducen la primera
a la segunda. En los años treinta
Reichenbach estableció explícitamente
que la tarea a realizar por los epistemólogos
era la reconstrucción lógica.
Este filósofo distinguió también
claramente entre el contexto de descubrimiento
(ciencia privada) y el contexto de justificación
(ciencia pública). Según
Reichenbach, los filósofos de la
ciencia no tienen por qué ocuparse
de cómo se llega a producir el descubrimiento
científico (su génesis),
sino de los resultados finales de la investigación
científica expresados en artículos
o libros (hechos descubiertos, teorías
elaboradas, métodos lógicos
empleados y la justificación empírica
de las consecuencias y predicciones derivadas
de las teorías). Con esta distinción,
los epistemólogos positivistas no
se ocuparán de los procesos científicos
reales, sino que elaborarán exclusivamente
sus reconstrucciones lógicas8. Desde
esta perspectiva la filosofía de
la ciencia se convierte en una metaciencia
(una ciencia de la ciencia), concentrando
su objeto de estudio exclusivamente en
el conocimiento elaborado. Este reduccionismo
de la ciencia al conocimiento puro, descuidando
los aspectos prácticos de la actividad
científica y tecnológica
(y la actual tecnociencia) es otro de los
numerosos aspectos por el que los positivistas
lógicos han sido muy criticados
(Hacking, 1983).
A comienzos de los sesenta, Putnan propuso
englobar bajo el nombre de Concepción
Heredada (Received View) al conjunto de
ideas básicas que caracterizaban
al neopositivismo y a la filosofía
analítica de la ciencia que dominaba
hasta entonces la epistemología
de la ciencia. Como recuerda Echeverría
(1999, p. 37), el Simposio de Urbana, celebrado
del 26 al 29 de marzo de 1969, supuso un
gran debate entre las tesis centrales de
la Concepción Heredada y las profundas
críticas que se le planteaban (Suppe,
1974). En la actualidad, desde un punto
de vista global, la tradición positivista
está superada y no goza de una aceptación
mayoritaria, pero su conocimiento es necesario
para comprender los debates que dieron
lugar a nuevos puntos de vista epistemológicos
sobre la naturaleza de la ciencia y también,
desde la perspectiva educativa de este
artículo, porque pese a todo la
filosofía positivista aún
continúa vigente en nuestras aulas,
tanto en el pensamiento del profesorado
de ciencias como en muchos libros de texto
de uso habitual.
Hacking (1983, pp. 61-62 de la traducción
en español, 1996) caracteriza al
positivismo por las siguientes ideas básicas:
·
Hace hincapié en la verifcación
(o alguna variante como la falsabilidad).
·
Cultiva en exceso la observación.
·
Es contrario a la causación. No
es necesario buscar causas en la naturaleza,
tan sólo regularidades del tipo
antecedente-consecuente.
·
No da suficiente importancia a las explicaciones
científicas.
·
Es refractario a las entidades teóricas
(antirrealismo).
·
Se opone radicalmente a la metafísica,
que se considera estéril para la
ciencia porque está construida sin
ningún correlato empírico,
aplicando la navaja de Occam de manera
tajante para descartar del pensamiento
científico todo lo que recuerde
a filosofía especulativa (empirismo
antimetafísico).
Cuando nos referimos al positivismo lógico,
habría que añadir a los rasgos
positivistas anteriores la importancia
concedida a la lógica, así como
el interés por el significado y
el análisis del lenguaje. Sin embargo,
estas nuevas características son
ajenas a los primeros positivistas y también
al contemporáneo Van Fraassen (1980),
que comparte cinco de las ideas básicas
señaladas por Hacking, todas menos
el entusiasmo por la verificación
o alguna de sus variantes, que realmente
alcanzó su máximo vigor en
los años en que triunfaba el positivismo
lógico.
El positivismo contempla a la ciencia como
un intento de codificar y anticipar la
experiencia y, más aún, considera
que el método científico
es el único intento válido
de conocimiento, basado en los datos observacionales
y las mediciones de magnitudes y sucesos.
Así pues, una de las tesis básicas
del positivismo lógico es el dogma
de la unidad y universalidad del método
científico. Se desarrollan teorías
y leyes para correlacionar datos empíricos
y, por tanto, la teoría verdadera
es la mejor contrastada, esto es, la que
se ajusta mejor a todos los datos observacionales,
denominada teoría empíricamente
adecuada. La verdad de la ciencia consiste
en el mejor grado de bondad en ese ajuste,
que determina la adecuación empírica
de las teorías. En definitiva, sólo
son creíbles aquellas proposiciones
cuya verdad pueda establecerse por medio
de observaciones. Además, el positivismo
sostiene la existencia de un criterio radical
de demarcación entre la ciencia
y la no-ciencia, que sería la aplicación
de dicho método científico único
y universal, consistente en un conjunto
de reglas objetivas y universales para
el diseño de experimentos y la evaluación
de teorías que aseguran el éxito
y el progreso.
Para los positivistas la ciencia progresa
en la medida en que las teorías
pueden predecir y explicar más que
sus predecesoras9. Suele defenderse como
criterio de progreso científico
que la teoría nueva contenga a la
vieja como caso límite y así permita
retener sus éxitos (que tenga una
mayor generalidad) y corregir sus errores.
El concepto positivista de progreso científico,
que resulta del cambio racional de teorías
científicas (una teoría es
reducida por otra que la sustituye), es
acumulativo y se puede sintetizar en tres
condiciones que debe cumplir la nueva teoría
(Nagel 1961):
·
Toda explicación o predicción
confirmada por la antigua teoría
debe estar incluida en la nueva. Como ambas
abarcan los mismos temas, las dos teorías
serán conmensurables.
·
Ha de tener conclusiones empíricas
no incluidas en la precedente (se habla
de progreso si y sólo si existen
nuevas leyes que describen correctamente
fenómenos no explicados anteriormente).
