Las
narices electrónicas, complejos sensores
que crean huellas olfativas digitales, se
usan ya en un número cada vez más
importante de industrias para el control de
calidad y el desarrollo de algunos
productos. Ahora, puede que las industrias
alimentarias sigan este ejemplo.
Uno
de los objetivos más importantes en la
producción de alimentos es alcanzar un
nivel de calidad elevado y uniforme para las
materias primas y los productos finales. Uno
de los mayores problemas para las industrias
de transformación de la fruta es la
determinación sistemática de la madurez
durante la cosecha y después de ella:
efectivamente, el consumidor percibe la
diferencia de grado de madurez como un signo
de mala calidad. Para resolver, de manera
definitiva, el eterno problema de saber si
una fruta está madura o no, un grupo de
ingenieros ha creado recientemente una
"nariz electrónica" que no sólo
ayudará a la industria alimentaria, sino
también a los clientes finales.
Gracias
al olor de la fruta, la nariz electrónica
calcula su grado de madurez exacto, sin
necesidad de probarla, lo que la distingue
de los métodos tradicionales. Una vez que
la nariz "ha aprendido" las
características de una fruta concreta, ya
no es preciso que la dirija un operador
especializado, ella sola obtiene los
resultados en unos segundos con una precisión
del 92%.
De
los cinco sentidos, el olfato ha sido
siempre el más difícil de definir.
Comprender su funcionamiento es la meta que
se han fijado desde hace tiempo muchos
investigadores. El olor de un alimento
depende de numerosas sustancias químicas
que le dan un carácter y unas cualidades únicas.
La capacidad de medir e identificar
fiablemente el desarrollo óptimo del aroma,
así como las características constantes
del sabor, es, por lo tanto, un punto
crucial en el desarrollo de muchos
productos. Los encargados de esta difícil
tarea siempre han sido los "expertos en
olores", pero es inevitable que esas
personas incluyan en su juicio individual un
toque de apreciación personal. A veces, se
utilizan técnicas analíticas, pero muchas
veces es difícil combinar datos con
informaciones sensoriales; por otra parte,
los costes son muy elevados.
En
cambio, las medidas efectuadas con la nariz
electrónica son objetivas, reproducibles,
fiables y, además, relativamente baratas.
Su interpretación es sencilla, rápida y se
realiza en tiempo real. Al igual que ocurre
con el olfato humano, la nariz electrónica
aprende con la experiencia y mejora sus
facultades a medida que se va utilizando.
Está diseñada para analizar, reconocer e
identificar niveles muy bajos (partes por
billón) de sustancias químicas volátiles.
Su tecnología se basa en la absorción y
desorción de sustancias químicas volátiles
que atraviesan una batería de sensores, que
traducen los cambios específicos en
resistencia eléctrica, medible en cada
elemento del sensor, cuando estos están
expuestos a distintos aromas y olores.
Los
trabajos realizados hasta ahora se han
centrado en la madurez de los plátanos y
las manzanas, aunque esta tecnología puede
aplicarse fácilmente a la mayoría de las
frutas. También se ha utilizado para
comprobar la calidad del café, la cerveza y
el vino. Pero todo esto no es más que... un
simple aperitivo.
