La conquista
de la Tierra
"...nos
hallamos en el siglo XX y ante un mundo que ya no tiene secretos,
en el que no quedan tierras por descubrir ni mares por surcar.
Países cuyos nombres, en la anterior generación,
eran apenas conocidos, se encuentran hoy sojuzgados por Europa,
sirviendo a sus necesidades. Las cataratas Victoria, que un europeo
contempló por primera vez hace medio siglo, producen ahora
energía eléctrica. El muro que aislaba al último
país, el Tibet, ha sido derrumbado también.
Pero en los albores de nuestro siglo existen dos lugares que
esconden con rubor sus misterios ante la mirada inquisitiva del
hombre; la Tierra conservó intacto esos dos puntos inaccesibles
llamados Polo Norte y Polo Sur, esos puntos extremos de la columna
vertebral de su cuerpo, alrededor de los cuales gira desde incontables
milenios. Inmensas murallas de hielo se levantan ante su secreto,
defendido por el eterno invierno. Fríos atroces y asoladoras
tempestades se interponen en el camino de los más osados
descubridores que, atacados por imponderables peligros, victimas
de los elementos desencadenados, han de renunciar a seguir adelante.
Tiempo atrás se realizaron varias expediciones, que vieron
frustrado su intento. En un desconocido lugar de aquellas inmensidades
reposa en su cristalina tumba de hielo, el cuerpo de un tal Andrée,
el cual, hace treinta y tres años, pretendió llegar
al Polo en globo y no regresó. Durante miles y miles de
años, la Tierra ha conservado allí su propia fisonomía,
resistiéndose victoriosamente a la pasión de sus
criaturas.
Pero ha sonado la hora del siglo XX, el cual tendió sus
manos con impaciencia, provisto de las nuevas armas creadas en
sus laboratorios, que suponen novedosos escudos contra los mil
peligros, acuciado precisamente por la resistencia que se opone
a su paso. Arde en deseos de conocer la verdad, de conseguir
en sus primeros años lo que no lograron los siglos que
le precedieron.
Al valor individual se une la competencia de las naciones. No
se lucha sólo por descubrir el Polo, sino por cual habrá
de ser la bandera que ondeará sobre tierra virgen.
Acuden a renovar sus intentos de todas las partes del mundo.
La Humanidad espera ansiosa, pues sabe que se trata del último
secreto por descubrir.
Peary y Cook, desde Norteamérica, se dirigen al Polo Norte,
y dos buques zarpan hacia el Antártico, uno a las órdenes
del noruego Amundsen y el otro bajo el mando del inglés
Scott.
Scott es uno de los tantos capitanes de marina británica.
Nada hay que permita descubrir en él al héroe.
Su aspecto físico es el común entre los ingleses:
un rostro frío, enérgico, flemático. Sus
ojos son grises, y la boca inexpresiva... Ni un rasgo romántico,
ninguna alegría se advierte en aquel semblante, que expresa
sólo voluntad y sentido práctico.
Pero Scott tiene una voluntad de acero, puesta a prueba antes
ya de realizar su hazaña: dar término a la obra
iniciada por Shackleton. Para ello intenta organizar una expedición,
y aunque los medios propios no le bastan, no se desanima y contrae
deudas, seguro como esta de su triunfo. Su joven esposa le da
un hijo, pero tampoco este hecho influye en su determinación
de llevar a cabo el intento, y cual otro Héctor, abandona
a Andrómaca. Ninguna consideración humana detendrá
su voluntad. Reúne algunos compañeros para su obra.
Al buque que debe llevarlos hasta los límites del Mar
Glacial le da el nombre de Terra Nova. Un extraño buque,
mitad arca de Noé llena de animales, mitad laboratorio,
por la profusión de instrumentos y la abundancia de libros.
De todo hay que llevar a aquellos inhóspitos lugares:
de lo que el hombre necesita para su cuerpo y de lo que necesita
para el espíritu; pieles y animales como los hombres primitivos
y, junto a esto, lo más moderno, lo más refinado
de los tiempos presentes.
Salen de Inglaterra el 1° de junio de 1910.