·
Tiene que evitar las consecuencias falsas
de la teoría antecedente (condición
fuerte).
Como hace notar Hacking (1983), a comienzos
de la década de los sesenta, la
mayoría de los filósofos
anglosajones estaban más o menos
de acuerdo con las ideas de Nagel, pero
pronto surgirían Kuhn y Feyerabend
y la tesis de la inconmensurabilidad entre
teorías: la nueva teoría
puede acabar reemplazando los temas, conceptos
y problemas que abordaba la teoría
antigua. Seguramente por influjo de las
contundentes críticas recibidas,
sobre todo a partir de los años
sesenta, el positivismo ha suavizado posteriormente
sus posiciones más duras, en particular
las que se refieren a la objetividad y
precedencia absoluta de los datos empíricos,
así como la defensa a ultranza de
las observaciones, hasta admitir la existencia
de una cierta continuidad entre observaciones
y teoría, pero manteniendo siempre
lo observacional como algo más seguro
y previo a lo teórico. Ciertos neopositivistas
llegan a admitir algunas de las tesis relativistas
más débiles sobre las teorías,
tales como la inducción pesimista
de la historia (cualquier teoría
será superada por otra teoría,
luego se puede presumir falsa aunque no
lo sepamos todavía) y la carga teórica
inherente a toda observación (cualquier
protocolo observacional presupone algún
supuesto de teoría)10.
El positivismo pasa por ser la posición
más infalibilista, pero con matices
que van desde el radicalismo de aceptar
sin límites el principio de inducción
(inductivismo ingenuo), cuya demostración
no fue capaz de resolver Carnap, hasta
neopositivistas que aceptan el principio
de Hume (ningún enunciado universal
puede deducirse de un conjunto finito de
casos favorables). El positivismo cree
en la posibilidad de contrastar hipótesis
aisladas, en contra de la tesis holista
de Duhem-Quine (citado en Laudan, 1990,
pp. 60-61 de la traducción española,
1993), que afirma la imposibilidad de deducir
la falsedad de ningún elemento aislado
de una red de enunciados, ni siquiera a
partir de la falsedad del todo, ya que,
en una contrastación, las hipótesis
nunca se enfrentan aisladamente con la
experiencia, sino como una parte de agrupaciones
mayores que suponen otras hipótesis,
condiciones iniciales, de contorno, etc.
Por último, para los positivistas,
el cambio y el progreso científico
se alcanzan aplicando las reglas codificadas
de la ciencia y, en consecuencia, ambos
están por encima de cualquier consideración
particular o interesada. De aquí concluyen
que la ciencia es el único camino
para el conocimiento válido (reduccionismo
cientifista); esto es, el conocimiento
científico es el único válido,
objetivo y verdadero.
Relativismo
Los parcialmente fallidos intentos de codificar
la metodología científica
por los positivistas lógicos del
Círculo de Viena11, Popper y otros
epistemólogos de la primera mitad
del siglo XX, han conducido, en determinados
ambientes intelectuales, a un escepticismo
que en ocasiones resulta bastante irracional:
el relativismo12. En la década
de los cincuenta, Toulmin (1953) ya recalcó que
los análisis de la filosofía
de la ciencia tenían que ir más
allá de una imagen estática
de las teorías científicas
bien establecidas, para investigarlas
en su proceso de constitución
y desarrollo, con todas las discontinuidades
que esto pudiera implicar en sus estructuras
lógicas (Echeverría, 1999).
Toulmin no era un relativista, pero su
insistencia en la dinámica de
las teorías científicas,
desarrollada más tarde desde un
punto de vista evolucionista y en buena
parte instrumentalista (Toulmin, 1972),
y en la importancia de la Historia de
la Ciencia y del contexto de descubrimiento
para la epistemología de la ciencia,
fue un anticipo de lo que se llamaría
el giro historicista (historical turn),
que tanta importancia tendría
para el relativismo y su severa crítica
tanto al positivismo lógico como
al racionalismo crítico de Popper.
En la misma década, Hanson (1958)
también denunció la falta
de contacto de los filósofos de
la Concepción Heredada con la
investigación científica
real, porque centraban sus estudios solamente
en teorías científicas
ya constituidas, acabadas y aceptadas,
restringiendo la filosofía de
la ciencia al contexto de justificación.
Las ideas de Hanson fueron retomadas
por Kuhn y Feyerabend, que suelen considerarse
los primeros referentes filosóficos
importantes del relativismo.
La publicación del libro de Kuhn
La estructura de las revoluciones científicas
marcó una nueva etapa en la filosofía
de la ciencia del siglo XX y en los estudios
sobre la ciencia en general, estando asociada
con el nacimiento del movimiento relativista13
En esta obra, que es un clásico
del siglo XX sobre la metodología
científica (desde su aparición
se han vendido en torno a un millón
de ejemplares y se ha traducido a unos
veinte idiomas), se destaca la enorme importancia
de la Historia de la Ciencia para estudiar
la metodología científica14.
Kuhn (1962) no sólo se opone a una
concepción positivista y acumulativa
del progreso científico, proponiendo
un punto de vista discontinuo del mismo,
sino que también se enfrenta al
falsacionismo de Popper.
El relativismo considera a la ciencia ante
todo una actividad social y humana, una
más de las emprendidas por la humanidad
para lograr conocimientos sobre el mundo,
y, por tanto, se la contempla como una
vía más de conocimiento,
ni exclusiva ni excluyente de otras distintas,
pero igualmente válidas para dicho
fin. Por la consideración e importancia
concedida a los aspectos personales (intereses,
creencias propias, etc.) y contextuales
(sociales, relacionales, políticos,
económicos, etc.) y su influencia
en la generación del conocimiento
científico (el contexto de descubrimiento),
el relativismo ha sido tildado de introducir
aspectos psicológicos y subjetivos
en la epistemología de la ciencia.
