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Sociobiologia
Los
próximos cincuenta años
Nora
Bar
-
8.07.2002 -
La meteórica
eliminación de nuestra selección del Mundial de fútbol
ofrece una metáfora interesante para los males de la Argentina:
el país que más promete, el que tiene los jugadores
más caros del mundo, termina siendo incapaz de superar la
ronda de clasificación, del mismo modo en que -a pesar de
su notable capital humano y natural- se hunde sin anestesia en los
pantanos de la frustración.
¿Cómo
explicarlo? El darwinismo ofrece una respuesta posible: el ser humano
sucumbe a sus propios instintos -el tribalismo, la agresión
y la codicia-. Queda claro que esta premisa también se cumple
en el caso argentino.
Según
el célebre biólogo Edward O. Wilson, autor de Sociobiology,
la evolución imprimió en el cerebro humano la tendencia
a involucrarse emocionalmente sólo con una geografía
reducida, un grupo de parientes y dos o tres generaciones de sus
descendientes.
"No mirar
a demasiada distancia en el tiempo ni demasiado lejos en el espacio
es elemental en un sentido darwiniano. Nacemos con la inclinación
a ignorar cualquier posibilidad distante que no requiera ser examinada
de inmediato -escribió no hace mucho en Scientific American-.
Es parte de nuestra herencia del Paleolítico. Por cientos
de siglos, aquellos que trabajaban para una ganancia de corto plazo,
dentro de un estrecho círculo de familiares y amigos, vivían
más y dejaban más descendencia, incluso cuando esta
modalidad hacía que se derrumbaran imperios a su alrededor.
La visión de largo plazo, que podría haber salvado
a sus descendientes lejanos, requería un altruismo extendido
difícil de administrar."
El gran dilema,
según Wilson -que aplica este razonamiento a los problemas
ambientales- deriva de este conflicto entre valores de corto y largo
plazo: para los humanos, pensar estrategias para la propia tribu
y para el futuro cercano es relativamente fácil; combinar
esa visión con una ética que contemple el futuro más
distante es, por el contrario, extremadamente difícil.
Los resultados
de este tipo de razonamiento están a la vista. Una fracción
vergonzosa de la población mundial vive en la miseria; se
destruyen los recursos naturales y la tierra cultivable; crecen
la contaminación y se extinguen las especies a ritmo creciente.
Es innegable
que estas encrucijadas representan una convocatoria inexcusable
para aquellos que pueden plantear las preguntas más creativas...
y luego contestarlas: los investigadores.
La ciencia viene
ofreciendo soluciones para resolver estos problemas, los medios
para alcanzar la estabilidad y la seguridad, y para liberar a los
seres humanos del hambre y la pobreza, si tan sólo nuestros
instintos atávicos no se interpusieran en el camino...
Tal vez será
tarea de los psicólogos del futuro abordar, en los próximos
cincuenta años, el misterio de la ética social, esa
materia tan poco abundante y que aún resta explicar: cómo
los humanos llegamos a desarrollar las nociones del bien y el mal,
y cómo éstas afectan nuestros comportamientos para
con nuestros congéneres.
Si no lo logran,
esperemos que cuanto menos descubran la receta que permita dotar
a las personas de sentido común que, como suele decirse,
es el menos común de los sentidos.
Por Nora Bär
Fuente: Nota
en La Nacion

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