Los expedicionarios ven emocionados como la costa se va desdibujando
hasta desaparecer de su vista. Todos saben que se despiden del
sol y del calor por más de un año, y algunos quizá
para siempre.
Universidad Antártica
En el mes de enero, después de un corto descanso, desembarcan
en Nueva Zelanda, en las proximidades del cabo Evans, en la región
de los hielos eternos, donde montan una vivienda para pasar el
invierno. Diciembre y Enero se consideran allí meses de
verano, porque es el único período del año
en que el sol luce unas pocas horas en lo alto de un blanco y
metálico cielo.
Las paredes del refugio son, como en las anteriores expediciones
de madera, pero con detalles reveladores del progreso de los
tiempos. Disponen de la blanca luz de las lámparas de
acetileno, el cinematógrafo les ofrece visiones de las
tierras lejanas, escenas tropicales, parajes templados, un gramófono
les alegra con música y canto , además del esparcimiento
que les procura la lectura de los libros que han traído
consigo. En una de las habitaciones teclea la máquina
de escribir; otra sirve de cámara oscura y en ella son
reveladas las películas y las fotografías en colores.
Durante aquellos largos meses de oscuridad, cada uno tiene asignada
una labor, convirtiéndose la investigación particular
en instrucción común. Aquellos veinte hombres tienen
todas las noches conferencias y calases universitarias, en noble
hermandad cada cual trasmite a su compañero la ciencia
que adquiere y las mutuas conversaciones van ampliando su idea
del mundo y de la vida.
Resulta conmovedor como celebran ingenuamente la fiesta de Navidad,
sin que falte el tradicional árbol de Noel y como gozan
con las inocentes bromas del South Polar Times, periódico
humorístico que ellos mismos redactan.
Entre tanto se preparan, probando los trineos automóviles,
aprendiendo a esquiar, adiestrando a los perros, abasteciendo
un depósito de campaña para el gran viaje que les
espera.
Pero un día, una expedición que había salido
en dirección oeste trae una noticia un tanto desalentadora:
habían descubierto el campamento de Amundsen. Y Scott
se da cuenta de que además del hielo y de los muchos peligros
que han de vencer, había alguien que les disputaba la
gloria de ser los primeros en arrebatar el secreto a la región
que tan celosamente lo ha guardado hasta entonces. Al consultar
los mapas comprueba que el campamento de Amundsen está
ciento diez kilómetros más cerca del Polo que el
suyo, pero supera el desánimo y escribe en su Diario:
"Adelante, por el honor de mi patria."
¡Hacia
el Polo!
En
la cumbre de una colina utilizada como observatorio y situada
a dos kilómetros de distancia de la cabaña hay
un puesto de guardia permanente. En aquella solitaria altura
se ha instalado un aparato que parece un cañón
dirigido contra un enemigo invisible y que tiene la misión
de medir las calorías del sol, que se va aproximando.
Por fin ha llegado el momento. Un aviso telefónico desde
el observatorio les comunica la aparición del sol.
¡El sol, el sol ha levantado su disco después de
meses interminables de noche invernal! Su brillo es pálido
y débil, como sin ánimos para infundir vida a aquella
helada soledad.
Se realizan febrilmente los últimos preparativos, a fin
de aprovechar el corto período de luz en que allí
se resumen primavera, verano y otoño y que nosotros consideraríamos
desagradable invierno. Marchan en cabeza los trineos automóviles,
siguiéndoles después los que son arrastrados por
mulos y perros siberianos. La ruta está dividida cuidadosamente
en varias etapas; cada dos días de camino se instala un
campamento-depósito, que tendrá por objeto suministrar
al regreso, ropas, alimentos, petróleo y lo más
indispensable que pueda proporcionar calor en aquellos hielos
perpetuos.
El plan es magistral, ha sido concebido previendo los menores
detalles o acontecimientos adversos. Las dificultades no tardan
en presentarse. A los dos días de viaje se averían
los trineos automóviles, que han de ser abandonados como
carga inútil, tampoco los mulos dan el resultado que se
esperaba...; pero una vez más triunfa la materia viva
sobre la fría mecánica, pues las acémilas
que ha habido que matar sirven de alimento a los perros, cosa
que les proporciona nuevas calorías y renovadas fuerzas.