La tesis básica del relativismo
sostiene el falibilismo extremo de la ciencia
(y, en general, de cualquier forma de conocimiento
humano): las pruebas, especialmente las
empíricas, no son decisivas para
conformar las verdades científicas;
es decir, las afirmaciones sobre el mundo
no provienen exclusivamente de los datos
observacionales.
El primer argumento se refiere a la carga
teórica inherente a todo protocolo
de observación por empírico
que éste sea (Hanson, 1958), de
ahí que todo el conocimiento científico
sea en el fondo teoría, o viene
precedido por ella. El segundo argumento,
referente a la falta de validez del principio
de inducción, es de carácter
lógico y ya había sido utilizado
desde otras posiciones por Popper (1958):
sólo se puede acceder a un número
finito de observaciones y la lógica
demuestra la existencia de un gran número
de hipótesis compatibles con un
conjunto finito de observaciones, que incluso
pueden ser contradictorias entre sí.
Así pues, no tiene mucho sentido
hacer referencia a experimentos cruciales,
porque la evidencia empírica por
sí sola no puede permitir decidir
entre teorías rivales incompatibles;
incluso en el caso de que pudieran cubrirse
todas las consecuencias posibles podrían
existir múltiples teorías
compatibles con ellas. Esta relativización
del poder de las pruebas para validar el
conocimiento se sitúa en el extremo
opuesto del positivismo, que las considera
incontrovertibles y el único criterio
posible para la contrastación de
las teorías. El tercer argumento
relativista insiste en el carácter
convencional de las pruebas empíricas.
En primer lugar, toda observación
se codifica en un lenguaje que es una convención
más y, en segundo lugar, la decisión
de aceptar un registro de observación
como verídico es también
convencional. La conclusión es que
toda observación supone convenciones
y si éstas no son ni verdaderas
ni falsas (simplemente se aceptan o no),
cualquier observación tampoco lo
será, por lo cual difícilmente
podrá servir para hacer una falsación,
contrastación o verificación
de una teoría, lo que constituye
la expresión máxima del anarquismo
metodológico15 (Feyerabend, 1975).
Un concepto clave del trabajo de Kuhn (1962)
es el de paradigma, reelaborado y matizado
varias veces desde las formulaciones iniciales,
incluyendo un cambio de nombre que no ha
conseguido la misma popularidad (matriz
disciplinar, en su sentido más general,
como el conjunto de compromisos compartidos
por una comunidad científica, y
ejemplares, en un sentido más estricto,
como los casos paradigmáticos bien
establecidos que se toman como referencia).
Aunque se han contabilizado numerosos sentidos
diferentes de la noción de paradigma
(más de veinte), utilizados por
el propio Kuhn en su clásica obra, éstos
pueden resumirse en tres grandes grupos:
·
Aspecto filosófico (metafísico)
del paradigma, que proporciona la imagen
del mundo y las creencias básicas
de los científicos sobre lo que
puede ser la realidad.
·
Aspecto sociológico del paradigma,
referente a la parte institucional del
mismo; esto es, a la estructura y las señas
de identidad de la comunidad de científicos
seguidores del paradigma, así como
las relaciones internas y externas de esta
comunidad.
·
Aspecto científico-técnico
del paradigma, relacionado con los problemas
resueltos y las cuestiones explicadas por
su utilización.
Un paradigma está formado básicamente
por un conjunto de supuestos muy generales
sobre el mundo (ontología del paradigma)
y otro sobre la forma en que éste
puede estudiarse (métodos para acceder
al conocimiento o epistemología
del paradigma). La parte metodológica
y la teoría sustantiva del paradigma
no están entrelazadas de forma inseparable,
ya que las teorías no apoyan siempre
a las reglas asociadas al paradigma. Desde
el relativismo y otros enfoques asociados
al giro historicista, se considera que
las teorías científicas no
pueden ser las unidades básicas
para el estudio del progreso científico,
ya que su generación y desarrollo
se da dentro de un marco de investigación
más general, que incluye compromisos
o supuestos básicos compartidos
por la comunidad de científicos
especialistas en un campo de conocimiento.
Estos marcos generales de investigación
cambian con el tiempo y constituyen las
unidades más adecuadas para los
análisis sobre la ciencia. Los acontecimientos
históricos más interesantes
son aquellos en los que se producen cambios
profundos en los marcos generales que guían
la investigación científica.
Durante los períodos en que una
ciencia está madura (ciencia normal),
que se caracterizan por la estabilidad
del paradigma, los científicos se
afanan en contrastar y refutar versiones
concretas de éste, resolviendo problemas
y cuestiones dentro del mismo (en Pérez-Ransanz,
1999, pp. 34-66, puede consultarse una
explicación acerca de la naturaleza
y el papel de los paradigmas, así como
sobre las funciones de los procesos de
investigación durante la ciencia
normal).
Los problemas que se resisten a ser solucionados
no se consideran falsaciones del paradigma
sino anomalías. Éstas son
expectativas inducidas por una teoría
que no se han cumplido y representan auténticos
desafíos epistemológicos.
La mera existencia de anomalías
sin resolver no tiene por qué hacer
entrar en crisis al paradigma, ya que siempre
hay, y habrá, experiencias u observaciones
que no se pueden explicar de manera plenamente
satisfactoria, o que incluso están
en contradicción con el marco teórico
vigente, y que se aparcan a la espera de
tiempos mejores, ya que de lo contrario
sería imposible hacer ciencia normal.
