Para entonces, otra célebre carta que esta vez Albert
Einstein, el genio de los pelos despeinados hacía llegar
a Roosvelt advertía que: se podría establecer una
cadena nuclear en una importante masa de uranio por la cual vastas
cantidades de energía y nuevos elementos similares al radio
podían ser generados.
Esta vez la tormenta no fue de los dioses sino más bien
del diablo, los kamikazes que se estrellaban contra la armada
estadounidense ya no eran de viento sino de carne y Japón
quedó sumergido en vientos nucleares y bajo el control
de los Estados Unidos.
El sol naciente tenía que volver a nacer, y si Taishi
en el siglo VI fuera célebre por haberse puesto a la par
con el imperio Chino, Japón empieza, sobre el nuevo milenio,
un lento proceso con intención de ponerse a la par de Occidente.
Ya no se trata de inundar las islas de templos Budistas, sino
del nuevo templo de occidente: la rueda de la ciencia y la tecnología.
La ciencia después de la guerra
Convertida la guerra mundial en guerra fría, la física
de partículas empezaba a envejecer pese a seguir ocupando
el centro de la pesquisa por la latente posibilidad de convertir
núcleos en bombas, Al mismo tiempo, una nueva ciencia empezaba
a emerger. Hundida Alemania y mientras los soviéticos seguían
negando la biología moderna, Inglaterra y Francia, a la
cabeza de Europa occidental, gestaban las dos décadas doradas
de la biología molecular.
Pero los héroes de la genética empezaban a aburrirse
de sus propios logros y en 1963 Sydney Brenner, quien junto a
Francis Crick descubriera el código genético, le
envió una carta a Max Perutz que resume mejor que ningún
otro escrito la ciencia de las décadas que les seguirían,
es decir, los últimos 40 años.
Brenner y Crick trabajaban en el célebre Laboratorio
de Biología Molecular en Cambridge dirigido por Max Perutz,
pionero de la cristalografía que permitiera al mismo Crick
predecir la estructura del ADN, o como el y Watson lo llamaron,
el secreto de la vida.
En su carta, Brenner decía esencialmente que estaban
aburridos, que la biología molecular estaba obsoleta y
que sólo faltaba llenar los detalles, tarea de la cual
se encargarían los estadounidenses.
Nuevo camino
Proponía, además, como problemas fundamentales,
el estudio del desarrollo y la neurociencia: Hoy todos están
de acuerdo en que casi todos los problemas "clásicos"
de la biología molecular han sido ya resueltos o serán
resueltos en la próxima década. El ingreso de un
número importante de americanos y de otros bioquímicos
al campo, asegura que los detalles de la replicación y
la transcripción serán elucidados. Dado esto, hace
tiempo que siento que el futuro de la biología molecular
esta en la extensión de la investigación a otros
campos de la biología, notablemente al desarrollo y al
sistema nervioso.
Los problemas clásicos de la biología molecular
habían sido resueltos en Europa: Monod y Jacob en Francia,
y Watson, Crick y Brenner en Inglaterra. La biología molecular
estaba pronta para ser industrializada y los europeos querían
lanzarse a la conquista de nuevas fronteras.
El patrón establecido y consolidado en los últimos
40 años (una réplica de la historia de griegos y
romanos) ya estaba claro para Brenner: Europa concentrada en la
gesta de las grandes ideas y EE.UU. en materializarlas en tecnología.
Un buen ejemplo es el del desarrollo de los anticuerpos monoclonales
por el argentino Cesar Milstein y el alemán Georges Kohler
en 1975, 12 años después de la carta de Brenner
y en el mismo laboratorio. La oficina de patentes de Cambridge
no los consideró de interés para tramitar una patente.
Estados Unidos no perdió la oportunidad y se adelantó
varios años a los ingleses en la gestión de patentes
referidas al uso de monoclonales, fundamentales en el futuro desarrollo
de la biotecnología.
En el otro extremo de la cuerda
O la más célebre historia del desarrollo de la
computación cuyos cimientos teóricos fueron establecidos
por el inglés Alan Turing, el Húngaro John Von Neumann
y el Alemán Kurt Godel. Los tres fueron importados por
los Estados Unidos, donde se fabricó la primera computadora.
También estaba claro para Brenner cual era la nueva frontera
del conocimiento: el desarrollo y el sistema nervioso son hoy,
40 años después del día en que se escribió
la carta, los dos grandes problemas de la ciencia de la vida.
Si ya desde entonces Europa generaba los cimientos teóricos
y Estados Unidos apoyaba fuertemente la ciencia con particular
interés en la generación de tecnologías,
Japón empezaba a situarse en el otro extremo de la cuerda.
Lograba un importante desarrollo tecnológico con una
muy baja producción de ideas significativas en el campo
de la ciencia. Los escasos 5 premios Nóbel de ciencias
(contra 191 de EE.UU. o 152 entre Inglaterra, Alemania y Francia)
obtenidos por Japón dan cuenta de este hecho.