Delante va siempre un expedicionario, envuelto en pieles, un
ser de aspecto salvaje, que solo deja ver los ojos y la barba..
Su enguantada mano conduce del ronzal a un mulo que arrastra
un cargado trineo, detrás de él va otro con igual
indumentaria; luego otro, y así sucesivamente hasta veinte;
puntos negros en línea oscilante, destacándose
en la deslumbradora llanura.
Aumentan las preocupaciones. El tiempo se hace por momentos más
desagradable y, en lugar de los cuarenta kilómetros que
pretendían recorrer por jornada sólo avanzan treinta,
a pesar de que cada día es un tesoro, ya que saben que
desde otro punto invisible de aquella soledad alguien se dirige
al mismo objetivo.
La salud de los expedicionarios empieza a resentirse; unos sufren
deslumbramientos con la nieve; a otros se les hielan los miembros...Los
mulos dan muestra de agotamiento, a pesar de lo cual hay que
reducirles la ración , y por fin en la proximidad del
glaciar de Beardmore, todos los pobres animales sucumben. Se
han de enfrenar con el penoso deber de matar a las valientes
bestias que en aquellas soledades han sido , durante dos años,
entrañables amigos; todas ellas eran reconocidas por sus
nombres, ¡ y cuantas ocasiones las han colmado de caricias...!
A aquel campamento trágico le dieron el nombre de El Matadero
Una parte de la expedición se separa en aquel lugar sangrientoy
retrocede hasta la base, mientras la otra se dispone a llevar
a cabo el último esfuerzo, a través del glaciar,
de aquella invencible muralla de hielo que rodea el Polo que
sólo la firme e inconmovible voluntad de un hombre puede
romper.
Cada vez recorren menos distancia. La nieve se adhiere a los
trineos, que ya no se deslizan sino que tienen que ser arrastrados
a viva fuerza. El hielo corta como cristal y les hiere los pies,
pero no retroceden. El día 30 de diciembre llegan al grado
87 de latitud, punto alcanzado por Shackleton.
Allí ha de retroceder el último grupo, sólo
cuatro elegidos deben acompañar a Scott al Polo. Dos reducidas
caravanas emprenden la marcha en dirección opuesta: la
una hacia el Sur, hacia lo desconocido; la otra hacia el Norte,
hacia la patria. Las últimas siluetas van desdibujándose
en la distancia hasta desaparecer...
El grupo elegido continúa hacia lo ignoto. Sus nombres
son: Scott, Bowers, Oates, Wilson y Evans.
El Polo Sur
La
esperanza es cada vez mayor. Scott va anotando las distancias
ya recorridas: "Sólo faltan ciento cincuenta kilómetros
hasta el Polo, pero de seguir así, no podremos resistirlo"
Y dos días más tarde dice: "Sólo faltan
ciento treinta y siete kilómetros hasta el Polo, pero
serán muy amargos". De repente las anotaciones adquieren
un tono más optimista. "¡Sólo a noventa
y cuatro kilómetros del Polo! Si no conseguimos llegar
a él habremos llegado muy cerca" El 14 de enero la
esperanza se convierte en seguridad: ¡Sólo a setenta
kilómetros! ¡Tenemos el final ante nosotros! Y al
día siguiente las notas del diario respiran franca alegría:
Sólo nos quedan cincuenta miserables kilómetros.
¡ Tenemos que llegar allí cueste lo que cueste!
Tienen la presa cerca. Los brazos se tienden ya para apoderarse
del último secreto de la Tierra. Falta un postrer esfuerzo
para lograr el objetivo propuesto.
El
16 de enero
"Buen
Humor", consigna Scott en el Diario. Por la mañana
salen más temprano que ningún día, pues
la impaciencia les impulsa salir de sus sacos de dormir, para
contemplar cuanto antes el maravilloso y terrible secreto. La
trascendental hazaña está casi ya realizada. De
pronto Bowers se muestra intranquilo. Su mirada se calva anhelosamente
en un diminuto punto oscuro que se destaca en aquella inmensa
sabana de nieve. En el cerebro de todos se agita la misma y terrible
idea; la idea de que otro hombre hubiera podido plantar allí
su señal. Todos saben ya la verdad sin la menor duda posible:
los noruegos, Amunsden , les han tomado la delantera.