Además, un desacuerdo con alguna
predicción de una teoría
puede tener muchas otras explicaciones
al margen de ésta, por lo que es
poco razonable rechazar una teoría
científica que cuente con muchos éxitos
solamente porque se haya falsado alguna
de sus predicciones. Sin embargo, en determinadas
condiciones especiales, las anomalías
pueden desarrollarse de tal forma que minen
la confianza en el paradigma. Por ejemplo,
aquellas anomalías que tengan que
ver con los propios fundamentos del paradigma
o con alguna necesidad social apremiante
serán especialmente importantes
y podrían originar que éste
entre en crisis. La cantidad de anomalías
importantes también influirá en
el comienzo de la crisis y la gravedad
de ésta aumentará cuando
aparece un paradigma rival. Con la crisis
de un paradigma comienza la ciencia extraordinaria
o revolucionaria. Durante los períodos
de ciencia extraordinaria algunos científicos
cambian el núcleo, la ontología
y los criterios del paradigma, pero no
existe una norma de racionalidad que pruebe
que éste se encuentra definitivamente
desahuciado; las razones a favor o en contra
de un sistema de creencias son equipotentes,
ya que las pruebas empíricas nunca
son suficientes para cambiarlo. La naturaleza
holista de las teorías científicas
permite negar que éstas estén
bien confirmadas o falsadas, y más
aún si se tiene en cuenta la utilización
de las hipótesis auxiliares (ad
hoc) que permiten mantenerlas. Por tanto,
nunca se puede decir que una teoría
está desacreditada del todo por
fuertes que sean las pruebas empíricas
en su contra, ni que una teoría
desacreditada no pueda revitalizarse más
adelante. El relativismo sostiene que los
científicos no renuncian fácilmente
a sus teorías cuando les suministran
predicciones erróneas; los paradigmas
son abandonados en grandes grupos por otras
razones muy diversas.
Kuhn (1962) estableció tres diferencias
esenciales entre paradigmas rivales:
· ienen diferentes concepciones sobre la
ciencia de la que se ocupan y tratan de
resolver diferentes problemas.
·
Entre ellos se dan divergencias conceptuales
que están unidas a sus diferentes
lenguajes teóricos y a la distinta
interpretación ontológica
de los datos que analizan.
·
Sus respectivos defensores no perciben
la misma visión del mundo.
Estas tesis se oponen al principal dogma
positivista: la existencia de una misma
base empírica para todos los científicos.
A partir de análisis de casos históricos,
Kuhn (1962) se muestra en contra, subrayando
que las diferencias entre dos paradigmas
rivales son irreconciliables, pudiendo
ser ontológicas, epistemológicas,
conceptuales y perceptivas. Los cambios
drásticos de paradigmas (revoluciones
científicas) suponen siempre una
modificación en la visión
de los científicos sobre el mundo,
aunque éste no cambie. Por tal motivo,
pese a que las explicaciones de Kuhn de
los procesos radicales de cambio científico
se han considerado relativistas, no parece
razonable considerar a Kuhn un relativista
ontológico, sino más bien
un relativista epistemológico.
Otro de los argumentos relativistas más
elaborados sobre la imposibilidad de comparar
las teorías científicas adecuadamente
es la tesis de la inconmensurabilidad,
que plantea el problema de la traducción
del significado de los conceptos entre
paradigmas rivales. Las nociones científicas
no están aisladas, sino que su significado
les viene conferido por la red de supuestos
con los que están asociadas en el
marco del paradigma. La traducción
entre paradigmas está radicalmente
infradeterminada por las experiencias,
de modo que nunca podemos estar seguros
de haber llegado al significado real de
los términos en su lenguaje propio.
Esta tesis es central en toda la obra de
Kuhn, guarda una estrecha relación
con la carga teórica de la observación
y también tiene implicaciones ontológicas
que han contribuido ha reavivar la polémica
sobre el realismo en los últimos
años (Pérez-Ransanz 1999).
Así mismo, representa la fuente
más poderosa de argumentos contra
la popular idea de que las teorías
acaban siendo incluidas (reducidas) en
las teorías alternativas triunfantes
y, por tanto, que el desarrollo científico
es acumulativo (una idea común,
difundida y asumida desde el mismo nacimiento
de la ciencia moderna en el siglo XVII,
que se asocia a la imagen oficial de la
ciencia), ya que la inconmensurabilidad
permite dar cuenta de las rupturas y las
pérdidas que necesariamente se producen
en las revoluciones científicas
entre dos paradigmas rivales.
Inicialmente, Kuhn (1962) utilizó la
inconmensurabilidad desde posiciones menos
radicales que las de Feyerabend (1975);
pero, mientras que éste se limita
al nivel semántico (Vázquez,
1997), Kuhn se extiende a un ámbito
mucho más amplio, abarcando las
diferencias entre paradigmas rivales tanto
en los aspectos cognitivos (supuestos ontológicos
de existencia, percepción del mundo,
sistemas conceptuales, postulados teóricos,
etc.) como metodológicos (estrategias
procedimentales, técnicas experimentales,
criterios de evaluación, etc.).
Esta versión kuhniana, centrada
en la inconmensurabilidad entre paradigmas,
es más global y, en consecuencia,
pierde precisión respecto a la de
Feyerabend (Pérez-Ransanz 1999).
En sus escritos posteriores de las décadas
de los setenta y los ochenta, Kuhn (1983a,
1983b) ganó claridad acotándola
a la imposibilidad de traducir los lenguajes
científicos de teorías rivales
(Zamora, 1994). De esta manera Kuhn ha
acabado por mantener tesis con algunas
semejanzas (pero también con importantes
diferencias) a las de Quine (1960) sobre
la indeterminación de la traducción
(Vázquez 1997), convirtiéndose
en un relativista lingüístico.
Para Kuhn, no hay, ni puede haber, un lenguaje
universal para la ciencia, porque los diferentes
paradigmas modifican el lenguaje científico
profundamente al tener una generalización
simbólica distinta cada uno de ellos
(Echeverría, 1999). Posteriormente,
Kuhn (1991) se mostró convencido
de que su tesis de la inconmensurabilidad
no se oponía a la racionalidad científica
sino que abría el camino hacia otra
forma de concebirla16 , que no está basada
en la posibilidad de una completa traducción
semántica. Frente a la exigencia
de traducción de significados, Kuhn
argumenta que la racionalidad científica
lo que necesita es la interpretación
y comprensión de las teorías
rivales (Zamora, 1994), algo que es muy
familiar en el trabajo de los historiadores
de la ciencia. En esta nueva aproximación
al problema de la racionalidad, los principios
normativos y evaluativos deben obtenerse
de la Historia de la Ciencia, en vez de
importarlos directamente de algún
paradigma preferido para tomarlos como
el fundamento de la reconstrucción
racional a priori de la ciencia.