El ejemplo japonés de ingresar al primer mundo y acceder
a la tecnología sin generar ciencias básicas (o
para hacerlo recién después de haber logrado cierto
grado de desarrollo) fue imitado en una situación geopolítica
muy distinta por España.
La conquista de la nueva ciencia
Hoy la biología molecular está completamente industrializada
y los fantasmas que genera son por su industrialización
y no por su novedad conceptual. Un debate mediático explotó
después de que Ian Wilmut, en Escocia, clonara a la oveja
Dolly.
Sin embargo, la clonación no es una noticia nueva para
la ciencia: hace medio siglo, John Gurdon (que por cierto, ahora
está en Cambridge) clonaba sapos con la misma técnica
con la cual Wilmut clonó a Dolly y con la que hoy se clona
a vacas, ovejas, cabras, ratones y con la que pronto, tal vez,
se clonen humanos.
No es extraño que la clonación, resultado de la
investigación en embriología, o ciencia del desarrollo
este dentro de una de las dos columnas vertebrales para la frontera
de la ciencia que predijo Brenner.
A diferencia de los años 60, Japón ha sumado un
considerable esfuerzo a la investigación en el campo de
la clonación y se ha puesto a la cabeza en un rubro donde
la maestría en la técnica es más importante
que las ideas.
Los japoneses han clonado terneros (9), ratones (10) (en un
grupo instalado en Hawai que recientemente fue importado a Nueva
York) y por primera vez clonaron un toro clonado... El clon de
un clon para empezar a entender como se envejece cuando uno ha
nacido de células de un organismo viejo (NYT).
Vieja clonación
Pero la ciencia de la clonación es ciencia vieja. El
campo de la ciencia que hoy promete la revolución más
importante es el de la neurobiología, el estudio de los
procesos mentales, de la conciencia, de la memoria, de las ideas
y los sueños.
Sin miedo a pecar de obsecuente, vale la pena señalar
que el principal escollo de la neurobiología de hoy estaba
escrito en la carta de Brenner. Me parece... que uno de los problemas
serios es la inhabilidad de definir pasos unitarios para un proceso
dado. La biología molecular fue exitosa en el análisis
de los mecanismos genéticos en parte porque los genetistas
han generado la idea de un-gen una-enzima, y las expresiones aparentemente
compiladas de los genes en términos de color de ojo, longitud
de las alas etcétera pueden ser reducidas a unidades simples
que pueden ser sencillamente analizadas.
La falta de definición de un objeto que sea la unidad
de un pensamiento sigue siendo hoy lo que impide el gran salto
de la neurobiología. Pero este gran paso puede no estar
lejos.
Pese a que la reciente década cerebro no cumplió
con sus promesas de entender la mente humana, la neurociencia
ha quedado en un estado sumamente prolífero, no en cuanto
a ideas, sino en cuanto a datos y tecnologías.
El esfuerzo japonés
La neurobiología está hoy donde estaba la biología
molecular a fines de la primera mitad del siglo XIX, o la física
a comienzos de siglo XX, tratando de encontrar las unidades fundamentales
que permitan dar el gran salto. Es decir, la neurobiología
está hoy en un estadio de investigación básica.
Y la novedad geográfica en este caso es que Japón
se ha lanzado a la carrera con un programa extremadamente ambicioso
y dispuesto a romper con todos los métodos que habían
restringido al sistema académico Japonés durante
el ultimo siglo.
El esfuerzo nipón tiene nombre propio, se llama Instituto
del Cerebro de Riken y nació con la revolución rusa,
en 1917, como un instituto privado y desde mitad de siglo, su
financiación es a la vez pública y privada.
Según su presidente, Shun-ichi Kobayashi, la principal
característica del instituto es tener un objetivo, una
razón, para investigar y para guiar la investigación
y sostener permanentemente una tremenda ambición: De la
misma manera que un hombre sin aspiraciones en la vida es como
un barco a la deriva, un programa de investigación sin
grandes objetivos será absorbido por el viento y las olas
del rápido progreso de la ciencia.
Sol naciente de la neurobiología
El Instituto se encuentra en Wako, a media hora de tren de Tokio
y es, paradójicamente, vecino de una base norteamericana.
Un edificio imponente, de estética cruda, levantado en
tiempo record, y un gemelo que nacerá pronto son la sede
de los laboratorios del Instituto del Cerebro que apareció
hace 3 años, en pleno fervor de la neurociencia a sumarse
a la carrera.
El Riken, el sol naciente de la neurobiología, nace con
un manifiesto que tiene tres puntos centrales, con tres objetivos
de vida: entender el cerebro, proteger el cerebro y crear el cerebro.
Para eso crearon el ambiente adecuado, que incluía: asociarse
casi inmediatamente con el M.I.T para tirar lazos al mundo, desarrollar
un centro de tecnología que trabajase junto a los grupos
de investigación para generar tecnologías necesarias
para la pesquisa y para absorber las tecnologías producidas
en los laboratorios, y crear finalmente un centro de información
para manejar la creciente producción de datos que se está
generando.