Pronto se desvanece la última incertidumbre ante el hecho
auténtico de una bandera negra atada a un trineo abandonado
allí con los restos de un campamento. Era indudable: Amundsen
había acampado allí. Lo que el ser humano ha considerado
grandioso, lo incomprensible, ha sucedido ya: el Polo de la Tierra
que durante miles y miles de siglos había permanecido
inexplorado, acaba de ser conquistado por dos veces en el transcurso
de poquísimo tiempo, con la sola diferencia de quince
días. Y ellos son los segundos, son los segundos pero
ante el concepto miserable del hombre, lo primero es el todo
y lo segundo ya nada significa. Scott escribe en su diario: "Todas
las penalidades, todos los sacrificios, todos los sufrimientos
¿de que han servido? Sólo han sido sueños
que acaban de desvanecerse." De mal humor, perdida toda
esperanza, emprenden, como condenados, la última etapa
hacia el Polo, que ansían pisar a pesar de todo. No tratan
de consolarse mutuamente y marchan silenciosos. El 18 de enero
el capitán Scott llega al Polo con sus cuatro compañeros,
y como la hazaña de haber sido los primeros ya no puede
apasionarles, contemplan tristemente aquellos desoladores parajes.
La única descripción que consta en su diario es
ésta: "Nada puede verse aquí que se distinga
de la terrible monotonía de los últimos días."
La única particularidad que encuentran allí no
es obra de la naturaleza, sino de una mano rival: la tienda de
Amundsen. Una carta espera allí al segundo que consiguiese
llegar después que él a aquel lugar, rogándole
que la haga llegar al rey Haakon de Noruega.
Scott está dispuesto a cumplir aquel deber fielmente.
Izan contristados la bandera inglesa, la "Union Jack"
, junto al victorioso emblema de Amundsen". Con profética
amargura escribe Scott en su Diario: "Me preocupa el regreso".
El
desastre final
A
la vuelta se multiplican los peligros. A la ida se guiaban por
la brújula. Ahora tienen que procurar no perder las propias
huellas. Mirar de no extraviarse durante varias semanas, para
no desviarse de los depósitos de los campamentos. Saben
que cualquier desviación les conduciría a la muerte.
El viento sopla constantemente. El invierno llegó ante
de tiempo y la nieve blanda se endurece y dificulta la marcha
enormemente. Brota un poco de alegría cada vez que después
de una penosa marcha, consiguen llegar a un depósito.
Nada revela de un modo más elocuente el heroísmo
espiritual de aquellos hombres como el hecho de que Wilson, el
naturalista, pese a las tremendas circunstancias, continúe
con sus investigaciones científicas, y arrastrando su
propio trineo con la carga natural, aumente esta con dieciséis
kilos de piedras raras encontradas por el camino.
Desde hace días tienen los pies llenos de llagas y se
hallan con insuficientes calorías, pues sólo pueden
hacer una comida caliente diaria. Con horror se dan cuenta de
que Evans, el más fuerte de todos ellos, se conduce extrañamente;
se rezaga por el camino, se queja sin cesar de sufrimientos reales
o imaginarios, tiembla, sostiene monólogos absurdos.
A la una de la madrugada del 17 de febrero muere el desdichado
oficial, a una jornada escasa de el campamento El Matadero, donde
por primera vez les espera comida más nutritiva, suministrada
por la carne de los animales que unos meses atrás se vieron
obligados a sacrificar allí.
El depósito que han encontrado les depara una amarga decepción.
Hay poco petróleo lo que significa que tienen que limitar
el combustible a los más imprescindible, tienen que ahorrar
calor. Pero deciden continuar la marcha. Uno de ellos, Otaes,
ha de avanzar arrastrándose. Se le han helado los pies.