Para Feyerabend (1975) dos teorías
científicas rivales son inconmensurables
cuando sus principios fundamentales son
tan radicalmente diferentes que no es posible
formular los conceptos básicos de
una de ellas en los términos de
la otra, con lo que ambas teorías
no compartirán ningún enunciado
observacional y no será posible
compararlas desde un punto de vista lógico.
Aunque sean inconmensurables existen algunas
formas de compararlas; por ejemplo, puede
hacerse en función de su coherencia
interna o de su fiabilidad. También
se pueden confrontar con una serie de situaciones
observables y ver cuál es el grado
de compatibilidad de cada una de ellas
con tales situaciones, interpretadas siempre
en función de sus propios términos.
El problema surge a la hora de elegir los
criterios de comparación adecuados.
Feyerabend (1975) subraya que la resolución
de esta cuestión y, por tanto, la
elección entre dos teorías
rivales inconmensurables es subjetiva17
. Esta conclusión ha sido criticada
por Chalmers (1982) y Olivé (1992),
entre otros, matizando que aun cuando las
valoraciones que puedan hacerse de una
teoría científica sean en
parte subjetivas, ya que están condicionadas
por factores contextuales, esto no significa
que forzosamente sean inmunes a una argumentación
racional, estando abiertas a la crítica
e, incluso, a un posible cambio de opinión
a partir de buenos argumentos y de la modificación
de las condiciones contextuales.
Otra de las cuestiones importantes suscitada
por el relativismo es la demarcación
entre lo que es ciencia y lo que no lo
es. Para un racionalista sólo son
teorías científicas las que
pueden ser evaluadas con un criterio universal
y superen la prueba empírica correspondiente.
Por el contrario, un relativista negará la
posibilidad de que exista un criterio de
racionalidad único, intemporal y
universal, por el que una teoría
pueda ser considerada mejor o peor que
su rival. Aunque moderado, Kuhn sí se
muestra relativista en esta cuestión
ya que rechaza la necesidad de tajantes
fundamentos universales para evaluar el
conocimiento científico; los criterios
de valoración de las teorías
científicas pueden variar de un
científico a otro y, más
aún, de una comunidad de científicos
a otra. Para comprender por qué un
científico elige una teoría
hay que saber qué es lo que valora,
lo cual supone una buena dosis de subjetividad
e, incluso, admitir la posibilidad de la
intervención de elementos no racionales
al tomar su decisión. De la misma
forma, la selección de una teoría
por parte de una comunidad de científicos
dependerá también de lo que éstos
valoran. Para los relativistas radicales,
la demarcación entre ciencia y no-ciencia
es mucho menos importante y más
arbitraria que para los racionalistas.
Tal puede ser el caso de filósofos
como Feyerabend (1975) o, más recientemente,
el de Von Glasersfeld (1987, 1995), un
relativista constructivista radical cuyos
argumentos han sido muy criticados por
Matthews (1992b, 1994b,c) y Suchting (1992),
entre otros. En cambio, Kuhn (1962) señala
que la existencia de un paradigma, capaz
de sostener una tradición de ciencia
normal durante un período de tiempo,
es precisamente la característica
que permite diferenciar entre lo que es
ciencia y lo que todavía no lo es
(que él denomina pre-ciencia).
En suma, para el relativismo la actual
posición de predominio de la ciencia,
la tecnología y la tecnociencia
no puede entenderse solamente mediante
el análisis de sus respectivas naturalezas
desde un punto de vista interno, sino que
requiere también la comprensión
de la sociedad que les da el prestigio
que han alcanzado. Consecuentemente, los
relativistas concluyen que el progreso
y el cambio de teorías en la ciencia
no es un proceso absolutamente racional,
sino que se produce dentro del juego normal
de intereses, motivaciones y preocupaciones
propios de cualquier actividad humana,
con lo que establecen una base social (contextualismo),
cuando no individual (subjetivismo), en
la determinación del progreso científico.
Los intereses personales, profesionales
y sociales de los científicos no
actúan generalmente de forma explícita,
debido al sistema de recompensas de la
ciencia que penalizaría fuertemente
a un científico que se mantuviera
en un paradigma rechazado por los demás.
El modelo de intereses personales y profesionales
ha sido valorado positivamente por diversos
movimientos políticos y grupos sociales
de presión, pero también
ha recibido fuertes críticas desde
otras posiciones. Esta perspectiva, que
adquirió gran importancia en la
sociología constructivista del conocimiento
científico (constructivismo sociológico)
y, en general, en las diversas posiciones
englobadas en el batiburrillo de puntos
de vistas postmodernos (donde la incertidumbre
reina como la única certeza admisible),
implica que no se reconoce el éxito
en el progreso del conocimiento científico
como un rasgo exclusivo de la ciencia,
sino que puede ser compartido con otros
tipos de conocimiento. Además, para
los relativistas el progreso científico
no es acumulativo, tal y como sostienen
con distintos matices positivistas, realistas
y pragmatistas; siempre existen pérdidas
y ganancias en los cambios de paradigmas
y de teorías rivales, y el desarrollo
científico no es algo nítido
y lineal. Así mismo, tampoco es
un concepto absoluto; las teorías
alternativas resuelven los problemas de
diferente forma y su avance depende de
la opinión de quienes evalúan
esas soluciones.