Para cada uno de sus objetivos de vida, entender, proteger y
crear el cerebro, el Riken tiene su expectativa de desarrollo
para los próximos 5, 10, 15 y 20 años.
La aventura de entender al cerebro
En la aventura de entender el cerebro, los japoneses esperan
en cinco años, entre otras cosas, entender los mecanismos
de memoria y aprendizaje y descubrir la representación
del lenguaje.
En 10 años esperan entender los mecanismos que producen
sensaciones, emociones y distintos comportamientos. Entender los
ritmos biológicos y la percepción del tiempo y como
se codifican las palabras que forman el lenguaje.
Cinco años más tarde el programa pretende haber
descifrado los mecanismos de atención y pensamientos y
la adquisición del lenguaje. Finalmente, en 20 años
(que no son nada) esperan entender los mecanismos de la conciencia,
social e individual.
Proteger el cerebro
El proyecto de protección del cerebro también
avanza, en las ambiciones del Riken, a pasos agigantados. En 5
años deberían conocerse los genes que participan
del desarrollo del cerebro y los mecanismos de las enfermedades
psiquiátricas.
En 10 años esperan saber como regular el desarrollo normal
del cerebro de un animal, controlar el envejecimiento de neuronas
en cultivos y ser capaces de realizar transplantes de tejido nervioso.
En 15 años, los métodos para garantizar un desarrollo
normal ya deberían ser incorporados a humanos, el envejecimiento
neuronal debería ser controlado en el cerebro de animales
y debería haberse desarrollado terapia génica para
tratar enfermedades psiquiátricas y neurológicas.
En 20 años, debería controlarse el proceso de
envejecimiento en humanos, desarrollar tejido artificial (nervioso
y muscular) y solucionar todas las enfermedades psiquiátricas
y neurológicas.
Fabricando cerebros
El último rubro, fabricando cerebros, es tal vez el más
impresionante. Los cinco primeros años deberían
bastar para desarrollar chips que sean capaces de reconocer objetos
y sistemas de memoria que repliquen el funcionamiento del cerebro.
En 10 años, deberían haberse desarrollado arquitecturas
capaces de pensar (nótese que esto es antes de entender
el pensamiento), máquinas que recuerden sin necesidad de
que nadie las organice e integrar el pensamiento intuitivo y el
razonamiento lógico.
En 15 años, se desarrollarían computadoras equipadas
con habilidades intelectuales, emocionales y de deseo. En 20 años,
se habrían desarrollado supercomputadoras que estableciesen
redes amigables con la sociedad. Es decir, se habría generado
una relación simbiótica entre humanos y computadoras.
También se habrán desarrollado robots capaces de
incorporar la vida (intelectual) humana.
Desafío internacional
Dicen que si los latinoamericanos tuviésemos la metodología
de los estadounidenses, la eficiencia de los alemanes y la paciencia
de los chinos, entonces, seríamos japoneses. Con tremenda
conjunción de atributos, tal vez podríamos imaginar
el mundo dentro de veinte años, y nuestra perspectiva de
ciencia sería vista en muchos sitios como ciencia ficción.
Si se cumplen los objetivos del Riken, si creemos que su carta
de intención prescribirá la historia, en 20 años
habremos entendido el cerebro (y la mente), lo habremos hecho
inmortal y le habremos creado un soporte rígido alternativo
donde pueda expresarse y existir. O más bien, considerando
que la primera persona del plural sea tal vez un abuso para referirse
a la humanidad, los Japoneses lo habrán hecho.
Si no fuese porque los responsables del proyecto se han metido
en un rubro, el de la información y la electrónica,
en el que los pilares de la tecnología los levantan por
encima del resto, porque los robots de Kawato bailan con exquisita
humanidad las danzas folclóricas de Okinawa o el Rock and
Roll y fundamentalmente porque los que firman son japoneses, uno
no prestaría mucha más atención al panfleto
que a un (hoy mal) cuento de ciencia ficción.
No mucha más atención que a la posibilidad de
viajar en algo más de una hora al mismo Japón desde
un pequeño pueblo del norte argentino, saliendo de la estratosfera
como sugiriera por ejemplo un presidente argentino.
Ciertamente, por su historia, los japoneses no son tan confiables
en el desarrollo y producción de ciencia como lo son con
la tecnología. Pero el panorama que la gente del Riken
imagina en 20 años, puede no estar muy lejos e implica
cambios que van mucho más allá de los genomas, de
Internet y de las clonaciones y que constituyen el mayor asalto
posible a la identidad.
Mariano Sigman es investigador en neurociencias de la Universidad
Rockefeller de Nueva York. Este artículo fue publicado
originalmente en Le Monde Diplomatique y ha dado la vuelta al
mundo traducido a varios idiomas. Esta es una versión inédita
cedida por el autor a Tendencias Científicas.