Al llegar al segundo depósito el 2 de marzo , se repite
otra vez la decepción cruel: el combustible es también
insuficiente.
Pero continúan la marcha, sin esperanza, abatidos. Otaes
apenas puede seguir, representa una carga más para sus
compañeros. Tienen que retrasarse por su causa, a una
temperatura de 42° bajo cero al mediodía. El desgraciado
reconoce que en su estado resulta un estorbo para sus camaradas.
Todos están dispuestos para el fin. Piden a Wilson las
diez tabletas de morfina de que van provistos para acelerar la
muerte en caso de absoluta necesidad. Pero hacen una jornada
más cargados con el enfermo. El enfermo puede andar todavía
unos pocos kilómetros sobre sus helados pies y de esta
manera pueden llegar al campamento más próximo,
donde duermen. Al despertar y salir al exterior el huracán
ha arreciado.
De repente Otaes se levanta. "Voy a salir afuera, tardaré
muy poco" Sus compañeros se estremecen. Todos saben
lo que significa aquella salida. Pero ninguno de ellos se atreve
a detenerlo.
Tres hombres de la expedición se arrastran sin fuerzas
por aquel infinito desierto de hielo. Sólo el instinto
de conservación les impulsa a continuar la marcha. El
tiempo es cada vez más despiadado. Cada depósito
supone para ellos una nueva decepción. El 21 de marzo
se hallan a una distancia de unos 20 kilómetros de uno
de los depósitos, pero el viento sopla con tal furia que
no pueden salir de la tienda. Ya no les queda combustible y el
termómetro marca 40° bajo cero. Han de morir de hambre
o de frío. El 29 de marzo saben ya que ni un milagro puede
salvarlos. Entonces deciden no dar un paso más y aceptar
la muerte dignamente. Se meten en sus sacos de dormir, y de sus
últimos sufrimientos no ha trascendido el menor detalle.
Las
cartas póstumas del moribundo
Con
los dedos entorpecidos por el frío, el capitán
Scott, a la hora de la muerte, escribe cartas a los seres vivos
que son entrañables para él.
Escribe a su mujer. Le recomienda que cuide a su tesoro, su hijo.
"¡Cuantas cosas podría contarte de este viaje!
A pesar de todo, ha sido mucho mejor que lo realizara en vez
de quedarme en casa rodeado de comodidades."
Y como fiel camarada escribe a la madre y a la esposa de cada
uno de sus compañeros de infortunio, que mueren con él
, para testimoniar su heroicidad.
Escribe además a sus amigos. Luego escribe una última
carta a la nación inglesa. Sus últimas palabras
no se refieren a él , sino a la vida de los demás.
"¡Por el amor de Dios, no desamparéis a los
que quedan!"
Y aún añadió con letra insegura, debido
a los agarrotados dedos, para expresar su última voluntad:
"Remitan el diario a mi esposa". Luego, impulsado por
la incertidumbre, tacha la palabra esposa y escribe: " a
mi viuda."
La
repuesta
Dos
veces se enviaron expediciones de socorro pero el mal tiempo
los obligó a retroceder. Todo el invierno pasaron los
expedicionarios en su refugio, deprimidos por el presentimiento
de la catástrofe. No sale otra expedición hasta
el 29 de octubre, en la primavera austral, para hallar por lo
menos los restos de aquellos valientes. Y el 18 de noviembre
llegan a la tienda donde encuentran los cadáveres metidos
dentro de los sacos de dormir. Scott esta abrazado a Wilson.
Los expedicionarios recogen las cartas y los documentos. Antes
de partir sepultan a las víctimas.
Las hazañas resucitan gracias a la milagrosa técnica
moderna. Los expedicionarios llevan a Inglaterra las placas fotográficas
y las películas encontradas. Al ser reveladas puede volver
a verse a Scott y sus compañeros en su peregrinación
por las inmensas regiones polares. Se difunden por cable sus
palabras y sus cartas y en la catedral del Reino Unido el rey
dobla la rodilla en homenaje a los héroes. Así
vuelve a ser fecundo lo que parecía estéril..."
Colaborador: Diego Martini