Otra tesis importante del relativismo es
el carácter holista del conocimiento
científico. Las hipótesis
nunca se contrastan individualmente, sino
como partes de redes más amplias
de un sistema de creencias. Por tanto,
el éxito o el fracaso de este proceso
debe llevar a buscar errores y aciertos
en toda la red global. Además, el
principio de infradeterminación
otorga una cierta equivalencia a las teorías
científicas rivales, aunque conviene
matizar en este punto la existencia de
dos posiciones diferenciadas, representantes
de un relativismo fuerte (las pruebas empíricas
nunca tienen suficiente fuerza para elegir
entre teorías rivales) o un relativismo
débil (hay ocasiones en que las
pruebas empíricas existentes no
permiten elegir entre teorías rivales).
En resumen, se puede considerar que el
relativismo defiende tesis epistemológicas
extremas, tales como la inconmensurabilidad,
el holismo y la infradeterminación
radical, que han actuado como importantes
estímulos intelectuales en el avance
de la comprensión de la naturaleza
de la ciencia. Sin embargo, el relativismo
radical también ha recibido críticas
muy fuertes, especialmente durante la última
década del siglo XX, tanto desde
la filosofía (por ejemplo, Bunge,
1999; Laudan, 1990, 1996), como de la propia
ciencia (por ejemplo, Sokal y Bricmont,
1998; Wolpert, 1992)18 .
Realismo
Aunque hay muchas formas de realismo, habitualmente
se suele denominar así a la posición
que se basa en la existencia de algún
tipo de correspondencia entre las creencias
sobre el mundo y éste mismo. De
otra manera, los realistas típicos,
cuyo representante más conspicuo
es quizás Karl Popper (1972) con
su racionalismo y realismo crítico,
creen que las descripciones del mundo
hechas por la ciencia mantienen un elevado
grado de correspondencia con el propio
mundo natural. Esta definición
está muy próxima a otra
de Putnam (1975, p. 210): "Cuando
un científico con mentalidad realista
[...] acepta una teoría, la acepta
como verdadera (o probablemente verdadera,
o aproximadamente verdadera, o probablemente
aproximadamente verdadera)"19 .
Así pues, los planteamientos realistas
más duros parten de considerar que
el objetivo de la ciencia es buscar teorías
verdaderas según un criterio de
racionalidad, representado por la superación
de muchos intentos de falsación,
es decir, de demostrar que la teoría
falla. Desde este punto de vista, se hace
de la verdad un objetivo de la ciencia
y no un atributo de las teorías
científicas, pero, desde otros puntos
de vista, no es necesario identificar con
el realismo la búsqueda de la verdad
como finalidad de la ciencia para ser realistas.
Sobre la base de este exigente criterio,
el realismo tradicional adopta una posición
reduccionista y cientifista en cuanto considera
que la ciencia es el único camino
válido para el conocimiento (criterio
de demarcación entre lo que es y
no es ciencia), por ser el que se enfrenta
explícitamente con su falsación.
Popper (1958) ataca al positivismo por
el principio de inducción, demostrando
sus paradojas y falta de validez para la
aceptación o el rechazo de las teorías.
En lo que se refiere a esto, la posición
realista de Popper se basa en los niveles
de apoyo empírico de una teoría,
que se consideran individualmente necesarias
y, en conjunto, suficientes:
·
Se rechazan las teorías que no se
adaptan a los fenómenos conocidos
·
Se prefieren las teorías que hacen
predicciones sorprendentes.
·
Se eligen las teorías que explican
fenómenos de rango más amplio.
·
Se opta por aquellas teorías que
ofrecen una explicación única
de un fenómeno.
El criterio de falsación es incompatible
con el de inclusión o reducción,
que considera como progreso científico
la mayor generalidad de las teorías;
hay teorías más generales
que otras que no las contienen20 . En consecuencia,
los realistas popperianos aceptan con reservas
también la noción del caso
límite de las teorías superadas;
sólo las consideran válidas
para los elementos cuantitativos, ecuaciones
y datos, pero no para las afirmaciones
cualitativas (por ejemplo, el caso del
espacio-tiempo absoluto de la física
relativista).
Para los seguidores de Popper, las pruebas
empíricas por sí solas no
son suficientes para falsar un enunciado,
puesto que están lastradas por la
teoría. Sin embargo, mantienen la
distinción entre teoría y
práctica: existen teorías
observacionales y teorías propiamente
dichas; las primeras son más seguras
y falsables, mientras que las segundas
son más dudosas; pero, contra el
positivismo, destacan la importancia de
las teorías, ya que éstas
pueden corregir las afirmaciones de la
observación. La división
de una teoría entre términos
observacionales y términos puramente
teóricos permite predicar de aquéllos
la posibilidad de conmensurabilidad y,
en consecuencia, la de falsación
y emplear criterios racionales para la
selección de las teorías.
La posición realista común
en relación con la falibilidad del
conocimiento científico se sitúa
en un cierto tipo de relativismo débil,
aceptando las siguientes tesis:
·
Toda teoría será superada
por otra, luego toda teoría se puede
presumir falsa aunque no lo sepamos todavía
(inducción pesimista de la historia).
·
Todo protocolo observacional presupone
algún subconjunto de la teoría
vigente.
No obstante, los realistas consideran que
la tesis de la infradeterminación
no es suficiente para negar la posibilidad
de una elección racional entre teorías
rivales, de modo que creen que se pueden
decidir las teorías verdaderas mediante
algún criterio de racionalidad.
Sobre la conmensurabilidad o equivalencia
empírica de las teorías,
diferencian entre los casos favorables
a la teoría y los de confirmación
de ésta mediante el criterio de
Nicod (Hempel, 1969; Laudan, 1977, p. 40
de la traducción española):
una observación suministra una prueba
a favor de una hipótesis cuando ésta
implica un enunciado de la prueba. Si una
teoría o una hipótesis hacen
predicciones falsas, éstas pueden
y deben rechazarse sin demora. Este método
asegura el éxito y el progreso característico
de la ciencia y, a la vez, permite demarcar
entre ciencia y no-ciencia. El realismo
de Popper admite, por tanto, la falsación
de hipótesis aisladas y también
que las reglas funcionan para seleccionar
teorías con una razonable estabilidad
y como criterio de demarcación.
En cambio, los relativistas argumentan
contra esta tesis que la historia demuestra
lo contrario: los paradigmas tienen una
muerte súbita cuando la comunidad
científica decide abandonarlo; si
las tesis de Popper fueran ciertas, los
paradigmas tendrían una muerte lenta
a medida que se van considerando falsados.
Los pragmatistas añaden que las
reglas se justifican como medios para alcanzar
los fines de la investigación científica
y éstos determinan el método.
Las principales críticas al realismo
popperiano se centran en la aceptación,
ni bien explicada ni justificada, de la
correspondencia entre ideas y mundo, en
la distinción artificial entre lo
teórico y lo observacional (dualismo
muy criticado por el relativismo) y en
la falta de consideración de los
intereses personales y sociales imbricados
en la actividad científica. Los
programas de investigación de Lakatos
(1978), que mantienen parte del objetivismo
popperiano desde el enfoque del giro historicista,
han servido para avanzar en la resolución
de algunas de las objeciones más
importantes al realismo de Popper, como
la rigidez del falsacionismo, tendiendo
puentes entre éste y el pragmatismo21
.
En los últimos veinte años
se viene observando un desplazamiento en
el interés de los filósofos
desde la cuestión de la racionalidad
científica (los problemas metodológicos)
al viejo problema del realismo y el debate
sobre lo que es verdadero en el conocimiento
científico (los problemas ontológicos
y metafísicos)22 . Desde el racionalismo
del realismo crítico de Popper se
han desarrollado diferentes perspectivas
realistas de muy diversos grados; por ejemplo,
la escuela finlandesa de Tuomela (1985)
y Niiniluoto (1984, 1991) con el realismo
científico crítico, que se
sitúa en la misma línea del
realismo popperiano pero mejorando significativamente
sus ideas, y cuya principal tesis es considerar
la ciencia como una sucesión de
teorías que convergen aproximándose
cada vez más hacia la verdad o,
al menos, hacia la verosimilitud. Las posiciones
realistas de Popper, Tuomela y Niiniluoto
pueden considerarse propias de un realismo
duro, porque hacen consustancial a éste
el concepto de verdad como correspondencia;
pero, como señala Diéguez
(1998), esto no tiene por qué ser
siempre así. El realismo transformativo
de Hacking (1983) y el realismo constructivo
de Giere (1988), entre otros muchos más,
son ejemplos de perspectivas realistas
que prefieren explicar la relación
entre las teorías científicas
y el mundo sin recurrir al concepto de
verdad o falsedad como algo esencial. El
realismo sobre las teorías científicas
afirma que el objetivo de éstas
es la verdad y que en ocasiones se aproximan
a ella; pero también es importante
ocuparse de las entidades y objetos mencionados
en las teorías científicas,
y se puede ser realista sobre entidades
y objetos sin serlo necesariamente sobre
las teorías. Los realistas hacen
hincapié en que no todas las teorías
científicas son meros instrumentos
(posición típica del pragmatismo),
ni todos los términos teóricos
(que incluyen las entidades y objetos de
una teoría) son simples heurísticos.
El tratamiento de todas estas otras formas
de realismo excede con mucho las pretensiones
de este artículo (para un desarrollo
clarificador sobre este tema puede consultarse
Diéguez, 1998). No obstante, es
interesante esbozar brevemente el realismo
transformativo de Hacking, por su novedosa
aportación a la faceta intervencionista
de la ciencia (o, mejor aún, de
la tecnociencia actual) en la transformación
del mundo, y el realismo constructivo de
Giere (1988), que más recientemente
ha precisado en lo que denomina realismo
perspectivo (Giere, 1999a), por su actual
influencia en la didáctica de las
ciencias (Giere, 1999b). Según Hacking,
el realismo tiene más que ver con
nuestras intervenciones en el mundo (la
práctica científica y tecnológica
y sus efectos en la transformación
del mundo) que con nuestras representaciones
o lo que pensamos acerca de él (el
conocimiento científico sobre el
mundo en sí mismo). Parafraseando
a Hanson (1958), Hacking (1983) resalta
que la observación y la experimentación
científica están cargadas
de una competente práctica previa.
Como señala Echevarría (1999),
para Hacking lo esencial no es la verdad
científica, sino la capacidad innovadora
de la ciencia (y especialmente de la tecnociencia).
Las tesis de Hacking son relevantes también
para la filosofía de la tecnología
y, así mismo, han servido para reinterpretar
algunas de las propuestas de la sociología
de la ciencia hechas en la década
de los años setenta.
Por otra parte, Giere pasó tres
años (1983-1986) acudiendo asiduamente
como investigador a las instalaciones del
ciclotrón de la Universidad de Indiana,
de modo similar a como hacen algunos sociólogos
relativistas de la ciencia (por ejemplo,
Latour y Woolgar, 1979/1986), pero sus
conclusiones fueron muy diferentes a las
de éstos; en vez de construcción
de entidades, Giere encontró contingencia
y negociación, compatibles con una
posición realista (Diéguez,
1998). Para Giere, los físicos que
trabajaban en los laboratorios que visitó son
realistas y, a su juicio, tenían
buenas razones para serlo. Giere designa
su realismo como la posición por
la que: "[...] Cuando una teoría
científica se acepta, es porque
la mayoría de sus elementos representan
(en algún aspecto y en cierto grado)
aspectos del mundo". (Giere, 1988,
p. 7). Así mismo, en otro escrito
precisa más su realismo moderado: "Como
el realismo tradicional, el realismo perspectivo
asume que el mundo posee una estructura
global definida. Esta estructura, no obstante,
es considerada demasiado compleja para
ser abarcada completamente en ninguna representación
que los humanos puedan crear o comprender".
(Giere, 1999a, p. 9). Aclara su carácter
constructivo al señalar que: "Así podemos
acordar que todas las representaciones
son construcciones humanas resultantes
tanto de la experiencia tanto individual
como social". (Giere, 1999a, p. 9)
y también que: "[...] Los modelos
científicos son constructos humanos,
pero algunos proporcionan un mejor ajuste
con el mundo que otros, y se puede saber
que lo hacen". (Giere, 1992, p. 97).
De esta manera, su posición además
de realista es constructivista, aunque
en un sentido mucho más moderado
que el del constructivismo radical propio
de muchos sociólogos de la ciencia
postmodernos y relativistas. Además,
el constructivismo cognitivo de Giere hace
desaparecer la incompatibilidad entre realismo
y constructivismo porque no elimina la
conexión representacional entre
lo que los científicos afirman y
el mundo real, como sí hace el constructivismo
social radical.
Pragmatismo
El pragmatismo se fundó en los EE.UU.
por C.S. Peirce en el siglo XIX. Este filósofo
reemplaza verdad por método, lo
que garantiza la objetividad científica;
la verdad es lo que el método científico
establece, si la investigación continúa
el tiempo suficiente. Peirce niega el principio
de correspondencia como criterio de verdad,
que es propio del realismo metafísico
y del realismo científico. También
afirma que algo es real cuando una comunidad
de científicos acaba poniéndose
de acuerdo en su existencia. Para Peirce
el progreso en el conocimiento científico
depende del mayor o menor grado de proximidad
a los fines de la ciencia; se progresa
cuando se producen teorías mejores
y más fiables, criterio que implica
un cierto diacronismo y una clasificación
no arbitraria de los fines de la ciencia,
sino empíricamente apoyada. En la época
contemporánea, el realismo interno
o pragmático de Putnam (1981, 1987)
se alinea en parte con las tesis de Peirce
al sostener que los métodos de investigación
pueden evolucionar y crecer, construyéndose
así nuevas formas de razonamiento.
El pragmatismo fue popularizado por W.
James y J. Dewey23 , que lo llamó instrumentalismo;
Rorty es un filósofo actual que
ha desarrollado algunos de los puntos de
vista de éstos pensadores norteamericanos.
Para la mayoría de los filósofos
actuales, un instrumentalista es un antirrealista
respecto a las teorías científicas
que afirma que éstas no son más
que herramientas para organizar la descripción
de los fenómenos y hacer inferencias;
de otra forma, el componente teórico
de la ciencia no describe la realidad y
las teorías se consideran sólo
instrumentos útiles destinados a
relacionar un conjunto de observables con
otros.
Las posiciones pragmatistas, funcionalistas
o instrumentalistas, se caracterizan por
considerar la ciencia un instrumento cuyo
objetivo es producir teorías capaces
de superar contrastes empíricos
más exigentes, lo que las hace más
fiables. Las mejores teorías son
las que han superado pruebas más
fuertes y son útiles como guías
fiables para conseguir los objetivos de
la ciencia. La ciencia es un conocimiento
sobre el mundo de naturaleza funcional,
cuyo rechazo o sostenimiento viene determinado
por la fecundidad en su descripción.
El pragmatismo distingue los objetos reales
del mundo y los teóricos (idealizaciones)
de la ciencia, que describen a los otros.
Así mismo, desplaza el acento negativo
del realismo de Popper en la falsación
de teorías hacia las contrastaciones
superadas; si una teoría falla al
resolver determinados problemas no es razón
suficiente para descartarla. Las tradiciones
de investigación de Laudan (1977)
en su primera etapa pueden considerarse
encuadradas en esta línea y, en
ciertos aspectos, también el evolucionismo
de Toulmin (1972), cuya posición
general respecto a las teorías científicas
era en sus comienzos claramente instrumentalista
(Toulmin, 1953). Respecto a los criterios
de demarcación del conocimiento,
el pragmatismo admite que la ciencia no
es el único camino válido
para el conocimiento, alineándose
en parte con las tesis relativistas frente
a las posiciones cientifistas del positivismo
y realismo. En ciertos aspectos el pragmatismo
puede considerarse una posición
intermedia entre el realismo y el relativismo
radical, como queda patente en sus puntos
de vista sobre el progreso científico
y la dinámica de aceptación
y rechazo de las teorías científicas.
El instrumentalismo también admite
la existencia de progreso en las teorías
científicas, pero éste no
es el concepto acumulativo y lineal de
los positivistas, sino que resulta no lineal,
relativo y con pérdidas, porque
los fines de la ciencia propuestos desde
el instrumentalismo también son
cambiantes y relativos. Una teoría
es mejor si supera contrastaciones más
exigentes que sus rivales no han pasado,
las cuales tampoco superan las pruebas
donde pudiera haber fallado la primera.
Ahora bien, la selección de una
teoría no es definitiva, tan sólo
significa que ha superado contrastaciones
más importantes que sus competidoras
en un momento histórico. El pragmatismo
hila fino en lo que deben considerarse
verdaderos contrastes de una teoría
respecto al problema de las hipótesis
ad hoc, creadas para salvar una anomalía
o prueba en contra, y las hipótesis
protectoras que salvaguardan de la falsación
al núcleo de una teoría,
asunto que ya estaba presente en los planteamientos
de los neopopperianos. Así, no se
consideran auténticas pruebas de
contraste de una teoría las de aquellas
leyes creadas para su logro. También
incluyen dentro del programa de contraste
la confrontación con otros dominios
de conocimiento aparentemente alejados
o inconexos, es decir, la coherencia con
teorías contrastadas en otros ámbitos.
Un ejemplo muy claro es el de la física
de partículas y las teorías
cosmológicas sobre el universo,
dos campos desconectados hace unos lustros
que hoy en día se aportan mutuamente
pruebas contundentes sobre sus respectivas
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